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Los textos robados a la felicidad, de Alejandro Gándara

Los textos robados a la felicidad, de Alejandro Gándara

Alejandro Gándara se alzó con el IV Premio de Ensayo Eugenio Trías gracias a un libro en el que propone recuperar la ética de la felicidad que aparecía en los grandes textos de la Antigüedad y que ha sido reinterpretada a lo largo de la Historia hasta quitarle su significado original.

En Zenda ofrecemos el prefacio de Los textos robados a la felicidad (Galaxia Gutenberg), de Alejandro Gándara.

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Prefacio: un tesoro a simple vista

Muchas historias y textos antiguos nos hablan de la felicidad. Pero trenzada de tal modo con la desgracia y la vicisitud de la aventura humana que no es fácil distinguirla. Al final, esas historias y esos textos han sido interpretados doctrinal o disciplinariamente, olvidando que contenían una enseñanza para ser felices en un mundo tortuoso. En resumen, contenían una ética para evitar el daño – ese dolor que nos hacemos nosotros mismos por no saber tratar con el dolor– y para obtener lo mejor de la vida.

Estos textos nos han sido robados por la catequesis de uno u otro signo, por la filosofía académica, por la exégesis histórica, por la historia de la literatura o la crítica estética, por nuestra propia pereza moral cuando en realidad esconden en su interior un tesoro de sabiduría para poder vivir sin miedo y sin angustia.

Son textos antiguos, pero las voces que resuenan en ellos son las más viejas que la humanidad ha escuchado. Proceden de la incertidumbre original de los primeros seres humanos cuya conciencia los empujó a hacerse preguntas sobre su presencia en este mundo. Desprotegidos y asombrados, amedrentados la mayor parte de las veces, fueron capaces de responder honestamente y de trasmitir el legado, pues les iba la vida en ello.

Solo mucho más tarde sus conclusiones se convirtieron en palabra escrita. Ya no serán nunca las mismas voces, pero sí las mismas palabras, las mismas respuestas a los mismos dolores y miedos. La civilización ha cambiado el paisaje, pero los temblores del alma siguen agitándola. Un día de estos, las máquinas harán nuestro trabajo y fundaremos colonias en algún exoplaneta, pero el trabajo para seguir siendo dueños de nuestra vida tendremos que seguir haciéndolo nosotros.

La misión de este libro es rescatar esos textos y de volverlos a sus legítimos dueños, los seres de un día que fluctúan sobre esta tierra.

En ellos encontraremos los materiales básicos de la existencia: placer y dolor, beneficios y pérdidas, victorias y derrotas, identidad y carencia.

La vida es eso. No solo una parte de eso: todo eso. He ahí la dificultad para conjugarlo en una forma con sentido. Pero es lo que hay que hacer… cuando se aspira a la felicidad (no toda la gente aspira).

Por otro lado, nadie obtiene de la vida solo una parte del lote. Ni los afortunados ni los desdichados. A todos, más tarde o más temprano, les entregarán el lote completo. Sobre esto no vale la pena engañarse, porque es un engaño que dura poco y que, cuando cambia el signo de los acontecimientos, hace que el mal duela un poco más o que el bien no sea aceptable. Corazones rotos, dicha resentida: quién no lo ha visto.

Una vida buena, esa es la cuestión. Una vida que podamos vivir sin daño y sin desaliento, pero sabiendo que hay dolor y fracaso, y que no hay manera de evitar los. Y que hay alegrías y triunfos, y tenemos que saborearlos, compartirlos, hacer que duren.

La felicidad no es un éxtasis ni un desbordamiento de alegría ni el cumplimiento pleno de un deseo. La felicidad es aceptar la vida con lo que ofrece y darle a eso su sentido. Precisamente, una de las formas de intensidad satisfactoria la encontramos cuando somos capaces de otorgar sentido a los acontecimientos que no dependen de nosotros.

Podría decirse que la felicidad no es diferente del sentido. El sentido con su doble cara: sentir y dirección de ese sentir. El sentido verdadero se siente. No es exclusivamente intelectual ni exclusivamente imaginario, es sobre todo una conmoción en la carne. Una comprensión que parece excedernos y a la vez iluminar la existencia: colaboran lo intelectual, lo imaginario, pero también lo intuitivo, lo soñado, lo creado.

La vida es lo que la vida tiene, lo que la vida da. Po demos amarla o podemos no amarla. Eso ya es cuestión de cada uno, que habrá de evaluar lo que le ha sido con cedido y si merece la pena. Sí preferiría, por ejemplo, no haber existido nunca, como el centauro Quirón, maestro de héroes.

Pero si estamos aquí, si nos hemos quedado aquí, es porque hemos llegado a un acuerdo. Y no debiera haber quejas. Tampoco grandes descubrimientos. Vendrán el bien y el mal a llamar a la puerta y tendremos que abrir la. Nos sorprenderá el momento, la escena, los personajes. Poco más tendría que sorprendernos. Cuando al ateniense Jenofonte vinieron a comunicarle la muerte de su hijo mayor, combatiente en Mantinea, contestó: «Sabía que lo engendré mortal».

