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A nadie su pene asombre

A nadie su pene asombre

Cabreados como micos anda cierta pandilla —de cuyo nombre no logro acordarme—  después de que el Gobierno español anulara sus privilegios fiscales. Lógico. Cuando ingresas 2,5 millones de euros anuales y gastas apenas 225.000, ahí cabe una suculenta mamandurria. Una horquillita monetaria proclive a abultar la cuenta de resultados de Paquí Pallá por la puerta del corral al paraíso fiscal.

"Considerar al pene como exclusivo rubro de la masculinidad comporta riesgos"

A beneficio de lectores iberoamericanos, que tan devotamente ignoran esta tribuna, se puntualiza que la referida cuadrilla es famosa por alquilar un autobús naranja, sobre el que pintaron el lema: “Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva”.

Tamaña proclama —para perplejidad tanto de Darwin como de Kant— contiene un fallo garrafal. Esa rotundidad delata falta de rigor en rudimentos biológicos, históricos y hasta religiosos. La realidad casi nunca es políticamente correcta ni adecuada a tus fines.

Considerar al pene como exclusivo rubro de la masculinidad comporta riesgos. A ver, camaradas, ojo al tan contundente “los niños tienen pene”. Puede que sí, puede que no, y puede que más de uno. Veréis, la literatura médica registra sobrada memoria de casos de afalia. Es decir de nenes con el escroto formado, pero con total ausencia de pudendo. Tal hecho acaece estadísticamente a uno de entre cada treinta millones de varones nacidos y se cuentan más de ochenta casos documentados, sólo en los últimos años. Ergo, no todos los nenes tienen rabito.

Además existen críos que salen de fábrica con dos cañones por banda. Tal circunstancia se denomina difalia. O sea, alegres comparsas del autocar mandarina, hay niños que tienen dos penes, en perfecto estado de revista y listos para su uso, cuando se trata de la llamada “difalia completa”. Tampoco es cuestión novedosa. El médico y filósofo suizo Johannes Jacob Wecker ya describió el primer caso en 1609 y, desde entonces, la frecuencia casuística es de uno entre cada cinco millones de varones.

"Al Führer todo le importaba un huevo pues era el único que tenía"

Un poseedor de doble órgano viril publicaba no hace mucho en Amazon el opúsculo “Double Header: My Life with Two Penises” [precariamente traducido como Doble Cabecera: Mi vida con dos penes; aunque el título aluda a la expresión double header aplicada al tren arrastrado por dos locomotoras, en argot ferroviario estadounidense. En jerga profesional española eso se conoce por MM o Mando Múltiple, usado todavía en ciertos convoyes].

El mentado autor, quien firma como Diphallic Dude para eludir a morbosos, anota una frase que desconcertará a los apandillados monopenistas: “Para mí, lo normal es tener dos en lugar de uno”. Encima, el quídam revela poseer un par de mandados de a 25 centímetros cada uno en erección, funcionando eficaz e independientemente. Dado que la Asociación Española de Andrología establece una media longitudinal de 13,5 cm para el ibérico cipote, surge cierta duda respecto a si el lema del autobús sea negación, pánico, o mera envidia.

Esa tribu obvia también el bien conocido hecho histórico de que Adolf Hitler (tan caro a su ideología) padecía monorquidia. Es decir, al Führer todo le importaba un huevo, pues era el único que tenía. Incluso en la Segunda Guerra Mundial, los paracaidistas ingleses marchaban cantando “Hitler Has Only Got One Ball” (Hitler sólo tiene un huevo) de puro sabido que era el tema.

Aunque se haya pretendido atribuir tal carencia a una herida de guerra, no cabe tal. El historiador Peter Fleischmann, profesor en la universidad de Erlangen-Núremberg, ha analizado la ficha médica del buen Adolf cuando éste anduvo preso en Landsberg, por su implicación en el fallido golpe de estado de Múnich (1923). Dicho documento detalla que Hitler sufría criptorquidia del lado diestro. O sea, sólo se le había formado y descendido el testículo izquierdo, lo cual debió de resultarle muy aflictivo, dada su ideología.

Más aún, la banda del colectivo naranjito evidencia desconocer ciertos perfiles de una religión que aseguran profesar al pie de la letra. Se trata de un curioso detalle referido al apóstol San Bartolomé, del cual también queda constancia histórica.

"También se cuentan hasta catorce prepucios del propio Niño Jesús, custodiados en templos tan preeminentes como las iglesias de Besançon, Calcata, Hildesheim, y Metz"

En su ameno volumen El mundo sin libros: Ensayos de cultura popular (Lamiñarra, 2018), la doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz María Jesús Ruiz cita el tema en un capítulo dedicado a las reliquias. “Las ansias reformadoras de Juan Calvino y Erasmo de Rotterdam —anota Ruiz, una de las mayores autoridades continentales en tradición oral— los llevaron a protestar contra el abuso que la Iglesia hacía de la adoración a las reliquias y contra el tráfico de reliquias fraudulentas (…). En toda Europa se llegaron a contabilizar hasta catorce clavos de la Cruz, más de quinientos dientes de Santa Apolonia, diecisiete brazos de San Andrés, sesenta dedos de Juan Bautista, carne asada de San Lorenzo, y dos penes de San Bartolomé (¡¡¡!!!).

Para gozo de creyentes, los venerados pijos del apóstol cananeo se honraban en templos de Augsburgo y Tréveris, provenientes acaso de la gran colección de reliquias (más de 19 000 piezas) que juntara Federico III, príncipe elector de Sajonia. Entendiendo la santidad como estado alcanzado por personas que logran la pública veneración de la feligresía por su cristiana ejemplaridad y probada fe  —San Bartolomé fue íntegramente despellejado vivo en su martirio—, esos dos penes santificados vuelven a reventar el dogmático aserto a los compadres del autocar.

 

Más aún, la cosa empeora, pues también se cuentan hasta catorce prepucios del propio Niño Jesús, custodiados en templos tan preeminentes —sólo por citar algunos—  como las iglesias de Besançon, Calcata, Hildesheim, y Metz; las abadías de Charroux y Colombs; la basílica de San Juan de Letrán; y las catedrales de Puy-en-Velay y Santiago de Compostela.  Lejos de nuestra mísera condición humana indagar en la omnipotencia divina (aunque una catorcena de guardabalanos se antoje cifra exagerada). Si tantos hubo, tantos fueron.

Sería recomendable empero que, antes de lanzar proclama alguna, los confabulados del autocar toronja leyeran El catolicismo explicado a las ovejas, del magistral Juan Eslava Galán, para evitar así nuevas falacias. Aunque si un libro les espanta, siempre les queda el soneto que Camilo José Cela dedicó al afamado príapo de Antequera (Claro cipote, cuya frente altiva / cubre de nubes tan tupido velo…”).

Otro día abordaremos lo de que las niñas tienen vulva del tamarindo, pues esas son mayores honduras.

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