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Zorro, de Dubravka Ugrešic

Zorro (Impedimenta), de Dubravka Ugrešic, es una aventura autoficcional que sumerge al lector en un laberinto literario para reivindicar el poder de los relatos. Un artefacto que conjuga pasión, humor y erudición, de la mano de una de las voces más importantes del panorama europeo actual.

¿Cómo se crean los cuentos? La narradora, en su búsqueda de respuesta, irá desde los Estados Unidos hasta Japón pasando por Rusia, Italia y Croacia, y hablará de escritores con autobiografías secretas, de artistas laureados gracias a sus viudas, de romances marcados por la irrupción de la guerra y de niñas que convocan con unas pocas palabras todo el poder de la literatura. Nabokov, Pilniak, Tanizaki

Dubravka Ugrešic nació en 1949 en Kutina, un pueblecito cercano a Zagreb, y tras estallar la Guerra de los Balcanes se exilió. Ha enseñado en universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín, y ha recibido varios galardones, entre los que se cuenta el Premio del Estado Austriaco a la Literatura Europea (1998), con el que han distinguido a otros autores como Stanisław Lem, Marguerite Duras y Mircea Cărtărescu.

Zenda publica las primeras páginas de Zorro.

Primera parte

Un cuento sobre cómo se crean los cuentos

La auténtica diversión literaria empieza justo cuando la
historia se escapa al control del autor, cuando empieza
a comportarse como un aspersor de jardín y a salpicar
en todas las direcciones; y cuando la hierba comienza
a crecer no debido a la humedad, sino a causa de
la sed que le provoca la fuente de humedad cercana.

I. Ferris, The Magnificent Art of Translating
Life into a Story and Vice Versa

I

De veras, ¿cómo se crean los cuentos? Creo que muchos escritores se hacen esta pregunta, aunque la mayoría de ellos evitan contestarla. ¿Por qué? Quizá porque no saben la respuesta, o quizá porque temen portarse como esos médicos que en sus conversaciones con los pacientes usan solo términos latinos (ciertamente, cada vez son menos), para así llevarle ventaja al enfermo (ventaja que de todos modos tienen) y mantenerlo en una posición inferior (en la cual el paciente se halla de una manera u otra). Por eso los escritores prefieren encogerse de hombros y permitir que los lectores crean que los cuentos proliferan como las malas hierbas, y tal vez es mejor así, ya que de las reflexiones de los literatos sobre este tema se podría recopilar una voluminosa antología de insensateces. Y, cuanto más obvia es la insensatez, más admiradores tiene su autor, como ese famoso escritor que repite testarudamente que su epifanía, en sentido creativo, fue un partido de béisbol. ¡Cuando la pelota de béisbol surcó el aire, le llegó la revelación súbita de que era un novelista! En cuanto volvió del partido a casa, se sentó a la mesa de trabajo, y desde entonces no para.

El escritor ruso Borís Pilniak empieza su obra «Un cuento sobre cómo se crean los cuentos» (hay que decir que el texto apenas tiene diez páginas) señalando que en Tokio conoció por casualidad al escritor Tagaki, acerca del cual alguien le había comentado que se había hecho celebre con una novela en la que describía a una «mujer europea», una rusa. Aquel Tagaki se habría evaporado de la memoria de Pilniak si en la ciudad japonesa de K., en el archivo del Consulado soviético, no hubiera visto la solicitud de repatriación de Sofia Vasílievna Gnedyj-Tagaki.

Y, después, ¿qué ocurrió después? El anfitrión y compatriota de Pilniak, secretario del Consulado soviético, el camarada Dzhurba, lleva a Pilniak a las montañas que rodean la ciudad para enseñarle el templo del zorro. «El zorro es el dios de la astucia y de la traición. Si el espíritu del zorro penetra en un hombre, la estirpe de este hombre está maldita. El zorro es el dios de los escritores», escribe Pilniak. El templo está ubicado a la sombra oscura de los cedros, sobre una roca que se precipita al mar, y en su altar reposan los zorros. Desde allí se abre la vista a una cadena montañosa y al océano, y reina un silencio inusual. Ahí, en ese lugar sagrado, Pilniak reflexiona sobre cómo se crean los cuentos.

