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Los trozos de vida de Clara Pastor

Los trozos de vida de Clara Pastor

Hace ya varios meses que disfruté con Los buenos vecinos y otros cuentos de Clara Pastor. Las novedades editoriales que tenían mayor apremio informativo han ido retrasando el comentario de esta relevante e intensa colección de relatos, que ahora rescato con el ánimo de reclamar la atención que merece y con el propósito de que no quede en el olvido entre tantos libros corrientes como saca al mercado una actividad editorial un tanto fatigosa.

Las once piezas reunidas por Clara Pastor responden a una poética unitaria: arañar en situaciones humanas bajo las cuales late en potencia, y a veces explota, un conflicto de densidad dramática. En esas situaciones parece no ocurrir nada grave, pero terminan por desvelar traumas y problemas profundos. Algo me han recordado algunos cuentos la intrascendencia anecdótica del realismo de Raymond Carver, aunque nuestra autora siempre sostiene sus historias en una trama argumental más sólida que el americano y, sobre todo, cuida mucho el proporcionarles un desenlace un tanto cerrado. Pero ambos participan de un común deseo de despertar incertidumbre y desasosiego en el lector. De todos modos, el final de sus historias no altera el designio de Clara Pastor de atenerse a la mostración, tan a la manera de uno de nuestros maestros en el género, Ignacio Aldecoa, de un trozo de vida.

"La violencia, el desamor, el egoísmo, las diferencias de clase, la hipocresía, la bondad natural y desinteresada... forman el bucle de motivos ensortijados en el libro"

Este planteamiento genérico es compatible con una suficiente diversidad en las peripecias y en la localización espacial, de modo que lo vario sea un correctivo contra la monotonía. Las historias recopiladas acogen situaciones del todo diferentes y sus escenarios se emplazan en lugares tan distintos como un par de sitios de Hispanoamérica, una ciudad estadounidense o Roma. Esta concreción no anula, sin embargo, el efecto de la mayor parte de los cuentos de estar situados en un medio inconcreto, deliberadamente impreciso, libre de notas ambientales o geográficas exactas. Porque Pastor no entiende la ficción como el espejo que refleja con minuciosidad verista el marco de una acción, que tampoco suele ser externa sino más bien trasunto de movimientos del alma, de experiencias mentales, de desasosiegos íntimos.

Cabe resumir las peripecias referidas en los relatos, por su dicha carga argumental, pero no merece la pena porque subrayaríamos en exceso esa dimensión de cuentos que cuentan cosas y le haríamos un flaco favor a lo capital: la creación de unas atmósferas marcadas por lo evanescente. Y ahí, en ese medio bastante inconcreto, se enhebran los quereres o sentires de personajes marcados por rasgos peculiares, individualizadores: seres atribulados, parejas tormentosas, familias con fuertes desarreglos, pasiones nocivas, hombres duros y mujeres raras, niños aturdidos, personas con vivo sentimiento de derrota, malentendidos fatales… La violencia, el desamor, el egoísmo, las diferencias de clase, la hipocresía (duro alegato en el límite mismo de la denuncia política el representado en la insensibilidad de un agitador indigenista impasible a la crueldad más inmediata encarnada en un perro moribundo), la bondad natural y desinteresada (la emotiva de una criada, una galdosiana Benigna actual, que dulcifica las discrepancias matrimoniales)… forman el bucle de motivos ensortijados en el libro.

"La sencillez, voluntaria simplicidad aparente, de los cuentos se corresponde con una escritura nada retórica: clara, sencilla, cuidadosa, de fraseo clásico"

El mundo imaginario de Los buenos vecinos… es complejo, por tanto. Lo negativo (la violencia, la ruptura, el fracaso, las relaciones imposibles o truncadas) se contrapesa con lo positivo (alientos de esperanza, proximidad afectiva a los frecuentes animales). Pero no es esto último lo que se impone en el libro. La balanza se inclina del lado de una emocionalidad intensamente triste. Aunque la falta de énfasis dostoievskiano atempere la gravedad y dureza del mensaje, este no resulta menos amargo. Por si fuera poco, la autora trasmite, a su manera carente de ampulosidad trágica, una difusa pero fuerte vivencia de un mundo que inspira intranquilidad, incluso miedo. No se trata de una realidad mental específica y racionalizable, sino de un temor borroso recreado literariamente con gran plasticidad, y con una plena eficacia narrativa.

Clara Pastor hace en Los buenos vecinos… un magnífico ejercicio de imaginación moral. Lo que haya en sus piezas de testimonio de época —sobre todo la crisis de la pareja y la revolución en la familia tradicional, doble motivo que ocupa en estos días a unos cuantos de nuestros narradores— se sostiene en una notable de capacidad de observación de los comportamientos genéricos de nuestra especie. La sencillez, voluntaria simplicidad aparente, de los cuentos se corresponde con una escritura nada retórica: clara, sencilla, cuidadosa, de fraseo clásico. Fondo y forma manifiestan un atinada sincronía. De ello se deriva una intensidad emocional muy fuerte, una escritura comunicativa que apela a las experiencias del lector, a la capacidad de éste de revivirlas, y sacar de paso las pertinentes consecuencias, por no decir lecciones, para su propia vida. Los buenos vecinos… es la tardía opera prima de la autora. Ojalá no se trate de una inspirada escritura ocasional y nos depare largas nuevas jornadas de narraciones hondas y conmovedoras.

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Autora: Clara Pastor. Título: Los buenos vecinos y otros cuentosEditorial: Acantilado. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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