Inicio > Blogs > Ruritania > Más allá
Más allá

No hay ni se imagina un horizonte más allá de estos límites de verde oscuro y ramas grises.

Encuentro referencias a jardines en todas partes. Estructuras cercadas e íntimas, tan íntimas que pueden erigirse más allá del mundo material. Todos tenemos un espacio adornado con parterres y plantas similares a las reales, las que nos vieron crecer, las que estuvieron en momentos clave, las que fueron más fieles que cualquier amistad. Y sus altares, sus rincones especiales, se salpican por otras que solo existen en el imaginario propio. Esos jardines son lo que desde pequeños usamos para ocultarnos, para entender y, quizás, entendernos.

Y ahora, que no tengo vínculo con el presente y no me queda futuro, cuando solo soy una cosa inerte, me he vuelto sensible a los latidos más difíciles de percibir. Así, me da por mirar en el mío, en cuyo centro palpita una enredadera como corazón de bestia, roja y de costra dura. A su alrededor encuentro todo descuidado. Oscuro. La ilusión, la magia, la fuente de la imaginación y la maravilla secas, cubiertas por las cenizas que solté al arder bajo el sol de julio, cuando los vientos que se recuerdan en la transición de agosto a septiembre las diseminaron al único lugar donde aún podrían tener significado. Ese lugar al que ahora solo le queda la mata de la ternura, casi cerrados sus brotes, cubiertos por telas de araña.

"Siento debilidad por las plantas de hojas verdes y amplias, por sus diminutas flores delicadas y claras"

Busco el palpitar de la vida en esos brotes que siempre contradicen a la muerte. Carmín tierno entre tallos resecos y doblados. Y la encuentro, con la misma cara de siempre, en los mismos sitios que antes ocupó. Pero está cambiada. Ya no sale nueva, no se regenera.  Esos brotes no son más que los orígenes de nodos ya conocidos, hojas que crecen solo a la luz de soles pasados, fijos en la memoria. Se ocultan de los antojos de cualquier otra luz, y se abren, caprichosos, en las horas en las que el galán de noche permite que sus flores bañen la luna.

Siento debilidad por las plantas de hojas verdes y amplias, por sus diminutas flores delicadas y claras. Como los jazmineros, los cítricos, ese galán que me recuerda a mi niño de ojos dorados. Ahora el galán ya no pierde las hojas, no le salen tampoco nuevas. Sus raíces bombean una y otra vez el perfume que habita en un ciclo. De la tierra a la estela de la luna. El perfume que no se renueva es un brindis a los recuerdos, y se mantiene desafiante a la órbita de gigantes gaseosos y terrestres. Comparten rastros, estelas, difieren en su fidelidad y constancia.

El polen y las bases aromáticas de inciensos son tímidas ahora. Marcan la travesía con su constancia de ternura antigua, la ineludible realidad de esa otra ternura mayor que mi jardín, que nunca más será visita ni a la que se habrá de aguardar.

Y es que más allá de mi jardín quizás haya otras cosas, pero no deseo bordear sus límites de cipreses. No deseo que hablen de amores, que todas las flores que regalé ella las dejó morir. A mi paso quedan parterres huecos, reclamando lo que les arrebaté y ya no les puedo devolver, pues no me pertenece.

Ahora, con todos mis valores, aciertos y errores, debería ir cuidando de lo único que en verdad poseo, eso que a la luz de la luna recuerdo, esto que me palpita en el pecho.

"Mi pena es una bestia incansable, busca ahogarme, busca el gorgoteo de su frontera líquida golpeando mis pulmones"

Esta realidad se vuelve lacerante, me lleva como de un tirón del alma a través de tantos momentos. Y como un mediocre timonel, me deja al final, huérfano de ella, en un mar de emociones que no se quieren entender, y con un pálpito eterno en el pecho que me corta, me aísla del cielo y de la luz. Sabe que solo reconozco un sendero, ese que conduce a un callejón que no estuvo falto de salida, y ahora se asfixia, derrumbado.

