Nace Flash Gordon

Nos separan 92 años, pero en cierto sentido, el siete de enero de 1934 fue un domingo bastante similar a nuestro miércoles, siete de enero de 2026. Aquel mundo, el de los años 30 del siglo pasado, se iba sumiendo, a pasos agigantados, en un escenario convulso. Las secuelas de la Gran Depresión, iniciada en 1929, seguían afectando a muchas economías. En Europa, la burguesía, temiendo por su existencia ante el avance del comunismo, había puesto en marcha movimientos políticos como el fascismo y el nacional socialismo. Todo eran tensiones: una escalada imparable que, unida a los afanes imperialistas de las potencias, daría lugar al mayor conflicto bélico que la Historia registra. No hacía falta ser clarividente, cualquiera con los ojos medianamente abiertos, podía aventurar el baño de sangre, la que se le venía encima al Planeta Azul, ese planeta azul que es el nuestro visto desde el espacio exterior. Todo un apocalipsis que llevaría a Europa y a una parte de Asia —China, el Pacífico…— a una devastación tremenda: todo habrían de ser muertos y ruinas: ciudades enteras hechas trizas. Y entre los escombros: esa carnicería sin precedentes a la que habrían de llevar al mundo los políticos. La Guerra Civil española, con ese millón de muertos en que se cifraba durante el franquismo, solo fue un anticipo.

Si entendemos la ciencia ficción —en su concepción más amplia— como una válvula de escape a la realidad, a la que siempre alude con mucha más precisión que el aciago realismo socialista —también en su concepción más amplia—, la tremenda tragedia que se avecinaba fue la causa de que los lectores del New York Journal-American, al abrir las páginas del suplemento dominical de su periódico, se encontrasen por primera vez con Flash Gordon.

"Hoy nos ocupa aquel que cabalgaba al mando de los lanceros negros cuando la hija de Ming intentaba desesperadamente disuadir a Barin del enfrentamiento al dictador"

Nacido aquel domingo 7 de enero de 1934, como una tira cómica del King Features Syndicate —agencia que distribuía sus viñetas entre numerosos periódicos— traemos a colación a los lectores del New York Journal-American como podríamos referirnos a los de cualquier otro diario. Se contaban por decenas, cientos acaso, los rotativos suscritos a la agencia que había de animar aquella edad de oro del cómic estadounidense con personajes como Betty Boop, el queridísimo Popeye —causante de que las espinacas ocupen un lugar preferencial en tantas dietas— o Félix el Gato —acaso un precedente del valenciano gato Pumby—. En fin, que, aunque se sea más de la bande dessinée —la entrañable viñeta franco-belga—, cumple reconocer esa edad de oro del cómic estadounidense, en la que un día como hoy nació Flash Gordon, como uno de los pilares sobre los que se alza todo el Noveno Arte. Un arte —dicho sea de paso— tan genuinamente del Siglo XX como el amado rock & roll —¡y no digamos el cine, la ilustración por excelencia de la centuria pasada!—; un arte que, sostiene la erudición, arranca en La captura del bandido Maragato por Fray Pedro de Zaldivia (1806-1807), una serie de Francisco de Goya y Lucientes. Sí señor, es en Goya en donde nace esa grandeza —que con la llegada de Flash Gordon tuvo uno de sus momentos estelares—, esa figuración narrativa, que ya la llaman en los catálogos del madrileñísimo Museo del Prado, la mejor pinacoteca del mundo, el Planeta Azul que un día como hoy vino a salvar un nuevo héroe romántico, que no superhéroe, ha de quedar meridianamente claro.

Pero no divaguemos, por más grato que sea hacerlo entre viñetas, filacterias y bocadillos: hoy nos ocupa aquel que cabalgaba al mando de los lanceros negros cuando la hija de Ming intentaba desesperadamente disuadir a Barin del enfrentamiento con el dictador. Los de Flash fueron los tiempos en que los hombres halcones cargaban desde las alturas contra el ejército de los hombres magos. El aventurero intergaláctico llegó justo a tiempo para salvar a nuestro mundo de otro planeta a la deriva que avanzaba inexorablemente, presto a colisionar con la Tierra. Ya en la segunda entrega, la del 14 de enero, Flash, su chica —la reportera Dale Arden— y Zarkov, el científico entregado en cuerpo y alma a evitar la tragedia, arriban a Mongo, el planeta tiranizado por Ming el despiadado, el dictador que busca conquistar la Tierra.

"Qué lugar ocuparía en el universo de Flash Gordon uno de los dictadores más sanguinarios que ha conocido Sudamérica, el aprendiz de emperador y los aprendices de mesías"

Alex Raymond, el creador de Flash Gordon —sobre un guion sin firmar de Don Moore—, “fue un hombre abocado a la épica y al romanticismo”, escribe Javier Coma, uno de los grandes expertos en cómics —y en tantas cosas, a cuál más entrañable— de la erudición española. Ya desaparecido, el gran crítico barcelonés, apuntaba en el asiento dedicado a Flash de su Diccionario de los cómics: “Cuando empezó la serie no entrañaba el suntuoso estilo que el autor le proporcionaría a partir de finales de año, con motivo del célebre torneo de Mongo (…). Luego, y mientras el dibujo de Raymond evolucionaba rápidamente, la obra se erigiría como una especie de poema épico donde se fundían las tradiciones de la ficción con las preocupaciones colectivas del presente; de ahí surgirían las equivalencias de la lucha de Flash y los resistentes de Mongo con el contemporáneo combate antifascista, encaramadas en lo alto de una acumulación de reminiscencias del pasado de la humanidad”.

Y ahora que, en esta nefasta fantasía nuestra, desde la hombría hasta la calefacción central, es fascismo todo lo que no se atiene al canon del autodenominado “gobierno de progreso” y las lideresas, ¿qué lugar ocuparía en el universo de Flash Gordon uno de los dictadores más sanguinarios que ha conocido Sudamérica, el aprendiz de emperador y los aprendices de mesías, cuyo pacifismo, provocador y beligerante, no atiende más que al medro personal y de su gente, así como a la ocultación de todas las corrupciones que a diario se evidencian? Y antes de que nos vendan el circo los payasos, quedan aún por dibujar tantas viñetas.

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