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Los toreros del museo

Los toreros del museo

Imagen de portada: Pedro Romero entra a matar recibiendo. Atribuido a Juan Cháez. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.

Esta Semana Santa, muchos visitantes del Museo Nacional de Escultura, de Valladolid, han salido complacidos por la visita y asombrados, al mismo tiempo. Dense cuenta de que se trata de un museo de escultura, y, aunque la preferencia es la abundancia de obras de escultura religiosa, no solo de cristos y vírgenes y sayones y retablos ha vivido el hombre. También hay una nutrida colección de esculturas digamos civiles o profanas. Y entre estas, una esplendida colección de figuras taurinas, pues téngase en cuenta que tratándose de un museo de escultura en él, si la pieza reúne las suficientes méritos de calidad e historia, no se mira si es escultura civil o religiosa y se expone con todos los honores.

La colección taurina de este museo contiene 27 figuras de toreros y toros adquiridas por el Ministerio de Cultura en el año 1999, siendo Secretario de Estado Miguel Ángel Cortés. Traer dicha colección a Valladolid fue una «cortesía» que los amantes del arte y de los toros agradecemos, pues dicha colección es única en su especie. Son obras de finales del siglo XVIII (quizá de 1789) realizadas por un artista, buen conocedor del mundo taurino y hábil realizador de figuras de tamaño medio (60 centímetros las de a pie y hasta un metro las que tienen un caballo).

José Sánchez de Neira en su Gran Diccionario Taurómaco de 1896 lamentaba desconocer “el nombre del distinguido escultor a quien deben las bellas artes la más original, acabada e inmejorable colección de figuras de talla que representando toreros y caballos, tiene en su palacio llamado La Alameda, muy cerca de la capital de España, el excelentísimo señor duque de Osuna y del Infantado”.

"Cuando nosotros las vimos, nada más llegadas al museo, nos parecieron admirables, insólitas, únicas, garbosas, bien movidas y bien vestidas"

Pensemos, por tanto, que un historiador taurino, uno de los más afamados, vio las esculturas que ahora podemos contemplar nosotros en el Museo y no solo le gustaron, sino que nos dice su procedencia: el palacio de La Alameda del duque de Osuna, en los alrededores de Madrid, donde el duque del Infantado levantó ese palacete, al modo de las antiguas quintas, llamado también “El capricho”, por el que sentía hacía él la propia duquesa.

Cuando nosotros las vimos, nada más llegadas al museo, nos parecieron admirables, insólitas, únicas, garbosas, bien movidas y bien vestidas, ya que son figuras de vestir.

Entre los estudiosos investigadores contamos al conde de las Almenas, autor del catálogo de la exposición montada en 1918 sobre “El Arte en la Tauromaquia, quien creyó que eran obra de un escultor granadino llamado Pedro Antonio Hermoso y añadió: Están “primorosamente ejecutadas, vestidas con lindos trajes de la época, con una riqueza de indumentaria que asombra”.

Fue además el primero en asegurar que entre los toreros hay ‘retratos’; es decir, aparecen representados toreros de aquellos años, como Pedro Romero, Pepe-Hillo, el picador Laureano Ortega de Isla, Joaquín Rodríguez Costillares, el banderillero Manuel Nonilla y otros afamados miembros de las más conocidas ‘compañías de toreros’, que así es como se llamaban las que hoy denominamos cuadrillas.

El conde de las Navas, en su libro El espectáculo más nacional, (1899) escribe (pág. 234-2ª edición): “los aficionados recuerdan una colección de toreros de bulto que existían en la Alameda de Osuna, y no falta quien asegure que tales esculturas, en madera y coloristas, eran retratos de famosos diestros”.

Las suertes esculpidas son: dos suertes de matar y dos de varas, un grupo de mulillas con sus chulos arrastrando un toro, y un alguacil a caballo.

"Una curiosidad: el escultor era amigo de Goya, según se contaba en cartas cruzadas entre los nobles que elogiaban su labor"

Posteriores investigaciones hechas por el profesor Jesús Urrea, de la cátedra de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, apuntan hacía el escultor malagueño Juan Cháez como probable autor de estas escenas taurinas, autoría admitida por diferentes estudiosos de estas figuras.

