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La mujer más compleja de la Francia de su tiempo

La mujer más compleja de la Francia de su tiempo

Un asiento en el registro civil de París, fechado el dos de julio de 1804, da cuenta del nacimiento de una niña 24 horas antes, es decir, un día como el de hoy de hace 222 años. Inscrita con el nombre de Amantine-Lucile-Aurore Dupin, es hija de un oficial de caballería y de una modistilla. Tres décadas y un lustro después, la neonata de hoy también habría de tener entrada en La comedia humana, el ciclo narrativo con el que Honoré de Balzac quiso hacer una polifonía, más realista que la realidad misma, de la Francia que se fue entre el fin del Imperio Napoleónico (1815) y la Monarquía de Julio (1848). En aquella serie de ficciones interconexionadas entre sí, una de las cumbres de la literatura universal que tuvo su origen en la avidez de dinero que precisaba el maestro para satisfacer sus inasumibles deudas, Amantine aparece con el nombre de Félicité des Touches en Béatrix (1839), una de las novelas integrantes de Escenas de la vida privada. Camille Maupin es el nom de plume masculino de Félicité.

Considerada por la erudición como uno de los retratos femeninos más depurados de toda la producción balzaquiana, Beatrix cuenta la historia de dos mujeres escritoras, muy celebradas, que sin embargo se han visto obligadas a consagrarse con seudónimos masculinos por los prejuicios de la época. Una de ellas fue Marie d’Agoult, casada con un conde y con el músico Franz Liszt. Pero, sobre todo, llamada a integrar la Historia de la Literatura Universal con títulos como Nelida (1846) y La revolución de 1848 (1850), ambos publicados con el nom de plume de Daniel Stern. Daniel será la Béatrix de La comedia humana.

"Sus concepciones de la literatura eran antagónicas: ella era una de las cumbres de la novela romántica; él, de la realista. Incluso sus afanes ajenos a las letras, sus proyectos de vida, les distanciaban"

Y en efecto, la segunda de estas féminas, obligadas a firmar sus textos como varones, fue Amantine-Lucile-Aurore Dupin. Aquella niña, nacida un día como el de hoy de hace 222 años, ya era una gloria de las letras francesas bajo el nombre de George Sand. En Indiana (1832), su primera novela, se había hecho notar por su perspicacia en la exploración de los conflictos de género y las restricciones sociales de la época. En febrero de 1838 recibió a Balzac en su château de Nohant cuando el autor de La comedia humana decidió ir a visitar a su amiga y ésta le contó la historia que daría lugar a Béatrix, George Sand ya brillaba por derecho propio, no porque Balzac fuese a incluirla en La comedia humana magnetizado por la historia de las mujeres condenadas a firmar sus textos con nombres masculinos.

La centuria decimonónica fue una edad de oro del adulterio y de la novela. Pero la amistad que unió a dos de las plumas más grandes de aquel siglo en la lengua de Baudelaire era sincera, genuina. Sus concepciones de la literatura eran antagónicas: ella era una de las cumbres de la novela romántica, él de la realista. Incluso sus afanes ajenos a las letras, sus proyectos de vida, les distanciaban. Honoré, impelido por sus descomunales deudas, era un arribista que buscaba con avidez a una mujer que tuviera un título nobiliario y una inmensa fortuna, tanto como para hacer frente al periódico que fundó y al resto de las industrias que le llevaron a la ruina. George, que ciertamente era título merced a un matrimonio, estaba por la vindicación feminista y la exaltación de la inalienable libertad individual del ser humano con independencia de su sexo. “El deseo era en mí un ardor del alma que paralizaba el poder de los sentidos antes de haberlo despertado —escribe en Lélia (1833), acaso la más introspectiva de sus grandes novelas, la más psicológica—; era un furor salvaje que se apoderaba de mi cerebro y se concentraba exclusivamente en él”.

En los días de la publicación de Lélia, ese “él” era otro escritor, Alfred de Musset, a quien Sand acompañó a Italia y “traicionó en Venecia”, decían las noticias biográficas pretéritas de nuestra escritora. En cuestión de deseos y pasiones, estaba más cerca de nuestro tiempo que de los días que le tocaron en suerte. Al pianista Frédéric Chopin le conoció en 1837. El invierno siguiente lo pasaron en Mallorca, donde el músico polaco estuvo convaleciente de su tuberculosis. Para entonces, más que su amante —que sin duda lo fue—, la escritora francesa era como su madre para Chopin.

"Lo que ya se sabe menos es la aportación de la personalidad de George Sand a ese retrato tan complejo de la Francia de su tiempo que es La comedia humana"

Siendo aún muy niña, cuando crecía en el campo al cuidado de su abuela, Madame Dupin de Sajonia, una mujer ya libre, que jugó un papel determinante en ese afán de libertad que inspiró siempre a su nieta, la pequeña Amantine-Lucile-Aurore Dupin alternaba sus estudios y lecturas con largas cabalgadas por el campo. Puede que George Sand naciese entonces cuando, negándose a montar a la amazona, empezó a vestirse de hombre. Ya mayor, fumaba en pipa y grandes puros. Ante este panorama, dos siglos largos después, podemos y debemos sostener que George Sand fue toda una pionera en cuestionar las normas de género y reivindicar que la ropa o la apariencia no deberían estar restringidas por el sexo. Fue su manera de desafiar los estereotipos y promover la idea de que cada persona pueda vestirse como prefiera.

Todo esto es bien sabido, indiscutiblemente, es toda una referencia del feminismo. Lo que ya se sabe menos es la aportación de la personalidad de George Sand a ese retrato tan complejo de la Francia de su tiempo que es La comedia humana. Entre mujeres como Eugenia Grandet —la provinciana buena— y la duquesa de Langeais —la parisina, amante apasionada— nuestras dilectas, Félicité des Touches se alza como un ser singular. Individualista y libre, está por encima de un tiempo pacato, pese a los adulterios y las grandes novelas. Nos conmueve no solo por lo que fue esa George Sand —el nom de plume con el que hizo historia Amantine-Lucile-Aurore Dupin—, también por el respeto y la admiración que inspiró a alguien en principio tan distante a ella como el autor de La comedia humana. La amistad genuina entre los opuestos, máxime si son seres tan pagados de sí mismos como los escritores, siempre es conmovedora.

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