La novela se estructura en cuatro partes. Las dos primeras —Pandora y La Criatura— se centran en la vida de Gaspar y ocupan cerca del 80% del libro, desplegando con detalle su trayectoria vital. Las dos últimas —Nelson y Gaspar—, más breves, pero de una intensidad demoledora, cierran la historia con un personaje que pasará toda su existencia luchando contra sus propios fantasmas.
Los recuerdos no son meros archivos del pasado: se construyen, se moldean y se adaptan a nuestros deseos más íntimos. Recordar equivale a mirarse en un espejo turbio y selectivo de la memoria, frágil y profundamente humana. Al evocar lo vivido, nos convencemos de lo que preferimos creer; nuestro relato personal se tiñe —y a menudo se distorsiona— por las percepciones que hemos decidido preservar de aquellos momentos clave.
De un modo similar Guillermo Alonso nos sitúa hábilmente ante nuestro pasado, nos invita a pensar en lo que sentimos y percibimos sobre lo que ocurrió realmente, nos sitúa con sutileza ante ese pasado reconstruido.
Los recuerdos no son archivos fieles del pasado, sino construcciones que moldeamos a nuestro gusto. Como describe Marcel Proust en En busca del tiempo perdido, un simple aroma o sabor —la famosa magdalena mojada en té— puede desencadenar una memoria involuntaria que no reproduce el pasado tal cual, sino que lo recrea, lo embellece y lo sesga según nuestras emociones y deseos. Recordamos no lo que ocurrió, sino lo que necesitamos recordar para dar coherencia a nuestra narrativa personal.
Recordar se convierte así en una batalla constante entre lo vivido y lo soñado, una pugna entre la verdad objetiva y la ficción que nos contamos. Borges, en el cuento «Funes el memorioso», explora esta tensión al imaginar un hombre incapaz de olvidar nada: su memoria perfecta lo condena a una existencia asfixiante, pues la selección y el olvido son esenciales para dar sentido al tiempo. De igual modo, en la era de la «postverdad» —término que, como bien señala Orwell en 1984 con su Ministerio de la Verdad, permite reescribir la realidad a conveniencia—, cada cual defiende «su verdad» como si fuera absoluta. Lo que antes llamábamos mentira se disfraza ahora de perspectiva legítima, y las palabras pierden su peso cuando se cargan de eufemismos que suavizan lo peyorativo.
La manipulación del discurso público, donde el lenguaje se utiliza para moldear la percepción de la realidad en lugar de describirla. La sustitución de términos directos por eufemismos busca suavizar lo peyorativo o inaceptable, restando peso a la verdad y legitimando perspectivas engañosas.
Alonso nos invita a habitar esa frontera: ni verdad absoluta ni ficción pura, sino un espacio donde lo sentido prevalece, para intentar borrar las líneas entre la realidad y la imaginación. Como dice el autor, los consuelos etimológicos respecto a la muerte solo funcionan si alguien no se ha muerto todavía.
Alonso nos lleva al terrero de lo vivido que se desliza como un río que no podemos detener con instantes que nos atraviesan sin pedir permiso. A lo percibido que llega filtrado por los sentidos del momento, lo que creemos estar viviendo. Lo sentido, más hondo, que tiñe todo de emoción propia: la misma escena puede arder de alegría o helarse de tristeza según el latido que llevamos dentro. Y lo recordado es la versión que construimos después, un territorio frágil donde verdad y deseo se abrazan hasta confundirse.
Alonso explora sutil y magistralmente otro escenario, el camino que recorres en la vida alentado por el acicate de otros, como el personaje de Rico hace con nuestro protagonista, Gaspar. ¡Qué importante es esa gente que te empuja en la vida a avanzar! Lo que ahora se llama “salir de tu zona de confort”.
Sirviendo en el palacio de los Ottaviano, Gaspar aprender a buscar las respuestas a sus propias preguntas, además de vivir su juventud. Cuidar a otros toda la vida es la otra base narrativa sobre la que Alonso sustenta su novela, poniendo énfasis en esas personas que viven su vida entregados a las de otros. Cuidar es salvar a alguien mientras uno se pierde. Todos hemos sentido, aunque sea por un instante, esa mezcla imposible: el calor dulce de ser necesario para alguien y el terror helado de desaparecer en el gesto.
Gaspar lo lleva en la sangre desde niño: en el hotel ruinoso donde ayudaba a su madre alcohólica y rota, arreglando desastres que no eran suyos. Huérfano a los diecinueve, solo en un mundo que lo mira de reojo, encuentra su lugar —o su condena— en ser indispensable para otros. Con Pandora, esa viuda luminosa y destrozada que organiza fiestas eternas para tapar su vacío, él está ahí: sosteniéndola cuando el alcohol la vence, limpiando lágrimas disfrazadas de risas, siendo el testigo mudo de una soledad que se disfraza de glamour. Después, en la isla perdida, con esa pareja desfigurada por el accidente —La Criatura—, el cuidado se vuelve absoluto, casi sagrado y asfixiante a la vez: un contrato extraño que prohíbe preguntar, noches velando cuerpos que ya no se reconocen, manos que curan lo irreparable mientras el propio corazón se va desgarrando en silencio.
No sé si este libro producirá en el lector el efecto deseado, pero disfrutar va a disfrutarlo.
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Autor: Guillermo Alonso. Título: El efecto deseado. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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