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Nadie

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, L: NADIE

A veces esto es hermoso. Cuando consigo oír a los pájaros, o cuando el viento mueve las hojas y riza el agua, como una caricia. No siempre puedo sentirlo. Casi siempre olvido lo que pasa. A veces, el sol es como una bola roja inmensa que se desparrama por la laguna, y otras me fijo en la luna, gorda y blanca en mitad del cielo oscuro. Pero casi siempre me olvido de que hay luna.

A veces solo siento el frío subiéndome por las piernas, goteándome del pelo. Y miro abajo, y veo mis pies en el barro. Esas son las peores. Porque no sé qué hago aquí. No sé cómo he llegado, ni qué lugar es este, ni por qué estoy sola.

Puede ser un buen lugar, pero también puede ser horrible. Si me acuerdo, intento oler los helechos y la retama, pero todos los olores se han ido. Todos no. El suyo sigue aquí, a veces. Ese hedor a cuero, a sudor, a monedas de cobre y a lodo. Es un tufo metálico, sucio. Huele a animal traicionero y a algo que sangra. A algo que muere.

Ese olor me llena de rabia. Entonces me vuelvo mala, o loca, no lo sé bien. Aúllo, y los pájaros se espantan de mí. Aúllo, y los lobos me responden, asustados.

A veces corro y corro, buscando el camino de vuelta, el de los álamos y la madreselva. Pero estoy perdida en este lugar maldito, así que no importa cuánto me aleje, siempre regreso aquí. Siempre termino en el agua, y las algas intentan atraparme, tirando de mí hacia el fondo. Entonces, me siento sobre las piedras, agotada. Y miro el sauce, que se mece y se lamenta. Porque está solo. Igual que yo.

Antes venía gente. Apenas lo recuerdo, quizá solo fue un sueño. Si cierro los ojos, creo que puedo oírlos. Gritan mi nombre, con voces fuertes de hombre y voces tristes de mujer. Había una voz, más rota que las otras, más desgarrada, que sonaba como una súplica, y subía, subía, hasta reventar en pedazos. Era una voz de cristal, salida de las entrañas. Cortaba el aire con un dolor monstruoso, descomunal, inabarcable. Un dolor que alguien sentía. Por mí. Eso creo. No lo recuerdo apenas. Se ha ido borrando, poco a poco. Como las huellas en la nieve.

Después, dejaron de oírse los gritos. Llegó el silencio, y fue muy largo. No sé cuánto duró. Hubo voces, más tarde, pero eran distintas y ya no pude reconocerlas. Voces calladas, susurros, pasos crujiendo sobre las hojas secas, y formas que pasaban, con escopetas al hombro. No me buscaban a mí. No sé bien qué buscaban.

Una vez hubo chiquillos. Lo sé porque todo se llenó de ruido y de luz, con un borboteo de cascada. Oí sus corazones pequeños, latiendo desbocados, como crías de ciervo trotando al alba. Quise acercarme, porque estaba tan sola… Vinieron con todo su calor, y traían olores nuevos, y rayas de colores, y estrellas en los ojos. Quise ir con ellos, abrazarlos, revolcarme entre la hierba. Solo quería tocarlos, reír como si nada. Algo pasó. Les di frío. Les di miedo. Muchos no pudieron verme, pero algunos lloraron y quisieron marcharse. Les supliqué que me llevaran. Se alejaron. No podían oírme. No querían.

Ya no viene nadie. Nunca. Siempre estoy sola, con el sauce y el agua. Hay un silencio pesado que se espesa como niebla. No se ve la madreselva. Los álamos son solo manchas alargadas, lejos.

Busco, pero no sé bien qué. No puedo acordarme. Sé que he perdido algo, o muchas cosas. Perdí mi nombre hace tiempo. Lo olvidé cuando dejaron de gritarlo entre los árboles. Procuré retenerlo, guardarlo junto a la orilla, pero creo que se hundió en la arena mojada.

Fui una niña, me parece. Creo que lo fui, antes. Mucho antes, cuando este lugar era bueno. Cuando los rayos de sol se colaban entre las ramas, y el sauce no estaba triste. Cuando bailaba todo entero, tan verde como el verano. Cuando los guijarros grises rebotaban en la laguna gris, un bote, dos, tres, cuatro, y luego desaparecían. Había otros como yo, con las manos calientes y la risa fácil.

Yo tuve un hogar, me parece. Con geranios rojos en la ventana y un perro de pelo indomable, del color de la ceniza. Era tibio, y fiel. Dormía a mi lado. O quizá solo lo esté imaginando. Había una voz de cristal, y otra ronca, y las dos me querían y decían mi nombre. Había pan. Pero ya no recuerdo cómo olía. Ya no queda ni rastro del sabor del pan en mi boca. Solo esta náusea agria de hierro oxidado.

