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Los «Me acuerdo» de los amigos

El Me acuerdo que publiqué el jueves pasado ha dado lugar a muchos otros escritos por lectores amigos. Alguien dijo que escribir Me acuerdo era como hacerse una autobiografía sentimental. El gusto por el recuerdo en forma de píldoras es algo consustancial a todos, y nos hace bien ponerlo negro sobre blanco, como se ve en este ejercicio personal que hemos recogido para Zenda. Ha habido muchos más en Twitter y en otras plataformas, pero los que participan nos los han mandado ellos mismos. Unos han escrito solo uno y hay quien ha escrito muchos más. Todos son bienvenidos a esta página comunitaria en un momento en que, por orden de la autoridad competente, debemos mantenernos aislados. Van por orden alfabético: Lalo Azcona, Nuria Azancot, Juanjo Barral, Miguel Barrero, Paloma Bravo, Jesús Calero, Lola Canales, Pilar Eusamio, Ginés García Millán, Yolanda Guerrero, Nando López, Palmira Márquez, Raquel Martos, Natalia Millán, Pedro Alberto Marcos, Ernesto Pérez Zúñiga, Guillermo Roz, David Trías y Gema Veiga.

Va por Brainard, por Perec y por Marchamalo. Y a la memoria de Luis Eduardo Aute, porque muchos de sus Me acuerdo los cantó en su canciones.

Lalo Azcona

Me acuerdo del olor del ocle en las playas.

Me acuerdo del frío en las clases del instituto.

Me acuerdo de los jerseys que tejía mi madre y de como picaban.

Me acuerdo de La Unión hace la fuerza, del aizkolari de Leiza.

Me acuerdo del olor a manzana asada de la cocina de mi casa.

Me acuerdo que nos lavaban el pelo con vinagre.

Me acuerdo de que nunca me sentí solo.

Me acuerdo del bigote de mi padre y de su pañuelo en el bolsillo de la chaqueta.

Me acuerdo del olor de mi madre.

Me acuerdo del número del primer teléfono que hubo en casa, 23 2196. Y del segundo: 21 8638.

Me acuerdo del sabor de las pastillas de leche de burra.

Me acuerdo de los partidos de fútbol en la calle.

Me acuerdo de no tener miedo a nada cuando estaba en mi casa.

Me acuerdo de los hervidores, donde se hervía la leche y se guardaba la nata.

Me acuerdo de limpiar lentejas en la cocina.

Me acuerdo que en los veranos en el pueblo las bombillas daban una luz amarilla.

Me acuerdo de las tiras de papel con veneno para matar las moscas.

Me acuerdo de Cesta y puntos. Y de Daniel Vindel.

Me acuerdo de jugar a Pío Campo.

Me acuerdo de los caballitos y los coches de choque.

Me acuerdo de las primeras tragaperras, y de la palabra TILT cuando movíamos la máquina.

Me acuerdo de la OJE y del “Vale quien sirve”.

Me acuerdo de la alineación del Oviedo del año 64.

Quirós, jugador del Real Oviedo. Debutó en el primer equipo en 1964.

Me acuerdo del chocolate La Cibeles.

Me acuerdo de haber escrito en una libreta lo que quería ser de mayor.

Me acuerdo de la primera vez que tuve un rotulador. Y un Rotring.

Nuria Azancot

Me acuerdo de comer con Miguel Munárriz y Rosa Mora para hablar de libros y vanidades.

Juanjo Barral

Me acuerdo de Aute, con el que tuve un flechazo: estuvimos charlando en un pub de Oviedo, después de que él cerrara unas jornadas poéticas en el Campoamor. “Se me apareció” el hombre extraordinario que era.

Fernando Beltrán, Miguel Munárriz, Miguel Barrero y Luis Eduardo Aute. Foto: Daniel Mordzinski.

Miguel Barrero

Me acuerdo de la tarde remota en que mi abuelo me llevó a un descampado donde se acumulaban los despojos de la Fábrica de Mieres y me sacó una foto encaramado a una vieja locomotora de vapor.

