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Nadie sabe que esto es tierra de nadie, de Percy Chávez Alzamora

Nadie sabe que esto es tierra de nadie, de Percy Chávez Alzamora

¿Hasta qué punto el amor de un padre es el amor que nace de la imposición, un amor que tienes que sentir porque vas a ser padre? La idea de la paternidad va acompañada de la frustración: no llevar al futuro hijo dentro de uno. El amor de padre nace con una melancolía intrínseca. Un amor que nace desde la imposibilidad, desde el fracaso, desde una tristeza, desde la fe. A partir de todo ello se construye la figura del padre. Un padre imperfecto, sin un lazo directo a lo biológico, ajeno a todo ello, incapaz de comprenderlo. Y de esa incomprensión, la frustración y la melancolía.

De esto trata Nadie sabe que esto es tierra de nadie (La Navaja Suiza), del peruano Percy Chávez Alzamora. Zenda publica el arranque.

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ANTES

Un martes de enero

La película es Tarde de perros, de Sidney Lumet. Esta es la situación: Sal (John Cazale) y Sonny (Al Pacino) llevan todo el día encerrados en el banco, una quincena de rehenes, la policía los rodea, han muerto dos personas, están negociando el rescate y exigen un avión que los saque de la ciudad. La situación es desesperada. Sal empieza a ponerse muy nervioso.

No son el encierro o la tensión, ni siquiera la violencia o la espera, el origen de la angustia de Sal. Su pánico surge por algo más comprensible y real: el miedo a volar. No hay nada más humorístico y patético que la irrupción de la cotidianeidad en una situación límite y dramática.

Esa tarde R me dijo que estaba embarazada.

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Metaliteratura

R estaba leyendo Ciudad de cristal, de Paul Auster, cuando supo que estaba embarazada. Por eso escribo en este cuaderno rojo que me regaló. Cómo hacer una película, de Claude Chabrol, era el libro que leía yo. Si no me equivoco en los cálculos, J fue concebida cuando R empezaba la lectura del libro de Auster: Daniel Quinn, poeta, escritor de novelas policiacas bajo el seudónimo de William Wilson, recibe durante varias noches la llamada equivocada de un tal Peter Stillman que pregunta por el detective Paul Auster y le implora protección. El protagonista del relato, movido por la curiosidad más que por el altruismo y emulando al personaje principal de sus novelas, Max Work, decide adoptar la identidad del detective y conocer a Stillman, quien le cuenta a Daniel Quinn que pasó su infancia encerrado por su padre en una casa durante nueve años. El padre saldrá próximamente del manicomio y teme por su vida, por lo que necesita que Auster lo proteja. A grandes rasgos esta es la historia que se empieza a contar en Ciudad de cristal. Es decir, J se concibió bajo el signo de un tipo que adopta cuatro identidades distintas y en el que el autor de la novela se incluye como personaje. El relato finaliza con Daniel Quinn o Max Work o Paul Auster o William Wilson viviendo en la calle, ajeno a la realidad, confundido y loco.

No sé a qué obedecía que R estuviera leyendo esa novela cuando concebimos a J, pero al igual que Paul Auster en Ciudad de cristal, se puede decir que R y yo somos los creadores de J y a la vez personajes de su historia.

La paternidad se convierte en un juego metaliterario en el que el autor está incluido en el relato, pero no sabe qué hacer dentro de él. El padre y autor, como un escritor perdido ante una hoja en blanco, se muestra incapaz de anticipar lo que pasará en la siguiente página de la novela. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: si, como dicen, el hijo tiene que matar al padre para reafirmarse, ¿a quién mata realmente? ¿Al personaje o al autor? ¿Al padre o al hombre?

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Ideas diversas en un cuaderno rojo I

Siempre quise escribir un diario. Lo intenté varias veces con resultados desastrosos. La falta de constancia, el narcisismo, el miedo, la condescendencia y la incapacidad de tener perspectiva en el punto de vista fueron obstáculos que desalentaron, más temprano que tarde, la idea de escribir sobre mí mismo. En cambio, la única vez que quise tener hijos lo logré, lo que demuestra que a la vida solo le gusta joder o bien que quizás estoy equivocado en mi agnosticismo. En todo caso, esto se lo comenté a R.

Quizás tus hijas son el diario que eres incapaz de escribir.

Mis hijas, el diario que era incapaz de escribir. Sonaba bien, sonaba reivindicativo, sonaba justo.

Me lo tomé como una señal de fe en la paternidad. Pero todo se desbarató cuando sonó también la carcajada de R al darse cuenta de que yo me tomaba en serio una idea que ella había soltado solo para que me callara.

Este texto comenzó como un diario, organizado a partir de fechas, lugares y anotaciones periódicas. Pero poco a poco este registro fue mutando. La frecuencia de las anotaciones dejó de ser sistemática y empezó a regirse por el azar (que es una forma de llamar a la falta de ganas, la urgencia, la resignación o simplemente a la terca perseverancia). No solo cambió la periodicidad, también lo hizo la forma: las fechas se convirtieron en asteriscos, a las observaciones iniciales se añadieron descripciones, transcripciones, cálculos financieros domésticos, agenda de citas programadas, listados de compra. Lo que empezó como diario se llenó de desorden, de confusión y desencanto, y terminó convirtiéndose en una libreta de anotaciones o cuaderno para todo.

Este librito nace de ese fracaso de diario.

* * *

Un viernes de febrero. Hoy juego al fútbol a las cuatro y treinta p. m. ¿Meteré gol?

* * *

Abril. ¿Alguna vez alguien me pagará para que yo haga una película? ¿Estaré a la altura?

* * *

Primer martes de mayo. He volado a Madrid de vuelta de Mallorca. Hoy por primera vez he sentido miedo a volar. Mi fascinación por la muerte se está convirtiendo en angustia.

* * *

Entre enero y octubre, todos los días. Cuando nazca J, ¿qué proyectos pospondré?, ¿cuáles abandonaré?

* * *

Otro día de marzo. R me ha dicho que por la mañana estuvo hablándole a J. Me resulta tan ajeno todo ello. ¿Cuándo me llegará el amor? A J no la siento, a J no la toco, a J no la huelo, a J no la oigo. Por algunos segundos me asalta la duda de si ese bebé es mío, pero afortunadamente no le cuento a R mis cavilaciones. Dudar de mi paternidad no creo que sea la manera más adecuada de iniciar el embarazo, sino más bien de empezar una separación (salir de bares, conocer chicas, despertarse tarde, tener dinero para comprar libros, ir al cine, ¿quién quiere volver a ello?). Nacerá J y la miraré de manera intensa y los otros verán amor en mi mirada. Yo seré el único que advertiré que mi mirada estará tratando de encontrar mi cuerpo (aunque sea una parte mínima) en el suyo.

La paternidad es, está claro, un acto de fe.

Diario

Un diario es un objeto inacabado. Un relato con un futuro incierto, un presente que se escribe día a día y un pasado imposible de cambiar. ¿Por qué escribirlo? ¿Por qué perseverar en ello? Puede ser que su escritura se abandone durante días, meses o incluso años, pero tarde o temprano, se vuelve a intentar. A la larga, ni la pereza, ni la desidia, ni la falta de perspectiva, ni la ausencia de talento impiden escribirlo. ¿Por qué hacerlo? ¿Existe escapatoria? ¿Es posible huir? Al fin y al cabo, alguien que escribe lo hará siempre, ya sea para el público o para sí, ya sea en forma de diario, en cuadernos, en el móvil, en papeles sueltos, en servilletas, en folios o en una pantalla de ordenador. Escribir, en realidad, es una especie de condena.

Quizás R no estaba tan desencaminada cuando me dijo que mis hijas eran el diario que nunca pude escribir. La paternidad es el diario al que tienes que enfrentarte cada día. Ya sea desde la cercanía, desde la distancia, desde el silencio o desde el grito, la paternidad se convierte en el diario del que uno no puede huir. Y un diario, al igual que la paternidad, solo termina con la muerte.

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Ecografía

Dos ojos, dos brazos, dos piernas, una nariz, una boca, dos orejas, cinco dedos en la mano izquierda, cinco dedos en la mano derecha, cinco dedos en el pie derecho, cinco en el izquierdo.

Me agarró de improviso. R estaba en la camilla, abierta de piernas y el abdomen a la vista, mientras yo, como un intruso, de pie al lado, mirándola, trataba de decir cualquier cosa que aligerara el momento. Entró el doctor sin saludar (yo, en estado de nerviosismo, tuve un primer impulso de abrazarlo) y sin girar el rostro empezó a hablar.

Dos ojos, dos brazos, dos piernas, una nariz, una boca, dos orejas, cinco dedos en la mano izquierda, cinco dedos en la mano derecha, cinco dedos en el pie derecho, cinco en el izquierdo.

No fue hasta pasados unos segundos cuando me di cuenta de que estaba hablando de J. En esa ecografía revisaban que no tuviera ninguna deformidad. ¿Y si hubiese dicho tres dedos?, ¿un ojo?, ¿dos bocas?, ¿cuatro brazos?

