Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 3 de julio de 1936: Ángel Pestaña
Compañeros y compañeras.
Entonces estalló la algarabía.
—¡Traidor! ¡Judas! ¡Vendido a la burguesía!
Las voces de «¡Fuera!» provenían de los tipos de pie a espaldas de Mañas. Todos de la FAI.
—¿Qué pasa, que tenéis miedo a que os convenza? —exclamó Navarrete, volviéndose hacia los alborotadores—. A mí tampoco me gusta cómo piensa, pero estamos en un Ateneo libertario. Aquí oímos todas las opiniones.
—¡Socialfascista! ¡Sois los de Casas Viejas!
Pestaña permaneció impasible. En cuanto callaron las voces, retomó lo que decía. Hubo follón, pero menos.
—Me pedís, compañeros, que analice el conflicto de la construcción —continuó, con su ligero acento catalán—, y sospecho que lo que voy a decir no os gustará. Ya sabéis que yo soy ante todo sindicalista…
—¡Judas, eso es lo que eres!
—… y los sindicatos son organizaciones autónomas, cuya finalidad es alcanzar las reivindicaciones económicas de los trabajadores, independientemente de su ideología. En ese sentido, insisto, lo que os voy a decir no os gustará. La UGT ya ha declarado que solo va a la huelga para conseguir sus reivindicaciones económicas. En cambio, la CNT ve la huelga general como prolegómeno de una acción insurgente, porque considera que la revolución social es inminente. La revista Construcción no deja de repetir que la hora del capitalismo ha pasado y que suena la hora de los parias, de los que durante siglos habéis sido sojuzgados. Eso suena muy bien. Pero ¿cuál es el resultado? Que los socialistas están satisfechos con las cuarenta y ocho horas semanales que ofrece el Gobierno y vuelven al trabajo, mientras que a vosotros se os ordena que nadie entre en las obras, con los conflictos y muertes consiguientes. ¿Qué se gana con esto? Muerto el patrono y el esquirol, o hasta el policía, ¿qué? ¿Se acabaron los burgueses que nos explotan, los malos compañeros, las detenciones? No. ¿La injusticia se ha reparado? Tampoco. A lo mejor se ha vengado, pero ¿la venganza es justicia? No. Y entonces, ¿para qué vale? Os lo digo yo: para nada. Lo que necesitamos es justicia, no venganza. Y las violencias revolucionarias no nos la traen, ni aminoran el sufrimiento ni la explotación, y quien diga lo contrario miente.
Pestaña fue la última gran figura política del cenetismo antes de abandonar la Confederación. Una vez asesinado el gran jefe, Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Pestaña le sucedió como secretario general, aunque nunca alcanzó el mismo grado de liderazgo. Allí donde Seguí era todo decisión y presencia, Pestaña era prudencia, duda. Su físico, alargado y seco, de sonrisa melancólica, hacía que algunos lo motejaran el Caballero de la Triste Figura. Su voz tranquila y su actitud respetuosa no impresionaban. Pero bastaba que empezase a hablar para que, poco a poco, se impusiese la fuerza tranquila de su carácter.
Antes incluso de su atentado en 1922, hacía tiempo que había renunciado a la violencia, por considerarla improductiva. Muchos lo consideraban el Besteiro de la CNT, y era despreciado por las emergentes figuras de la FAI, y atacado con saña, desde Solidaridad Obrera, por la visceral Federica Montseny. Por eso, al final, había montado su propio partido, el Partido Sindicalista, y abogaba por actuar dentro de la legalidad, por montar una amplia alianza antifascista que encauzara políticamente a los anarquistas. Él era uno de los firmantes del pacto del Frente Popular.
Por desgracia, hablar de paz delante de los faístas era predicar en el desierto. Nadie quería tener trato con él o con ninguno de los treintistas —«los treinta Judas»— a los que se acusaba de pactismo, de estar vendidos al capital.


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