Paloma Bravo

Me acuerdo de la ingenuidad.

Jesús Calero

Me acuerdo del silbido de las croquetas al salir de la sartén y rodar en la fuente.

Me acuerdo del cachorro de pastor alemán tiznado que nació en una carbonera.

Me acuerdo de la gran nevada el día que me rompí el brazo, dos días entablillado hasta que la carretera fue accesible.

Me acuerdo del río formado por la lluvia en el centro de la calle.

Me acuerdo de los últimos días con mi padre.

Me acuerdo del frufrú del hábito de la hermana Lucía, que me enseñó a tocar el piano.

Me acuerdo de Mercedes Ferrer cantando «Húndete en este sonido».

Me acuerdo del carbón incandescente en la caldera y el calor en la cara al mirarlo.

Me acuerdo de estar sentado en las piernas de mi abuelo veterinario, jugando a encontrar triquinas en muestras de matanza.

Canción del pirata, de Espronceda

Me acuerdo de una fila de coches de juguete yendo por toda la casa.

Me acuerdo de las nubecillas blancas tras el estallido de los fuegos artificiales.

Me acuerdo del día que me aprendí de memoria «La canción del pirata».

Lola Canales

Me acuerdo de las planchas de hierro que pesaban un quintal.

Me acuerdo de la crema facial que se daba mi madre por la noche, «Angel face», tomado de la película de Robert Mitchum y Jean Simmons del mismo nombre.

Me acuerdo del perfume de «Maderas de Oriente», de olor a pachuli, que daba dolor de cabeza

Pilar Eusamio

Me acuerdo de los viernes por la noche: mamá preparaba las patatas fritas revueltas con huevo mientras nos bañaba. Al salir con el pijama limpio los platos estaban sobre la mesa humeando aún.

Me acuerdo del olor de la piel suave de mi padre, una mezcla de perfume Fahrenheit y el humo del Winston que pendía de su boca.

Me acuerdo de mi abuela metiendo la ropa blanca en azuleje.

Me acuerdo de la primera vez que sentí a mis hijos en el vientre.

Me acuerdo de la fiesta que montábamos en el Simca 1200 al cruzar Despeñaperros camino de Cádiz.

Ginés García Millán

Me acuerdo del hotel en el que nací, en Puerto Lumbreras.

Me acuerdo del regalo que mis padres nos trajeron a mi hermano Gabriel y a mí de su viaje de novios: un coche teledirigido, una montera y un capote.

Me acuerdo que en la escuela antes de entrar a clase cantábamos el himno de España, con letra, la de José María Pemán.

Me acuerdo del nombre de mi primera maestra, María.

Me acuerdo que la tía Anica me llevó a hombros a la casa del curandero para que me quitaran la melancolía, el mal de ojo, decía ella.

Me acuerdo de la era en la que me rezó, de los pavos reales y de su silla de anea.

Me acuerdo siempre de la tía Anica.

Me acuerdo de Joaquín, el cocinero.

Me acuerdo de mi padre bailando el twist.

Me acuerdo de mi madre poniéndome una bolsa de agua caliente en la cama.

Me acuerdo de la Nanne, mi abuela, desplumando un pavo.

Me acuerdo de Terry, mi perro.

Me acuerdo que mis padrinos, Matilde y Pepe, me regalaban los libros de Los Cinco, de Enid Blyton.

Me acuerdo del taller de mi bisabuelo, de cómo pintaba, en cuclillas.

Me acuerdo de su gabán, su sombrero y su monedero de cuero.

Me acuerdo que siempre tenía un duro, para mí y para mis amigos.

Me acuerdo de mi chacha Isabel, de su risa y sus maravillosas historias.

Me acuerdo que siempre me hacía reír.

Me acuerdo de la casa cueva de mis abuelos María y Gabriel.

Me acuerdo que siempre había agua fresca en un botijo.

