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Muelle Oeste, un cuento de Nicolás Pacheco Galiana

Imagen de portada: ‘Men of the Docks’, de George Bellows (1912).

A quienes leemos o escribimos, a ilustradores, escultores, actores, artistas, siempre interesan las reflexiones honestas sobre el acto creador. El relato que la Escuela de Imaginadores propone este mes en Zenda gira en torno a todas estas cuestiones, desde la naturaleza del auténtico talento hasta el síndrome del impostor, desde las fuentes de la inspiración hasta las causas del bloqueo, desde el sentido de la obra hasta la relatividad del éxito o el fracaso. Todo en solo cuento breve.

El imaginador Nicolás Pacheco Galiana (Sevilla,1980) se formó en dramaturgia e interpretación, y se especializó luego como guionista, como director de cine y como autor teatral entre Barcelona, La Habana y Madrid. Su cortometraje Detrás del maíz recibió el Premio RTVA a la Mejor Creación Andaluza, y su largometraje Jaulas (A Contracorriente Films) obtuvo trece nominaciones y cuatro galardones en los Premios del Cine Andaluz. Con «Muelle Oeste» consigue, en muy pocas páginas y con la sutileza que siempre exigimos a los mejores textos literarios, que nos hagamos todas las preguntas correctas. Y algunas más, sobre el protagonista y las coincidencias, seguirán rondándonos tras la lectura.

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Muelle Oeste

Yacen repartidos por el suelo. Algunos húmedos por el relente, otros, secos. Caen desde lo alto sin cuidado, en oleadas. Unos golpean el suelo y se quedan quietos. Otros ruedan buscando su sitio. Clément los recoge uno a uno. A buen ritmo. Por un momento cree que la plataforma se va a vaciar. Se equivoca. Las luces antiniebla de otro camión anuncian un nuevo naufragio. Su espalda protesta, pero no se detiene. Los sacos se vuelven a precipitar sobre el muelle. Parecen fardos fronterizos, muertos. Los va colocando sin descanso sobre las tablas de los carretones que empuja hasta la mesa de apertura, donde otros separan las cartas grandes de las pequeñas, metiéndolas en canastos, en cajitas.

Clément trabaja en el centro de clasificación postal de la rue d’Alleray en París. Durante la noche asiste la descarga de los camiones que traen la correspondencia destinada al distrito 15, y cuando faltan manos, no solo recoge y apila las sacas, es un cuerpo para todo: limpia, ordena, arrastra, tira, clasifica… El trabajo cae sobre él como una losa. Hasta aplastarle.

Encadenando peonadas nocturnas, lleva un tiempo. Eso le permite acudir durante el día a audiciones y ensayos, sin que la necesidad de pagar la habitación de Aubervilliers, el tabaco y la comida lo obligue a renunciar a su carrera como actor. Pero no siempre fue así. Durante sus estudios en el conservatorio de arte dramático, su madre —hija de pequeños campesinos de una zona áspera del Aveyron— le costeó la estancia en la capital gracias a haber sabido atesorar parte de la pensión de orfandad de su único hijo. El padre, un gendarme destinado en Marsella, había muerto en una reyerta cuando Clément era un crío.

Después de aquellos primeros años de formación, empezaron los trabajos de medio pelo que alternaba como podía con papeles menores en la escena off de la ciudad. Ese ir y venir lo fue curtiendo, baqueteando hasta adquirir las tablas necesarias como para sostener personajes con más peso. Un esfuerzo sostenido en el tiempo que finalmente lo conduce a los ensayos en Pantín, bien lejos del Théâtre de la Ville. Allí participa en el montaje Muelle Oeste, de Bernard-Marie Koltès, donde Clément da vida a Charles, uno de los protagonistas. La oportunidad que cualquier actor esperaría.

A Pantín llega cada día sin haber dormido, después de cruzar París en tren, trayecto que aprovecha para comer algo ligero y memorizar el libreto. Una vez allí, aún debe caminar durante treinta minutos bordeando el canal que discurre entre naves industriales y almacenes, hasta el hangar 15, un volumen de ladrillo reconvertido en sala polivalente. Al cruzar la puerta, en el centro del espacio se adivinan algunos elementos de la escenografía —bidones, vías oxidadas con un vagón de carga, vallas vencidas— que evocan un muelle abandonado: un lugar límite y degradado donde sobreviven personajes expulsados del sistema, la mayoría inmigrantes y delincuentes menores; hombres y mujeres sin trabajo ni horizonte que viven entre la ciudad y el río, entre la legalidad y el descarte.

