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Luisa Carnés y María Teresa León: literatura, compromiso y memoria

Luisa Carnés y María Teresa León: literatura, compromiso y memoria

El compromiso no fue para Luisa Carnés y María Teresa León una pose de época. No fue una insignia prendida a la chaqueta ni una consigna añadida desde fuera. En ellas, escribir fue una forma de estar en el mundo. Y estar en el mundo, en la España de los años treinta, significaba tomar posición: ante la desigualdad, la guerra, el fascismo, el exilio, la memoria y el lugar que se concedía —o se negaba— a las mujeres en la cultura.

Durante mucho tiempo, la historia literaria prefirió una versión cómoda del 27: poetas varones en primer plano, fotografías de grupo, tertulias, homenajes a Góngora, vanguardia, Residencia de Estudiantes, exilio y tragedia. Todo eso es cierto, pero no basta. Alrededor de ese relato quedaron escritoras que no eran acompañantes ni notas al pie. Luisa Carnés y María Teresa León obligan a contar otra historia: la de una literatura que no separa belleza y responsabilidad, estilo y vida material, imaginación y memoria política.

"Ahí está el primer golpe de su singularidad: Carnés no mira el trabajo desde fuera. Lo conoce"

Las dos pertenecen al territorio amplio del 27, pero no de la misma manera. María Teresa León se mueve por el corazón cultural de la República: revistas, teatro, viajes, defensa del patrimonio, exilio largo, memoria autobiográfica. Luisa Carnés llega desde otro lugar: el taller, el empleo precario, la mecanografía, el periodismo, el salón de té, la observación directa de la vida obrera. Una representa la cultura como organización, memoria y combate. La otra, la literatura como revelación de clase.

Si se las junta solo bajo la etiqueta de “mujeres del 27”, se corre el riesgo de volver a borrarlas, esta vez con buena intención. Carnés no es León. León no es Carnés. Las une el compromiso, el exilio y el olvido posterior, pero cada una abre una puerta distinta. Carnés mete en la literatura española el cansancio de las trabajadoras, el salario miserable, la dependencia económica y la violencia cotidiana de la desigualdad. León convierte la memoria en un acto de resistencia: recordar para que la historia no sea escrita únicamente por quienes vencieron.

Luisa Carnés nació en Madrid en 1905 y murió en Ciudad de México en 1964. Su biografía no tiene el barniz cómodo de la formación burguesa. Estudió hasta los once años y empezó a trabajar como aprendiza en una sombrerería; después conoció otros empleos, entre ellos el de un salón de té, experiencia que acabaría convirtiéndose en materia literaria. Comenzó a escribir de forma casi autodidacta y publicó antes de la guerra obras como Peregrinos de Calvario, Natacha y Tea Rooms: Mujeres obreras.

Ahí está el primer golpe de su singularidad: Carnés no mira el trabajo desde fuera. Lo conoce. Sabe lo que significa depender de un sueldo, obedecer, aguantar horas, negociar con la fatiga, sentir que la vida se va en tareas mal pagadas. Por eso su literatura tiene una fuerza que no procede solo de la ideología, sino de la experiencia. En ella, la clase social no es una idea abstracta. Es una habitación, un mostrador, un uniforme, una propina, un despido, una jornada interminable.

"El salón de té parece un lugar ligero, elegante, pero Carnés lo convierte en una máquina de explotación"

Tea Rooms: Mujeres obreras, publicada en 1934, es su obra más conocida y una de las grandes novelas sociales de la Segunda República. Carnés sitúa la acción en un salón de té próximo a la Puerta del Sol y construye una galería de mujeres unidas por salarios pobres, falta de expectativas y sumisión al varón, ya sea padre, marido o jefe. No hay allí literatura “sobre pobres” en sentido paternalista. Hay una conciencia narrativa que entiende que el trabajo organiza la vida entera.

El salón de té parece un lugar ligero, elegante, pero Carnés lo convierte en una máquina de explotación. Tras el escaparate, los dulces y la respetabilidad comercial aparecen las jornadas largas, los cuerpos cansados, los sueldos insuficientes, la vigilancia, la humillación y el horizonte estrecho de unas mujeres a quienes se les exige decencia mientras se les niega independencia. Por eso Tea Rooms sigue leyendo tan actual: porque entiende que la libertad de una mujer empieza en condiciones materiales concretas. Dinero propio, tiempo propio, derecho a moverse, posibilidad de elegir. Carnés baja la emancipación del cartel a la nómina.

