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Mientras espero tu novela

Mientras espero tu novela

Esta novela comenzó a escribirse muchos años atrás. No deseo decir cuántos, para no dar una información innecesaria al lector y algo sibilina para mi consciencia, pero desde luego debo remontarme a una época anterior a las pantallas. Hasta el interior de una casa antigua, horadada por un eterno pasillo de treinta metros que alojaba a sus dos lados, como si fueran vagones de un tren, habitaciones algunas grandes y otras minúsculas en las que vivíamos mis padres, mis hermanos, mi abuela y yo.

En aquella casa aprendí a leer. Mientras mi madre y mi abuela zurcían nuestros calcetines, se afanaban con laboriosos nidos de abeja o arreglaban los uniformes del colegio, yo me echaba boca abajo en el suelo, sobre aquellas recias tablas de madera, y leía hasta que me destrozaba los codos, hasta que el hormigueo de las piernas me resultaba insoportable, hasta que mi madre me decía convencida que llegaría a quedarme ciega si continuaba leyendo durante tanto tiempo y con tan escasa luz.

"Mi padre fue quien me convenció para que mirara más allá de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón o el Botones Sacarino y me adentrara sin miedo en el mundo de la literatura con mayúsculas"

Descubrí el mundo real a la vez que el confeccionado por las lecturas en las que me sumergía, encontrándome muchas veces entre dos realidades sin saber distinguir bien cuál de las dos era más real. De ahí mi aura de despistada, mi imaginación desatada, mis desorbitados sueños poblados de personajes y situaciones claramente inexistentes pero que habían anidado en mi interior gracias a una buena historia. Pero a aquel universo no accedí sola. Por suerte, tuve quien me acompañara en mis primeros pasos por ese cosmos. Porque yo descubrí la lectura de la mano de uno de los mayores lectores que jamás he conocido: mi padre.

Mi padre fue quien me convenció para que mirara más allá de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón o el Botones Sacarino y me adentrara sin miedo en el mundo de la literatura con mayúsculas. Y lo hizo proporcionándome un libro tras otro, ofreciéndome siempre una lectura diferente, convenciéndome con la promesa de historias inolvidables. Y yo buceaba, maceraba en ese mundo de ensueño e, insaciable, exigía más y más historias. Mi padre sacaba un volumen tras otro de un sólido armario de roble que muchos años atrás había fabricado mi bisabuelo, carpintero a la sazón, y me los entregaba como si fueran un tesoro, como si aquel mueble alojara las esencias.

"Fueron muchas las veces que releímos juntos Los Miserables en diversas etapas de mi vida y en todas ellas siempre me he sentido enormemente cautivada por su inmensidad"

Aquellos libros no eran como los que se dan ahora a los niños, repletos de ilustraciones, adaptados para que resulten más livianos o, lo que es peor, censurados para amoldarse a las circunstancias actuales, como si un clásico eterno tuviera que cambiar en función de una época finita; no. Yo le pedía un libro a mi padre y él me daba El Corsario Negro, Miguel Strogoff (el legendario correo del Zar), El conde de Montecristo, Oliver Twist, La Celestina, La cabaña del Tío Tom o El prisionero de Zenda, por citar solo algunos. Hasta que un día, tendría yo once o doce años, mi padre me dijo: “Como ya eres mayor, te voy a dar la mejor novela que vas a leer en tu vida”. Y me dio Los miserables. No sabría decir si es la mejor que he leído. Probablemente no. Seguramente no. Pero sí que es cierto que ha sido el libro que más me marcó. Por la belleza de sus páginas, por la eternidad de su historia, por la estructura redonda, por tantos detalles… Fueron muchas las veces que releímos juntos Los miserables en diversas etapas de mi vida y en todas ellas siempre me he sentido enormemente cautivada por la inmensidad de esas vidas inolvidables.

¡Cuántos libros! ¡Cuántas lecturas! Compartimos cientos de miles de páginas, de historias, de personajes, de situaciones. A veces nos daba por la novela histórica, otras por la novela negra, que a él le encantaba; siempre releíamos a los clásicos, o intentábamos descubrir nuevos escritores. No sirve de nada que cite a los autores. Son tantos… Hemos intercambiado tantos libros…

Pero sí había algo que invariablemente se repetía, y es que cuando yo le preguntaba: «¿Papá: qué estás leyendo ahora?» él respondía sin dudar: «Mientras espero que publiques tu novela, estoy leyendo a Andrea Camilleri”. «Mientras te decides a dejarme tu novela, estoy con Henning Mankell». Con Alice Munro, con Javier Marías, Pérez-Reverte, Murakami… El autor podía ser cualquiera, lo que no cambiaba era su apostilla: «Mientras espero tu novela».

