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Por qué es marxista la niña de ‘El exorcista’

Por qué es marxista la niña de ‘El exorcista’

Eso de que la vida puede ser maravillosamente extraña se da especialmente en el mundo de la creación en general y el de la literatura en particular. La historia de las letras está llena de mágicas casualidades que entrarían en la definición de “serendipia” tal y como la define el diccionario de la Real Academia, o sea, como hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. La serendipia tiene un aura misteriosa e incluso algo más noble que uno de sus sinónimos más castizos como “chiripa” como explica aquí (y la mar de bien, además) Álex Grijelmo. Para servidor de ustedes, la serendipia debe poseer también un aire de caos feliz de imposibles consecuencias. Y sólo así se puede explicar que la niña de El exorcista sea marxista en el único buen sentido del adjetivo y que es el que no está en Diccionario, es decir, relativo o perteneciente al marxismo, pero el de Groucho Marx.

Groucho Marx junto al cartel anunciador del concurso que presentaba en la cadena CBS.

Y es que la fábula demoníaca publicada por William Peter Blatty en 1972 y llevada al cine por William Friedkin en 1973 está directamente relacionada con Julius Henry Marx (1890-1977), el hermano Marx del que nunca se duda sobre su nombre artístico: Groucho. Es más, sin Groucho Marx, la aterradora historia de la posesión diabólica de la niña de doce años Regan MacNeil jamás hubiera existido.

"El dinero le permitió dejar el trabajo y dedicarse en exclusiva a escribir, que era lo que quería desde un año antes"

En 1961, Groucho era uno de los personajes más populares de los Estados Unidos. Lo era no tanto por alguna de las 14 películas que había realizado con sus hermanos entre 1929 y 1949, sino por presentar un concurso de gran éxito que se llamaba You Bet Your Life (literalmente Apueste su vida, aunque una traducción más ajustada sería algo así como Qué te juegas) que se emitía simultáneamente por radio y televisión en la NBC. Hacía una década que Groucho llevaba las riendas del programa que antes se había emitido en la ABC y la CBS. Era el típico concurso de preguntas en el que el premio —y el riesgo de fallar— iba aumentando conforme se avanzaba. Como es lógico, la mayor parte del éxito del programa no se debía al formato, sino al presentador y a las delirantes entrevistas a las que sometía a los concursantes. Algunos de ellos se convirtieron en efímeras celebridades mientras que otros famosos aprovechaban el tirón del programa para consolidar sus carreras participando en él y donando el dinero que obtenían en los premios a causas benéficas.

Un buen día, uno de los participantes decía ser un multimillonario príncipe árabe embutido en un traje blanco y tras unas lentes oscuras. Aquel sujeto, por supuesto, fue desenmascarado por Groucho, quien le dijo que no se creía que fuera un árabe porque él tenía un caballo árabe en su casa y sabía qué aspecto tenían. Semejante boutade sería impensable en nuestros días de lo políticamente correcto, pero sirvió para que el supuesto aristócrata saudí acabara con la broma. En realidad se llamaba William Peter Blatty, tenía 33 años, era de Nueva York y trabajaba en el gabinete de prensa de la jesuítica Universidad de Loyola de Los Ángeles. Estaba divorciado y tenía tres hijos de su primera mujer (luego tendría otros cuatro más de las tres esposas siguientes con las que compartiría su vida) y, pese a su licenciatura en Literatura Inglesa, no había conseguido trabajar como profesor, tal y como era su intención. Su ascendencia libanesa (sus padres eran católicos de Beirut) le sirvió para que fuera reclutado como agente de Inteligencia de la Aviación americana y destinado al Líbano en la división de guerra psicológica.

William Blatty disfrazado de príncipe árabe en el programa “You Bet Your Life” que presentaba Groucho Marx.

No le fue mal en el concurso con Groucho. De hecho, se llevó los 10.000 dólares del premio, el equivalente a casi 98.000 euros de hoy en día. El dinero le permitió dejar el trabajo y dedicarse en exclusiva a escribir, que era lo que quería desde un año antes. Había publicado una novelita satírica titulada Which way to Mecca, Jack? (¿Por dónde se va a La Meca, Jack?) donde aprovechó anécdotas de choque cultural de su estancia como agente en Oriente Medio.

