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Agatha Raisin y el veterinario cruel, de M. C. Beaton

Agatha Raisin y el veterinario cruel, de M. C. Beaton

Agatha Raisin y el veterinario cruel, de la reina del cozy crime, M. C. Beaton, es la segunda entrega de una serie que cuenta con más de 10 millones de lectores en todo el mundo y una versión televisiva.

Tras haber desenmascarado al asesino de la quiche letal, la fortuna parece sonreír a Agatha Raisin. Aceptada por la pintoresca comunidad de Carsely, y felizmente acompañada de sus dos gatos, su vida transcurre sin otro objetivo que doblegar la indiferencia de James Lacey, militar jubilado por el que Agatha siente verdadera devoción. Un interés que parece evaporarse cuando aparece en escena Paul Bladen, el nuevo veterinario del pueblo, que no se muestra ajeno a sus encantos. Sin embargo, el hombre sucumbe a una inyección destinada a un caballo de carreras, y aunque todo apunta a un accidente, Agatha cree que se trata de un crimen. Ante la sorpresa de los lugareños, el coronel Lacey comparte, por una vez, la hipótesis de su tenaz vecina, hasta el punto de embarcarse con ella en una investigación mucho más peligrosa de lo que ambos habrían podido imaginar.

Zenda ofrece un fragmento de esta obra.

1

Agatha Raisin llegó al aeropuerto de Heathrow de Lon­dres luciendo un bonito bronceado, pero la procesión iba por dentro, y en realidad empujaba el equipaje ha­cia la salida sintiéndose una completa idiota.

Se había pasado dos semanas en las Bahamas bus­cando desesperadamente a su atractivo vecino, James Lacey, que un día había dejado caer que disfrutaría de sus vacaciones en el hotel Nassau Beach. Cuando le gus­taba un hombre, Agatha se mostraba tan implacable como en los negocios. Así que había gastado una for­tuna llenando su maleta de ropa fabulosa mientras adelgazaba de forma drástica para enfundar su rejuve­necida figura de mediana edad en un bikini… Pero allí no había ni rastro de James Lacey. A pesar de que había alquilado un coche y visitado todos los hoteles de la isla, e incluso había contactado con el alto comisiona­do británico con la esperanza de obtener alguna noticia, todo había sido en vano. Días antes de su regreso, tras una llamada de larga distancia a Carsely, el pueblo de los Cotswolds donde vivía, se había atrevido a pregun­tarle a la señora Bloxby por el paradero de James Lacey.

Todavía podía oír la voz de la esposa del vicario, yendo y viniendo por la mala conexión de la línea, como si la arrastrara la marea: «El señor Lacey cambió de planes en el último momento. Decidió irse de vacacio­nes con un amigo a El Cairo. Pero sí que había hablado de irse a las Bahamas, es cierto, y recuerdo que la señora Mason comentó: “¡Qué casualidad! Ahí es adonde va nuestra señora Raisin.” Y al poco nos enteramos de que lo había invitado ese amigo suyo de Egipto.»
Agatha había pasado tanta vergüenza que todavía le quemaba por dentro. Era evidente que aquel hombre ha­bía cambiado de planes sólo para no encontrársela. Aunque, viéndolo en retrospectiva, quizá su persecución había sido un poco descarada.
Pero había otro motivo por el que no había disfru­tado de las vacaciones. Había dejado a Hodge, un re­galo del sargento Bill Wong, en una residencia para gatos, y tenía el presentimiento de que el animal había muerto.
En el aparcamiento del aeropuerto cargó su equi­paje en el maletero del coche. Se pasó todo el viaje de regreso a Carsely preguntándose una vez más por qué se había jubilado tan pronto —al fin y al cabo, hoy en día a los cincuenta y pocos una todavía es joven— y vendido su negocio para encerrarse en un pueblo de la campiña.
La residencia se encontraba a las afueras de Ciren­cester. La dueña, una mujer delgada y larguirucha, la recibió con descortesía.
La verdad, señora Raisin —dijo—, tengo que salir ahora mismo. Habría sido más considerado de su parte llamar antes.
Tráigamelo ya —le soltó Agatha, clavándole una mirada hosca—. Y rapidito.
La mujer salió con paso airado, exteriorizando su ofensa con cada gesto de su cuerpo. Al cabo de pocos minutos volvió con Hodge, que maullaba en su cesto trasportín. Agatha ignoró sus recriminaciones y pagó la factura. En cuanto tuvo al animal en sus brazos, la invadió tal consuelo que se preguntó si ya se había con­vertido en una de esas pueblerinas locas por los gatos.
Su casa, un cottage achaparrado bajo un pesado techo de paja, apareció ante sus ojos como un viejo perro guardián ansioso por darle la bienvenida. Una vez encendida la chimenea, alimentado el gato y con un whisky doble entre pecho y espalda, Agatha supo que saldría de ésta. ¡Que le den a James Lacey! ¡Que les den a todos los hombres!
Por la mañana se acercó a Harvey’s, el colmado del pue­blo, para comprar algo de comida y presumir de bron­ceado. Allí se encontró con la señora Bloxby. Agatha aún se sentía avergonzada por haberla llamado, pero la señora Bloxby, siempre tan discreta, ni se lo mencionó; sólo le recordó que esa misma noche había reunión de la Asociación de Damas de Carsely en la vicaría. Agatha dijo que asistiría, aunque le deprimió un poco pensar que su vida social parecía limitarse a tomar el té en la vicaría.
Estuvo tentada de no presentarse. En lugar de ir a la vicaría, se pasaría por el pub, el Red Lion, y aprove­charía para cenar allí mismo. Pero ya se lo había pro­metido a la señora Bloxby, y por alguna misteriosa razón uno jamás incumplía una promesa hecha a la se­ñora Bloxby.
Cuando salió de casa aquella noche, una niebla espesa se había asentado sobre el pueblo, una bruma densa y gélida que amortiguaba los sonidos y transfor­maba los arbustos en atacantes agazapados.

