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La Generación Beat, o el arte de convertir la derrota en música

La Generación Beat, o el arte de convertir la derrota en música

Hubo un tiempo, a mediados del siglo pasado, en que un puñado de muchachos flacos y hambrientos de experiencia decidió que la literatura norteamericana no podía seguir escribiéndose con corbata. Lo hicieron a su manera, por supuesto, que consistía en no hacerlo de ninguna manera en particular, sino en dejarse llevar por el pulso de las cosas, por el bebop de Charlie Parker, por las carreteras interminables de un país que todavía olía a pólvora de la guerra recién acabada y por esa vaga intuición de que la vida, para que mereciera la pena, tenía que dolerle a uno en alguna parte.

Se llamaron a sí mismos beat, palabra que admite lecturas contradictorias y que probablemente por eso les gustó tanto. Significa derrotado, cansado, molido, pero también pulso, ritmo, latido. Jack Kerouac, que fue quien acuñó el término con la misma desenvoltura con la que bautizaba sus resacas, quiso darle además una resonancia beatífica, casi religiosa, como si aquellos vagabundos de Manhattan fueran una orden mendicante de la posguerra. En cierto modo lo eran. Su convento fue el West End Bar de Manhattan, su liturgia el jazz, su breviario los cuadernos de bolsillo donde anotaban compulsivamente cualquier destello del día.

Un piso, dos mujeres y el nacimiento de un movimiento

La historia oficial sitúa el origen de la Generación Beat en el campus de la Universidad de Columbia, donde Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Lucien Carr y Herbert Huncke coincidieron hacia 1944. Es una historia útil, ordenada, apropiada para las solapas de los libros. La historia real es bastante más turbia y, como suele ocurrir con las historias reales, bastante más interesante.

"Existió un nudo de amistades, amores, celos, adicciones y crímenes que hizo que la Generación Beat, antes que una escuela literaria, fuera una novela policíaca sin resolver"

En el centro de aquel germen hay un piso compartido en Nueva York por dos mujeres, Edie Parker y Joan Vollmer, que funcionó durante años como auténtica sede del futuro movimiento. Parker acabaría casándose con Kerouac, aunque la boda tuvo un aire más bien administrativo, ya que la condición previa para el sí quiero era que ella pagase la fianza que lo sacaba de la cárcel. Vollmer se uniría a Burroughs, y entre unas cosas y otras aquel apartamento fue el lugar donde se cruzaron los caminos que después la crítica literaria ha querido dibujar como una línea recta.

La línea recta, obviamente, no existió. Existió un nudo de amistades, amores, celos, adicciones y crímenes que hizo que la Generación Beat, antes que una escuela literaria, fuera una novela policíaca sin resolver.

El cuchillo de los Boy Scouts

El 13 de agosto de 1944, Lucien Carr mató a David Kammerer con un cuchillo de Boy Scout en Riverside Park, se deshizo del cuerpo en el río Hudson y fue a buscar a Kerouac para que lo ayudase a tirar el arma. Kammerer había sido amigo de la infancia de Burroughs y, durante años, el acosador obstinado de Carr. El episodio, truculento y shakesperiano a partes iguales, acabó con Kerouac acusado como cómplice y con Burroughs como testigo, aunque ninguno llegó a ser procesado.

Años después, Burroughs y Kerouac escribirían a cuatro manos una novela sobre aquella noche titulada Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, que tardó décadas en publicarse. Quien quiera entender por qué los beat no creían en la inocencia del mundo tiene ahí un buen punto de partida. Empezaron su aventura literaria enterrando un cadáver.

El rollo, la máquina y el mito

Ninguna leyenda beat ha cuajado con tanta fuerza en el imaginario colectivo como la del rollo de En el camino. La versión popular dice que Kerouac escribió la novela en tres semanas, sin dormir, cargado de anfetaminas, sobre un rollo de papel continuo para teletipo, mientras sonaba jazz en la radio. Es una imagen magnífica, digna de un cuadro de Pollock, y como casi todas las imágenes magníficas, sólo es verdad a medias.

El dato mecánico es cierto y asombroso. Entre el 2 y el 22 de abril de 1951, en un apartamento del número 454 de la calle 20 oeste de Manhattan, Kerouac mecanografió la novela en un rollo de papel de calcar, el mismo que utilizan los arquitectos, de treinta y seis metros de longitud, compuesto por ocho tramos recortados longitudinalmente y pegados con cinta adhesiva hasta formar un papel continuo. El truco tenía su lógica. Quería evitar las interrupciones que imponía el cambio de folio, para que la escritura imitara la improvisación del bebop y no se detuviera nunca.