En ese decorado provisional, Clément libra, junto al resto de actores, su propio combate para dar vida a Charles, un joven marcado por el deseo de huir y la imposibilidad de hacerlo. Lo va cincelando en una especie de entendimiento tácito, casi hipnótico, con el director, que evita observarlo más que al resto: la precisión con la que encarna las palabras de Koltès —siempre resbaladizas, a punto de traicionar a quien las dice— lo tiene hechizado. Ningún otro intérprete sabe darle el vuelo poético que el texto necesita, virarlo con ese humor sugestivo y letal, mezcla de lo vulgar y lo sublime. El resto viene de fábrica: las ojeras púrpuras, la voz ronca, el caminar encorvado… Es el cansancio que se convierte en materia escénica, elevando cada uno de sus gestos.

Durante los ensayos en Pantín, y sin que nadie pueda evitarlo, la obra acaba tomando forma en torno a Clément; incluso su director y algunos compañeros le aseguran que, gracias a ese montaje, su proyección como actor está asegurada. No lo dicen como una promesa, sino dándolo por hecho. Más aún tras la publicación del extenso artículo que le dedica Le Monde, que describe su hazaña sobre las tablas como «eléctrica», «en el filo», o la columna de Le Figaro donde, de forma cariñosa e inquietante, lo bautizan como «el vagabundo», llegando a compararlo con Pierre Niney. Tanto entusiasmo despierta tras el pase de prensa que el Théâtre de la Ville encarga, a dos días del estreno, una nueva versión del cartel con él como protagonista.

Sin estar seguro de lograrlo, Clément relativiza las expectativas como puede. Al contrario que muchos actores, no es ambicioso ni egocéntrico; rehúye cualquier juego social. Prefiere vivir al margen del ruido, ajeno al efecto que pueda causar en los demás. No en vano, resulta significativo que, a unas horas del estreno, aún no se haya despedido de su trabajo en el muelle postal y llegue tan apurado a la estación de Aubervilliers para tomar el tren hacia Châtelet-Les Halles. Un trayecto que cualquiera, en un día tan señalado, habría recorrido mentalmente varias veces.

Cuando el tren llega, sube sin prisa y, de inmediato, se adentra en los viejos túneles del este de París. Las estaciones se suceden a un ritmo que no admite sobresaltos y, como estaba previsto, las puertas del convoy se abren en Châtelet-Les Halles a las seis en punto de la tarde. Todo se decide a esa hora exacta, en ese breve intervalo en el que el aire viciado irrumpe en el vagón, a bofetadas; en ese instante en que unos entran y otros salen, abriéndose paso a empujones y codazos; en ese lapso en el que a Clément se le debería adivinar entre el grupo de usuarios que pone pie en el andén en busca de la salida. Pero ahí no se le distingue, no. Con seguridad no forma parte de esa masa imprecisa que se aleja: su estatura lo delataría enseguida. Por el contrario, permanece inmóvil, sentado en el interior del convoy, ligeramente escorado hacia la ventanilla, sin que se le pueda adivinar el rostro. ¿Qué cara, qué expresión tiene en el instante en que decide no apearse? ¿Una sonrisa maliciosa o tal vez fulgurante, un gesto de descanso o de indiferencia ante el chirrido de las puertas que, de un hachazo, se cierran?

El tren continúa su recorrido mientras los carteles y las luces se suceden como una serie de promesas que, una tras otra, se desvanecen en la oscuridad del túnel. Con cada parada que deja atrás, el tren ligero se aproxima a la estación de Robinson, donde la línea muere, y se ve obligado a apearse. Una vez fuera, deambula por una amplia avenida que desemboca en una pradera abandonada en la que las antiguas vías de un montacargas asoman entre la maleza. Al cruzar la valla que limita el prado, el aire fresco lo recibe. Camina unos metros. Se acerca a una de las vías oxidadas y la recorre con paso de funambulista, ayudándose con un suave balanceo de brazos. En un momento dado se detiene y se deja caer al suelo, como una de esas sacas del muelle. Por primera vez en mucho tiempo, siente el peso de su cuerpo, la humedad de la hierba en su espalda. Enciende un cigarrillo. Respira. Y ahí se queda, sin moverse, mirando el cielo mientras el telón parduzco de la tarde cae. En lo alto, una estrella fugaz brilla un segundo y desaparece, dejando algo más que asombro.

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