Este libro es una llamada urgente a reconocer las nuevas máscaras del autoritarismo y la intolerancia. Un manifiesto político, moral y humanista en defensa de la democracia, la memoria, la inteligencia, la solidaridad y la dignidad humana frente a la normalización del odio.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Manifiesto contra la intolerancia (Roca), de Rafael Narbona.
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LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL NUEVO FASCISMO
El fascismo no es una simple ideología. Aunque suele cultivar una buena relación con una interpretación fundamentalista del cristianismo, su ambición secreta es convertirse en una religión, con sus mitos, sus dogmas, sus mandamientos y sus experiencias místicas. Solo hay que contemplar las concentraciones masivas en Núremberg y las apariciones teatrales de Hitler para comprobar que su naturaleza no es meramente política. Sus ansias de dominación total incluyen el objetivo de redefinir el concepto de humanidad. Para Hitler, sus enemigos eran «subhumanos».
Conviene destacar la expresión «No es lo suficientemente blanco para mí». Podríamos sustituir blanco por ario o español y no se alteraría el mensaje esencial: los otros, los que hablan otro idioma o tienen otro color de piel, constituyen una amenaza para la identidad nacional. Son cuerpos extraños que hay que expulsar. Solo de ese modo recuperaremos la pureza original, ese paraíso donde América era para los americanos (es decir, para los blancos, anglosajones y protestantes) o Alemania para los alemanes (es decir, para los arios).
El tribalismo es la quintaesencia del fascismo y ha vuelto a circular por el mundo con desinhibición. Los latinos, los musulmanes y los negros son el «enemigo exterior». Mientras que los que acogen y protegen se han convertido en una suerte de «enemigo interior». Ambos deben ser neutralizados de un modo u otro. Las deportaciones masivas son la única manera de librarse de los extranjeros pobres (los ricos no molestan) y el control de los medios de comunicación y las escuelas es la herramienta más eficaz para silenciar a los «antifascistas de distinto pelaje» (socialistas, feministas, activistas sociales), cuyas ideas contaminan las mentes.
Estados Unidos, Rusia y Argentina ya han puesto en marcha una purga del lenguaje. Dos meses después de que Trump asumiera su cargo como cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos, varios organismos federales publicaron un listado con más de un centenar de palabras que ya no podrían ser utilizadas en una comunicación oficial. Entre ellas, activismo, antirracismo, negro, género, LGTB, feminismo, multicultural, no binario, inmigrantes, poblaciones vulnerables, diversidad. «Lo primero que busca un régimen autoritario —advirtió David I. Beaver, profesor de Lingiística y Filosofía en la Universidad de Texas, en Austin— es el poder absoluto, y para lograrlo limita la disidencia y luego la criminaliza». De ese modo, se marca la típica división fascista entre «nosotros o ellos» y se prepara el camino para el aplastamiento de la disidencia.
El término woke, que puede traducirse como «despierta», surgió en los años sesenta del siglo pasado para reivindicar los derechos de las minorías, especialmente de la comunidad afroamericana en Estados Unidos, pero hoy se utiliza como símbolo de todo lo que odia la ultraderecha: libertad, diversidad, pluralismo, igualdad.
Vladimir Putin, que goza de la simpatía de Trump a pesar de alguna fricción puntual, sigue la misma agenda, pero con medidas más radicales. A finales de 2023, el Tribunal Supremo ruso declaró ilegal el Movimiento LGBTI Internacional y reprobó el uso del género femenino en el lenguaje, en vez del genérico masculino. Vitali Milónov, diputado de la Duma, comparó el lenguaje inclusivo con el satanismo y exigió que fuera erradicado de las aulas.
La perversión del lenguaje no es una novedad. Mussolini restringió el uso de palabras extranjeras exigiendo que se utilizaran términos con raíces latinas. Y los nazis manipularon el lenguaje para modular las mentes. Como señaló Victor Klemplerer en su magnífico ensayo LTT. La lengua del Tercer Reich, se demonizaron las palabras de origen semita y se atribuyó un significado positivo a términos anteriormente vilipendiados, como fanático. El fanatismo dejó de ser un vicio para convertirse en una virtud. Un buen alemán solo podía ser un patriota fanático y un fanático antisemita, pues el judío era el cáncer de las naciones.
En el Ouijote, Cervantes afirma que «la historia es como una madre sagrada, emuladora del tiempo, depositaria de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir». La reflexión de Cervantes es una invitación permanente a contrastar el pasado con el presente para comprender el futuro que se está gestando.
Y de acuerdo con eso, no me parece una hipérbole reiterar que sufrimos un nuevo asalto del fascismo, un movimiento recurrente que cambia de apariencia sin alterar su esencia. En los años treinta del siglo pasado, el fascismo postulaba el nacionalismo radical, el culto al líder y al partido, el poder absoluto del Estado, la supresión del sistema pluripartidista, el corporativismo, la lucha contra la diversidad, la militarización de la sociedad. Algunos de estos principios se han conservado, como el nacionalismo excluyente, el autoritarismo o la lucha contra la diversidad, pero es imposible que un fenómeno histórico se repita con exactitud milimétrica. Todas las ideologías cambian de escaparate para incrementar su atractivo.
El decálogo del fascismo es hoy ligeramente diferente, pero brota de la misma filosofía que ha sembrado la historia de sangre, sudor y lágrimas. Un restyling o cambio de imagen no resta peligro a una amenaza. La única forma de evitar un nuevo acto de este drama es renovar y fortalecer los valores democráticos, subrayando que la libertad es un concepto vacío cuando no está vinculado a la solidaridad y la justicia. Hablar de democracia en sociedades profundamente desiguales constituye una burla, pues el derecho de ciudadanía no consiste solo en depositar un voto en una urna, sino en disfrutar de prestaciones sociales que garanticen una vida digna. El Estado del bienestar es el corazón de la democracia. Si el ciudadano no puede acceder a bienes básicos como vivienda, trabajo, sanidad, educación, salarios justos y pensiones, la libertad solo es una filigrana abstracta. No sirve de nada poder chillar en una esquina si duermes bajo un cartón y la atención médica constituye un privilegio.
«Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos», afirmó Martin Luther King. Aún estamos a tiempo de llevar a cabo ese aprendizaje. No es una utopía irrealizable, sino un largo camino que la humanidad algún día tendrá que completar si no quiere hundirse definitivamente en la barbarie.
Podemos condensar la ideología del nuevo fascismo en diez mandamientos. No están reunidos en ningún programa político, pero sí se hallan en la mente de sus líderes. Son el núcleo esencial de una propuesta que liquidaría las sociedades democráticas, abiertas y plurales. Examinarlos nos ayudará a comprender cuál es la situación actual del mundo y a buscar salidas. Como dijo Albert Camus, al invierno, por frío y oscuro que sea, siempre le sucede un «verano invencible».
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Autor: Rafael Narbona. Título: Manifiesto contra la intolerancia. Editorial: Roca. Venta: Todos tus libros.


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