Un día le dije: “Tú y yo, que admiramos tanto la escritura, que intuimos la dificultad de contar una buena historia, que sabemos que tras la aparente sencillez de unas páginas se encuentra un trabajo y una disciplina férrea, tú y yo sabemos que escribir no es fácil. Diciéndome eso, estás subestimando la literatura”. Él me miró socarrón, con esa mirada  de complicidad que compartíamos y me contestó: “Respondiéndome así, te estás subestimando a ti misma. Y llegará el día en el que te darás cuenta y te pondrás a escribir”.

"Mi padre, que era un valiente, volvió a enseñarme el camino. Se jubiló y escribió dos libros"

Y el caso es que llevo casi toda mi vida escribiendo. Gabriel García Márquez siempre afirmó que ejerció el periodismo como vía para llegar a la escritura. Juan José Millas dice que, lo quiera o no, un periodista es un escritor. Y yo estudié periodismo porque me gusta el oficio, claro, pero también porque me permite escribir. Y a eso me he dedicado, con más o menos intensidad, durante toda mi vida. Notas de prensa, reportajes, artículos, editoriales, una guía sobre los mejores pinchos de Pamplona… Cuentos, relatos cortos, ensayos… Nunca una novela.

Pero mi padre, que era un valiente, volvió a enseñarme el camino. Se jubiló y escribió dos libros. Una delicia titulada Topaze, en la que un pajarillo enseñaba a sus seis nietos a amar la naturaleza, a los animales, a valorar y querer a la familia, a respetar nuestros orígenes, y El guardián del carro, una biografía novelada de mi abuelo Arturo, el molinero. Disfrutamos corrigiendo juntos las dos novelas, revisándolas, hablando de su estructura, pensando en una continuación… Entonces no le dije nada, pero en aquellos días comencé a pensar seriamente en intentarlo.

Y llegó el día. Fue el 1 de noviembre de 2016. Una idea rondaba en mi cabeza desde hacía ya tiempo. Esa idea la maduré, le di forma y decidí convertirla en el final de mi primera novela. También pensé en un título, Tú no tienes la culpa, y a partir de ahí comencé a pensar hacia atrás, empecé a construir una historia hasta llegar a un inicio. Y me senté a escribir.

Steve Jobs, el fundador de Apple, presentó en un mítico discurso que ofreció en la universidad de Stanford su famosa teoría de los puntos. Afirmó aquel día que a lo largo de la vida van sucediendo acontecimientos que a veces nos parecen inconexos, sorprendentes, hasta que al final y como por arte de magia, los puntos se unen, los acontecimientos se ensamblan y todo cobra sentido.

Yo empecé esta novela el 1 de noviembre de 2016. Y en enero de 2017 mi padre enfermó. El 1 de marzo nos dijeron que el pronóstico era muy grave. Aunque no nos lo hubieran dicho, lo hubiéramos sabido, porque dejó de leer. Y nunca hasta entonces lo había hecho, pero supongo que entonces decidió no desperdiciar un ápice de tiempo sumergiéndose en un mundo que no fuera en el que se encontraba su vida.

"En un primer momento pensé en borrar todo lo escrito y olvidarme de la historia, pero enseguida recordé la teoría de los puntos"

En cuanto fui consciente de la gravedad, comencé a escribir frenéticamente. Quería terminar la novela lo antes posible para enseñársela, para que pudiera leerla, por lo menos hojearla. Pero no le dije nada. Quería darle una sorpresa. Hasta que un día de agosto comprendí que aunque dedicara todas las horas del día a escribir, no tendría tiempo de terminarla. Así que decidí imprimir el manuscrito inacabado y llevárselo al hospital. Decirle que por fin me había decidido a escribir mi primera novela. Pero la teoría de los puntos mostró su rigor. La tarde del 6 de agosto me despedí de mi padre, le di un beso y le dije: «Mañana vengo temprano. Tengo que darte una sorpresa». No pudo ser. Esa misma noche mi padre falleció sin que yo pudiera decirle nada.

En un primer momento pensé en borrar todo lo escrito y olvidarme de la historia, pero enseguida recordé la teoría de los puntos, confié en que los acontecimientos incomprensibles terminarían ensamblándose en un futuro y comprendí que debía hacer justamente lo contrario. Y así fue como decidí que terminaría la novela y que la publicaría costara lo que costase. Han transcurrido casi tres años desde que comencé a escribirla, pero por fin los puntos han conseguido unirse y Tú no tienes la culpa es una realidad. Como lo es (eso espero, eso creo) que mi padre ha sabido por fin que yo he escrito esta novela.

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Autor: Marta Borruel Álvarez de Eulate. Título: Tú no tienes la culpa. Editorial: Caligrama. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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