"En junio de 1971 aparecía en las librerías El exorcista, editado por Harper. Y fue un fracaso en ventas"

Tras su paso por el programa de Groucho y con dinero suficiente como para coleccionar unos cuantos fracasos, Blatty publicó dos cómics y una novela entre 1963 y 1966. Las dos primeras (John Goldfarb, Please Come Home y I, Billy Shakespeare) eran comedias, mientras que la tercera (Twinkle, Twinkle, “Killer” Jane) era un curioso híbrido entre farsa y drama psicológico. Las tres obras fueron bien recibidas por la crítica, pero cosecharon pocas ventas. Entre los que supieron apreciar el talento de Blatty para la escritura estaba un legendario director de cine: Blake Edwards, quien lo fichó como guionista y con quien firmaría cinco películas: tres comedias, un musical y la adaptación de una serie policiaca de televisión. Blatty, gracias a los 10.000 dólares ganados en el concurso de Groucho Marx, se había labrado un nombre como guionista de comedia. Sin embargo, su obra maestra iba a venir desde un género tan distinto, y a veces tan próximo, como el horror.

La primera edición de ‘The Exorcist’ editada por Harper y publicada en junio de 1971.

En junio de 1971 aparecía en las librerías El exorcista, editado por Harper. Y fue un fracaso en ventas. De nuevo, la televisión —o el mismísimo Satanás, quién sabe— acudió en ayuda de Blatty. The Dick Cavett Show era un programa de entrevistas que llamó a Blatty para sustituir a un invitado que se había puesto enfermo. En plena emisión, el otro invitado también tuvo que marcharse inesperadamente, con lo que Blatty dispuso de 45 minutos de horario de máxima audiencia para hablar del libro, de posesiones demoníacas e incluso del caso real que inspiraba la historia, y que se refería a un exorcismo practicado por jesuitas en la ciudad de San Luis (Misuri) en 1949 sobre un chico de catorce años y del que informó el mismísimo periódico The Washington Post llamando al joven endemoniado Robbie Manheim, o Roland Doe para proteger su identidad. En realidad se llamaba Ronald Edwin Hunkeler y, según contó el propio Blatty pocos meses antes de morir, sobrevivió al exorcismo, creció, se casó y terminó trabajando para la NASA como ingeniero.

"Ninguna narración escrita puede provocar semejante terror colectivo a tanta gente y durante tanto tiempo por sí sola"

A partir del empujón de la televisión, el éxito fue atronador y superó a lo que se consideraba entonces como otra anomalía literaria. Cuatro años antes, una novela de horror escrita por un tal Ira Levin había vendido cuatro millones de ejemplares. Se llamaba El bebé de Rosemary, más conocida en español como La semilla del diablo. Que una historia de género (y más minoritario aún como el terror demoníaco) se convirtiera en un best seller provocó un alud de imitaciones a cada cual peor y la certeza de que algo así no podía volver a ocurrir con la misma intensidad. Hasta que llegó Blatty con su aterrador relato de Regan, su madre Chris, los padres Merrin y Karras y el demonio Pazuzu.

No temo equivocarme al asegurar que entre Ira Levin y William Peter Blatty el diablo como personaje cambió definitivamente. El demonio ha estado en la ficción desde siempre pero a partir de estas dos novelas, y muy especialmente de El Exorcista, en el imaginario colectivo lo diabólico sería de una determinada manera y no de otra. Antecedentes literarios como el Satán impotente, estúpido y brutal tal y como aparece en La Divina Comedia de Dante, el cultísimo Mefistófeles de Fausto de Goethe, el Satanás épico y rebelde de Milton en El Paraíso Perdido  o el cachondo e irreverente (y por lo tanto, genuinamente español e injustamente desconocido) Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara quedarían sepultados bajo toneladas de olvido. El diablo, desde hace 45 años (la película se estrenó en junio de 1973), nos asusta con la cara ajada de una niña de doce años que se masturba con un crucifijo y es capaz de girar el cuello 360 grados. No obstante, cabe recordar que Regan es la encarnación humana del ser infernal que la ha poseído y cuya representación es descrita en la primera página de la novela cuando el padre Merrin, que además de cura es arqueólogo, encuentra en una excavación en Irak “una pesada estatua de piedra caliza in situ: alas irregulares, pies con garras, bulboso pene saliente y rígida boca que se estiraba en una sonrisa maligna. El demonio Pazuzu. De repente lo abrumó una certeza. Lo supo. Aquello se acercaba”.

Ronald Edwin Hunkeler, el chico de 14 años cuyo exorcismo llevado a cabo en 1949 en Misuri inspiró a Blatty para escribir la novela.