Me acuerdo que mis tías me contaban cuentos.

Me acuerdo del tío del saco.

Me acuerdo de los gritos, del llanto, del dolor de mi madre al recibir la noticia de la muerte de su hermana María y su familia en accidente de tráfico.

Me acuerdo que se me partió el corazón.

Me acuerdo de los baños en las balsas de la rambla.

Me acuerdo que la gente veía los partidos de fútbol de mi pueblo dentro de los coches mientras escuchaban Carrusel deportivo.

Me acuerdo del camino de Marta, de sus clases de francés.

Me acuerdo de la acequia a la entrada de su casa, de su higuera.

Me acuerdo que en su tronco grabé el nombre de mi primer amor.

Me acuerdo que la primera película que vi en un cine fue un western de Sergio Leone.

Me acuerdo de la primera vez que entré en un bosque, fue en Francia, era verano, ella se llamaba Yolanda.

Me acuerdo que mi tío Fulgencio me llevó a ver partidos del Barça.

Me acuerdo de las excursiones por el campo con Don Luis.

Me acuerdo del amor que nos transmitió por la Naturaleza.

Me acuerdo del 0-5 del Barça de Cruyff al Madrid, era el año 1974.

Me acuerdo de los partidos de fútbol con mis amigos.

Me acuerdo del primer penalti que paré.

Me acuerdo de los veranos en Águilas.

Me acuerdo de La Savoy, la cafetería más moderna de mi pueblo.

Me acuerdo de La Géminis, El Relax y la Botichelli, la discotecas de mi primera juventud.

Me acuerdo que se bailaban lentos, agarrados.

Me acuerdo de muchas personas que pasaron por el hotel de mi familia, el hotel Salas.

Me acuerdo del cariño que siempre me dieron las personas que allí trabajaron.

Me acuerdo de algunas turistas que pasaron por allí.

Me acuerdo del día en el que dimitió Adolfo Suárez, encontré al Pape, mi abuelo, en la cocina del hotel, limpiaba una escopeta.

Me acuerdo que me dijo “Las cosas están muy feas, esconde los libros y los discos que tienes en la habitación. Están preparando un golpe de Estado”.

Me acuerdo que entre los discos estaban los que hizo Serrat con poemas de Machado y Miguel Hernández y todos los de Aute y Bob Dylan y …

Me acuerdo que entre los libros, los poemas de García Lorca, Ángel González, todos los de Machado y…

Me acuerdo del golpe de Estado, yo esa tarde me fui a casa de mi amigo José Antonio.

Me acuerdo de mi viaje a Valladolid en el Mercedes de Ortiz, un ojeador de futbolistas, íbamos mi padre, él y yo.

Me acuerdo de los campos amarillos que veía desde el coche y los grandes pinares antes de llegar a la ciudad.

Me acuerdo de la emoción de mi padre cuando se despidió de mí en una esquina del Paseo Zorrilla, eran los años 80. Fiché por el Real Valladolid.

Me acuerdo de que viví en esa ciudad años de mi mejor juventud.

Me acuerdo de cuando vi por la calle a la que sería la madre de mis hijos.

Me acuerdo que en la Seminci vi películas de Tarkovski, de Jarmusch, de …

Me acuerdo de un concierto de Laurie Anderson.

Me acuerdo que un entrenador me dijo que mi sensibilidad no era compatible con el fútbol.

Me acuerdo que mi ventana daba al río Pisuerga.

Me acuerdo del primer gran viaje con mis amigos, fue a Italia, en furgoneta.

Me acuerdo que hice la mili, preferiría no acordarme.

Me acuerdo del día que me presenté a los exámenes de ingreso en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, uno de mis textos era un poema de Miguel Hernández, «Elegía a Ramón Sijé».

Me acuerdo de mi primera función de teatro, Hamlet, yo era el príncipe de Dinamarca, eso se llama empezar con buen pie.

Me acuerdo de mi primer estreno en el Teatro Español de Madrid.