Fue también periodista, y esa práctica le enseñó a observar sin embellecer. Durante la guerra, su implicación se vinculó a espacios de militancia cultural republicana, pero sería un error reducirla a escritora de propaganda.

Carnés escribe mujeres trabajadoras sin volverlas santas ni símbolos planos. Las muestra contradictorias, vulnerables, lúcidas, cansadas, atrapadas, capaces de rebeldía y también de miedo. Esa complejidad salva su obra del panfleto. La literatura comprometida fracasa cuando ya sabe demasiado antes de mirar. Carnés mira primero. Por eso convence.

"En ese punto, Carnés y María Teresa León se tocan: las dos entienden que la memoria no es un almacén sentimental, sino una forma de justicia"

El exilio abrió otra zona de su obra: la memoria de la derrota. De Barcelona a la Bretaña francesa: Episodios de heroísmo y martirio de la evacuación española, escrito tras la salida de España y publicado muchos años después, cuenta los últimos días de la guerra, el paso por la frontera y la multitud que huye. Carnés no cuenta la derrota desde el despacho de la posteridad, sino desde el desplazamiento, el hambre, el frío, la incertidumbre. Recordar es no permitir que la derrota sea contada solo por los vencedores. En ese punto, Carnés y María Teresa León se tocan: las dos entienden que la memoria no es un almacén sentimental, sino una forma de justicia.

Carnés llegó a México en 1939, después de pasar por Francia, y tuvo que recomenzar la vida al otro lado del Atlántico. Trabajó durante años como periodista, firmó también con el seudónimo de Clarita Montes y murió prematuramente en un accidente de automóvil. Su obra cayó luego en un largo olvido. Esa recuperación no debería presentarse como una moda, sino como una corrección. Una literatura española que no lea Tea Rooms está leyendo mal los años treinta: la modernidad sin trabajo, la República sin obreras, el 27 sin narrativa social.

María Teresa León procede de otro mundo, pero llega a una exigencia parecida. Nació en Logroño en 1903 y murió en Madrid en 1988. Sobrina de Ramón Menéndez Pidal y María Goyri, estudió en la Institución Libre de Enseñanza, obtuvo una licenciatura en Filosofía y Letras y escribió artículos en defensa de la mujer y de la cultura bajo el seudónimo de Isabel Inghirami. Publicó Cuentos para soñar a finales de los años veinte y, en 1932, se casó civilmente con Rafael Alberti. La sombra de Alberti ha sido uno de los grandes problemas de su recepción. Durante demasiado tiempo se la leyó como “la mujer de”, como acompañante brillante de un poeta mayor. Esa fórmula es una injusticia crítica. María Teresa León no fue un apéndice de nadie. Fue narradora, dramaturga, memorialista, ensayista, traductora, guionista y una organizadora cultural de primer orden. Su compromiso fue temprano y muy activo. En 1933 fundó junto a Alberti la revista Octubre y entendió la literatura como una fuerza dentro de un movimiento histórico más amplio. Con la Guerra Civil, su papel se volvió decisivo. Participó en la Alianza de Escritores Antifascistas, desarrolló una intensa actividad cultural en los frentes y colaboró en la salvación del patrimonio artístico.

"Este punto hay que subrayarlo: María Teresa León no solo escribió memoria; ayudó a salvar memoria"

Este punto hay que subrayarlo: María Teresa León no solo escribió memoria; ayudó a salvar memoria. En plena guerra, cuando todo parecía destinado a la destrucción, participó en una operación cultural de resistencia. Esa imagen la define mejor que cualquier etiqueta. León entiende que un país no se defiende solo con armas. También se defiende evitando que ardan sus museos, sus palabras, sus canciones, sus muertos y sus recuerdos.

Sus obras narrativas y teatrales muestran esa tensión entre literatura y responsabilidad: Huelga en el puerto, La tragedia optimista, Contra viento y marea, La historia tiene la palabra, Juego limpio, Menesteos, marinero de abril o Memoria de la melancolía forman una trayectoria atravesada por la guerra, el destierro, la fidelidad a una causa y la conciencia de pérdida. Pero su gran libro es Memoria de la melancolía, publicado en 1970. No es solo una autobiografía. Es una casa levantada contra el desarraigo.

