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Madrid y los ex

Madrid y los ex

Mucha mofa se ha hecho sobre la afirmación de Isabel Díaz Ayuso, ya a la sazón presidenta de la Comunidad de Madrid, de que en Madrid no te encuentras a tu ex. Pero señalar eso, precisamente eso, que uno puede no volver a encontrarse nunca más con su ex, como uno de los factores constitutivos de una ciudad libre es, concedámoslo, una genialidad. O, cuando menos, una tesis aguerrida que reclama atención, que se promete fértil. ¿Porque qué tienen los ex para aparecer en el imaginario colectivo como paradigma de incomodidad, de sofoco?

No hay encuentro más embarazoso, perturbador, irritante que el encuentro ―reencuentro― con la expareja. ¿Por qué? ¿Porque nos recuerda una de esas vidas nuestras que pudo ser y no fue? Qué profunda melancolía la de pensar en esas posibilidades nonatas que imaginamos siempre más felices que esta pobre existencia nuestra. Porque, pasados los años, uno piensa que, tal vez, si él (o ella) hubiera sido de otra manera… Si aquello hubiera funcionado… ¡Cuánta felicidad nos habría deparado el destino! Las vidas que no hemos vivido nos parecen siempre mucho más apasionantes y dichosas que esta, tan sórdida, que llevamos a cuestas.

En uno de sus más bellos poemas, Things that might have been (Cosas que podrían haber existido), Borges piensa en esos objetos que nunca han existido y esos acontecimientos que nunca han acontecido y casi todo irradia belleza y luz. El poema acaba así:

El otro cuerno del unicornio.
El ave fabulosa de Irlanda, que está en dos lugares a un tiempo.
El hijo que no tuve.

Y qué decir de ese reencuentro entre Elena y Antonio Albajara en Volver a empezar. Quién negaría que esa pareja había nacido para estar junta y que solo una lamentable contingencia pudo quebrar el destino ineludible. Qué bonitos están Gijón, Cudillero, los Lagos de Covadonga.

¿O acaso lo penoso de encontrarse con un ex radica en que nos ruboriza constatar con qué persona estuvimos alguna vez dispuestos a pasar nuestra vida? No es raro sentir ante la expareja una suerte de extrañeza: no parece la persona con la que uno compartiera días, meses, años. Contaba Kelly LeBrock que la primera vez que se encontró con su ex, Steven Seagal, tras el divorcio, le pareció un alienígena.

¿O se trata de la inquietud de conocer a la nueva pareja de nuestro ex? Decía Onassis que lo que le molestaba de que sus mujeres tuvieran amantes es que ahora había otros hombres que sabían con qué se conformaba.

¿Pero y esos reencuentros que reavivan la llama? Quid si prisca redit Venus, preguntaba Horacio. O sea: ¿Y qué pasa si vuelve el antiguo amor? Lydia, la mujer del poema horacianio, admite que, aun cuando su nueva pareja es de una belleza mayúscula, y él ―el antiguo― un tanto enclenque e irascible, no dudaría en elegir el antiguo amor. También él reconoce las virtudes de Cloe, su nueva pareja, pero, dada la oportunidad, la cambiaría a ojos cerrados por su vieja amada.

Se me ocurre que los gerifaltes de provincias podrían explotar esta posibilidad, contraponiéndola al libertarismo sentimental capitalino: la provincia, donde puede resurgir el amor con tu ex. Lo dijo Horacio.

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