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Luisgé Martín: “En estos tiempos oscurísimos que vivimos hay que pelear sin complejos”

Luisgé Martín: “En estos tiempos oscurísimos que vivimos hay que pelear sin complejos”

En marzo de 2025, a cinco días de la fecha prevista de lanzamiento, la editorial que iba a publicar El odio retiró el libro. La presión general, el revuelo mediático, la inapelable condena pronunciada por las redes sociales bastaron para impedir que llegara a los lectores. Ningún tribunal lo prohibió. Ninguna ley lo vetó. Y sin embargo, el libro no se publicó. Desde el odio es la respuesta de Luisgé Martín a aquel inesperado suceso.

A continuación, Luisgé Martín responde al cuestionario de Zenda.

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—¿Qué libro, película, serie, disco y obra de arte salvaría en un diluvio o un incendio?

—Los libros, las películas, las series y los discos son ya meras copias, o sea que en un diluvio o un incendio no correría ningún riesgo por salvarlos, volvería a comprarlos luego. Lo único irrepetible son las obras de arte, y salvaría el David de Miguel Ángel.

—Puestos a salvar, elija una actriz, un actor, un personaje histórico y un político actual.

—Meryl Streep y Javier Bardem, los mejores actores del mundo vivos. Personaje histórico, dudo entre Abraham Lincoln y Nelson Mandela, que son, por cierto, dos políticos. Supongo que muchos, en este cuestionario, responden que no salvarían a ningún político, es una costumbre aborrecer la política. Yo, que he estado en su trastienda, salvaría sin embargo a muchos. De todas mis profesiones —editor, escritor, gestor cultural, product manager y consultor—, es en la política donde me he encontrado gente más noble e idealista, más buena gente. Y, por alejarme de España, salvaría a Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, y a la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, que espero que lleguen mucho más alto.

—¿Qué aventura real o literaria le gustaría haber vivido?

—No sé si se puede llamar aventura, pero me habría gustado estar en Stonewall el 28 de junio de 1969 y haber participado de esa lucha por los derechos LGTBIQ+ en aquel momento inaugural. Tengo también el recuerdo de esa noche en La hermosa habitación está vacía, la novela de Edmund White.

—¿Y qué recuerdo personal le gustaría que jamás se perdiera en el tiempo, como lágrimas en la lluvia?

—Temo ser muy cursi, pero el recuerdo del primer beso que di enamorado.

—¿Cuál es su primer recuerdo lector?

—Los tebeos de Pumby. Y en el ámbito más literario, Dumas. Recuerdo la fiebre de leer de corrido, a los dieciséis años, Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Esa fiebre que después de la juventud se pierde.

—¿Cuál es el último libro que ha leído?

—El conflicto no es abuso, de Sarah Schulman, que acaba de publicar Capitán Swing. Un libro muy inteligente sobre cómo, en la vida privada y en la política, convertimos en agravio o en agresión actos que no lo son en absoluto.

—¿Puede recomendar un libro clásico?

—Frankenstein, de Mary Shelley. Toda la condición humana está en ese libro, que es a la vez bellísimo y desolador.

—¿Y uno actual?

—Chesil Beach, de Ian McEwan, una filigrana literaria en la que también está, a mi juicio, toda la sabiduría sobre las relaciones sentimentales.

—¿Qué libro no ha podido acabar?

—Muchos malos y muchos otros supuestamente buenos, porque el canon es siempre discutible. Pero si tuviera que elegir uno que me duele especialmente y con el que puse todo mi empeño, sería Moby Dick.

—¿Puede recitar de memoria un poema?

—Creo que no. En su día podía recitar “El remordimiento”, de Borges, que me fascina y que me aprendí, y algunos Sonetos del amor oscuro de Lorca gracias a las canciones que hizo Amancio Prada. Y el famoso cantar de Machado “Caminante, son tus huellas…”, en este caso gracias a Serrat. La música ayuda a recordar. La memoria, en cualquier caso, no es una de mis virtudes.

—¿Cuál es la canción más hermosa del mundo?

—Ha habido muchas canciones hermosas que me han acompañado durante épocas largas y luego han pasado a sonarme más vulgares. Las únicas que han aguantado el paso del tiempo para mí son “Let It Be”, de los Beatles, y “Ne me quitte pas”, de Jacques Brel.

—¿Puede decirnos una heroína y un héroe —literarios o cinematográficos— imprescindibles?

—La Maga de Rayuela es mi heroína preferida. Nunca he sentido tanta ternura por un personaje literario. El héroe por antonomasia, para mí, es Don Quijote, aunque sea un antihéroe.

