El 24 de junio de 1935, hace hoy 91 años, apenas comenzaron los teletipos y las radios a dar cuenta de la muerte de Carlos Gardel en un trágico accidente en el aeropuerto de Medellín, ciudad en la que el máximo representante del tango, impulsor e intérprete más destacado del tango canción, acababa de perder la vida, la conmoción popular se hizo notar. Tanto en Medellín, último jalón de una gira colombiana, que también le había llevado a Cartagena, Barranquilla y Bogotá, como en Buenos Aires, donde Gardel ya era todo un símbolo de la ciudad, un emblema del Río de la Plata, hubo concentraciones multitudinarias, escenas de histeria colectiva y un duelo de tales dimensiones que los comentaristas ajenos al mundo hispano —lo de “latino” aún estaba por acuñar—, menos acostumbrados a las pasiones desatadas ante el dolor, no tardaron en comprender que aquella desgracia transcendía el ámbito que la prensa de la época concedía al mundo del espectáculo, para alcanzar el limbo donde nacen las leyendas, allí donde se entrelazan la historia y la imaginación.
“Me voy con la impresión de quedarme dentro del corazón de los colombianos. Voy a ver a mi vieja. No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone. Pero es tal el encanto de esta tierra que me recibió y me despide como si fuera su propio hijo, que no puedo decirles adiós, sino hasta siempre”.
Y en efecto, ya casi desde siempre, allí donde hay milongas —establecimientos— donde se escuchan tangos, que a veces se encuentran en lugares tan lejanos de los habituales de la canción porteña como puedan serlo Tokio, Singapur o Marrakech, los buenos aficionados al género, con ese arrebato que le caracteriza, rinden auténtica veneración a Carlos Gardel. Aún discuten sobre si fue “Tomo y obligo” o “Adiós muchachos”, esa última pieza que el Zorzal Criollo interpretó ante los micrófonos postreros de La Voz de Medellín. Está documentado que fue “Tomo y obligo” —“Tomo y obligo, mándese un trago que hoy necesito el recuerdo matar / sin un amigo, lejos del pago, / quiero en su pecho mi pena volcar”—, una letra de Manuel Romero con música del propio Gardel. Sin embargo, ciertos sectores de la afición defendieron, que esa última pieza entonada por el Morocho fue “Adiós muchachos”, una composición de Julio César Sanders sobre una letra de César Felipe Vedani —“Adiós, muchachos, compañeros de mi vida, / barra querida de aquellos tiempos. / Me toca a mí hoy emprender la retirada, / debo alejarme de mi buena muchachada”—. Desde luego, la leyenda hubiera quedado más redonda si, en efecto, esa despedida de las farras de la bohemia y la juventud hubiera sido el último tango entonado por Carlitos. Así las cosas, algunos adeptos, y sin que ello menoscabe la pureza de su afición a ese fulgor de Buenos Aires que es el tango, aún defienden que “Adiós muchachos” es una pieza que raramente entonan los tanguistas más supersticiosos por ser el último que interpretó Gardel, lo que no deja de ser curioso porque es uno de los tangos más versionados del repertorio fundamental.
Lo cierto es que, nueve décadas después de su fallecimiento, los bonaerenses siguen preocupándose de que nunca le falte un pitillo encendido a la estatua de Carlos Gardel, que se alza en el pasaje de la avenida Corrientes, al que uno de los grandes mitos de la ciudad porteña da nombre. Es como si quisieran que no se apagase nunca ese cigarrillo que el Morocho sujeta entre sus dedos en esa última imagen suya, que nos lo muestra antes de subir al trimotor fatal en el aeropuerto de Medellín.
Las múltiples mezclas y digitalizaciones a las que han sido sometidas sus grabaciones —registradas originalmente en discos de pizarra que giraban a 78 revoluciones por minuto— no han conseguido dar a las canciones, que el Zorzal Criollo legó a la posteridad toda la calidad sonora que las piezas merecen. Pero el sentimiento que ponía en sus interpretaciones se ha transmitido de generación en generación. Junto al uruguayo José Razzano, giró por España entre 1923 y 1926, presentándose en varios teatros de ciudades como Madrid y Barcelona. Durante esas presentaciones también causó sensación.