El escultor Juan Cháez estaba en el año 1783 al servicio del infante don Luis Antonio de Borbón, en su pequeña corte de Arenas de San Pedro (Ávila), con sueldo de 12.000 reales anuales y dedicado a hacer esculturas de manera constante para donde hicieran falta; es decir, esculturas de pequeño tamaño para «belenes», para jardines, y las más para salones, muchas de ellas realizadas sobre madera, pero también sobre barro cocido y después policromado (al estilo de las piezas de Juni de la iglesia de San Francisco, de Medina de Rioseco) o cera revestida de estuco y policromada igualmente.

El matador Pepe Hillo herido, acompañado por dos toreros. Conjunto atribuido a Juan Cháez. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.

El profesor Urrea, indagando el origen de las piezas que forman esta corrida de toros, y suponiendo que habrían pertenecido a los bienes del infante don Carlos María Isidro de Borbón, secuestrados por decreto de 19 de septiembre de 1836, dice haber localizado un expediente con el inventario de varios efectos del cuarto del infante don Sebastián, que fue entregado al alcalde del Palacio Real y en él se describen, con medidas y características de los trajes, las esculturas de un belén de buen tamaño. Entre ellas aparecen las “figuras de barro de Cháez correspondientes al citado Nacimiento”, que eran las siguientes: “Un cazador con su perro, un buey y un murciano; un grupo formado por pastor, perro y dos viejas; dos bueyes y una barrica; una mula con un serón; 21 figuras de ovejas, cabras, perros; 19 de pastores y pastoras; 12 aves; 38 patos; más otras 12 figuras”.

En dicho documento no se citan las esculturas de los toreros, que habrían sido trasladadas a otro lugar por considerarse piezas ejemplares. Pero sí se mencionan en las cuentas de enero de 1793 en un pago a Francisco López, maestro sillero de la Real Casa, por “el importe de quatro sillas de Toreros con sus rendages, evillas, frenos, estribos, espuelas y vanderillas de colores”…

Una curiosidad: el escultor era amigo de Goya, según se contaba en cartas cruzadas entre los nobles que elogiaban su labor, y tenían clientela común; de ahí que llegara a decirse que las esculturas estaban imbuidas del espíritu goyesco.

"No ha sido encontrado ningún documento que atestigüe por escrito la autoría de Juan Cháez,"

Todavía una segunda curiosidad relacionada con Valladolid. Varios investigadores confirman la teoría de que las esculturas en efecto corresponden a toreros afamados, realizadas con la intención de retratarlos con su vera efigie; esto es, que representan a Pedro Romero, a Joaquín Rodríguez Costillares, al banderillero Nonilla (Manuel Nona Rodríguez), al picador Laureano Ortega y otros. Se da la curiosa circunstancia de que, al menos Romero, Nonilla y Costillares “han vuelto a Valladolid” para quedarse en el Museo, pues los dos primeros estaban entre los lidiadores de las cuatro corridas de feria del año 1796, las del más antiguo cartel de toros que se conoce de Valladolid, y Joaquín Rodríguez Costillares toreó en Valladolid en 1777, como se sabe.

No resisto la tentación de dar noticia aquí de una habilidad del Nonilla dada frecuentemente en la plaza. Debió de ser hombre de buen humor, ya que en un manuscrito de la Biblioteca Nacional, su anónimo autor comentando una faena de Paquiro, dice: “Montes (Francisco Montes Paquiro) le fue a hacer al toro un cuarteo en cuclillas, con el capote puesto por la cabeza, parecido a los que con tanta gracia ejecutaba el antiguo Nonilla”.

Es lástima que no se haya podido confirmar documentalmente la autoría. Me refiero a que no ha sido encontrado ningún documento que atestigüe por escrito la autoría de Juan Cháez, y permanezca latente la atribución a Pedro Antonio Hermoso, teoría antigua y poco firme. Lo satisfactorio es que tenemos la suerte de que las esculturas, sean de quien sean (a los estudiosos cada vez les parecen, por diferentes detalles, más de Cháez), las conserve el Museo Nacional de Escultura, al alcance de nuestros ojos y de nuestra curiosidad.

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