En noviembre de 2020, en medio del clima de ansiedad colectiva por el covid, la escritora Marta Jiménez Serrano estuvo a punto de morir encerrada en su casa, un trauma que le ha costado cinco años asimilar y que ha plasmado en una novela, Oxígeno (Alfaguara).
El 7 de noviembre de 2020, durante el segundo estado de alarma por la pandemia, Jiménez Serrano (Madrid, 1990) estaba a punto de publicar su primera novela, Los nombres propios (Sexto Piso, 2021), y acababa de mudarse a ese piso del centro de Madrid con su hoy expareja, el también escritor Juan Gómez Bárcena. “Fue paradójico, porque estábamos con el “quédate en casa, quédate en casa” y fíjate en casa lo que me pasó”, comenta la escritora, un referente de su generación tras la buena acogida de aquella primera novela sobre el paso a la edad adulta y de un libro de relatos, No todo el mundo (Sexto Piso, 2023), acerca de las relaciones amorosas contemporáneas que pronto podría convertirse en una serie —”está habiendo reuniones pero no hay nada cerrado aún”, señala—.
Hay muchas cosas que cambian después de una experiencia así, asegura la autora, licenciada en Filología Hispánica. “Me adelantó la crisis de los 40, se me pasó el miedo a la vejez, me cambió la concepción del tiempo, el modo de relacionarme, la conciencia no intelectual, sino real de que nos vamos a morir un día. Tuve un primer momento de pánico, de no poder dormir, pero luego en realidad me ha hecho valorar más la vida, disfrutar más y tomármelo más en serio, en el mejor de los sentidos, porque esto se acaba”.
La novela es autobiográfica y está narrada en primera persona, pero Jiménez Serrano no renuncia al “juego literario” y dice que si fuera una película, Oxígeno sería “un falso documental. Cada texto me pide una cosa respecto a la forma, según la idea que voy a contar o la imagen que se me viene a la cabeza, y aquí me di cuenta de que me estaba inventado excusas para no abordar la primera persona, así que finalmente me rendí a ella”. Con todo, el mayor reto era abordar el momento central, el fundido a negro, cuando estaba inconsciente, lo que dio pie al otro enfoque de la novela, como si fuera una investigación periodística que le lleva a interrogar a testigos, entre ellos su pareja o el enfermero que la atendió.
En Oxígeno, como en Los nombres propios, la memoria y la identidad son fragmentadas. “Funcionan más como un puzle o un collage que una linea recta”, sostiene la autora, convencida de que “somos todo lo que hemos sido al mismo tiempo”. Por eso, entre el desmayo inicial y la apertura de ojos final de la protagonista hay investigación, conversaciones, noticias de periódicos y también recuerdos de otras experiencias con la muerte en la infancia o de la relación con el hogar.
Como trasfondo emerge también el tema de la crisis de la vivienda, aunque se tratara de una negligencia individual y concreta. “Estamos en un momento en que alquilamos y vendemos pisos como si fueran camisetas”, dice. “Hablamos de una propiedad privada pero también de un derecho fundamental, y deberían entrar en consideración una mirada humana y una responsabilidad”. Cree que lo que le pasó a ella es un extremo, pero que a diario se producen otros muchos pequeños abusos que no queda otra que aceptar debido a la falta de oferta de alquiler, como prohibir colgar cosas en las paredes o tener mascotas. “Si uno alquila una casa, a todos los efectos, mientras está vigente, la casa es su hogar y debería poder hacer lo que le hiciera estar a gusto”.
Los cinco años que le ha llevado escribir la novela es también el tiempo que ha tardado en “recolocar” el asunto, y una de las dificultades con las que se ha encontrado ha sido la reacción de algunas personas en su entorno más cercano. “Toleramos muy mal la tristeza ajena y tenemos mucha prisa por que las cosas vuelvan a estar como estaban. Somos malos acompañando los duelos, vivimos en una sociedad adicta a la felicidad y muchas veces el trauma viene más de que no nos permitan estar tristes que del hecho en sí”. Confiesa que cuando le decían eso de que “menos mal que no ha pasado nada” deseó tener una herida o un brazo en cabestrillo. “Reaccionamos más a los malestares físicos que a los psicológicos, pero que no hubiera consecuencias irreversibles, que es lo que me quería decir la gente, no significa que no hubiera pasado nada”.
Además de haber superado en parte su hipocondría, Jiménez Serrano dice que si volviera a ocurrirle algo así, probablemente sabría reconocerlo a tiempo. “Lo que te garantizo es que ahora, si me mareo, abro una ventana”.
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Fuente: Magdalena Tsanis, Efe





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