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Los años sin juicio, de Federico Vegas

Los años sin juicio, de Federico Vegas

En mayo de 2010, el empresario venezolano Herman Sifontes Tovar fue arrestado por el servicio de inteligencia del gobierno de ese país en una arremetida del entonces presidente Hugo Chávez Frías contra las casas de bolsa. Él y sus socios del grupo Econoinvest estuvieron presos en un sótano durante casi tres años en los que no hubo veredicto ni sentencia. Aquel suceso terminó, de la mano del escritor Federico Vegas, convertido en una novela, Los años sin juicio, que ahora publica en España Kalathos ediciones, y de la que Zenda ofrece las primeras páginas.

Cómo prepararse para ir preso

 

Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo salvo lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno.

Cesare Pavese

 

Una actuación elegida y maldita

Cuando era niño, una vez le escuché a mi padre decir:

—El hombre que en tiempos de catástrofe permanece optimista y sereno cuando todos están desesperados, es que no tiene puta idea de lo que está pasando.

Recuerdo que sentí miedo, como si, de golpe, me hubieran obligado a colarme en un territorio prohibido. Quisiera tener su cruda visión de la vida ahora que enfrento las consecuencias de lo que una vez llamé «exceso de optimismo». No sé qué habría pensado mi viejo de lo que voy a contar. Los jueces más exigentes son los que todo lo perdonan y ya no están para juzgarnos.

Me encantaban sus consejos por ser pocos, breves y certeros; también sus cuentos, ocurrencias y hasta sus regaños, apoyados en proverbios y otras digresiones. Para él la relación con un hijo debía ser alegre, llena de inesperadas salidas imposibles de olvidar; nada de tensiones y ceño de mandamás. Hoy tengo tantas preguntas que hacerle, una necesidad que dejo pasar mansamente. Exigirle respuestas sería acosar los recuerdos hasta asustarlos. Es cuando menos lo busco que mi padre reaparece y entrecierro los ojos para alargar un poco más su presencia.

Anoche nos volvimos a encontrar en un sueño que ojalá se repita y me conceda una segunda oportunidad. Yo venía caminando por una acera cuando lo vi al otro lado de la calle. Le grité emocionado y volteó a mirarme como si fuera una rutina encontrarnos todos los días en aquel mismo lugar. Decidí cruzar la calle para darle un buen abrazo. Antes revisé si venían carros, pero apenas volteaba a la izquierda ya no estaba seguro de lo que había visto a la derecha. No importaba lo rápido que mirara a un lado y al otro, siempre temía avanzar y ser atropellado. Me desperté en ese vergonzoso estado de aprensión e inmovilidad, triste por no haberlo contemplado en silencio por más tiempo y mostrarle mi cariño con un simple gesto de despedida.

El escozor de mirar continuamente a los lados, en vez de encarar la realidad de frente, continúa merodeando mi cuerpo. No logro quitarme de encima la sensación de haber elegido un papel que pudimos haber evitado escapando por la puerta franca que nos ofrecían. Esa opción, ya sin pasado ni futuro, es lo que me hace más daño y, al mismo tiempo, el inicio de la fábula que me ayuda a sobrevivir. Cuántas veces no he aguantado el aturdimiento, el horror a los vacíos y los infinitos, a los siempre y a los nunca, pensando en cómo voy contar lo que me está pasando a un amor que me aguarda velado por el futuro.

Esta firme creencia en una actuación elegida y maldita me lleva a pensar que, mucho antes de que ocurrieran los hechos que intento narrar, ya andaría yo buscándolos, como si desde siempre existiera una necesidad de escribir que requería de un lance terrible para aflorar.

Aún me persigue la impresión de que los efectos anteceden a las causas. Quizás la culpa antecede al delito. Me cuesta tanto enfrentar un pasado que insiste en vivir de su cuenta, utilizándome a mansalva y sin compasión. Las historias no cesan de dar vueltas desperdigándose y cambiando de posición en un remolino indetenible, con sustancias demasiado densas y revueltas para diluirse o dejarse fijar mientras van y vienen buscando su propio ordenamiento y rechazando el que pretendo imponerles.

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Autor: Federico Vegas. Título: Los años sin juicio. Editorial: Kalathos ediciones. Venta: Todostulibros y Amazon

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