"Más curioso todavía. En 2007 se descubrió que Kerouac había empezado a redactar On the Road en francés, su lengua materna de infancia"

Lo que la leyenda omite es que, antes de esas tres semanas febriles, Kerouac llevaba años tomando notas, probando borradores y puliendo el material, y que, después, la novela pasó seis años sometida a reescrituras, correcciones y rechazos editoriales antes de ver la luz en Viking Press en 1957. Pero los héroes no se construyen con matices. La leyenda quiere un tipo ciego de benzedrina tecleando sin parar y eso le daremos. El rollo original, por cierto, se vendió hace años por dos millones y medio de dólares. Lo compró James Irsay, propietario de los Indianapolis Colts. Que el manuscrito más contracultural del siglo xx acabase en manos de un magnate del fútbol americano es una ironía que a Burroughs le habría encantado.

Más curioso todavía. En 2007 se descubrió que Kerouac había empezado a redactar On the Road en francés, su lengua materna de infancia en los ambientes franco-canadienses de Lowell, Massachusetts. El rey del Great American Novel pensaba, al menos al principio, en la lengua de Rimbaud y de Céline, dos de sus dioses tutelares.

Aullido, los obscenos y los editores valientes

Si En el camino es la Biblia en prosa de los beat, Aullido de Ginsberg es su salmo fundacional. El poema se leyó por primera vez el 7 de octubre de 1955 en la Six Gallery de San Francisco, en un recital que la invitación anunciaba con frase hermosísima, algo así como una notable colección de ángeles reunidos a la vez en el mismo sitio, con vino, música, chicas bailando y satori gratis. Nadie que asistiera aquella noche pudo sospechar que estaba asistiendo al nacimiento oficial de un movimiento literario.

Antes de ser libro, Aullido circuló en copias multicopista, cincuenta ejemplares pasados de mano en mano cuando aún no existían las fotocopias. Cuando Lawrence Ferlinghetti lo publicó en su sello City Lights, el poema fue denunciado por obscenidad y el editor, junto al librero Shig Murao, tuvo que sentarse en el banquillo. Curiosamente, Ginsberg, autor del escándalo, no acudió al juicio. El tribunal acabó absolviendo a Ferlinghetti en una sentencia que ayudó a liberalizar la legislación estadounidense sobre publicaciones y que, sin saberlo, abrió la puerta a todo lo que vendría después, desde Lolita hasta El almuerzo desnudo.

La anécdota de México, o por qué no hay que jugar a Guillermo Tell

Ciudad de México fue para los beat lo que París había sido para los modernistas, un refugio barato, tolerante y con fronteras porosas. Burroughs se instaló allí con Joan Vollmer tras huir de Estados Unidos por un cargo de drogas, Kerouac y Cassady lo visitaron en 1950 en uno de sus viajes míticos, Ginsberg escribió parte de su obra en un cuarto de la azotea del mítico edificio de Orizaba 210, donde también Kerouac compuso fragmentos de Mexico City Blues y de Tristessa, novela dedicada a una prostituta de la Roma adicta a la morfina y devota a partes iguales de la Virgen de Guadalupe y la Santa Muerte.

En ese mismo México, el 6 de septiembre de 1951, Burroughs mató de un disparo a Joan Vollmer mientras jugaban a Guillermo Tell. Ella se puso un vaso sobre la cabeza, él apuntó y falló. La bala le entró en la frente. Burroughs pasaría el resto de su vida escribiendo alrededor de ese hueco, convencido de que sin aquel accidente nunca se habría convertido en escritor. Tal vez sea la confesión más siniestra jamás firmada por un autor del siglo XX, y desde luego una de las más sinceras.

Sustancias, insomnios y el largo camino hacia el cannabis legal

Los beat consumían prácticamente todo lo que caía a su alcance, y lo hacían con una mezcla de curiosidad intelectual y voracidad casi científica. Alcohol, marihuana, benzedrina, morfina, peyote, ayahuasca, LSD. Muchos de los escritores abordaban las drogas de manera experimental, sin estar familiarizados con sus efectos, convencidos de que aquellas experiencias ampliaban su percepción o su creatividad. Burroughs llegó a decir que había probado la heroína fumada, comida, aspirada, inyectada y en supositorios, y el dato no es un alarde retórico sino un informe clínico.