El título es perfecto: memoria y melancolía. Pero conviene no confundir la melancolía con debilidad. En León, la melancolía no es abandono, sino forma de lucidez. El exiliado recuerda porque ha perdido el territorio, pero también porque sabe que el territorio puede ser falsificado por quienes se quedaron con el poder de narrarlo. Memoria de la melancolía no reconstruye solo una vida privada. Reconstruye una época: la República, la guerra, los escritores, los amigos muertos, los caminos del exilio, la cultura española desperdigada por América y Europa.

Tras la derrota republicana, María Teresa León vivió el exilio en Francia, Argentina e Italia, y regresó a España en 1977, después de treinta y ocho años. Pero el regreso no borra la herida. Se puede regresar al país y no regresar al tiempo perdido. Se puede recuperar la lengua de la calle y no recuperar la juventud, los muertos, los proyectos cortados. León supo eso mejor que nadie. Su memoria está escrita desde la conciencia de que hay pérdidas que no se reparan, solo se nombran.

"Luisa Carnés y María Teresa León escriben desde lugares sociales distintos, pero ambas desmontan la idea de una literatura pura, suspendida por encima de la historia"

Hay además una tragedia íntima que vuelve su figura especialmente conmovedora: enfermó de Alzheimer en 1971 y esa pérdida progresiva de memoria la acompañó hasta su muerte. La autora de Memoria de la melancolía perdió la memoria, pero su obra quedó como memoria depositada. Lo escrito sostiene lo que la vida ya no puede retener.

Luisa Carnés y María Teresa León escriben desde lugares sociales distintos, pero ambas desmontan la idea de una literatura pura, suspendida por encima de la historia. Carnés elige la novela-reportaje, la escena laboral, la observación de las trabajadoras, el habla de la calle, la estructura coral. León elige la memoria, la crónica, el teatro político, la narración autobiográfica, el relato de una comunidad derrotada. Cada una encuentra la forma que exige su verdad.

Durante mucho tiempo se ha tratado la literatura comprometida con sospecha, como si el compromiso rebajara automáticamente la calidad estética. En ellas ocurre lo contrario. El compromiso agudiza la mirada. Carnés escribe mejor porque sabe desde dónde mira. León recuerda mejor porque sabe para quién recuerda. Ninguna confunde literatura con sermón, pero ninguna acepta tampoco esa comodidad según la cual la belleza debe mantenerse neutral ante la injusticia.

La pregunta no es si caben en el 27. La pregunta es qué 27 hemos estado leyendo para que parecieran no caber. Si el 27 fue modernidad, Carnés lo fue desde la novela social y la conciencia obrera. Si fue diálogo entre literatura y vida pública, León lo fue desde el teatro, la memoria y la defensa del patrimonio. Si fue exilio, ambas lo encarnaron. Si fue ruptura, las dos rompieron algo esencial: la idea de que las mujeres debían estar en la literatura como musas, esposas, personajes o excepciones, pero no como sujetos de autoridad.

"No fueron sombras del 27. Fueron dos formas de encenderlo desde lugares que el álbum oficial no quiso mirar"

Hoy su lectura tiene una fuerza especial porque devuelve conflicto al relato. Carnés nos recuerda que no hay emancipación femenina sin condiciones materiales. León nos recuerda que no hay cultura sin memoria ni memoria sin responsabilidad. Una escribe desde el mostrador; la otra desde el archivo incendiado de la historia.

Al final, las dos enseñan lo mismo: la literatura no solo sirve para embellecer el mundo. También sirve para impedir que el mundo se absuelva demasiado pronto. Carnés no deja que la explotación se disfrace de normalidad. León no deja que la derrota se convierta en silencio. Las dos escriben para que algo permanezca: una escena, una mujer, una injusticia, una generación, una patria perdida, una memoria amenazada.

No fueron sombras del 27. Fueron dos formas de encenderlo desde lugares que el álbum oficial no quiso mirar. Luisa Carnés puso en la literatura española la conciencia de las mujeres que trabajan. María Teresa León puso en la memoria del exilio la dignidad de quienes perdieron sin renunciar a contar. Y dejaron una lección que todavía incomoda: escribir no es apartarse de la historia. A veces escribir es entrar en ella con los ojos abiertos.