—¿Y un personaje malvado que le fascine?

—Hay dos personajes malvados que me fascinan: Tom Ripley y la marquesa de Merteuil, de Las amistades peligrosas. Podría casarme con ambos, a pesar de su maldad.

—¿Tiene una editorial y una librería preferidas?

—Todas las editoriales en las que he publicado las he sentido como mi casa y me han gustado no solo como autor, sino también como lector: Alfaguara, Anagrama y Dos Bigotes, además de Salto de Página, donde publiqué un libro de relatos. Pero mi editorial preferida es siempre la mía en cada momento, y en este caso son Altamarea y Galaxia Gutenberg, donde publicaré mis próximos libros. Son dos editoriales magníficas. Y en cuanto a librerías, soy muy de barrio: Visor, que está debajo de mi casa, y la Alberti, a poca distancia, son las librerías en las que mejor me siento. Y donde más dinero quiero gastar, aunque me contengo.

—¿Cuántos libros hay en su biblioteca? ¿Qué porcentaje, aproximadamente, ha leído?

—En 2006 empecé a anotar maniáticamente en un archivo Excel todos los libros que entraban en mi casa y que iba leyendo. En estos veinte años han entrado 3.200, de los cuales he leído —en todo o en parte— 1.750. Un libro cada cuatro días y pico, según la cuenta que acabo de hacer ahora. Si le sumamos los libros anteriores a 2006 y la biblioteca de cómic y novela gráfica de mi marido, en casa debe de haber entre 6.000 y 7.000 ejemplares. La biblioteca es la verdadera dueña de la casa.

—¿Con qué libro se ha emocionado más? ¿Ha llorado tras la lectura de alguno?

—Escribiendo El amor del revés, mi autobiografía sentimental, no paraba de llorar. Y mientras leía El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, tumbado en una hamaca en el Parque Nacional de Tayrona, en Colombia, no paré de llorar. Llanto desconsolado.

—¿Se ha excitado alguna vez leyendo? Si es así, ¿con qué libro?

—Me he excitado muchas veces, claro, pero recuerdo en especial un relato de Cuentos inenarrables, de Aldo Coca, que publicó La Sonrisa Vertical en los años 80. Se titulaba “El hotelito” y era perturbador. En esa misma colección, y también excitante y perturbador, Las once mil vergas, la novela salvaje de Apollinaire.

—¿Cuál es el rasgo principal de su carácter?

—Aun a riesgo de parecer petulante, la honestidad. Hago las cosas por convencimiento y no trato de disfrazarlas.

—¿Y su principal defecto?

—La ira. Casi siempre es fugaz, pero incontrolable.

—¿Qué aprecia más de sus amigos?

—La lealtad, entendida como una forma compartida y recíproca de estar en el mundo. Y en un sentido menos espiritual, las sobremesas de las cenas y la alegría.

—¿Cuál es su ocupación preferida?

—Si vale como ocupación, el sexo.

—¿Y su sueño de felicidad?

—Consecuentemente, una orgía perpetua, pero no la de Flaubert y Vargas Llosa.

—¿Cuál es el estado actual de su espíritu?

—Combativo. Creo que en estos tiempos oscurísimos que vivimos hay que pelear sin complejos, sobre todo los jóvenes, que tienen mucho que ganar, y los viejos, que tenemos menos que perder.

—¿Qué detesta más?

—La crueldad y la hipocresía.

—¿Qué faltas le inspiran la mayor indulgencia?

—Las de la lujuria, evidentemente.

—Ojalá que no tenga que ir nunca a una isla desierta, pero si así fuera, ¿qué libro se llevaría?

—En estos tiempos, irse a una isla desierta me parecería casi una bendición. Por espacio, me vendría bien además para llevarme toda la biblioteca, pero si hay que elegir solo uno, elijo la Biblia, que es, en efecto, un libro de libros y que nunca he leído con orden. Además, existiría la posibilidad de que empezara a creer en Dios y la soledad se me hiciera menos penosa.

—¿Y a qué persona?

—Si solo puedo llevarme a una, a mi marido, obviamente. No creo que sea capaz de vivir ya con nadie más, y menos en una isla desierta. Pero si puedo llevarme a más gente, creo que tengo un grupo grande de amigos que podrían convertir la isla en un paraíso. Sin Twitter, eso sí.

—Si todas sus respuestas han sido sinceras, diga ahora una mentira.

—Todas mis respuestas han sido sinceras.

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Autor: Luisgé Martín. Título: Desde el odio. Editorial: Altamarea. Venta: Todostuslibros.  

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