"Aquel ímpetu experimental tuvo consecuencias. Muchas fueron desastrosas. Algunas, sin embargo, abrieron un debate que setenta años después todavía no se ha cerrado del todo"

Aquel ímpetu experimental tuvo consecuencias. Muchas fueron desastrosas. Algunas, sin embargo, abrieron un debate que setenta años después todavía no se ha cerrado del todo, sobre qué sustancias son útiles, cuáles son tóxicas, cuáles merecen regulación y cuáles pertenecen al territorio de la persecución. No es casualidad que el interés actual por los derivados no psicoactivos del cáñamo, antes del CBD online, haya florecido en un contexto cultural que los beat contribuyeron a destapar. Ellos no podían imaginar que lo que para Kerouac era una china compartida con Cassady en una carretera de Nuevo México acabaría convertido, décadas después, en un producto que se compra en herboristerías para combatir el insomnio o la ansiedad. Es el mismo ciclo por el que pasaron la acupuntura, el yoga o la meditación, otras aficiones beat que han acabado como apartados del seguro médico privado.

Anécdotas menores que son anécdotas mayores

Conviene recordar algunas esquirlas del mito, de esas que no suelen aparecer en las biografías oficiales pero explican el movimiento mejor que cualquier tratado.

El término beatnik, que tanto detestó Kerouac, nació como fusión de beat y Sputnik, y quería sugerir que aquellos greñudos eran, en el fondo, agentes soviéticos disfrazados. La Guerra Fría lo infectaba todo, incluso la crítica literaria.

Johnny Depp es uno de los grandes devotos del movimiento. Interpretó a Kerouac en un documental, compró parte del archivo personal del escritor y conoció en persona a Ginsberg. En los años ochenta intentó llevar En el camino al cine con Marlon Brando, proyecto que nunca cuajó. Kerouac, años antes, le había enviado al propio Brando una carta proponiéndole que interpretara a Neal Cassady mientras el autor se interpretaría a sí mismo. Brando no contestó jamás, pecado que Hollywood sigue sin perdonarse.

"La crítica literaria todavía discute si la Generación Beat fue un movimiento cohesionado o una amistad entre escritores muy distintos a los que se decidió agrupar por comodidad taxonómica"

En 1960, en plena campaña electoral, los beat fundaron un efímero Beat Party y celebraron una convención paródica en la que estuvieron a punto de nominar como candidato al poeta callejero afroamericano Big Brown. La broma política no prosperó, pero revela hasta qué punto aquellos individuos, considerados hedonistas sin brújula, tenían una conciencia política más afilada de lo que sus enemigos querían admitir.

Kerouac, el gran símbolo de la rebeldía juvenil, era en realidad un católico conservador que vivió buena parte de su vida con su madre, apoyó la guerra de Vietnam y murió en 1969 de una hemorragia interna causada por la cirrosis a los cuarenta y siete años. Ginsberg se convirtió al budismo y terminó dando clases en Naropa University. Burroughs sobrevivió a todos y murió en 1997, con ochenta y tres años, después de haberse convertido en icono pop, músico ocasional con bandas de rock y actor en películas de Gus Van Sant. La única regla del movimiento beat era que ninguno de sus protagonistas acabaría como se esperaba.

Lo que nos dejaron

La crítica literaria todavía discute si la Generación Beat fue un movimiento cohesionado o una amistad entre escritores muy distintos a los que se decidió agrupar por comodidad taxonómica. Hay argumentos para ambas tesis. Lo indiscutible es que cambiaron la manera de leer y escribir en Estados Unidos, que inspiraron a Dylan, a los Beatles, a los hippies, al Nuevo Periodismo, y que sus páginas siguen vendiéndose a un ritmo envidiable. En el camino reedita cien mil ejemplares al año.

"Más allá de las cifras, nos dejaron una idea difícil de olvidar. La idea de que la literatura puede ser, también, una forma de estar vivo"

Más allá de las cifras, nos dejaron una idea difícil de olvidar. La idea de que la literatura puede ser, también, una forma de estar vivo. No un ejercicio académico, no un oficio con horario de oficina, sino un modo de mirar, de escuchar, de moverse por el mundo. Kerouac lo resumió en una frase que los suplementos culturales han repetido tantas veces que casi ha perdido el sentido, pero que conviene recuperar porque, en el fondo, sigue siendo verdad. Los únicos que le interesan son los locos, los que están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, deseosos de todo al mismo tiempo.

Setenta años después, el rollo sigue ahí, enrollado en alguna vitrina de Indianápolis, esperando a que alguien vuelva a desplegarlo y empiece a escribir sin detenerse.

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