Inicio > Creación > Adelantos editoriales > Los tres libros de Ana Díaz, de Carmen de Burgos

Los tres libros de Ana Díaz, de Carmen de Burgos

Los tres libros de Ana Díaz, de Carmen de Burgos

Entre 1918 y 1921 se publicaron en Madrid tres libros y una traducción firmados por Ana Díaz, el seudónimo tomado del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. El primero de ellos, La entretenida indiscreta, narraba en forma autobiográfica, a la manera picaresca, la vida de una joven desde su infancia miserable en un pueblecillo sevillano hasta alcanzar una situación desahogada en la corte gracias a la prostitución, a la que retrataba y denunciaba en sus diversos aspectos con estilo libre y desenfadado, aunque alejado de la literatura erótica. La muerte repentina de Carmen de Burgos en 1932, y la represión y prohibición que su obra y su memoria sufrieron durante el franquismo, mantuvieron en el anonimato estos libros que un siglo después de su publicación, reaparecen con la misma frescura y brillantez con que fueron escritos.

Zenda publica unas páginas de esta obra, publicada por la editorial Hiperión.

Interludio justificativo

Carmen de Burgos. Colombine

Llegado a esta página dirá el lector: ¿qué clase de bachillera es esta que así pretende venir a despatarrarnos con un librejo todo él taraceado de romance arcaico, español modernísimo, sentencias, hemistiquios, citas, versos y latinajos? Aquí hay gazapo, y detrás de esta mujercilla alguien se esconde. En este predicamento andamos las mujeres en España, que no podemos dar de nosotras sino decadencias pueriles, palabras ruidosas o conceptos desaliñados, guardándose los hombres para sí la compostura del estilo y la geométrica sublimidad de los pensamientos. Me desnudo de toda pasión para decirle al sexo fuerte que deponen en contrario, desde Santa Teresa de Jesús a Emila Pardo Bazán, muy buenas testigos.

Sobradamente sé que he debido cribar en cernero de apretado cedazo no pocos parrafillos por donde asoman granzones de erudición de no muy buena calidad, y que otros no he debido echarlos a perder con impertinentísimos escolios y añadiduras. Mas ¿por qué ha de exigírseme a mí, que soy lega en las absconditeces de la crisopeya literaria, lo que a los demás se les perdona? Cierto que mezclar voces magnificentes con palabras triviales y comunes, es grave pecado. Pero ni soy yo la primera que, desdeñando el estilo doctrinal o didascálico escribe a la papillota, de manera incuriosa, desgreñada, charra y guedejuda, ni andan las letras españolas tan sobradas de grandes ingenios que no pueda yo escupir en corro y pensar que todo el mundo es país.

Lean por vida suya al doctor don Cristóbal de Castro, y verán cómo a mí se me juzga más blandamente. Alléguenme al estupendo erudito don Julio Cejador, que anda por ahí con un conceptazo de sabiduría aturrulante, y pensarán que no es mi entendimiento tan cerrado de poros como para sonrojarme. Compárenme, que aunque comparación no sea razón, a veces es necesidad; compárenme, digo, con la Colombine, y advertirán que vengo siendo a su lado aquella perla que, desatada en vino o en agua, se bebió Cleopatra a la salud de Antonio. Donde tanto escritor publica sin punta de sindéresis, ni pizca de entendimiento, ni asomo de meollo, que más que de personas leídas dan cara de pantominos y charlatanes, bien puedo permitirme yo echar mi cuarto a espadas, que dentro del gremio plumífero-femíneo, exceptuando a la susomentada condesa, para calificarme a mí se necesitan apodos con cinco dedos de tacón.

De emoción trepido ya pensando en los peros que van a ponerle a este librejo los críticos sorumbáticos que tanto abundan. Vaya con la dragoncilla, dirán, que sobre querer arrastrar con su cola a medio mundo sideral, pretende empujarnos sus masturbaciones a trágala perra. Escamonde, escamonde su obrilla y salga más acicalada a la calle, que por este fielato no pasa ese matute. Eso si es que no se dan la mano para ponerme cuestiénculas de poco más o menos, o bien conspiran en silencio contra mí. Por cierto que semejantes conspiraciones me tienen muy descuidada, pues de este libro, cuando no haya quien compre toda la edición para retirarla, sobrará quien lo busque para recrearse.

De memoria me sé yo a esos críticos, que a la tercera paletada se les cansa la alegoría, y que bostezando ignorancia se las dan de personas porque aprendieron de memoria cuatro sentencias que encajan a diestro y siniestro. Si piensan que pasan por entendidos, sepan que sólo los que son tan bolos como ellos quedan boquiabiertos; a los inteligentes les abruma tanta pedantería. Ha de mostrarse la cultura por modo alusivo, como brote de árbol lozano, y en manera alguna como farol de colorines que se cuelga del ramaje. Bien que prefiera sin titubeos a estos que por no haber sabido leer necesitan demostrar que leyeron, que a los que hacen gala de su calvicie intelectual y desdeñan la referencia traída con oportunidad, el latín que no entienden o la cita del autor que no conocen.

Otras obras mías saldrán menos empedradas de erudición. Esta va con su parte sexquipedal y de buena cepa, que estoy segura ha de gustar en la Academia, y sobre todo al presidente, tan picado de gerundismo, y a don Ricardo León, tan conceptuoso y amante de las palabras contorneadas. Mas no quiero rebajarme tanto que tenga lo que yo hago por cosas sin enjundia ni arte alguno. ¿Díganme, si no, qué puede leerse en España —pongamos sobre nuestras cabezas a Galdós, a Palacio Valdés y a doña Emilia Pardo Bazán— fuera de las novelas de Baroja y Valle Inclán, de los ensayos y discursos de Unamuno y Ortega y Gasset, de los versos de Antonio Machado, Enrique de Mesa y Andrés González Blanco; de los comentarios políticos de Araquistain, Dionisio Pérez, Maeztu y Luis Bello, de las arbitrariedades de Xenius, de la crítica de Pérez de Ayala, de la emoción lugareña de Azorín, y de alguna que otra monografía erudita? Pienso que nada, viendo tanta blandenguería inocente, tanta necedad in puris narturalibus, tanta osadía de pensamiento, tanto relincho a tente bonete, y tantos que escriben, como de Voltaire decía Montesquieu, para su convento. Que los que no se pierden en exotiqueces pornográficas, andan dándoselas de casticistas. Ni lo uno ni lo otro es universal, y en ambos casos los movimientos del espíritu están limitados. Cierto que toda gran obra de arte ha de realizarse en honor de los muertos,  pero con el pensamiento en los que han de nacer, y participando por igual de lo que fue, de lo que es y de lo que será. Vivimos a condición de reflexionar sobre lo que hay de esencial en nuestra existencia futura. Nadie querría recomenzar la vida, y todos pensamos en continuarla. Si un libro no logra prestar energía a la inteligencia, acalorar la voluntad o perfeccionar el mecanismo interno de nuestro corazón, no vale gran cosa. Algo de eso he intentado yo, aparte de lo eutrapélico y escaramuceante, en la primera parte de este libro. De la segunda sólo quiero decir que no se ha compuesto para las que en Inglaterra llaman bread and butter girls.

—————————————

Autora: Carmen de Burgos. Edición: Jesús Munárriz. Título: Los tres libros de Ana Díaz. Este fragmento pertenece al titulado La entretenida indiscreta (pp. 85-87). Editorial: Hiperión. Venta: Hiperión.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)