El templo japonés del zorro y la autobiografía de Sofia Gnedyj-Tagaki (que el camarada Dzhurba le da a leer al escritor) incitan a Pilniak a escribir el cuento. Sofia había hecho el bachillerato en Vladivostok para luego aceptar un empleo de maestra, pero solo hasta que «se presentara un pretendiente» (comentario de Pilniak); era una muchacha «como las había a miles en la antigua Rusia» (comentario de Pilniak); «un poco boba, como lo es la poesía, lo que corresponde a los dieciocho años» (comentario de Pilniak); en Rusia, las biografías femeninas se parecían «como una cesta a otra»: el primer amor, la pérdida de la virginidad, la felicidad, el marido, un niño y poco más. La biografía de Sofia empieza a interesar a Pilniak solo a partir del momento en que el barco llegó «al puerto de Tsuruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a las de millares y millares de mujeres rusas de provincias».

De todos modos, ¿cómo llego a parar esta joven mujer a un barco que viajaba a Tsuruga? Utilizando fragmentos de la autobiografía de Sofia, Pilniak evoca hábilmente su vida en Vladivostok, en los años veinte del siglo pasado. Sofia alquila una habitación en la casa en la que reside también el oficial japonés Tagaki. De él se contaba, escribe Sofia en su breve autobiografía, que se bañaba dos veces al día, usaba ropa interior de seda y por las noches se ponía pijama. Tagaki habla ruso, pero en vez de r pronuncia l, lo que suena cómico, sobre todo cuando lee en voz alta poemas de sus poetas rusos favoritos («La noche murmuraba…»).

Aunque las ordenanzas del ejército japonés prohibían a los oficiales casarse con extranjeras, Sofia y Tagaki se prometen muy pronto, al «estilo de Turguénev».

Antes de viajar a Japón —porque los rusos están a punto de irrumpir en Vladivostok—, Tagaki deja a Sofia instrucciones y dinero para que esta pueda seguirlo más adelante.

Sofia viaja de Vladivostok a Tsuruga, donde la policía fronteriza japonesa la detiene e interroga sobre su relación con Tagaki. Ella confiesa que están prometidos. La policía también arresta a Tagaki, le propone romper su compromiso y enviar de nuevo a Sofia a Vladivostok, a lo que Tagaki se niega. En vez de ello, mete a Sofia en el tren para Osaka, donde la esperará su hermano para llevarla al pueblo, a la casa paterna, mientras que él mismo se pone a disposición de la policía militar. Pronto el caso se resolverá favorablemente para Tagaki: lo expulsan del ejército para siempre y lo condenan a dos años de destierro, pero recibirá permiso para cumplir el castigo en el pueblo, en la casa paterna, oculta «tras flores y verdor».

Los recién casados pasan los días en un dulce aislamiento. Sus noches están colmadas de ardientes pasiones y los días, de una cotidianidad tranquila, no alterada por nada. Tagaki es amable, pero taciturno, lo que más le gusta es pasar los días encerrado en su despacho.

«Ella amaba, respetaba y temía a su marido; lo respetaba porque era todopoderoso, noble, silencioso y lo sabía todo; lo amaba y lo temía porque cuando ardía de pasión lograba subyugarla por completo», escribe Pilniak. Y, de todos modos, a pesar de no saber mucho sobre su marido, a Sofia la colmaba por completo la felicidad de aquella vida en común. Cuando se termina oficialmente el destierro de Tagaki, la joven pareja continúa viviendo en el pueblo. Y entonces irrumpen en la soledad de su vida periodistas, fotógrafos, gente… Así es como Sofia descubre el secreto del retiro diario de su marido en el despacho: en esos dos o tres años, Tagaki había escrito una novela.

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Autora: Dubravka Ugrešic. Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Título: Zorro. Editorial: Impedimenta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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