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No hay que olvidarlo jamás

No hay que olvidarlo jamás

«Este libro», dice el autor en la introducción del libro que Zenda reproduce a continuación, «trata de la época más dura de mi vida, tanto que casi me llevó a la tumba antes de cumplir los quince años».

«Al millón y medio de niños judíos que fueron asesinados durante el Holocausto, y en particular a los Nešarim. Y no solo a los pocos que sobrevivieron, sino a todos con los que conviví en la Sala Siete del edificio L417 durante los dos años y medio de encarcelamiento que sufrimos en el campo de concentración de Terezín, en Checoslovaquia. Muchos de ellos tenían bastante más talento que yo, pero, por desgracia, la mayoría de sus vidas y sus contribuciones a la sociedad se truncaron porque fueron gaseados nada más llegar a Auschwitz. Y a nuestro guía, Francis Maier (Franta), que con veinte años de edad superó las circunstancias más difíciles que se puedan imaginar, y se convirtió en padre de unos ochenta muchachos revoltosos, a los que enseñó a sobrevivir forjando un espíritu de equipo que ha persistido hasta hoy». Michael Gruenbaum.

«A la familia Gruenbaum, pasada, presente y futura». Todd Hasak-Lowy.

En mayo de 1945, a los pocos días de que nos hubieran liberado del campo de concentración de Terezín, mi madre les escribió la siguiente carta a unos parientes que vivían en el extranjero:

Esta es la primera carta que escribo sin que los ojos amenazadores e indiscretos de los censores sepan lo que pienso. No sé por dónde empezar para describiros (sin omitir nada) todo lo que hemos vivido en estos años, desde la última vez que nos vimos. Cada tarjeta, cada paquete que nos mandabais, nos devolvía una pizca del calor, una pizca del entorno feliz que habíamos perdido. Os escribo tal como os recuerdo y, sin embargo, tengo la sensación de que jamás seremos capaces de encontrar un puente hacia los que han vivido fuera y, por fortuna, ellos tampoco jamás serán capaces de comprender el horror, el miedo y el dolor profundo que experimentamos en estos años recientes.

"¡No tenemos nada! Pero en algún lugar todavía brilla el sol, hay montañas, mar, libros, pisos pequeños y limpios, y quizá otra vez podamos empezar allí una vida nueva"

No tenemos apenas esperanzas de encontrar a ninguno [de nuestros parientes vivo]. Nosotros nos hemos salvado de milagro. Tres veces nos convocaron para deportarnos, ¡y cuatro a Misha! No podéis imaginaros cómo se viven esos momentos. Teníamos buen aspecto, a pesar de la alimentación insuficiente. Como ejemplo, os contaré que entre los tres consumimos tres huevos en dos años y medio. ¡Y nos los agenciamos a escondidas! Nos costaron 170 coronas cada uno. La hermana de Misha trabajaba en la lavandería y Misha era repartidor con un carro, que arrastraba como si fuera un caballo.

A veces iba a ver a un amigo que le daba clases y llevaba un cuaderno escondido debajo de la chaqueta, pero todo se frustró debido a los obstáculos y a la falta de tiempo. Teníamos que trabajar diez horas diarias.

Todavía no sabemos qué nos deparará el futuro. Ya no vive ninguno de nuestros viejos amigos. No sabemos dónde vamos a vivir. ¡No tenemos nada! Pero en algún lugar todavía brilla el sol, hay montañas, mar, libros, pisos pequeños y limpios, y quizá otra vez podamos empezar allí una vida nueva.

"Aprendimos que los bienes materiales se pueden remplazar y que, en el fondo, no son nada importantes"