Me acuerdo que mi primera serie la rodé en Latinoamérica.

Me acuerdo de olores, sabores y de algunas bailarinas del Tropicana.

Me acuerdo de esos casi dos años de rodaje como si hubiese sido un sueño, lo fue.

Me acuerdo de muchos compañeros con los que he compartido rodajes, escenarios, platós, he aprendido que cada uno hace lo que puede.

Me acuerdo del nacimiento de mis dos hijos, María y Alberto.

Me acuerdo de todas las personas a las que he amado.

Me acuerdo de cierto lugar en Almería y de su noche mágica.

Me acuerdo de nosotros bajo las estrellas.

Me acuerdo del silencio.

Yolanda Guerrero

Me acuerdo de la Matemática Moderna, de la teoría de los conjuntos y de lo poco que duraron.

Me acuerdo del día en que la Tierra entera pisó la Luna.

Me acuerdo de que Zape era mi gemelo favorito.

Me acuerdo de las aventuras que viví con Los Cinco, la familia Hollister y Judy Bolton.

Me acuerdo de cuando comíamos (legalmente) chanquetes de Málaga con huevo.

Me acuerdo de gente rezando a las puertas del cine por las almas perdidas que queríamos ver Jesucristo Superstar.

Me acuerdo de las cazadoras vaqueras llenas de pins.

Me acuerdo del pelo frito con flequillo liso.

Me acuerdo de los conciertos de Álvaro Urquijo para los cuatro gatos que llenábamos el Caledonia.

Nando López

Me acuerdo de mi madre llegando, con un nuevo libro bajo el brazo, de la Universidad.

Me acuerdo de la voz de mi padre en sus relatos antes de irnos a dormir.

Me acuerdo del cuarto compartido con mi hermano.

Me acuerdo del barco pirata de Playmobil al que cada día se le perdía una pieza nueva.

Me acuerdo de los cines de verano con mi tía.

Me acuerdo del caluroso verano jiennense.

Me acuerdo de la voz valiente y luchadora de mi abuela.

Me acuerdo de los caramelos con que endulzaba nuestras visitas mi bisabuela.

Me acuerdo de los recreos interminables por culpa del fútbol.

Me acuerdo de los recreos felices porque jugábamos a V.

Me acuerdo de Diana devorando ratones.

Me acuerdo de Mark Lenders retando a Oliver y, de paso, también a mis hormonas.

Me acuerdo del «Póntelo, pónselo».

Me acuerdo de cuando nos llamaron JASP.

Me acuerdo del Kronen y de los cuerpos celestes.

Me acuerdo del trabajo precario —vía ETT— donde me encontraba el 11-S.

Me acuerdo de los paraguas negros en la manifestación del 11-M.

Me acuerdo del miedo a decirme.

Me acuerdo de la alegría de atreverme a contarme.

Me acuerdo de la incredulidad ante mi primera novela.

Me acuerdo del sonido de mis manos en mi primera máquina de escribir.

Me acuerdo de aquel concierto de Mecano, con once años y cantando Maquillaje encima de una silla.

Me acuerdo del Seat 124 atravesando Despeñaperros.

Me acuerdo de mi hermano apoyando su cabeza en mi regazo para no marearse.

Me acuerdo de los lunes por la noche, junto a mi madre, viendo cine clásico en La 2.

Me acuerdo de llamar a mis amigos al telefonillo.

Me acuerdo de la puntualidad: si no estás, no te vienes.

Me acuerdo de los botellones en el polígono.

Me acuerdo del calimocho, de la leche de pantera, de los chupitos en las barras de los bares de siempre.

Me acuerdo de cantar a voz en grito «Sabor de amor», «Chiquilla» y «23 de abril».

Me acuerdo de la primera vez que pisé Chueca.

Me acuerdo del Madrid de noches promiscuas y cuartos oscuros.

Me acuerdo de los trenes que acababan en Berlín.