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Ana Maria Bentancor
Ana Maria Bentancor
26 ddís hace

Muchas gracias! Conocí y valoré la prosa de Maria Teresa León, pero de Luisa Carnes nada.

John P. Herra
John P. Herra
26 ddís hace

Hay muchos problemas en el marxismo. Uno de ellos es que cada cual lo entiende a su manera, y en España, además, habitualmente, los marxistas no han leído de Marx más que algunas selecciones estilo Reader’s Digest. Otro de los problemas es que Marx y Engels hicieron algunas profecías y prometieron un futuro utópico, una especie de regreso al edén, pero nunca explicaron cómo. Esa parte corrió a cargo de las revisiones marxistas: la socialdemocracia, el marxismo-leninismo y… ¡tan-ta-ta-chan! El fascismo. Hablo del fascismo-fascismo, del italiano, aunque también del nacional-socialismo alemán, que, como el marxismo y el sionismo, es hijo de Hegel y otros más.

Esto que acabo de decir es chino, lo sé; en España tenemos un problema de siempre con la recepción de las corrientes de la cultura europea. Con notables y crecientes excepciones, la ‘clase intelectual’ está enclaustrada en esa imagen idealizada del Frente Popular, identificado erróneamente con la II República, y ya pueden llover los estudios y abrir perspectivas nuevas la historiografía, que no hay nada que hacer hasta que no haya un relevo generacional que no va a tardar. Quisiera ser optimista y ver un cambio que haga al profesional más profesional y más desprovisto de prejuicios y servidumbres, pero no lo veo.

En cuanto al artículo, la frase “León convierte la memoria en un acto de resistencia: recordar para que la historia no sea escrita únicamente por quienes vencieron”, merece un comentario. Estoy seguro de que la autora no entiende a “quienes vencieron” como un bloque granítico contrapuesto a “quienes perdieron”, pero merece la pena detenerse. Por poner un ejemplo, no creo que Ortega o Marañón -que tenía un hijo luchando con los nacionales y a cuya definición del liberalismo me adscribo- sintieran simpatía por los alzados, pero desde luego, no apoyaron al Frente Popular y dijeron verdades sobre éste mucho más demoledoras que cualquier propaganda del otro.

Habría también que ver, uno por uno, a quienes formaron entre los vencedores que mostraron abierta o disimuladamente sus discrepancias, o pasaron directamente a la oposición. La actitud de éstos me parece, como mínimo, tan honrada como la de los vencidos. Pero es que también habría que prestar atención a los vencidos, que son legión, que se distanciaron, durante o después de la guerra, del Frente Popular, empezando por Besteiro y su certero diagnóstico de la derrota, que hoy parece haberse olvidado. Hacer este ejercicio de traspasar los lugares comunes de esa absurda alineación que debíamos tener superada por la vía del rigor es un asunto pendiente, y me temo que mientras no se le corte el apetito y el presupuesto a un Estado obeso, seguirá siendo así.

Estoy absolutamente de acuerdo en que “la libertad de una mujer empieza en condiciones materiales concretas. Dinero propio, tiempo propio, derecho a moverse, posibilidad de elegir. Carnés baja la emancipación del cartel a la nómina”. Eso, el aspecto material, es una de las concreciones que el marxismo aportó a la historia. Por eso creo que los conservadores que hablan de ciertos feminismos como “marxismo cultural” están equivocados. Un análisis marxista, y cualquier análisis serio, no puede prescindir de lo material. En efecto, la mujer empieza a liberarse cuando empieza a tener independencia económica. Por eso, la paradoja de que la liberación de la mujer empieza cuando comienza a haber una clase media con recursos suficientes para pagar los estudios al hijo varón y también a la hija, cuando comienza a haber crecimiento económico que trae empleo y educación, los dos ascensores sociales que sustituyen al linaje y el estamento; cuando el mérito sustituye al apellido, cuando el dinero hace que las viejas clases dirigentes tengan que ponerse las pilas o morir; cuando la campesina o el campesino, o sus hijos, pueden convertirse en maestros, contables o directores, cuando comienza a haber escuelas profesionales, universidades asequibles, grandes empresas, dinamismo económico y otras características de la sociedad capitalista. Se me dirá que no es suficiente, que la mujer también debe renunciar a los hijos y el matrimonio para liberarse. Eso es harina de otro costal.

