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Los héroes no mueren

A poco que uno se fije en la evolución de la especie humana, se da cuenta de que los dioses tenían los días contados. No hay nada más eficaz contra la espiritualidad y la fe que la arrogancia de creerse arropados por la ciencia e invulnerables gracias a la tecnología. Imagino hoy un Panteón múltiple de deidades jugando a un ajedrez soporífero con esta humanidad que se basta y se sobra ella solita para aniquilarse a sí misma. En este panorama absurdo, afortunadamente nos quedan los héroes, tan necesarios hoy como un espejo. Al menos así lo creí una vez, y sigo creyéndolo.

Los seres humanos necesitamos héroes en los que reflejarnos, normas de conductas que imitar, formas de vestir, de movernos, de hablar. El ensayo de lo que queremos ser lo practicamos durante la infancia (prolongándose y cristalizándose en la adolescencia), y es ahí donde la lectura, entre otras cosas, juega un papel decisivo.

"Durante siglos, el mundo se movió arropado por hombres valientes"

Las historias de héroes históricos o legendarios narradas a la luz de un fuego por nuestros ancianos fabricaron al héroe clásico. A partir de entonces, los dioses fueron a ocupar un segundo plano, dejando paso a una nueva forma de contar el mundo y de entender la naturaleza misma de la humanidad. Las gestas atrevidas, aventureras, audaces de esos hombres se fueron acumulando en las bibliotecas, y el tiempo hizo el resto: el héroe real, el de carne y hueso, se fue confundiendo en los libros y en la memoria con el otro: el héroe literario, aquel que nunca existió más que en la imaginación del autor. Y voilà! Durante siglos, el mundo se movió arropado por hombres valientes que, con grandes hazañas vistosas o anónimos actos secretos de auténtico heroísmo, de forma consciente o inconsciente, reproducían esquemas heroicos asumidos y adaptados a las distintas generaciones. ¿Y las mujeres? Verdaderas heroínas a la sombra, ellas eran la fuente de todo. Deseaban a los héroes, les hacían el amor y engendraban nuevos héroes, cumpliendo, puntuales, con el orden de las cosas.

 

Ese mundo casi olvidado permanece en la memoria de uno de los últimos testigos: Carlos García Gual. Traductor de la Odisea, si hay alguien que sepa hablar la lengua de los héroes es él. Como un aedo antiguo o un pescador del Peloponeso, García Gual, en La deriva de los héroes, nos canta la historia trágica de los héroes clásicos y cómo estos van atravesando a lo largo de los siglos las páginas de la literatura griega como si atravesaran un Ponto maldito, abocados a navegar a la deriva (no creo que sea casual la palabra elegida por el maestro para su título) hasta que los termine engullendo la desmemoria del hombre, más letal que las fauces de Caribdis.

"Pero el mensaje de La deriva de los héroes esconde también la esperanza indiscutible de que mientras haya alguien capaz de recordar seguirá habiendo héroes"

El autor logra construir en este libro no ya un ensayo, sino un epinicio moderno, donde recopila y anota y explica y reproduce, con todo el amor por la lengua griega que es capaz de destilar, las armas de estos guerreros, tan letales como un afilado kopis: kléos (fama); areté (excelencia o virtud); timé (honor); aidós (respeto); parresía (libertad de la palabra); komoidía (diversión), penthos (sufrimiento).

Pero el mensaje de La deriva de los héroes esconde también la esperanza indiscutible de que mientras haya alguien capaz de recordar seguirá habiendo héroes.

Gracias a esta sabiduría generosa que impulsa a Carlos García Gual a sentarse y reflexionar sobre los héroes griegos y su deriva en los siglos, aquel mundo y aquellos héroes siguen siendo para algunos lectores la patria donde descansar y poder amar a hombres que todavía hoy llevan la huella de un contemptor divum en la memoria.

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Autor: Carlos García Gual. Título: La deriva de los héroes en la literatura griega. Editorial: Siruela. Venta: Todostuslibros y Amazon

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