Tendemos a pensar que feliz es exclusivamente el dichoso, el afortunado, el bienaventurado, el que colma su deseo. Como en la palabra hebrea escher. También en latín, felix, habla de la buena fortuna, pero solo después de haber dado a la palabra su significado esencial: fértil, fecundo. La persona feliz lo es por su cosecha y su cosecha depende de su naturaleza, del suelo en el que crece, de su carácter. También hay un término griego utilizado en la traducción de la Biblia de los Setenta con el mismo sesgo, makários, feliz en el sentido de bendecido, y a partir de ahí acompañado de riqueza y dones materiales.

Sin embargo, la palabra que mejor abarca los con trastes de la existencia es una palabra griega mucho más antigua, usada a menudo por Sócrates y Platón, pero de dominio común por aquel entonces: eudaimonía. Suele traducirse por «felicidad» a secas, pero el término insinúa mucho más, como muestra su composición. La partícula eu– indica bondad, algo que es bueno o que está bien. Y δαίμων se relaciona con lo divino en formas múltiples, como dios o diosa, genio, espíritu. También es sombra, fantasma, espíritu de los muertos. En fin, todo lo que se comunica con el mundo de las fuerzas invisibles – la fatalidad, la fortuna–, incluyendo las cósmicas y feéricas. Nosotros lo llamamos demonio, lo que representa solo una variante de lo invisible.

Todos poseemos un daimon: algo divino respira en nosotros, tal vez un soplo del alma que inspira el universo. Por tanto, buen daimon: lo divino que hay en nosotros está bien, funciona correctamente.

El buen daimon nos permite poner las cosas en su sitio, porque trasmite una noción – meramente intuitiva– de orden, de razón, de cosmos organizado en medio de la catástrofe de dolor, angustia, miedo. Lo divino que hay en nosotros está bien si su trabajo de comunicación – siempre incompleto, siempre por hacer– entre la experiencia desordenada y el orden es eficiente. Si es capaz de colocar la muerte, la pérdida y el dolor en el orden general de la existencia, del mundo, del universo. Si lo entiende, lo acepta. Sabe que es así y que no podría ser de otra manera. El daimon no tiene miedo a la mortalidad.

No es fácil asumir una vida que está atravesada por obstáculos en cada campo de acción (trabajo, política, afectos); que nunca concede todo lo que deseamos y donde el deseo no es garantía de bien; donde la predecibilidad es pequeña; las pérdidas se suceden; la retribución por nuestro esfuerzo o buenas obras es aleatoria; donde es difícil perdonarse los errores y los delitos tanto como la caída de los propios ideales, etcétera.

Precisamente porque la vida está hecha a base de dificultades, la única forma de encontrar algo parecido a la felicidad es aceptar que las cosas son así y que de todas formas seguiremos nuestro camino. Lo contrario es poner condiciones a la vida para que sea soportable. Si consigo esto, si sucede esto otro, si lo de más allá tiene éxito, si la enfermedad o la muerte no golpean demasiado pronto ni demasiado fuerte a los míos; si… Como si eso fuera posible.

Nada de condiciones: son absurdas. Y la vida es sor da. En este aspecto, la Biblia es un libro profundamente moral: ninguna penalidad ni atrocidad se le escapa. Pone ante los ojos del lector o del oyente una galería detallada y abundante de las desgracias de los seres humanos sobre esta tierra. Define lo que supone este tránsito y prepara para evitar las falsas esperanzas. El triunfo consiste en elevarse sobre la calamidad, no en que no suceda.

En gran medida, la literatura y el pensamiento antiguos tuvieron por cometido pintar la crudeza de nuestra existencia sin abalorios ni mentiras piadosas. Había que educar en la frágil condición humana y en las duras circunstancias en que se desenvolvería. Había que saber desde el principio – y recordar a lo largo de la vida entera– a qué nos enfrentábamos. Sin subterfugios ni promesas esotéricas. Al final, no dejaba de ser una forma de consuelo. Al menos, en comparación con la mentira, que se nutre de la frustración.

El dolor y la muerte en sus mil manifestaciones, desfilando ante los ojos, sin escatimar miseria humana, hasta la aceptación final. Y hasta el conocimiento de cómo, en un mundo así, es posible la alegría, la satisfacción, el amor.

No es lo mismo aceptación que resignación. El resignado acata acontecimientos que rechaza esencialmente, que le parecen injustos, anómalos, arbitrarios, producto de una voluntad malévola o de una naturaleza caótica. El que acepta, en cambio, entiende que las cosas son así y que es insano o estúpido plantearse que sean de otra manera. Es más, entiende que para que su vida sea plena y tenga sentido las cosas no pueden ser más que como son.

El mortal no se vuelve dichoso creyéndose o esperan do ser inmortal, sino obteniendo de su mortalidad todo lo que ella pueda darle: placer, superación, valor, cono cimiento, amor. Sin muerte en el horizonte, la vida no entregaría ninguno de esos dones. El que quiere cambiar la muerte por la inmortalidad deja de atender a los regalos de esta vida en la espera de un regalo mayor que, por mucho que crea en él, ignora si se realizará y de qué modo. Quien siente así, ya no está entre nosotros y su única aspiración es que haya otro lugar mejor en alguna parte. Una forma de desconsuelo.

Somos mortales. Todo está bien.

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Autor: Alejandro Gándara. Título: Los textos robados a la felicidad: 22 historias para vivir sin miedo. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.

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