Me acuerdo de aquel parking donde nos besamos la primera vez.

Me acuerdo del miedo de que ese beso pudiera repetirse.

Me acuerdo de la felicidad cuando se repitió.

Me acuerdo de los ronroneos de nuestra pequeña Verdi.

Me acuerdo del grito de euforia cuando se aprobó el matrimonio homosexual.

Me acuerdo de los anillos y del sí, consiento.

Me acuerdo de los desayunos —batido de chocolate y sándwich mixto— para celebrar las notas con mi madre cuando acababa el colegio.

Me acuerdo de la Pantera Rosa, del Tigretón, de coleccionar pegatinas y compartir Boomers kilométricos.

Me acuerdo de confundir de por vida a D’Artagnan por culpa de Dartacán.

Me acuerdo de la Bruja Avería y del Hada Vídeo.

Me acuerdo de la primera vez que escuché «Calle Melancolía».

Me acuerdo de las cintas grabadas de la radio con la voz del locutor estropeando el estribillo.

Me acuerdo de las TDK de cromo.

Me acuerdo de las carpetas con pegatinas de la Superpop.

Me acuerdo de unos cuantos versos de Cernuda.

Me acuerdo del ejemplar —Luke Perry estaba en la portada— con que comencé mi colección de Fotogramas.

Me acuerdo de gritar «Oh, capitán, mi capitán» después de ver El club de los poetas muertos.

Me acuerdo de mi maestra Sonsoles.

Me acuerdo de improvisar escenografías en Ikea con mi grupo de teatro.

Me acuerdo de las funciones sin apenas público en locales incómodos.

Me acuerdo de los besos secretos y los encuentros imprevistos.

Me acuerdo de mi primer Orgullo.

Me acuerdo de aquel mar de Cádiz.

Me acuerdo de la voz serena y plácida de mi abuelo.

Me acuerdo de los abrazos de mi amigo Amador.

Me acuerdo de la risa de mis alumnos.

Me acuerdo del Imperio Cobra, del Cinexin, del Tragabolas.

Me acuerdo de Baker Street, de Nunca Jamás, de Macondo, de Oz.

Me acuerdo de Casablanca y de Manderley.

Me acuerdo de las tardes con mi padre viendo MacGyver y El equipo A.

Me acuerdo de la luz del sur.

Me acuerdo de los hermanos Marx en la Sesión de tarde de los sábados.

Me acuerdo del dolor de volver a Atocha.

Me acuerdo de caminar de la mano junto a mi tía Marisa.

Me acuerdo de descubrirme en La ley del deseo y de llorar con Martín Hache.

Me acuerdo de la cabecera del Un, dos, tres los viernes por la noche.

Me acuerdo de la risa —siempre la risa— con mi hermano.

Me acuerdo de todos los libros en que he sido.

Me acuerdo de todas las películas a las que me he fugado.

Me acuerdo de cuanto hoy se siente tan lejano como para, gracias a la memoria, poder tocarlo.

Palmira Márquez

Me acuerdo de despertar los domingos por la mañana con el olor a rebanadas de pan fritas que hacía mi madre y a las que luego echábamos miel.

Me acuerdo de arrancar hojas del moral para darles de comer a mis gusanos de seda.

Me acuerdo de la primera vez que vi el mar.

Me acuerdo de la primera vez que vi la nieve.

Me acuerdo de aquellas tardes en las que se hacía de noche jugando en la calle.

Me acuerdo de las golosinas que comprábamos en Casa Rosita.

Me acuerdo de mi abuela diciendo que no hay bisiesto bueno.

Me acuerdo del olor de las gomas de borrar Milan.

Me acuerdo de una mañana lluviosa, un 3 de noviembre, en el que me despertaron las campanas que anunciaban la muerte de mi abuelo.

Me acuerdo del olor a tierra mojada después de una tormenta de verano.

Me acuerdo de lo que me gustaba ver a mis padres bailar abrazados.

