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Making of de «Diario de cabotaje: Una inmensa soledad», de Rafael Gª Maldonado

Making of de «Diario de cabotaje: Una inmensa soledad», de Rafael Gª Maldonado

Hace muy poco, en las primeras semanas de confinamiento, me encontré en una panadería a un viejo profesor de la EGB. Me felicitó por la publicación de este libro que ahora presento y, paradójicamente, recordó una anécdota de mis años preadolescentes: Cuando llegaste al colegio, aseguró, dijiste en una encuesta que de mayor querías ser escritor o cantante. Huelga decir que yo no recordaba nada de eso, pero parece claro que no entraba desde muy joven en mis planes la previsible y aburrida existencia acomodada y burguesa, sino el romanticismo y la bohemia de la escritura o los conciertos. Me gustaba leer, me encantaban las chicas, adoraba a los amigos más casquivanos, vivía en mi propia imaginación y me proyectaba en las primeras novelitas y en las letras de las canciones que siempre tenía en el discman de inmensos cascos de operario de la Nasa.

"¿Por qué acabé siendo un repelente niño disfrazado de internista si yo lo que quería era ser escritor y/o vivir en los escenarios? Como Rimbaud, lo hice por delicadeza"

Una vida acomodada de médico o de farmacéutico, porque aunque nunca me obligasen a ello, sin darme cuenta a mi cuerpo recién bautizado por bombas de racimo de las hormonas se le fueron poniendo las hechuras exactas para lucir una bata, y merced a un arcano tropismo familiar acabé matriculado en una facultad inmensa con aspecto de hospital soviético o de sede de la Lubianka, llena de chicas con mechas, Barbour, náuticos y una máscara funeraria romana de maquillaje, docentes espectrales cetrinos con corbata y profesoras con aspecto y gafas desfasadas de monjas benedictinas que iban del aula al departamento y a los laboratorios por pasillos inmensos con la levedad mortuoria de las novelas de terror de Henry James, donde siendo todavía un niño salí vestido de blanco como aquellos profesores fantasmales, muchos de los cuales habían dado clases a mi padre.

¿Por qué acabé siendo un repelente niño disfrazado de internista si yo lo que quería era ser escritor y/o vivir en los escenarios? Como Rimbaud, lo hice por delicadeza, pero no perdí la vida. Siempre me he alegrado de tener una profesión sólida y científica. Me hice farmacéutico, sobre todo, por amor a mi padre, pero estuve a punto de ser médico por amor a un abuelo que no conocí, un amor impotente del que brotó mi primera novela. Durante todo el romanticismo no domesticado de mi vida —aún no había leído el Tonio Kröger de Thomas Mann— me sentí observado por los retratos de los médicos y farmacéuticos de la familia, difuntos ilustres con leontina, pajarita y bigotes engomados que vivían encerrados en los portarretratos de mi casa y la de mis abuelas y tías, distinguidos sanitarios que me amenazaban cuando nadie los veía con sus órbitas proustianas de ojeras ennegrecidas por el yodo amarillento del tiempo.

"El zumo agridulce de ese fruto anómalo de mi existencia es lo que contiene Diario de cabotaje"

Mi padre, los muertos desde su cárcel de lujo de los marcos de plata y mis abuelas —una desde su silla de obesa mórbida de la ternura y otra desde la belleza decadente de un orden desaparecido— me llevaron en volandas hacia un destino insospechado: un pueblo del sur, donde el niño abandonó la crisálida robustísima de la infancia entre algodones y se convirtió en un aprendiz de adulto muchas veces derrotado por el desaliento de la realidad y la pura angustia, por el dolor del mundo, por la cercanía insoportable de la muerte. Un ensayo de adulto enamoradizo y conquistador que acabó siendo salvado por el amor verdadero, del que brotaron niños perfectos, a la manera de frutos sobreabundantes de un Edén inmerecido, un farmacéutico que a veces hace de psiquiatra y de enfermero y que lee compulsivamente, un amasijo de melancolía que no sabe de dónde saca la fuerza para querer a los que quiere y para escribir todo lo que escribe, un alma deforme partida por la mitad como la del doctor Jekyll y Mr. Hyde, un perfecto burgués por fuera y un escritor del romanticismo por dentro.

El zumo agridulce de ese fruto anómalo de mi existencia es lo que contiene Diario de cabotaje: Una inmensa soledad.

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Autor: Rafael García Maldonado. Título: Diario de cabotaje: Una inmensa soledad. Editorial: Anantes. Venta: AmazonCasa del Libro.

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