Derruido por las raíces de una mata que fue gemela de mi ternura. El prospecto de los sentimientos hechos carne que no llegó a nacer. En estos días en que me rehuyo tanto, en los que evito pensarme y pensar en la medida en la que puedo, solo una cosa de cuantas escribo es bella. Y leerla me aviva el amor. Me recuerda, como dijo alguien que ya no está aquí, que hubo un momento en que miré la vida desde arriba, y me sentí, por fin, ajeno a ella y en ella.

Y entonces llega de nuevo la pena. Intratable. Ingobernable y, peor aún, ineludible. Que solo se deja aceptar. Aceptación tras la que no se retira para dejar que me recupere. Mi pena es una bestia incansable, busca ahogarme, busca el gorgoteo de su frontera líquida golpeando mis pulmones. Y sé que, como cuando me pierdo bajo el agua y juego a no tener aire, deberé abrir la boca y aspirarla toda. Aspirar esa pena, morir de nuevo en ella, y dejar que me embalsame. Este no es un proceso nuevo para mí. He pasado por uno similar, y así fue que continué con vida. Por eso, lo primero que hice fue abrir casi todos los recovecos de mi alma, de mis huesos, a esa pena. Pero es tanta que aún rebosa, que queda suficiente para asfixiarme. Y con ello amenaza a los pocos brotes de ternura, congelada en el tiempo, que aún buscan la luz de las estrellas.

En ese lugar donde ya tan poca cosa se mantiene, se erige una efigie. Recuerdo de  diosa de cristal, que me mantiene preso en el ritual, del milagro de sal que oculta su piel. Recuerdo de esa que de mi pecho arrancó todas las flores, y sembró en su tierra levantada y huérfana un girasol naranja. Flor y yerba a la que le dio nombre y ya no le pertenece.

La pena se conoce todos mis trucos. Abrumarla con ejercicio hasta el borde de la lesión física, incluso pasado su límite. Asustarla con violencia. Confundirla con cosas que ya no me interesan y que nunca más entrarán en mi vida. Serenarla con lentitud, con ritmos predecibles, aburridos dirían algunos. A esta pena, una suerte de cosa mutada de la primordial, le dan igual todos los trucos. A todos se resiste. De todos se burla.

"Perseguir un espectro, libre ahora de luz en la esquina secreta, bajo el magnolio y la buganvilla, donde el jardín dijo que sí"

Y es por eso que mantengo un rincón cerrado a ella, para permitir que la ternura que me quede sobreviva. Pero en el cierre de esa esquina, también mantengo fuera y alejada la lluvia, la risa. Aquí nada se mueve, nada prospera. La semilla que necesitaba fue aniquilada y ahora vive solo en mí, dentro de un laberinto de rutas salpicadas por azaleas y veredas cambiantes, eternas. Pero al menos vivirá tanto como yo, en ese jardín donde albergo bancos de piedra, rincones con girasoles y ramas desde las que cantaba la primavera.

Ahora acuno esto que es tan recuerdo, tan preciado, y a solas respiro lo que fue floresta. La naturaleza, cuando se finge domeñada, se lleva con su actuación las pretensiones. No hay un más allá para mí. Volver a los lugares donde fuimos felices. Perseguir un espectro, libre ahora de luz en la esquina secreta, bajo el magnolio y  la buganvilla, donde el jardín dijo que sí. Que de ti surgía mi primavera, que por fin entendía el sentido de la poesía. Y desde entonces me hice polizonte de mis días, que tan solo de tu esencia quieren saber.

Un jardín es potencial, pero también es un sitio desde el que observar y ser pasivo. Donde entregarse a la vida, sin la necesidad de hacer más por ella. Pues como las flores que crecen en él, puede uno limitarse a ser escultura, enredadera, hito de carne que, al fin y al cabo, no guarda tanta distancia con la piedra y ese musgo que desafía la ilusión de ser cosa estática.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios