Las mil y una noches, Los cuentos de Canterbury o El Decamerón tienen en común a un grupo de personajes reunidos para contar historias; a ese formato regresa Luis Landero en Coloquio de invierno, un libro que honra a la lentitud y a las historias contadas en “un corro al fresco” o “en torno a la lumbre”.
En Coloquio de invierno (Tusquets), Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) reúne a siete personajes en un hotel rural, atrapados durante la tormenta de nieve Filomena. Sin cobertura ni conexiones, deciden animar la espera contándose historias que pronto se convierten en confesiones.
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—¿Qué tienen de especial los relatos orales?
—Para mí es algo muy familiar. La gente de mi edad, sobre todo si han vivido en pueblos, habrá tenido la misma experiencia. Se hablaba mucho en corros al fresco o en torno a la lumbre, porque no tenían otro modo de distracción. Cuando llegó la televisión, esto empezó a decaer. Ahora vivimos muy acelerados y eso empobrece las relaciones sociales y empobrece el diálogo. Para dialogar hay que pensar y para pensar hace falta lentitud, pero casi todo conspira contra la lentitud en estos tiempos. Pienso en los tertulianos de televisión, que no se escuchan entre ellos, se quitan la palabra, solo se piensa en lo que va a decir cada uno.
—¿Y en la política?
—En la política ha desaparecido el diálogo. Durante la Transición ocurrió esa cosa extraordinaria de que los políticos hablaban cordialmente entre ellos, pero actualmente vivimos tiempos políticos muy agresivos, lo único que hay son descalificaciones, insultos. Es una desgracia, es como una rebatiña de perros por el hueso del poder.
—En su libro habla de la necesidad del ser humano de contarse a sí mismo. ¿Cree que estamos perdiendo esa capacidad?
—No sabemos contarnos, porque ya nos cuentan a nosotros. Somos receptores, estamos con el móvil todo el día, el móvil nos cuenta historias, ya no gestionamos nuestras propias narraciones ni nuestras propias ideas. Y así no solo se empobrecen las relaciones sociales, sino también la relación con uno mismo. Pasear, pensar, perdernos en alguna ensoñación, todas estas cosas estupendas que trae la soledad, la lentitud y la concentración. La prisa es enemiga del conocimiento.
—Pero es también la base del sistema, lo que llaman el capitalismo de la atención.
—Con todo esto del TikTok, del Facebook, de Twitter, de esta puñeta de Instagram, se consumen píldoras informativas o píldoras narrativas, la capacidad de concentrarse se ha reducido a 30 segundos. Esto, naturalmente, está alterando nuestra inteligencia, el móvil ha venido a alterar las funciones cognitivas y nuestra mentalidad.
—En varios de los relatos se pone de manifiesto la fragilidad de la vida o cómo un suceso aparentemente banal puede cambiarlo todo.
—Es que somos banales, los humanos dependemos de cosas banales a menudo. ¿Por qué se enamora uno y decide vivir con otra persona? A lo mejor por una coincidencia, es una puñetera casualidad haber coincidido. Hay instantes decisivos, lo vemos cuando hay un accidente como este de Adamuz, la chica que decidió irse al vagón de atrás, el que perdió el tren a última hora; en fin, esas pequeñas cosas a las que llamamos fatalidad.
—En Historia de un instante, dos personajes reflejan modos opuestos de ver el mundo, el racional y el irracional. ¿Es inevitable que lo irracional acabe aflorando?
—Lo irracional en el arte es fundamental, sin ello no existiría el arte. Otra cosa es la irracionalidad en la esfera pública y en la política. Estoy pensando en las grandes catástrofes como las guerras mundiales, pero también en el paisaje y el paisanaje que tenemos ahora; la irracionalidad se está aposentando en el mundo y eso es un peligro. Decía Freud en El malestar de la cultura que la civilización es una capa que nos protege de los instintos, pero es muy frágil esa capa, tenemos que ser conscientes de que las pasiones están siempre al acecho.
—Hay un personaje que critica que ahora hay demasiado proselitismo. ¿”Equidistante” se ha convertido en el peor insulto?
—Es una palabra que se ha pervertido, se utiliza para todo. Pero es que ahora hay mucho proselitista casi cómico, que va defendiendo pequeñas cosas. Por ejemplo, te vas a tomar a un whisky con alguien, y tú lo pides sin hielo, y el otro trata de convencerte de que está mucho mejor con hielo. “De verdad, hazme caso, ponte un poco de hielo”. Yo ahora tengo un familiar que se ha empeñado en que coma pan de espelta, que yo no sabía ni lo que era. De vez en cuando le miento, claro.
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Fuente: Magdalena Tsanis, Efe




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