Me acuerdo de la risa de mi hermano cuando yo le imitaba a Groucho Marx.

Me acuerdo del día en que empecé a leer La isla del tesoro.

Me acuerdo de cómo mi hermano y yo buscábamos caracoles entre la hierbabuena que sembraba mi abuelo.

Me acuerdo de la hora de la siesta en las tardes de verano, cuando todo quedaba en penumbra.

Me acuerdo de los silencios de mi abuelo cuando le pedía que me hablara de la Guerra Civil.

Raquel Martos

Me acuerdo de ir a la bodega de Lorenzo a rellenar el sifón.

Me acuerdo del raca raca de la rueda del hámster durante la noche.

Me acuerdo de ver en la tele las lucecitas de los misiles de la Guerra del Golfo.

Me acuerdo de la voz aterradora de don Francisco, el practicante que venía a pincharme.

Me acuerdo de las uñas estriadas de mi abuela cuando yo se las pintaba de rosa perlado.

Me acuerdo de las crónicas parlamentarias de Luis Carandell.

Me acuerdo del primer día de piscina y de la noche con la espalda achicharrada.

Me acuerdo de los sobres de los cromos de mariposas de Panrico con trocitos de chocolate pegados…

Me acuerdo de sacar la cabeza por la ventanilla del coche de papá para morder el aire.

Me acuerdo de aquel concierto de Rolling Stones en el Calderón al que fui con 37 de fiebre.

Me acuerdo de la Talquistina para calmar el picor de la varicela.

Me acuerdo de la voz de Frank Sinatra que se oía a lo lejos cuando cantó en el Bernabéu.

Me acuerdo de ir con mi mejor amiga pidiendo dinero con la hucha del Domund.

Natalia Millán

Me acuerdo de las tabletas de chocolate La Campana, de Elgorriaga.

Me acuerdo de saltar a la goma.

Me acuerdo de los taxis de Madrid: los 1.500 negros con raya roja; los microtaxis (¿127?) con raya amarilla y los Gran Turismo, sin raya.

Me acuerdo de las fichas de las cabinas telefónicas.

Me acuerdo de «Indian Summer», la sintonía del consultorio de la señora Francis (con el tiempo sabría de Count Basie).

Me acuerdo de El Corte Inglés y de Galerías Preciados cerrados a mediodía y los domingos, como todos los comercios.

Me acuerdo de la Carta de ajuste hasta que empezaban los programas infantiles de la tarde. Y de las “campanitas» (supe que era la escala pentatónica) cuando terminaba la programación de noche.

Me acuerdo de los estrenos de Disney en el cine Imperial, en la Gran Vía, que estos días cerraría por Semana Santa.

Me acuerdo de los “tragadiscos” con bandolera, de los cuentos con las voces de los actores de Radio Madrid con canciones incluidas (grabada a fuego “Mi abuelo que era un conejo”, de “Los dos conejos”), y de los discolibros de Disney y su campanilla para pasar la página.

Me acuerdo de los dibujos de KONEC en la tele (años después supe que KONEC, en checo, es FIN).

Pedro Alberto Marcos

Me acuerdo de los “sobres sorpresa” que comprábamos por dos reales a la salida de la sesión de cine infantil y cuyo contenido casi siempre decepcionaba.

Me acuerdo de las noches en las que me metía en la cama de mis padres y escuchábamos los tres a la Pasionaria arengar a los mineros huelguistas desde Radio Pirenaica.

Me acuerdo del olor de los puros cuando mi padre me llevaba al fútbol para ver jugar al Real Oviedo.

Me acuerdo cuando a los cinco años vi por vez primera la Tour Eiffel, pero no por su aspecto monumental sino porque mi tío Armando, el del exilio, metía una moneda en una ranura y como por arte de magia salía un polo de hielo de color verde que sabía a gloria.

Me acuerdo de mi abuela Julia, la extremeña, cuando después de cenar y cerca ya de las nueve esperaba sentada en el sofá del salón el comienzo del Telediario y al saludo de “buenas noches” del locutor, ella le respondía con un “muy buenas” directo y cómplice.