Según el psicoanálisis, el amor paternal tiende a proyectar autoridad, nace en el impulso de querer forjar al hijo, de querer hacer que sea como el padre. Si J hubiera nacido con una deformidad o con un retraso mental, ¿cómo habría lidiado con ese deseo inconsciente de proyección?, ¿cuál habría sido mi reacción ante esa imposibilidad? Más aún, ¿habría querido que nazca?, ¿lo hubiese intentado evitar? En todo caso, ¿el amor habría sido el mismo? Tiempo después de nacida J, cuando la veía dormir, muchas veces me asaltaban esas preguntas. Preguntas que me llenan casi siempre de dudas y de culpa, preguntas que no sé responder y que perfilan un hombre débil y carente de valor, un hombre con miedo, un hombre en el que no quiero reconocerme, pero que sé que está dentro de mí, replegado me gustaría pensar, o quizás al acecho, esperando que yo zozobre para aparecer.

¿El amor de un padre es incondicional?

***

¿Gol?

Era una tarde infernal en Madrid, casi 35 grados, el partido iba en empate y cuando faltaban minutos apenas para finalizar, el balón salió rechazado botando a treinta metros de la portería. En un intento (que quiso ser alarde) de agilidad, adelanté unos pasos para pegarlo, realizando un movimiento poco rítmico y diría paquidérmico: la distancia al arco era considerable, pero vi el balón en la escuadra; no solo eso, vi también la algarabía de mis compañeros de equipo, vi las cervezas en la mesa del bar Hawaii, vi las conversaciones recreando el gol del triunfo, un gol épico, legendario, inolvidable. De ver, incluso vi a unas chicas guapas que miraban detenidamente la foto que tenemos del equipo en el bar, y que al reconocerme se me acercaban y entablaban conversación conmigo.

Lo que no vi fue la planta del botín de un rival que se interponía entre mi pie y la pelota e interceptaba la trayectoria hacia la portería, hacia el gol, hacia la gloria.

Fisura de la falange interna del pie derecho.

Escayola y muletas al día siguiente.

Esa noche quiso nacer J. Decir que fuimos al hospital es una manera elegante de contarlo. La realidad es que R, embarazadísima, con contracciones cada minuto, cada vez más fuertes, llevando a A en una mano y a J en la panza empujando con furia por salir, condujo hasta el hospital, mientras que yo, intentando ver algo aún, sin enterarme de nada y con la dignidad por los suelos, iba sentado a su lado abrazado a un par de muletas que apenas cabían en el asiento.

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¿Qué tipo de padre seré?

Un día me desperté con esa pregunta en la cabeza. ¿Qué tipo de padre seré?, o lo que es lo mismo, ¿qué es la paternidad?

La paternidad es como la grieta que puede dar paso a la luz, como dice el verso de Leonard Cohen. Sí, así de cursi. Pero el amor no suele ser una experiencia intachable o inmaculada o indolora. Suele estar salpicada de sombras, silencios, vaguedades, sobreentendidos, reproches, imposiciones, abusos.

–Enamorarse no tiene nada que ver con el amor.

–Qué sabes tú del amor. El amor cuesta trabajo y te llena de amarguras.

Lo había leído hacía poco, aunque no recuerdo quién era el autor. La idea que subyace a este diálogo es que básicamente el amor cansa. Y cuando uno se siente agotado busca actividades que le permitan relajarse, olvidarse de todo, aunque sea por un rato.

El deporte.

El deporte siempre da respuestas donde los amigos, la familia, las películas, la música o los libros no las tienen. No quería ser un padre cansado, gordo, fofo, débil. Cuando naciera J me tenía que ver en forma. Tenía que ser un ejemplo de lozanía y salud. Compré unas zapatillas para correr, aún no se llamaba running, y descargué una aplicación que me permitiría volver otra vez a los 79 kilos (hacía quince años de esos 79 kilos). Cuatro kilómetros era el objetivo inicial. Preparé una playlist con canciones específicas para el trayecto. Tardé cuatro horas en confeccionar el listado de canciones. Salí un lunes a media tarde. A esa hora el intenso azul del cielo madrileño se suele teñir de un color anaranjado cuya luz se refleja en las nubes mientras el sol cae, como si fuese un lento fundido cinematográfico que acompaña a la ciudad en su entrada a la noche. El ambiente se vuelve idílico para el corredor de fondo o de corto fondo, que era mi caso. Donde el físico no me alcanzara, la fuerza de voluntad para seguir la rutina diaria me la daría J, o mejor dicho, el amor que se suponía crecía en mí hacia ella.

No llegué a los cuatro kilómetros esa tarde, ni siquiera a los mil metros. Lo volví a intentar al día siguiente. Tres días me duró ese amor.

¿Qué tipo de padre seré?

La paternidad, como el amor, cansa.

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Autor: Percy Chávez Alzamora. Título: Nadie sabe que esto es tierra de nadie. Editorial: La Navaja Suiza. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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