¿De qué hablaba mi madre? ¿Cómo se puede forzar a un niño a trabajar diez horas diarias en vez de ir al colegio? ¿Qué eran las «deportaciones» y por qué hizo falta un milagro para que nos libráramos de ellas? ¿Y cuál fue ese milagro? El libro que estás a punto de leer responde a esas preguntas y a muchas más. Narra mis vivencias entre los nueve y los quince años, cuando el ejército nazi alemán conquistó Praga, mi ciudad natal, e hizo todo lo posible por aniquilar a su comunidad judía. Solo ahora que ya soy mayor se me ha ocurrido contarle al mundo esta historia. ¿Por qué he esperado setenta años? Bueno, eso ya es una historia en sí. Cuando falleció mi madre, en 1974, heredé el álbum que ella fue formando tras la guerra con papeles y objetos que salvó de Terezín. Terezín fue un campo de transición del norte de Checoslovaquia en el que se recluía a la mayor parte de los judíos del país (y a algunos de otras partes de Europa) antes de enviarlos a Auschwitz para exterminarlos. Por razones sentimentales he mantenido su álbum bien conservado durante todos estos años. Pero cuando llegué a una «edad avanzada» decidí buscar un lugar que lo cuidara tan bien como lo había hecho yo. Dudé entre el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, de Washington D. C., el Museo del Gueto de Terezín, de la República Checa, el Museo Judío de Praga y el Beit Theresienstadt (nombre alemán de Terezín) , el kibutz de Israel que recoge y exhibe recuerdos de Terezín. Al final, decidí donar tanto el álbum de mi madre como mi propio álbum de recuerdos (en el que muchos de mis compañeros de dormitorio de Terezín me dedicaron unas palabras) al Museo del Holocausto de Estados Unidos, porque me pareció un lugar seguro y porque disponen de medios económicos para conservar en buenas condiciones para la posteridad esos dos preciados objetos. Judith Cohen, una de las archiveras del museo, vino a mi casa y le costó creerse la suerte que había tenido, pues a estas alturas el museo ya recibe pocas donaciones de tal calibre. Yo no le entregaba uno o dos documentos, sino una colección entera, bien organizada y conservada. El museo se alegró tanto con mi donación que decidió dedicarnos en el calendario de 2010 una página entera a mi madre y a nuestra familia. Es más, la señora Cohen escogió unas páginas del álbum de mi madre para incluirlas en la colección permanente del museo. Por último, hizo un cortometraje para la colección Corner que resumía nuestras experiencias bajo el dominio de los nazis. Por cierto, algunos de esos documentos se reproducen en el libro que tienes en las manos. La emoción consiguiente me animó a escribir un álbum ilustrado infantil. En la versión original de la historia elegí un osito para que narrara cómo se salvó nuestra familia que nos deportaran de Terezín a Auschwitz, y de la muerte segura en las cámaras de gas que allí nos esperaba. Si quieres saber por qué elegí un osito como narrador, tendrás que leer este libro; te prometo que encontrarás en él la respuesta. Escribí una historia para niños porque descubrí que había una gran demanda de libros para esas edades. Además, muchos años antes había escrito varias fábulas protagonizadas por diferentes animales. Una vez escrita la historia, inicié el largo proceso de buscar a alguien que la publicara, proceso que supuso muchas cartas a numerosas agencias literarias y editoriales. Pero a nadie le interesaba. Una de las razones que me daban era que los niños que juegan con osos de trapo todavía no tienen edad para saber qué fue el Holocausto y que los niños que están preparados para saber qué fue el Holocausto ya no juegan con osos de trapo. La opinión generalizada era que una historia como esa tenía una cuota de lectores potenciales muy pequeña. Pero no todo iba a ser negativo. Uno de los editores me preguntó si estaba dispuesto a colaborar con otro escritor, uno profesional, que me ayudara a contar mi historia para un público de Enseñanza Secundaria, propuesta a la que accedí de buena gana. A raíz de ahí estuve un par de años trabajando con un escritor, y después con otro, hasta que salió a la luz este libro. Debo decir que estoy muy satisfecho con el resultado. El libro es un ejemplo admirable del valor, la perseverancia, el ingenio, la capacidad de adaptación y resistencia y de las ganas intensas de vivir y confiar en que vinieran tiempos mejores que tuvo una persona (mi madre). Tardaron un poco, pero esos tiempos mejores por fin llegaron, si bien en otro continente. Tras la liberación, en 1945, nos instalamos de nuevo en Praga y nos esforzamos por volver a la normalidad. Pero poco después se empezó a vislumbrar que los comunistas querían hacerse con el gobierno. Mi madre, al percibir las señales de alarma, les escribió a unos amigos de Estados Unidos para pedirles que nos consiguieran visados. Dejamos Checoslovaquia a las seis semanas de que los comunistas hubieran tomado de forma oficial el poder, pero tuvimos que esperar dos años en Cuba antes de que se nos permitiera entrar en Estados Unidos. Tal como soñaba mi madre, enseguida pudimos rehacer allí la vida. Y empezamos prácticamente de cero. Perdimos todo lo que poseíamos en cuatro ocasiones. Primero, los nazis nos confiscaron tanto como pudieron. Lo que logramos salvar lo perdimos cuando los alemanes bombardearon el almacén de Londres al que lo habíamos mandado. A Terezín solo se nos permitió llevar cien libras por persona. Cuando nos liberaron, vecinos y amigos nos devolvieron muy poco de lo que les habíamos confiado. Y lo que enviamos a Nueva York antes de partir de Checoslovaquia al final fue subastado porque a alguien se le olvidó pagar el alquiler mensual del almacén donde estaba guardado. Así que una y otra vez tuvimos que empezar de cero. Sin embargo, aprendimos que los bienes materiales se pueden remplazar y que, en el fondo, no son nada importantes. Tanto mi hermana como yo conseguimos encontrar fabulosos compañeros de vida y formar una familia, regalándole así a mi madre una muy merecida felicidad. De esa felicidad, sin embargo, no encontrarás mucha en el libro que tienes en las manos. Este libro trata de la época más dura de mi vida, tanto que casi me llevó a la tumba antes de cumplir los quince años. Esto en parte ya se describía en el libro de Thelma Gruenbaum, mi difunta esposa, titulado Nešarim: Child Survivors of Terezin, que se publicó hará unos diez años. Pero aquí se cuenta por primera vez para lectores que tienen la edad que yo tenía entonces. Hoy en día es habitual que la gente, cuando habla del Holocausto, diga: «No hay que olvidarlo jamás». Y, desde luego, estoy de acuerdo. Pero para poder comprometerse a recordar algo, primero hay que conocerlo. Espero que este libro sea el «puente» al que aludía mi madre en aquella carta suya de 1945. Creo que leyéndolo serás capaz de entender el mundo en el que vivimos —y en el que a punto estuvimos de morir— entre 1939 y 1945. Y creo que acierto si digo que una vez que comprendas de verdad ese mundo jamás lo olvidarás.

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Autores: Michael Gruenbaum y Todd Hassak-Lowy. Título: En algún lugar todavía brilla el sol: Recuerdos del Holocausto. Traducción: María Alonso Seisdedos. Editorial: Edelvives. Venta: Todostuslibros y Amazon

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