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Los pendientes

Érase una vez una reina que vivía en un país antiguo encerrado en sí mismo, el País de la Tranquilidad. En este reino todos eran felices y, como su propio nombre indicaba, todos vivían tranquilos. Pero una noche la Reina soñó con tierras lejanas y con extraños seres que no disfrutaban la misma felicidad que ella, pero que por eso mismo se le aparecían como extraños y curiosos. Vio montañas y mares, desiertos de arena infinita y mucha gente que se cubría con harapos y que no tenía apenas qué comer. La Reina no tenía muy claro qué significaba la originalidad, pero estaba claro que aquellas tierras y aquellos seres tenían que ser originales. Le dio tanta pena la suerte de aquella gente que cuando despertó se echó a llorar, y cuando bajó al comedor a desayunar con el Rey éste pudo ver las marcas de las lágrimas en las cuencas de sus ojos. La Reina había perdido la Tranquilidad y, al mismo tiempo, había descubierto el llanto, algo desconocido en el País que gobernaba su marido.

—¿Qué tenéis, mi Reina? ¿Qué les ha pasado a vuestros ojos, que ya no brillan como estrellas, sino que parecen encharcados en lagos profundos?

—Esta noche he tenido una visión —dijo la Reina, grave, volviendo a sentir el llanto, primero  muy dentro de ella, después en los ojos, y por fin en la cara.

En el País de la Tranquilidad a los sueños se les llamaba visiones, pero siempre eran tan positivos que nadie antes había llorado por ellos.

—¿Qué visión habéis tenido? —preguntó el Rey, alarmado.

—He soñado con tierras lejanas, llenas de arena y de agua salada…

—¿Agua salada? Qué raro —dijo el Rey—. Aquí sólo tenemos agua dulce, que se precipita en cascadas, que corre en ríos, que se remansa en lagos.

La Reina le contó todo lo que había visto en sus sueños, y él le preguntó a ella cómo podía calmar ese llanto que le corría por la cara y cómo podía satisfacer la curiosidad que le comía. Entonces la Reina le propuso mandar una expedición al lugar que le apuntaba el sueño, allá de donde venía el sol, y a él le pareció bien.

El mejor capitán del reino fue convocado ante sus reyes. Después de informarle de lo poco que sabían de las tierras desconocidas, le encomendaron una misión: traer una moneda del confín del mundo, del lugar con el que había soñado la Reina.

Innumerables tierras atravesó el capitán al mando de su ejército, un millar de hombres que poco a poco, por la dureza del frío, del calor, del hambre y la sed, la guerra y los enemigos, fue reduciéndose hasta convertirse en lo que un militar llamaría un destacamento.

Pero esto ocurriría hacia el final del viaje.

Tras cientos y cientos de millas recorridas, miles de hombres conocidos, combates, montes, lagos y desiertos… el capitán decidió dar media vuelta y retornar al punto de partida. Había llegado a un sitio que parecía el fin del mundo, del que no se volvía si no era en el estado del espíritu.

Cuando el capitán, y los diez hombres que habían sobrevivido, al cabo de años y años de cabalgar y de sufrir toda clase de experiencias, regresaron al País de la Tranquilidad, se presentaron delante de sus Reyes. Entonces el capitán les informó de cuanto había visto y oído en su viaje. Finalmente, tras su informe, le entregó a la Reina una moneda que parecía de cobre, con una inscripción en el centro que parecía de plata.

—¿Qué pone aquí, capitán? —preguntó la Reina.

—“Tierra de las Minas, 689”. Es el nombre del país y la fecha en que fue acuñada la moneda, según su calendario. Pero debo deciros que ésta no es la moneda del último país conocido, o por lo menos no es la moneda del último que visité en mi viaje.

—¿No? ¿Por qué? —dijeron casi al mismo tiempo el Rey y la Reina.

—Porque el último país que visité, al igual que otros muchos que dejé atrás, no utilizaba moneda alguna para sus transacciones.

—¿Y qué utilizaban si no? —preguntó el Rey.

—El trueque. Cambiaban unas cosas por otras. En algunos el don más preciado era el agua dulce… Y utilizaban el agua como moneda, con un gran valor. Como tienen poca agua dulce, la consideran más valiosa que el oro o los diamantes.

—¡Cómo! —exclamó el Rey—. Si aquí la tenemos en abundancia.

—Allí no, Majestad —dijo el capitán, respetuosamente—, allí es un auténtico tesoro, como lo sería el agua salada en el nuestro, si nosotros hubiéramos conocido su existencia, y sobre todo si ésta fuese escasa.

—¿Pero has visto agua salada? —se extrañó el Rey.

—He visto cantidades tales de agua salada que ni todos los habitantes del País de la Tranquilidad, juntos, podríamos imaginarla. Allá la llaman mar, “el mar”, dicen, “¡el mar!”. Nuestro país entero, y muchos países como el nuestro, podrían caber en las inmensidades de agua salada que yo he visto. Del mismo modo, vi muchas veces lo que apareció en las mejillas de la Reina aquella mañana, según me contó Vuestra Majestad. En el último país que conocí era muy común, y lo llaman «llanto», que se descompone en lágrimas.

—¿Llanto? ¿Lágrimas? —el Rey no podía creer lo que estaba oyendo.

—Sí, cada gota de ese líquido que sale de los ojos lo llaman “lágrima”, adaptado a nuestra lengua. Su sabor es dulce, pero, es raro, suele aparecer en momentos amargos.

—¿Amargos? ¿Cómo las hierbas que salen del bosque de palacio? —volvió a preguntar el Rey.

