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En busca del héroe perdido

En busca del héroe perdido

Los seres humanos necesitamos héroes en los que reflejarnos; normas de conductas que imitar, formas de vestir, de movernos, de hablar. El ensayo de lo que queremos ser lo practicamos durante la infancia (prolongándose y cristalizándose en la adolescencia) y es ahí donde la lectura, entre otras cosas, juega un papel tan decisivo.

Las historias de héroes históricos o legendarios narradas a la luz de un fuego por nuestros ancianos fabricaron al héroe clásico. A partir de entonces, los dioses fueron a ocupar un segundo plano dejando paso a una nueva forma de contar el mundo y de entender la naturaleza misma de la humanidad. Las gestas atrevidas, aventureras, audaces, de esos hombres se fueron acumulando en las bibliotecas y el tiempo hizo el resto: el héroe real, el de de carne y hueso, se fue confundiendo en los libros y  en la memoria con el otro; el héroe literario, aquel que nunca existió más que en la imaginación del autor. Y voilá! Durante siglos, el mundo se movió arropado por hombres valientes que con grandes hazañas vistosas o anónimos actos secretos de auténtico heroísmo, de forma consciente o inconsciente, reproducían esquemas heroicos asumidos  y adaptados a las distintas generaciones. ¿Y las mujeres? Verdaderas heroínas a la sombra, ellas eran la fuente de todo. Deseaban a los héroes, les hacían el amor y engendraban nuevos héroes, cumpliendo, puntuales, con el orden de las cosas.

"... nadie quería saber qué ocurría después. En qué se convertía el héroe cuando envejecía."

Era tan importante la figura inamovible del héroe clásico para la estructura vital del mundo antiguo (la política, la religión, la guerra, el sexo) que nadie quería saber qué ocurría después. En qué se convertía el héroe cuando envejecía. Qué pasaba con aquel que lograba sobrevivir y tenía que esperar la muerte encorvado por la edad, la belleza marchita, los músculos fláccidos, los huesos deformados por un pasado esforzado… Había una especie de acuerdo tácito; una manera de salvar al héroe matándolo en su juventud o condenándolo al olvido en su madurez.

Nadie habló de la vejez de Ulises en Ítaca acompañado por la resignación silenciosa de una esposa que hubiera preferido mil veces ser Nausícaa recibiendo el embiste recio del  héroe sobre la arena de la playa, aun sabiéndose finalmente abandonada, que ser esta anciana recompensada con la compañía del viejo pero ya sin un cuerpo hermoso, duro, joven, que ofrecer y recibir.

¿Y Marco Polo; Leonardo Da Vinci; Cristóbal Colón, Carlos V; Hernán Cortés; Cervantes, Gravina, Blas de Lezo, Napoleón? Qué actos heroicos creó para su vejez la leyenda?

Los avances médicos en la edad moderna que lograron prolongar la juventud y ofrecer calidad en la vejez, sin embargo, habían dejado al hombre moderno huérfano de héroes. ¿A quién imitar cuando una vida demasiado longeva te obliga a cruzar al otro lado de la colina? Sin juventud, sin dioses, sin patria, sin fe; con la lucidez de la amarga experiencia del que ha vivido de manera inteligente como único equipaje. Era demasiado peso para la espalda de cualquier generación.

"Entonces la literatura va y se inventa al anti-héroe: maduro, descreído, solitario..."

Entonces la literatura va y se inventa al anti-héroe: maduro, descreído, solitario, rechazado por la colectividad precisamente por la misma razón  por la que en la antigüedad lo idolatraba: por ser diferente a la manada; singular. Frente a las dinámicas de grupo, el aprendizaje del trabajo en equipo, las asociaciones y sociedades y cooperativas del mundo moderno, el anti-héroe sólo se tiene a sí mismo; es un apartheid; un cowboy cruzando territorio comanche.

Y ya no se mueve por un dios, una patria, un rey; se mueve por dinero a veces (porque de algo hay que vivir) pero su motivación es la curiosidad; la necesidad de vivir la vida en primera persona sabiéndose en mitad de un mundo fascinante y consciente del poco tiempo que tiene para hacerlo todo. En realidad, el anti-héroe moderno es el héroe en estado puro, pues no busca otra cosa más que la aventura cruda; a secas. Y un día en ese camino, la literatura o el azar lo obligan a ser héroe por puro accidente. Entonces se produce el milagro viejo como el mundo: la masa pide al solitario apartheid que le ayude porque intuye una fuerza y una voluntad distintas, especiales en él. Y este anti-héroe, que había salido solo buscando viajes, amigos, alcohol, mujeres, adrenalina a chorros, acude a la llamada de su destino saciando, una vez más, el hambre de héroes de una sociedad moderna apática y acomodada en el confort de las asociaciones.

"La memoria colectiva se vuelve amnésica de héroes históricos..."

Pero el peligro del anti-héroe moderno era mayor, si cabe, que el del héroe clásico porque éste no tenía ideales y no servía a ningún señor. Era más difícil de moldear, convencer e incluso de comprar (solía salir bastante caro), así que se decide cambiar de raíz el asunto: nos venden desde la publicidad, las leyes educativas y los gobiernos que el “héroe” es algo antiguo; pasado de moda; old  fashion. Y poco a poco van desapareciendo de los cuentos, de las novelas juveniles, de los textos escolares. Nos imponen en las aulas una Historia construida sobre datos objetivos, carente de los grandes nombres que la tejieron y organizaron. La memoria colectiva se vuelve amnésica de héroes históricos y la literatura para niños y jóvenes del S.XXI, iconoclasta de héroes pero consciente de la necesidad de referencias, empieza a construirse sobre el concepto abstracto de “valores”: “cuentos para fomentar valores, asignatura de educación en valores, etc. Seamos justos, amables, condescendientes, empáticos, conciliadores, honrados, sinceros, luchadores. Seamos todo eso que no son más que palabras que representan conceptos complejos, imposibles de transmitir como mera teoría sin romperlos o ensuciarlos. Para compensar dicha complejidad, surge entonces todo un pseudo-género de literatura para niños que utiliza como protagonista de las historias esos mismos valores encarnados en personajes más o menos adaptados, que han ido sustituyendo en las estanterías a los héroes infantiles y juveniles “pasados de moda”: El Conejito amable, El Marciano Feliz, La Vaca Comprensiva… Frente a este panorama o paralelo a él, en los últimos años hemos visto una apuesta por la recuperación del héroe y sus valores aunque con una vuelta de tuerca postmoderna: una reinterpretación del héroe de siempre revestido de anti-heroicidad que busca sin cesar esos valores “clásicos” perdidos usando para ello los métodos y herramientas del S.XXI (p.e.: Percy Jackson).

Sin embargo, estos héroes postmodernos presuponen un conocimiento de la historia y la literatura que los jóvenes a los que van destinados no siempre tienen, por lo que la información, valiosísima en cuanto al objetivo que persiguen que es la revisión y actualización de “los clásicos”, se queda a medias o en el mejor de los casos se malinterpreta, despreciando, por incompleto o incomprendido, algo que simplemente es un ejercicio inteligente de respeto por la memoria. Y es que, como me confesó una vez un héroe al oído, “lo moderno es, casi siempre, lo olvidado”.

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