Al llegar a la vicaría se las encontró a todas cómo­damente sentadas en medio del agradable desorden del salón. No había cambiado nada. La señora Mason seguía ejerciendo de presidenta —presidenta, no presidente; aunque, como decía la señora Bloxby, una sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan esos cambios de gé­nero, y el día menos pensado acabaremos llamando cantantas a las cantantes— y la señorita Simms, con sus zapatos blancos y su minifalda a lo Minnie Mouse, era la secretaria. Todas insistieron en que les explicara co­sas de las vacaciones, así que Agatha alardeó tanto del sol y la playa que ella misma acabó creyendo que se lo había pasado bien.

Tras la lectura de las actas se habló de los prepara­tivos para organizar una colecta para Save the Children y también una salida con los ancianos. Luego hubo más té y pastas. Fue en ese momento cuando Agatha se en­teró de la noticia: el pueblo de Carsely tenía por fin una consulta veterinaria. Las obras de ampliación del edificio de la biblioteca habían terminado, y Paul Bla­den, veterinario de Mircester, pasaba consulta allí dos veces por semana, los martes y los miércoles por la tarde.

Al principio no pensábamos ir —dijo la señori­ta Simms—, porque estamos acostumbrados a acudir al de Moreton, pero el señor Bladen es muy bueno.

Y muy guapo —intervino la señora Bloxby.

—¿Joven? —preguntó Agatha con un destello de interés.

Oh, yo diría que ronda los cuarenta —dijo la se­ñorita Simms—. No está casado. Divorciado. Mirada profunda y manos preciosas.

Pero Agatha seguía pensando en James Lacey y la figura del veterinario no despertó su curiosidad; sólo deseaba que su vecino regresara cuanto antes para así demostrarle que no estaba interesada en él. Mientras las señoras se deshacían en elogios hacia el nuevo ve­terinario, se sentó a fantasear con la conversación que mantendrían a su vuelta, recreándose en lo que diría ella y contestaría él —e imaginando la cara de sorpre­sa del caballero en cuestión— al hacerse evidente que la supuesta persecución tan sólo eran gestos amables de buena vecina.

Sin embargo, los hados se conjuraron a fin de que Agatha conociera a Paul Bladen al día siguiente en la carnicería. Fue a comprarse un bistec para comer y unos higadillos de pollo para Hodge.

Buenos días, señor Bladen —saludó el carnicero, y Agatha se dio la vuelta.

Paul Bladen era un hombre atractivo. De cuarenta y pocos años, pelo rubio canoso, tupido y ondulado, ojos castaño claro, que entornaba como si le deslum­brara el sol del desierto, boca de expresión firme y agradable y mentón cuadrado. Era delgado, de estatu­ra media, y llevaba una chaqueta de tweed con coderas, pantalones de franela y, como el día era gélido, una vieja bufanda de la Universidad de Londres alrededor del cuello. A Agatha le recordó los viejos tiempos, cuan­do los estudiantes universitarios vestían como estudian­tes universitarios, antes de que llegaran las camisetas y los vaqueros deshilachados.

Por su parte Paul Bladen vio a una mujer de me­diana edad, regordeta, con el pelo castaño brillante, los ojos pequeños, como de oso, y la piel bronceada. Una mujer que vestía, se fijó, ropa muy cara.

Agatha le tendió la mano, se presentó y le dio la bienvenida al pueblo con afectación, con su mejor acento de aristócrata. Él sonrió mirándola a los ojos, le sostuvo la mano y masculló algo sobre el tiempo tan espantoso que hacía. Agatha se olvidó por completo de James Lacey. O casi. Que se pudra en Egipto. Deseó que pillara una buena diarrea o le mordiera un camello.

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Autor: M. C. Beaton. Título: Agatha Raisin y el veterinario cruel. Editorial: Salamandra. Venta: Todostuslibros y Amazon

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