"'Escribiré una novela de éxito', le dijo como si estuviera haciendo un pacto con el Diablo, sólo que en vez de cuernos y tridente llevaba mostacho, gafas y un puro"

Ninguna narración escrita puede provocar semejante terror colectivo a tanta gente y durante tanto tiempo por sí sola. Si la endemoniada Regan es capaz —aún hoy en día— de asustarnos con su voz gutural, sus obscenidades, su sonrisa enloquecida y sus vómitos verdosos es gracias a la película que, dos años después de la publicación de la novela, aterrorizaría a medio mundo. La novela había vendido trece millones de ejemplares sólo en Estados Unidos durante su primer año de vida. Cuando se tradujo al castellano consiguió ser uno de los libros más vendidos del año 1975 en la España que estaba enterrando a Franco. La película —de 1973— llegó a lomos de este descomunal éxito y, cosa extraña también, superó todas las expectativas entrando en la selecta lista de las grandes películas de todos los tiempos y la mejor del género de horror. Ninguna otra cinta de terror ha conseguido diez nominaciones a los premios Oscar —incluyendo el de Mejor Película—, de los que ganó dos (Sonido y Guión Adaptado) y siete nominaciones a los Globos de Oro, de los que ganó cuatro (Mejor Película, Director, Guión y Actriz de Reparto para Linda Blair). Además, se convirtió en un auténtico fenómeno social. Las colas a los cines daban la vuelta a la manzana, así como las noticias sobre espectadores que no resistían el miedo y abandonaban la sala. Por supuesto, la polémica religiosa no se quedó atrás y recibió palos por ambos lados. Hubo vetos y prohibiciones por parte de determinados elementos de la Iglesia Católica y amenazas surgidas de círculos y sectas satánicas que obligaron a que Linda Blair, la actriz que interpretó a la niña, precisara de escolta durante casi un año. Por supuesto. Todo tipo de leyendas sobre una supuesta maldición rodeó al rodaje y a la película. Desde un incendio inexplicable al fracaso de las carreras de muchos de los participantes, como la propia Linda Blair o el director, William Friedkin. El peor destino fue el de Paul Bateson, un actor de reparto que hacía de técnico de radiología en las escenas del hospital que fue declarado culpable del asesinato de un crítico de cine y se sospechaba que podía haber matado a seis personas más, cuyos cuerpos, descuartizados y metidos en bolsas, se encontraron en el río Hudson en Nueva York.

El escritor en 2016, sentado en la famosa escalera de la película, situada entre las calles Prospect y M de Georgetown (Washington DC) frente al río Potomac.

Celebérrima imagen que sirvió para hacer el cartel oficial de la película, con la silueta del actor sueco Max Von Sydow, que interpretó al sacerdote Lankester Merrin

En realidad, ni la novela ni la película aportan ninguna novedad que no se hubiera contado antes. Sin embargo, es interesante la fusión del concepto del Mal Externo (el demonio Pazuzu) que hace aflorar el Mal Interno como si de un Dr. Jekyll y Mr. Hyde con cara de niña se tratara. Stephen King —que es de los que detesta la novela— dice de ella que se trata de una historia de terror social que enfrenta a los padres ante el horror cotidiano que supone ver cómo los hijos, al crecer, se transforman en extraños. La metáfora, aunque algo cogida por los pelos, no deja de tener su gracia. Para quienes se pregunten qué diferencias hay entre el relato escrito y el audiovisual hay que decir que prácticamente nada. Recordemos que fue el propio Blatty el que adaptó el guión y que se ganaba la vida más como guionista de Hollywood que como novelista, con lo que la narración en la novela es casi una sucesión de imágenes y escenas. En todo caso, en la novela, el peso de la narración corresponde a Chris, la madre de Regan y a sus zozobras internas conforme su hija cambiaba —en principio, como cualquier adolescente— a un monstruo. En la película, en cambio, Blatty optó por hacer que el motor narrativo lo alimentara el padre Karras y sus dudas sobre la fe, las cuales desaparecen al contacto con el mismísimo demonio.

En todo caso, con El exorcista Blatty cumplió con la profecía que le había adelantado a Groucho Marx cuando el genial humorista le preguntó en el programa qué pensaba hacer con los 10.000 dólares del premio. “Escribiré una novela de éxito”, le dijo como si estuviera haciendo un pacto con el Diablo, sólo que en vez de cuernos y tridente llevaba mostacho, gafas y un puro. Y le salió bien.

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