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Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir

Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir

Inspirada en sus estancias junto a Sartre en la Unión Soviética durante la década de 1960, la autora contrapone en esta singular novela el entusiasmo de los primeros tiempos hacia aquel país con la posterior decepción ante la desaparición de un ideal socialista puro y soñado.

En Zenda reproducimos el arranque de Malentendido en Moscú (Navona), de Simone de Beauvoir.

***

Alzó la vista del libro. ¡Qué aburrimiento, todas esas cantilenas sobre la no comunicación! Si uno se empeña en comunicar, lo consigue mal que bien. No con todo el mundo, de acuerdo, pero con dos o tres personas. Sentado en el asiento de al lado, André leía un ejemplar de la Série Noire. Ella le ocultaba algunos estados de ánimo, pesares o desvelos sin importancia; sin duda, él también debía de tener sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoraban nada el uno del otro. Echó un vistazo a través de la ventanilla: hasta donde alcanzaba la vista, bosques sombríos y praderas claras. ¿Cuántas veces habían surcado el espacio juntos, en tren, en avión, sentados el uno al lado del otro, con un libro en la mano? Todavía se deslizarían a menudo el uno al lado del otro, en silencio sobre el mar, la tierra y el aire. Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Tenían treinta años o sesenta? El pelo de André había encanecido temprano: antaño aquello parecía una coquetería, esa nieve que realzaba el frescor mate de su tez. Seguía siendo una coquetería. La piel se había endurecido y se había agrietado —cuero avejentado—, pero la sonrisa de la boca y de los ojos había conservado su resplandor. Pese a los desmentidos del álbum de fotografías, su joven imagen se amoldaba a su rostro actual: Nicole no le conocía edad. Sin duda porque él parecía ignorar que tenía una. Él, a quien antaño tanto le gustaba correr, nadar, trepar y mirarse en los espejos, llevaba sus sesenta y cuatro años con despreocupación. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, arrebatos, y a veces parece que el tiempo no haya pasado. El porvenir se extiende aún, hasta el infinito.

—Gracias.

Nicole cogió un caramelo del canastillo, intimidada por la corpulencia de la azafata y por su mirada dura, al igual que la intimidaron tres años atrás las camareras de los restaurantes y las sirvientas del hotel. Ninguna amabilidad fingida, una conciencia aguda de sus derechos. No podía por menos que aprobarlo, pero ante ellas se sentía en falta, o cuando menos sospechosa.

—Ya llegamos —dijo.

Con un poco de aprensión, miraba al suelo que se acercaba. Un porvenir infinito, que podía quebrarse de un momento a otro. Conocía bien esos cambios bruscos, de una seguridad beatífica a las punzadas del miedo: estallaba la tercera guerra, André padecía un cáncer de pulmón —dos paquetes de cigarrillos al día era mucho, demasiado— o el avión se estrellaba contra el suelo. Hubiese sido una buena forma de acabar: jun tos y sin complicaciones; pero no tan pronto, no ahora. «Sal vados otra vez», se dijo para sus adentros cuando las ruedas impactaron —un poco brutalmente— contra la pista. Los viajeros se pusieron los abrigos y recogieron sus bolsas. Atasco de la espera. Largo atasco.

—¿Hueles el olor de los abedules? —dijo André.

Hacía mucho fresco, casi frío: dieciséis grados, había anunciado la azafata. A tres horas y media de distancia, qué cerca estaba París, qué lejos; París, que aquella mañana olía a asfalto y tormenta, aplastada por la primera ola de calor del verano: qué cerca estaba Philippe, qué lejos… Un autocar los transportó —a través de un aeródromo mucho más amplio que aquel en el que aterrizaron en 1963— hasta un edificio acristalado, con forma de seta, donde controlaban los pasaportes. A la salida los esperaba Masha. Nicole se sorprendió de nuevo al reconocer en su rostro, armoniosamente fundidos, los rasgos tan dispares de Claire y de André. Delgada, elegante, tan solo su peinado «postizo» delataba su origen moscovita.

—¿Habéis tenido un buen viaje? ¿Está bien? ¿Estás bien?

Tuteaba a su padre, trataba a Nicole de usted. Era algo normal y aun así extraño.

—Páseme esa bolsa.

También aquello era normal. Pero cuando un hombre lleva tus paquetes, es porque eres una mujer; si lo hace una mujer, es porque es más joven que tú, y te sientes vieja.

—Deme los comprobantes de las maletas y siéntese allí —dijo Masha con autoridad. Nicole obedeció. Vieja. Cuando estaba con André se le olvidaba a menudo, pero mil pequeños arañazos venían a recordárselo. «Una hermosa joven», había pensado al avistar a Masha. Recordaba haber sonreído, a los treinta años, cuando su suegro pronunció esas mismas palabras a propósito de una cuarentona. Ahora, a ella también la mayoría de las personas le parecían jóvenes. Vieja. Le costaba resignarse (una de las pocas cosas que no contaba a André: ese estupor desolado). «De todos modos hay ventajas», se dijo a sí misma. Estar jubilado suena un poco como estar para el arrastre. Pero resultaba agradable irse de vacaciones cuando se quería; más exactamente, estar todo el tiempo de vacaciones. En las aulas abrasadoras, los colegas empezaban a soñar con el momento de marcharse. Y ella ya se había marchado. Buscó a André con la mirada, de pie al lado de Masha, entre el gentío. En París se dejaba acaparar por demasiada gente. Prisioneros políticos españoles, presos portugueses, israelíes perseguidos, rebeldes congoleños, angoleños, cameruneses, guerrilleros venezolanos, peruanos, colombianos —y se dejaba unos cuantos—, siempre estaba dispuesto a prestarles ayuda, en la medida de sus fuerzas. Reuniones, manifiestos, mítines, octavillas, delegaciones, aceptaba todas las tareas. Pertenecía a un sinnúmero de agrupaciones y comités. Aquí nadie solicitaría sus servicios. Tan solo conocían a Masha. No tendrían otra cosa que hacer que contemplar las cosas juntos: a ella le gustaba descubrirlas con él y que el tiempo, congelado por la larga monotonía de su felicidad, volviera a encontrar su ple tórica novedad. Se levantó. Le hubiese gustado estar ya en las calles, bajo los muros del Kremlin. Se había olvidado de lo largas que podían llegar a ser las esperas en este país.

—¿Llegan esas maletas?

—Tarde o temprano llegarán —dijo André.

[…]

—————————————

Autora: Simone de Beauvoir. Título: Malentendido en Moscú. Traducción: Joachim de Nys. Editorial: Navona. Venta: Todos tus libros.

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