Me acuerdo de lo enamorados que estábamos todos, todos, de Marisol tras estrenarse en el Cine Colón Un rayo de luz.

Ernesto Pérez Zúñiga

Me acuerdo de ser niño y sentir que el tiempo era aún mayor y más profundo que el océano.

Guillermo Roz

Me acuerdo del día que mi madre me dijo, apresurada por la congoja, “chau, nos vemos pronto”. Se metió a la casa porque no quiso venir a despedirme al aeropuerto, el día que volé de Buenos Aires a Madrid.

David Trías:

Me acuerdo de cuando llegamos a la isla en el Ciudad de Barcelona de la Transmediterránea y de cómo bajaron a tierra el Seiscientos blanco de mi madre envuelto en una gran malla.

Me acuerdo de aprender a sumar debajo de un algarrobo.

Me acuerdo de mi disfraz de Sandokán y de tu disfraz de bailarina.


Me acuerdo que vivíamos frente a la isla de las ratas y de que me costaba siempre dormirme.

Me acuerdo de cómo iba creciendo noche a noche la mancha de humedad de la pared de mi habitación.

Me acuerdo de aquel verano que nos duchamos con cubos de agua del pozo, que nos alumbrábamos con quinqués y de lo mucho que nos divertimos con el columpio de madera que nos construyó el tío.

Me acuerdo de la muñeca de trapo que mi padre me regaló de América tras estar casi dos años sin verme.

Me acuerdo de nuestro Mehari naranja matricula PM 4188 y de todas las matrículas de los coches que tuvimos.

Me acuerdo del transistor que compramos cuando murió Franco y de nuestra primera televisión a color, Elbe, que adquirimos para ver las Olimpiadas de Los Ángeles.

Me acuerdo que nunca tuvimos teléfono ni lavavajillas.

Me acuerdo de tener que ir a por butano.

Me acuerdo de cuando por la mañana me llevaban al colegio y de ver a los zombies que salían de aquella discoteca de moda.

Me acuerdo del mal genio que tenía nuestra vecina la alemana.

Me acuerdo de que en la Alianza Francesa me sentaron durante un curso entero entre Élodie y Anne Sophie.

Me acuerdo de cuando nada más salir del colegio íbamos por leña y de que enseguida aprendí a encender la chimenea.

Me acuerdo de las series que veíamos juntos —Shogun, Crónica del alba, Marco Polo— y de que cada viernes por la noche llevaba a mi hermana en brazos a la cama tras quedarse dormida viendo el Un, dos, tres.

Me acuerdo de cuando aprendí a nadar a mariposa.

Me acuerdo del humo en el salón, de las risas en el salón, del sonido de los hielos en el salón y de la palabra revolusión.

Me acuerdo de cuando la cantante Nico se murió al caerse de la bicicleta no tan lejos de casa.

Me acuerdo de los ataques de risa de los amigos de mis tíos que vivían en una comuna y del Grand Pomier y el Grand Pecher.

Me acuerdo que me cuidó el sarampión Francesc Parcerisas, uno de los grandes poetas de la literatura catalana.

Me acuerdo que en Francia pasé la rubeola en la cama junto a Ariane y que yo tenía catorce años pero ella quince.

Me acuerdo de las canciones de Jacques Brel, Georges Brassens y Georges Moustaki que escuchaba mi madre.

Me acuerdo de la Caterina que venía a limpiar, de la Pepita que cuidaba de mi hermana y del marido de Mercedes que tenía una hormigonera.

Me acuerdo de la madre de un amigo que se suicidó colgándose de un árbol después de vestir a sus hijos y ponerlos guapos.

Me acuerdo de construir con nuestras manos el campo de fútbol y de pedirme el dorsal número 8 por Schuster.