La frase “Ninguna confunde literatura con sermón” me merece un comentario. Soy de los que suelen usar ese concepto peyorativo del sermón, por desconocimiento de la oratoria sagrada, que es un género literario en sí mismo. No voy a hablar de las glosas y comentarios sobre el sentido de las celebraciones religiosas y los textos sagrados, sino del contenido más propiamente moralizante, aunque sea sacudiendo conciencias (creo haber leído a la autora alguna vez que en eso consiste la literatura), del sermón español, que es el que conozco, que es la parte sobre la que reposa ese concepto. Pongo algún ejemplo de nuestros clásicos, en donde se verá que el sermón es también literatura, y no mala:

“Es persona que vive y se gobierna por las pragmáticas de los varones antiguos, respeta a las mujeres como cosa sagrada; a todos los bien nacidos, aunque sean tan pobres que no les cubra otra capa sino la del cielo, iguala con su persona”

¨Lo que gastan en prebendas, en tratarse como a príncipes seglares, en perros de caza, juegos, mesas sobervias, casas lustrosas, criados, el vestir de seda y más seda, muy olvidados de los pobres, que ojalá que lo que algunos gastan en perros, hurones, escopetas, pólvora, gastáranlo en los pobres”.

“Qué de pavones en esta Corte, que ya no aprecian para su adorno las sedas de Granada ni las telas de Milán. Ya tienen por cosa ordinaria las perlas ricas, los ricos diamantes. ¡Qué de galas inventan cada día!”

“Muchas veces habéis oído decir que la letra con sangre entra; cuando el príncipe es rudo, que no aprende a leer, como no le han de azotar -que en él la letra no ha de entrar con sangre- hácenle las letras de alcorza y dícenle:

-Señor, esta redonda es O, cómasela Vuestra Alteza.

Cómela el niño y pregúntale el maestro:

-¿Qué letra es la que come Vuestra Alteza?

-O, respóndele el príncipe.

-Ésta, señor, es M, cómasela Vuestra Alteza.

Así, poco a poco, se va aficionando a la letra que le había de entrar con sangre, éntrale con dulzura por la boca”.

Rosa Amor del Olmo
26 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Muchas gracias por la atención John, la amplitud y el tono de su comentario, así como por los puntos de coincidencia. Muy bueno.

Creo, no obstante, que parte de su reflexión se desplaza hacia debates —la genealogía del marxismo, el Frente Popular o la complejidad interna de vencedores y vencidos— que mi artículo no pretendía resolver, aunque fuera de esta saga lo considere de gran importancia y por supuesto de alto calado histórico a día de hoy.

Cuando escribo «quienes vencieron», lo hago en un sentido histórico e institucional, no como una clasificación moral de cada persona. Después de 1939, unos dispusieron durante décadas del Estado, la censura, la escuela y los mecanismos públicos de legitimación; otros tuvieron que escribir desde el exilio, la prohibición o el silencio.

Reconocer la heterogeneidad de ambos campos no obliga a negar esa asimetría.

Coincido con usted en que la emancipación femenina exige condiciones materiales concretas. Precisamente Carnés muestra que el salario puede ser una condición necesaria sin ser suficiente: también puede coexistir con explotación, dependencia y falta de libertad real.

En general -no es su culpa- toda mujer que escribe sobre mujeres a modo de recopilación canónica de nos presupone feminista, nada más lejos por mi parte, pero ahora, es así. Y bueno, cuando empleo la palabra «sermón» lo hago en su sentido figurado; naturalmente, la oratoria sagrada puede ser, y muchas veces ha sido, gran literatura.

Permítame añadir una precisión personal, porque quizá mi relación con esta historia parezca solamente libresca. Procedo de una familia madrileña desde hace generaciones, atravesada por contradicciones que desaconsejan cualquier lectura cómoda de la guerra. Nadie sabe dónde está enterrado mi abuelo; su hijo, mi padre que por el sindicato de cocineros era de la CNT, llegó después a ser el jefe de cocina de los oficiales de El Pardo, mientras otro tío mío, sindicalista y antiguo guardia de asalto durante la guerra, acabó recibiendo una pensión por ello. Tengo además una extensa rama familiar en Canadá cuya historia nunca se me explicó, y una mujer muy cercana aparece en publicaciones, primeras portadas de la época desfilando como falangista junto a Pilar Primo de Rivera.