Ya en 1932, cuando las emisoras españolas comenzaron a radiar “Silencio” —canción más que tango, con música de Carlos Gardel y Horacio Pettorossi, y letra de Alfredo Le Pera y el propio Pettorossi—, que habla de cómo una anciana francesa vio morir a sus cinco hijos en la Gran Guerra, cuando surgió la polémica de los orígenes de ese emblema bonaerense que nos ocupa —¿uruguayo o francés?— esa señora de la España pretérita dio por sentado que don Carlos había nacido en Toulouse. Y así se lo hizo saber a su hijo cuando se emocionaba al cantarle la canción: “Silencio en la noche, ya todo está en calma: / el músculo duerme, la ambición descansa”.
De modo que puede decirse que, el lunes 24 de junio de 1935 fue un día aciago porque hubo que lamentar la pérdida de 17 vidas cuando el trimotor en que se disponía a abandonar Medellín el carismático argentino, que con el tiempo habría de dar nombre a un barrio de la ciudad colombiana que le vio morir, se salió de la pista de despegue del aeropuerto Olaya Herrera, yendo a colisionar frontalmente con un aparato de similares características, que esperaba las indicaciones pertinentes para despegar.
Cuentan que las fuerzas del orden público tuvieron que aplicarse para contener a multitudes cifradas en torno a las 50.000 almas, que se llamaba entonces a los ciudadanos. Pero lo cierto fue que ese día como el de hoy, con ese pitillo encendido que nunca le falta en la mano, el Morocho ascendió a ese limbo donde nacen las leyendas. En la suya se mezclan los versos en español y en lunfardo, en lunfardo y en español de algunas de las piezas más arrebatadas que ha conocido la historia de la música.


El tango más popular de la Historia, “Volver” (1934), que llame “El Tango de Ulises” , así como “Lejana Tierra Mía” (1934) conocido como ‘El Himno de los Inmigrantes” ambos con letra de Alfredo Le Pera y música de Carlos Gardel, quien canto estos tangos y los convirtió en éxitos mundiales, fueron inspirados en el Ulises (Odiseo) homérico, en La Odisea y en La Ilíada. “Volver” en el regreso de Ulises a Ítaca después de 20 años de ausencia, contados desde que partió a la Guerra de Troya, y “Lejana Tierra Mía” en la estadía de 7 años de Ulises en la Isla de Calipso, añorando a Ítaca, a Penélope, a Telémaco, a sus padres y a sus amigos. Así lo expuse y explique en detalle en mi ensayo de 2023 que publique en Amazon, titulado “Volver, de Carlos Gardel, El Tango de Ulises y Otros Ecos de Homero en la Canción Popular Hispanoamericana”, porque no solo Homero inspiró estos tangos que canto Carlos Gardel, el máximo exponente del género y leyenda mundial, también inspiró el joropo venezolano “La India María Laya” (1903), la ranchera mexicana “La Barca de Oro” (1904), la milonga uruguaya/argentina “La Canción del Árbol del Olvido” (1940), el bolero mexicano “La Barca” (1956), el bolero peruano “Cárcel de Amor” (1965), el rock argentino y fundador del Rock en Español “La Balsa” (1967) y la balada colombiana “Regreso” (2015), porque Homero está presente en la cultura hispanoamericana por nuestra herencia española y así lo probé con mi citado ensayo, que tiene referencias de la presencia de las obras homérica en la tradición poética española como lo prueba El Romancero Viejo.
La verdad es que yo no conocí a mis padres hasta que -yo ya casi en la madurez- les vi bailar un tango en medio de una pista de baile, en una sala de fiestas de Tenerife durante unas vacaciones. Alucinado me dejaron, como a muchos de los presentes. Desde entonces me he arrepentido de dos cosas: el no haber aprendido de jóven a tocar la guitarra y no saber bailar el tango de manera tan mágica como ellos. No tengo ese don.
El tango es el único tipo de música que me hubiera encantado saber bailar. Todo pasión, todo sentimiento y todo arte.