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Making of de El bosque sabe tu nombre

Making of de El bosque sabe tu nombre

Escribir es como un incendio: empieza con una chispa y pronto se convierte en una enorme hoguera. Al menos así es escribir para mí, y precisamente así fue mientras planeaba El bosque sabe tu nombre. Las ideas, el paisaje —real o inventado— las sub-tramas o los personajes, sin nombre aún, pero que ya susurran sus secretos al oído, son el oxígeno de esa enorme hoguera que solo crece y crece.

Así, el incendio de El bosque sabe tu nombre creció primero en mi cabeza, casi como un secreto, y después en mis libretas de notas, convirtiéndose en una explosión de apuntes, garabatos escritos en momentos de inspiración frenética casi imposibles de descifrar incluso para mí, dibujos, nombres propios y ajenos, y mucho fuego.

En los meses que pasé planificando la historia no dejé de darle vueltas al mismo asunto espinoso: cómo hacer creíble la historia increíble de una familia maldita, de un caserón que supura vida por cada grieta en la pared y de un bosque donde los cuentos de hadas son reales.

Cómo.

"No sé como es escribir para otros autores, pero para mí, escribir se parece mucho a montar una película"

Para aquél entonces, Estrella, Alma y los demás personajes parecían haberse instalado en mi casa. Se sentaban conmigo en la mesa a la hora de la cena, jugaban con mi gata y hasta dormían en mi cama. Hasta que un día, mi marido, harto de vivir con un puñado de extraños invisibles, me dijo: “Escribe la maldita historia de una vez.” Y eso hice. Me senté al ordenador y escribí la maldita historia.

Recuerdo que pasé semanas enteras dándole forma a los ingredientes que ya tenía hasta que por fin me atreví a contar la historia, que ya no me dejaba dormir tranquila.

No sé como es escribir para otros autores, pero para mí escribir se parece mucho a montar una película. Y no una modesta película independiente, no, hablo de una superproducción. Tienes las escenas, la banda sonora, los efectos especiales, el reparto, el vestuario, el encargado de localizaciones… Todo un incendio enorme, precioso y descontrolado que hay que ir apaciguando para no acabar quemado y sin historia.

A pesar de lo que pueda parecer, me considero a mí misma una escritora metódica y organizada. La escaleta, esa misma que pasé semanas desarrollando, es la columna vertebral de la historia. Dentro de ella viven los nervios y los sentimientos, todo eso que hace “auténtica” una historia sobre casas de indianos, lobos y familias desgraciadas.

Pero cuando ya llevaba un par de capítulos escritos y las palabras empezaban a amontonarse en el contador del Word, me di cuenta —horrorizada, claro— de que me faltaba un ingrediente básico en mi historia. Los fantasmas.

"Estrella también me llevó con ella a rincones oscuros. Suyos y de otros"

Una aclaración antes de continuar: yo no creo en fantasmas, ni en espíritus. Nada. Y sin embargo, soy el tipo de persona que siente un estremecimiento bajando por la espalda cuando está sola en casa y la madera del suelo cruje. Todos tenemos fantasmas, y puede que los escritores tengamos más que otras personas. Al fin y al cabo, escribir es parecido a establecer contacto con espíritus: pasamos meses intentando comunicarnos con nuestros personajes con cuidado de apuntar cada cosa que ellos nos van revelando. Somos médiums de escritura automática.

Pasaron los meses de escritura y viajé de la mano de Estrella a lugares que ya conocía —como mi querido y bravo Cantábrico— a lugares en los que nunca había estado, y a otros que ya habían desaparecido para siempre de nuestro mundo, como el hotel Ambassador de Los Ángeles, donde Robert Kennedy se desangró en el mismo suelo que Estrella había pisado con sus tacones años antes. Pero además de los paisajes de ensueño, los hoteles de lujo y las fiestas, Estrella también me llevó con ella a rincones oscuros. Suyos y de otros.

De todos esos rincones oscuros, el más oscuro es uno en el que habita cierto personaje que aparece en el último tercio de la historia. Ahora que ya ha pasado, confesaré que mientras le escribía tenía pesadillas en las que ese personaje llamaba a la puerta de mi casa a medianoche.

"Para mí, El bosque sabe tu nombre es, sobre todo, eso: un cuento. Con su bosque misterioso, sus niñas perdidas, su casita de ensueño, su lobo, y sus monstruos"

Puede que suene a tópico, y seguramente lo es, pero mientras avanzaba en la escritura de El bosque sabe tu nombre, descubrí muchas cosas sobre mí misma —a tener paciencia y a ser indulgente con mi escritura— pero también descubrí cosas sobre ese mundo secreto que vive en las historias y en los cuentos de hadas que vamos olvidando a medida que crecemos. Porque, para mí, El bosque sabe tu nombre es, sobre todo, eso: un cuento. Con su bosque misterioso, sus niñas perdidas, su casita de ensueño, su lobo, y sus monstruos.

Ahora, mientras escribo esto, me doy cuenta de que tal vez los escritores —yo, al menos— seamos un poco pirómanos. Nos gusta el fuego, nos sentimos atraídos irremediablemente hacia el resplandor naranja y brillante de nuestra próxima historia. Yo, por mi parte, ya he encontrado la chispa para mi nueva historia —o puede que la chispa me haya encontrado a mi—. Y quema.

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Autor: Alaitz Leceaga. Título: El bosque sabe tu nombre. Editorial: Ediciones B. Venta: Amazon y Casa del libro