Me acuerdo de que mi mejor amigo tenía una cama elástica en su casa con piscina, un tren eléctrico, un Scalextric, una televisión en color, un ordenador Apple y de que nos pasábamos las tardes jugando a las chapas.

Me acuerdo que mi madre fumaba Winston, mi padre Ducados, mi padrastro Sombra y mi tío Chester sin filtro.

Me acuerdo de mi tía cocinando y de que me pedía que fuera a darle conversación.

Me acuerdo de los bocadillos de sobrasada y de las ensaimadas de Ca’n Vadell que nos daban gratis por ser familia del doctor.

Me acuerdo de los programas de radio que grababa con mi radiocasete y de las entrevistas en exclusiva que le hacía a mi hermanita.

Me acuerdo de mi madre diciendo que no había que tener barco propio pero sí amigos con barco.

Me acuerdo de que os ibais quedando cada vez más flacos.

Me acuerdo de ir a bañarnos todos juntos a las rocas y de la vergüenza que nos daba veros totalmente desnudos.

Me acuerdo de cuando íbamos a casa de los abuelos y de que tratábamos de rezar lo mejor que podíamos.

Me acuerdo oír decir a mi madre en la piscina: “Callaos, que me estoy poniendo morena”.

Me acuerdo de que los mayores hablaban todos a la vez.

Me acuerdo de las carreras de sacos de los cumpleaños.

Me acuerdo que mi madre siempre decía que solo se aburrían los tontos.

Me acuerdo de cuando empecé a leer el periódico, desde entonces hasta ahora siempre de atrás a adelante.

Me acuerdo de mi entrenador de fútbol que me animaba cuando fallaba un golpe y me decía: “La intención ha sido buena”.

Me acuerdo de oír aquello de que una ocurrencia era todo lo contrario a una idea.

Me acuerdo del primer día que bebí cerveza con los amigos y de que al llegar a casa lo primero que hice fue jugar un partido de chapas.

Me acuerdo de que íbamos en moto como si fuéramos vaqueros.

Me acuerdo de cuando jugábamos en la playa y del poema que tiempo después leí sobre dos niños jugando en la playa.

Me acuerdo que Margarita se llamaba mi amor y de que, aún ahora, soy incapaz de olvidarme de la fecha de su cumpleaños.

Me acuerdo de que cada tarde al salir del colegio me quedaba a ver cómo salía su autobús y me acuerdo, claro que me acuerdo, de que a veces se giraba y me decía adiós con la mano.

Me acuerdo de las galas juveniles en la discoteca, de una noche de luna llena y del portal donde nos refugiamos para protegernos de la lluvia.

Me acuerdo de la lluvia de aquella noche.

Gema Veiga

Me acuerdo de Franco Battiato en las noches de verbena.

Me acuerdo de la lluvia sobre el plástico de la ropa limpia en el balcón.

Me acuerdo de los guisos con laurel de mi tía abuela.

Me acuerdo de mi último vespino, “Puch”.

Me acuerdo de las cartillas de las notas.

Me acuerdo del burro de la lechera aparcado a la puerta de casa.

Me acuerdo del vídeo de Bruce Springsteen bailando “Dancing in the dark”.

Me acuerdo de un San Pancracio itinerante en el salón.

Me acuerdo de los vestidos hippies de la India de mi madre.

Me acuerdo de las cantinas de las estaciones de tren.

Me acuerdo de los botones giratorios de la tele.

Me acuerdo de ir a juego con mi hermana.

Me acuerdo del azul de los helados Tiburón.

Me acuerdo de “Beso, verdad o consecuencia”.

Me acuerdo de los pasos de mi padre en la madrugada regresando de pescar.

Me acuerdo del jabón Palmolive.

Me acuerdo de las visitas al «Ambigú».

Me acuerdo del pan con mantequilla y azúcar.

Me acuerdo de cuando me leyeron Juan Sebastián Gaviota.

Me acuerdo del día que cayó el Muro de Berlín.

Me acuerdo de bailar muñeiras.

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