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Migas de pan

[Foto: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XVI: MIGAS DE PAN

Fue el invierno del hambre, los lobos y los cometas. El del mal de fuego y la escarcha bajo los pies. El último hijo llegó antes de lo previsto, y La Madre lo trajo al mundo en medio de la oscuridad y la ventisca. Como tantas otras veces, no profirió un solo lamento. Se enfrentó al dolor y a la sangre con los dientes apretados y ninguna esperanza. El niño nació en silencio, pequeño y azul, como un mal presagio. Como los tres anteriores. No hubo lágrimas ni duelo.
—Llévatelo —dijo La Madre.
Y El Padre obedeció. La noche se les hizo eterna, hechos un nudo en su jergón informe, tiritando de frío. Las voces llegaban claras mientras ellos fingían dormir.
—No aguantarán hasta la primavera. Son pálidos y enclenques como espectros.
—Encontraré un trabajo —insistía El Padre.
—No hay nada que encontrar en esta tierra dejada de la mano de Dios.
Una débil protesta, una sentencia inapelable.
—Sácalos de esta casa. No quiero verlos morir.
Bajo la aspereza de la manta, Greta se estremeció. Hans le apretó la mano y sus ojos grises se encontraron en la penumbra. Una frase sin voz, una promesa. “Todo irá bien. Yo cuidaré de ti”.
Amaneció un día pálido, velado por la niebla. El más pequeño de los soles, vacilante como un farol, luchaba por abrirse paso con desgana. El Padre sirvió un poco de leche y les ajustó las capas remendadas. Clavaba los ojos en el suelo y se frotaba la húmeda nariz con la manga. La Madre no salió del lecho. Dándoles la espalda, contemplaba la danza de las llamas.
—Vamos a mirar las trampas —anunció El Padre con tono culpable.
—Buena suerte —respondió ella, implacable.
El bosque era un lodazal que tiraba de sus pies pequeños, como una bestia dispuesta a devorarlos. Caminaron durante horas, mientras El Padre fingía comprobar los lazos vacíos. Hubo suerte junto al remanso. Greta fue la primera en ver al conejo muerto, y anunció su hallazgo palmoteando con infantil entusiasmo. Hans se tragó el nudo que le atenazaba la garganta. Había cumplido once años. Demasiados como para creer que un conejo escuálido cambiaría su destino. Llegaban casi al páramo cuando El Padre se detuvo. Titubeó un momento, frotando sus manos callosas.
—Adelantaos hasta el viejo molino —ordenó—. Puse un cebo allí.
Hans buscó en vano su mirada.
—¿Dónde irá usted, Padre?
—Hacia el roble quemado. Más tarde nos encontraremos. Cuida de tu hermana.
Greta ni siquiera comprendió que el momento había llegado. Perseguía a un escarabajo moribundo, fascinada por su brillo de ónice. El Padre carraspeó, estudiando sus uñas con insólito interés. Pareció a punto de decir algo pero, finalmente, dio media vuelta y desapareció entre los árboles. Caminaron hacia el molino y se sentaron a esperar. Greta canturreaba, ajena a su desgracia. Pasada una hora, se frotó los ojos.
—Tengo hambre —anunció—. Y Padre tarda mucho.
—Padre no va a volver —murmuró Hans, escrutando la lejanía—. Pero no tengas miedo. Te llevaré a casa.
Le rompió el corazón que ella ni siquiera se inquietara. Confiaba ciegamente en él. Siempre lo había hecho. Avanzaron un buen trecho, luchando contra el frío y el barro. Un creciente terror se apoderó de Hans. No estaban. No conseguía encontrar una sola miga. Una bandada de cuervos aleteó sobre sus cabezas. Lo entendió demasiado tarde. Apretó los puños, con rabia, notando cómo el calor de la vergüenza le subía a las mejillas. Había sido demasiado ingenuo, demasiado estúpido. Ningún rastro de migas de pan iba a devolverles a su hogar.

Debía pasar de la medianoche cuando vieron la luz, a lo lejos. Un pequeño y titilante candil. Fue como si un embrujo empujara sus pies cansados. Un techo, fuego, tal vez incluso una manta para compartir y algo de pan, aunque fuera negro y duro. Llegaron al umbral, exhaustos por el último esfuerzo. Aporrearon la puerta con desesperación. La mujer era muy anciana y enjuta. Hans se estremeció de pies a cabeza. Se parecía mucho a La Madre. A cómo sería La Madre algún día.
—Por favor —suplicó casi sin voz, señalando a Greta, que gemía y tiritaba—. Por favor, se lo suplico. No tenemos a dónde ir.
La anciana los miró sin lástima. Había visto a muchos chiquillos como aquellos vagando por los caminos. Ella misma había sido como ellos una vez. Ella misma había dejado a sus hijos en el bosque, confiando en que salieran adelante o tuvieran un final rápido. Eran malos tiempos. No había lugar para la compasión. La compasión te rompía por dentro.
—Solo esta noche —masculló—. Al alba os marcharéis. Soy demasiado pobre. Soy demasiado vieja.
Greta lloró durante horas, débil como un pajarito. Hans, de nuevo, no consiguió dormir. Sabía que, si dejaban aquel lugar, morirían sin remedio. Se levantó antes del amanecer y salió de la casita. Era una vivienda humilde, pero bien construida. La anciana tenía un corral desvencijado. Media docena de gallinas picoteaban por el patio. Robó un huevo aún tibio, quebró la cáscara con cuidado y lo engulló. Una cabra de pelaje pardo rumiaba plácidamente, atada a un árbol desnudo. Hileras de troncos se alineaban contra el muro. Se oía el rumor del río. Descubrió una pequeña puerta en la parte trasera. No estaba cerrada con llave, pero costaba abrirla, con sus goznes cubiertos de herrumbre de años. El escondrijo era pequeño, angosto. Tuvo que agacharse para entrar. El olor de los quesos y la carne en salazón le golpeó en la cara, retorciéndole el estómago. Acertó a ver varios sacos de harina, tarros de conservas y varios conejos desollados secándose colgados del bajo techo. Respiró hondo. Sudaba cuando la anciana apareció en el patio, envuelta en su chal polvoriento. Le dolían las manos, pero siguió cortando leña con ahínco. La mujer le miró, intrigada. Hans le sonrió.
—Quería agradecerle su hospitalidad antes de irme —declaró—. Tiene una buena casa.
Un destello de desconfianza en los ojos claros.
—Soy muy pobre —repitió la anciana, en tono lastimero—. Soy muy vieja.
No era tan vieja, en realidad. Hans estaba casi seguro de que fingía aquel temblor en las manos, aquella cojera desvalida.
—Despertaré a la niña —dijo la mujer—. Os daré un poco de leche y pan. Y os marcharéis.
Apenas le dio tiempo a darse la vuelta. No quería mirarla de frente. Tampoco quería pensar en ello. Si lo meditaba, aunque fuera un segundo, le faltaría valor. Dejó a Greta dormir hasta que el mezquino sol estuvo alto en el cielo. Recogió los huevos, ordeñó a la cabra y amasó un pan grande y tierno. Vio a la pequeña comer con ansia y su corazón se llenó de paz.
—¿Dónde está la anciana? —preguntó Greta, sorbiendo el último resto de leche.
—Murió esta noche —respondió Hans—. Creo que era una bruja.
La mirada de su hermana se clavó en la suya. Después, voló hasta el hacha, que descansaba contra la puerta. Su expresión infantil desapareció como por ensalmo. Como si se descorriera una cortina.
—Pondré flores en las ventanas —anunció.