Ilustración de portada: Los Ángeles, en busca de Bukowski, de Daniel San Juan.
El taxi avanzaba a gran velocidad por el centro de Los Ángeles. Las luces disminuían a medida que penetrábamos en los suburbios. El hombre de las orejas rampantes, sentado a mi derecha en la parte de atrás, había apoyado la cabeza en el respaldo y permanecía en silencio, con los ojos cerrados. El conductor también callaba.
—Relájate —soltó entonces mi acompañante. Al salir del restaurante en el que nos habíamos conocido, el Musso & Frank Grill, me dijo por fin su nombre: se llamaba Steve. Había abierto los ojos, pero hablaba sin mirarme—. Vamos al 410 de Spring Street… Escríbeselo a tus amigos. No voy a robarte los órganos.
Sus palabras me relajaron un poco. La zona de casas bajas quedó atrás y entramos en Spring Street. La avenida estaba llena de hoteles, oficinas y bloques de viviendas. Bajamos del taxi y entramos en uno de siete plantas. Era el único de la zona con la escalera metálica de incendios orientada hacia la calle principal. Volví a ponerme nervioso cuando subimos hasta el quinto piso y escuché, detrás de una destartalada puerta de madera, a decenas de personas hablando a voz de grito. También había música de fondo, aunque llegaba atenuada.
No quería entrar. Aquel apartamento estaba abarrotado. Steve me había engañado. Me dijo que habría dos o tres personas, a lo sumo. Lo miré con enfado.
—Ya no puedes rajarte —dijo.
—¿Por qué no?
—Tómate una cerveza. Si al cabo de un rato sigues incómodo, te pides un taxi.
Tocó el timbre. Abrió un hombre de mediana estatura, con una melena corta de color naranja. Su piel era tan blanca que parecía enfermo. Detrás llegó otro más bajo, calvo y negro como el azabache. El contraste entre ambos me dio risa y, aunque luché con fiereza por no soltar una carcajada, las comisuras de mis labios tuvieron que curvarse ligeramente, porque el de pelo naranja me miró con guasa:
—¿Qué te hace tanta gracia? —me preguntó.
Las ganas de reír se me fueron de un plumazo. Para colmo, tras la pregunta, el gentío que había dentro calló de golpe y se fue girando hacia la puerta. Eran al menos veinte. Me miraban en silencio y sin pestañear, como auténticos psicópatas. Di un paso atrás, dispuesto a girarme, saltar hacia las escaleras y salir de allí. Mis piernas parecían dos flanes, por lo que probablemente me mataría en el intento. Tropezaría con la barandilla y me haría papilla contra el rellano. Pero era la única forma de escapar.
Entonces escuché el grito de Steve:
—¡Dadle algo de cariño, cabronazos! ¡Está empezando a leer a Hank!
Cuando Steve terminó su breve arenga, los presentes soltaron un grito de júbilo casi al unísono y me rodearon por todos los frentes. Fueron tan rápidos que no me dio tiempo a reaccionar. Ahora sonreían de forma exagerada, con la misma psicopatía con la que segundos antes permanecían impasibles. Sentí decenas de manos tocándome la cabeza, los hombros, el torso. Me empujaron hacia el salón como la corriente de un río que termina arrastrando una roca pesada. Después, sin preguntar, me dieron una cerveza. Cuando me la terminé, alguien me la quitó de la mano y me la repuso. Y así sucesivamente. Mientras tanto, charlaba con unos y con otros. Era como si frente a mí se hubiera trazado una pasarela invisible y todos tuvieran que desfilar por ella, darme palique unos minutos, brindar conmigo y dejar paso al siguiente.
En una de estas se plantó delante de mí una mujer entrada en años, con una corta melena gris. Su semblante era serio.
—¿Entonces, estás leyendo al viejo?
—Sólo he terminado dos novelas y algunos poemas… Pero sí.
—¿Qué te gusta de él?
Antes de responder paseé la vista por el piso. Muebles y electrodomésticos antiguos, paredes vacías, ningún cuadro ni adorno; esto es, nada que distrajera la atención, obstaculizara o coartara a la gente de moverse, hacer y deshacer grupos, beber, cantar y hasta brincar con alguna de las canciones.
—Su escritura es como este sitio.
No necesitó desviar la mirada para entenderme.
—Ya veo —dijo—. Me llamo Marina.
Casi me caigo de espaldas.
—¿Eres su… su hija?
—Sí.
Madre del amor hermoso. Estaba hablando con Marina Louise Bukowski. Como a aquellas alturas llevaba más de cinco cervezas, me recuperé de la impresión con rapidez. Y me surgieron miles de preguntas. Pero sus ojos me indicaban que no hacía falta que las formulase, o quizás me pedían por favor que no lo hiciera. Que me iba a dar una respuesta. Una que habría repetido infinitas veces a todos los curiosos que, como yo, se cruzaban con ella.
—Venía a buscarme a la salida del colegio —dijo.
Mientras interiorizaba aquella frase, el escándalo que había alrededor desapareció. Como si de una película de cine mudo se tratara, veía a la gente gesticular alrededor sin emitir sonido alguno. A cámara lenta. Finalmente, parpadeé y tomé una fuerte bocanada de aire.
—Ojalá todo esto hubiese ocurrido de verdad —pensé en voz alta.
—Está ocurriendo… Al menos para ti.
De pronto, alguien me golpeó la espalda. Era Steve. Se le veía contento.
—Vaya, veo que has conocido a Marina —la aludida sonrió imperceptiblemente. Steve le acarició el brazo y volvió a dirigirse a mí—. Por cierto, ¿además de leer, también escribes?
—Em… También escribo, sí —admití—. ¿Cómo lo has sabido?
—Intuición.
—Pero todavía no he intentado publicar.
—¿Por qué no?
—Me da miedo que me rechacen.
Steve asintió con gravedad, le dio un trago a la cerveza y volvió a encararme.
—¿Todo lo que escribes está perfecto a la primera?
—No, claro que no. Lo reviso y corrijo las veces que haga falta. Quito lo que creo conveniente, añado cosas nuevas, reformulo ideas… Lo típico, ¿no?
—Entonces —dijo Marina, tomando el relevo de Steve—. Si quien descarta o rechaza tus palabras eres tú mismo, no importa. Pero si lo hacen otros, significa que no sirves. ¿He acertado?
Otra vez me quedé sin aire. Demasiadas revelaciones para un solo día. Estaba emocionalmente agotado. Marina continuó:
—Mi padre se quedaba con muy poco de lo que escribía. La mayoría iba a la basura. Estaba convencido de que un texto de calidad requería toneladas de líneas pésimas. Al final aprendió a diferenciar muy bien lo bueno de lo malo. Y si dudaba de algo, ese algo iba también a la basura.
Seguí charlando con Marina y con Steve, y con todo el que se acercaba, hasta que los primeros rayos del alba entraron por la ventana del salón. Me contaron historias sobre Bukowski que marcarían la diferencia cuando continuase con el resto de su obra. Al rato les di las gracias por la velada. Tenía que irme. Eran las siete y media y nuestro vuelo hacia Madrid salía a las once, en menos de cuatro horas. La despedida fue triste. Steve me dio un abrazo.
Decidí caminar un poco antes de pedir el taxi que me llevaría al AirBnB. El Downtown de Los Ángeles ya no me asustaba. El día era muy distinto a la noche, como en Gotham. Mientras el frescor de la mañana y el sol del amanecer jugaban a templarme el rostro, concluí que había encontrado a Bukowski.
Ahora quedaba lo más difícil: llegar hasta él.


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