Tal vez por eso desconfío de los relatos demasiado limpios y sé que las familias españolas guardan contradicciones, heridas y silencios que rara vez caben en una consigna.

Le agradezco sinceramente la lectura atenta. Su comentario amplía el debate, aunque no comparta todas sus premisas. Mi artículo no pretendía en absoluto, absolver a unos ni condenar en bloque a otros, sino devolver a Luisa Carnés y María Teresa León la voz y la autoridad literaria que durante demasiado tiempo se les negaron.

Amanda98
Amanda98
25 ddís hace
Responder a  Rosa Amor del Olmo

Hola profesora, ¿el abuelo del que habla es el que era sefardí y que retrata usted en ‘Samir’ ? Lo escuché en una entrevista que le hicieron en el Cervantes de Rabat durante la presentación de la traduccón al árabe de la novela.

Rosa Amor
24 ddís hace
Responder a  Amanda98

Gracias estimada Amanda por escucharse esos tostones de las presentaciones de libros (lo odio) que la mayoría de las veces la gente no entiende porque no se han leido el libro, sin más. Tendría que ser al revés, reparto libros a tutiplén y luego quedamos en una presentación…no le parece? usted es mucho mas joven que yo y me interesa su opinión. He mencionado a mi abuelo sefardí que en efecto incluí en ‘Samir? algunas cosas son ciertas (gran parte) como en toda novela y otras vinculos y relaciones. Ahora me encuentro terminando Joaquim que era como se llamaba ese sefardí que se convirtió a Mahoma, salvado por un masón jesuita y llevado al exilio a Marruecos. En Joaquim hay mucha verdad y documentación historica de primerísima mano. documentación de Estado. Me deprime el hecho de pensar en llevarlo a ver si alguien quiere publicarlo…aunque se intentará. Samir fue escrita para entregas y es muy muy sintética. En fin, gracias mil porque a los autores la soledad nos da unos mordiscos que nos deja tiesos.

John P. Herra
John P. Herra
25 ddís hace
Responder a  Rosa Amor del Olmo

No, gracias a usted. Por las coincidencias, por las discrepancias y por ser de los pocos autores que se arriesgan a responder al lector devenido en comentarista y, además, aporta cosas personalísimas, como la historia familiar. Eso merece todos mis respetos.

Juan2000
Juan2000
25 ddís hace

Un artículo muy necesario y, sobre todo, muy bien planteado. Me ha gustado especialmente que no presente a Luisa Carnés y María Teresa León como un simple bloque de «mujeres olvidadas», sino que explique con claridad qué aporta cada una desde experiencias y formas de escritura muy distintas. Conocía mejor a María Teresa León, pero después de leerlo me llevo pendiente *Tea Rooms*. Gracias por recuperar estas voces sin convertirlas en estampas ni en consignas.

Emma Smith
Emma Smith
25 ddís hace

Como lectora norteamericana, me resulta especialmente valioso el modo en que este artículo cuestiona la construcción del canon sin caer en una simple operación compensatoria. Luisa Carnés y María Teresa León no aparecen aquí como nombres añadidos tardíamente a una fotografía masculina, sino como autoras capaces de modificar nuestra comprensión de la modernidad española. La relación que el texto establece entre condiciones materiales, memoria, exilio y autoridad literaria me parece especialmente fértil. No se trata solo de recuperar escritoras olvidadas, sino de revisar las categorías con las que hemos contado el siglo XX.

Amanda98
Amanda98
25 ddís hace

Uno de los mayores aciertos del artículo es su precisión al distinguir entre recuperación crítica y adhesión ideológica. La historia literaria no puede construirse únicamente con autores que nos resulten afines, cómodos o admirables. Existe una obligación intelectual de devolver a la conversación pública a quienes fueron excluidos, silenciados o mal leídos, sean hombres o mujeres, y con independencia de que compartamos sus ideas o disfrutemos de sus obras. Recuperar no significa canonizar ni absolver: significa restituir cada voz a su contexto y permitir que sea juzgada con conocimiento, no desde el olvido. Esa es también una forma de rigor y de justicia cultural.

Alfonso
25 ddís hace

Alguien debería investigar la checa de Alcala de Henares en la casa de Alberti y Mª Teresa. Que esa checa existió es indudable, lo cuenta Hidalgo de Cisneros, amigo de los dos y General republicano