—Sí, como las hierbas que salen del bosque de palacio, sólo que nosotros utilizamos esta palabra para hablar de sabores, mientras que los habitantes de otros mundos la utilizan, la suya, la de su lengua, para hablar de todo lo que es desagradable en la vida, de lo que nos cuesta aceptar.

—Entonces —dijo la Reina—, ¿eso significa que a mí me costó aceptar las cosas que vi en mi visión?

—No, Majestad –respondió el capitán—, no las cosas que visteis en vuestra visión, algunas cosas.

—Sí, vi gentes vestidas con harapos, y niños pidiendo agua y comida, niños llorando… ¿Llorando?, se dice así, ¿verdad?

—Sí, Majestad, se dice así. Yo no os había hablado de esa palabra, pero Su Majestad la sabía. Eso significa que la debió de aprender en su visión.

—Entonces, yo, aquella mañana —dijo la Reina—, me desperté llorando.

—Sí, Majestad, lo que visteis en vuestro sueño os debió de parecer amargo, os debió de doler. Por eso llorasteis.

La Reina no podía dar crédito a lo que oía.

—Nosotros no lo podemos entender —continuó el capitán—, porque nunca hemos experimentado lo que en esos países se llama «llanto», ni lo que lo provoca. Allí, en cambio la “tranquilidad”, la palabra que da nombre a nuestro Reino, no es más que un concepto abstracto, como hecho de aire, y el de “felicidad” también. Sólo unos pocos disfrutan de algo que ellos llaman «felicidad», aunque no es plena como la de aquí, y siempre está conseguida a costa de la desgracia de alguien.

—¿Desgracia? —preguntó la Reina.

—Sí, desgracia, cuando algo muy malo, muy doloroso le ocurre a alguien.

—¿Doloroso?

—Sí, doloroso. Pero es demasiado pronto para aprender tanto. Majestad, llevo años viajando buscando satisfacer vuestros deseos. No me pidáis que os enseñe en unos minutos lo que a mí me costó tanto tiempo ver y aprender.

—Tenéis razón, capitán, perdonadme —se disculpó la Reina.

—Sí, capitán, perdonadnos —dijo el Rey—. Debéis de estar muy cansado. Vuestras ropas están sucias como no se habían visto nunca en el país. Id a lavaros y descansad. Organizaremos una gran fiesta en vuestro honor y en el de vuestros soldados. Allí podréis contar más cosas de vuestro fabuloso viaje.

—Gracias, Majestad, pero antes permitidme entregarle a la Reina algo más valioso que la moneda que ya habéis visto.

De entre su armadura, manchada de todo lo que se puede depositar en una armadura durante tan largo viaje, el capitán sacó un pañuelo blanco y lo mostró a los Reyes. Tras desenvolverlo, pliegue a pliegue, aparecieron dos pequeñas burbujas de cristal con unos ganchos de color de hierro. Eran un par de pendientes.

—Son dos pendientes —dijo la Reina, muy contenta.

—Los hice fabricar durante el viaje, Majestad. No son simples pendientes. Dentro esconden un tesoro, lo que para mí, y entiendo que también para Sus Majestades, supone un verdadero tesoro. Allí nada valían, aquí no tienen precio.

—¿Y de qué se trata, capitán? —preguntó el Rey, intrigado.

—Sus Majestades observarán que las dos burbujas contienen líquido. En una de ellas hay agua de mar, el mar que me cerró el paso, el que señaló el final de mi viaje. La otra burbuja contiene unas lágrimas. Las vertió por mí una mujer, el día antes de iniciar mi partida. No he podido traer más monedas, pero he traído esto.

El capitán se calló de repente, como si su boca hubiera agotado sus palabras.

—¿Entonces —dijo la Reina— las mujeres de esas lejanas tierras despiden a las personas que aman con lágrimas en los ojos?

—Sí, Majestad —respondió el capitán.

—Vuestra lealtad merece mayor premio que una fiesta —dijo la Reina—. Esta noche llevaré uno de estos pendientes, que estimo como un verdadero tesoro, pero el otro lo guardaréis vos, a la espera de poder devolver estas lágrimas a su legítima dueña.

—Gracias, Majestad.

—Ahora podéis retiraros, capitán —dijo la Reina.

—Gracias por todo, capitán —dijo el Rey, con una sonrisa.

Y así terminó la audiencia que precedió a la fiesta más grande que recordaba el país. Y así fue como empezó una nueva vida para el Reino de la Tranquilidad, porque los viajes que iniciara nuestro capitán se hicieron más frecuentes y seguros, los Reyes visitaron las tierras lejanas y se bañaron en el último mar. Los habitantes del Reino de la Tranquilidad mitigaron con sus palabras y sus regalos —cosas sencillas, básicas, como recomendó el capitán— la desgracia de los hombres y mujeres de aquellos lugares, al mismo tiempo que éstos enriquecían las vidas de los que antes sólo habían conocido la paz, la riqueza y la tranquilidad. Todo ello relativo, porque al haber conocido sólo eso no podía decirse que fueran verdaderamente ricos o felices. Había que descubrir el reverso de su reino para valorar lo que ya tenían y aprender de lo que carecían. Una nueva felicidad nació de aquellos viajes, una felicidad más completa, que no todos entendieron pero que a todos, seguramente, hizo mejores. Y naturalmente, por si alguien de los que me escuchan desea saberlo, la mujer de las tierras lejanas que había perdido algo recuperó su pendiente, y la Reina le regaló otro que hiciera juego con él: una burbuja, unas gotas de agua dulce, un pequeño gancho de color de oro.

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