Se me han olvidado muchas cosas. Porque llevo demasiado tiempo aquí. Tanto que no podría contarlo. No sabría. Hubo un último día que empezó siendo hermoso. Con canciones que, aún ahora, acuden a veces a mi turbia memoria, y me cosquillean los oídos. Me provocan añoranza. Una felicidad cuajada de tristeza. Algo que resulta inexplicable. Las canciones eran para mí, y también los dulces. Ojalá pudiera recordar el aroma de las almendras, o el estallido de la miel sobre la lengua. Nada de eso queda ya. Solo el eco vago de la voz de cristal, que ríe, y canta, y musita: “dieciséis, dieciséis, ¿cómo es posible? ¿A dónde ha ido el tiempo? Dieciséis, mi pequeña, dieciséis…”

Yo quería siemprevivas. Rogué y rogué que me permitieran ir a buscarlas. La voz de cristal accedió, y también la voz ronca. Creo que esa siempre se rendía primero, pero no lo recuerdo bien. Quizá era al revés, quién sabe. Me parece que seguí un camino, y que había muchas flores muy bellas. Y luego… luego pasó todo. Una sombra grande, a mi espalda, dibujándose en el suelo. Ojos oscuros, con sonrisa de diablo. Pero no puedo, no quiero recordar eso, eso no. No quiero recordar su olor, ni su aliento sobre mi cara, ni su peso, ni el dolor en las muñecas, ni el regusto a cobre, ni la sangre en la boca. ¿Por qué sigo recordando ese horror? ¿Por qué, en cambio, ya no recuerdo qué significa “madre”, ni por qué esa palabra me ronda y ronda, como el latido de una herida? ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Quién era? ¿Y quién era yo, hasta ese día de cuero y de lodo, de ropa mojada y de fuego en la garganta?

Una vez, hace mucho, vinieron otros. Unos que eran iguales que yo. Fríos. Se alinearon entre la bruma, junto a los álamos. Un resplandor imposible los rodeaba. Querían que fuera con ellos. Me tendían sus brazos, anhelantes. No tuve miedo. Eran como yo. Quería ir, quería acompañarlos, y que me guiaran a algún lugar mejor que este. Quería… dejar de estar sola. Pero no pude. No puedo irme. Aún no. Estoy atrapada aquí, ahora lo sé. Estoy atrapada porque nadie me encuentra. Porque nadie sabe lo que pasó, ni siquiera yo misma. Porque solo hay retazos.

Me buscaron, pero no lo bastante. Tenían miedo del agua, de los trasgos y los lobos. No sabían entonces que no existen los trasgos, y que los lobos nunca vienen aquí. Ahora lo saben, pero es tarde, porque ya nadie me conoce. Nadie me recuerda. Nadie sabe que me perdí, ni que estoy aquí atrapada. Todos los que me querían, los que gritaban mi nombre entre los árboles… todos ellos, ¿dónde están? Quizá ya no me quieren. Quizá me han olvidado, como yo a ellos. Puede que ya no existan. Que se hayan ido con los otros fríos. Quizá ahora están en paz, esperándome sin prisa. Sin dolor. En otra parte.

No puedo irme. Todavía no. Porque estoy atada a estas rocas, a la laguna, al sauce, a la niebla, a las siluetas borrosas de los álamos. A ella. A la niña que duerme bajo el agua. No sé quién es, no lo recuerdo. No sé cómo llegó aquí, ni qué le ocurrió. A veces pienso locuras. Cosas terribles y sin sentido. A veces creo que también a ella le hizo daño el hombre que olía a cuero. Pero no puede ser cierto. Porque yo sigo aquí, y, sin embargo, ella está bajo el agua.

¿Verdad que es una locura? ¿Verdad que solo es un disparate? ¿Verdad? Si fuera cierto, estaríamos las dos juntas. Podríamos contarnos secretos, trenzarnos el pelo, bailar con el sauce. Quizá entre las dos podríamos incluso alcanzar los álamos, y las madreselvas, derrotar a la niebla y… sí, volver a casa. Puede que incluso lográramos eso. Nos ayudaríamos a encontrar el camino. Si estuviéramos juntas, las dos…

Pero estoy sola. Sola, aquí, con los pies helados, en la laguna gris, donde empieza cada uno de mis días, desde hace tanto que no puedo recordarlo. Y ella, en cambio, está debajo. Y por eso no puedo irme. Porque no puedo dejarla. Porque eso sería cruel, y le daría tanto miedo… No tiene luz ahí. Ni calor, ni siquiera un sauce triste, ni el gorjeo de los pájaros. No tiene nada, pobre mía. Así que, ¿cómo voy a abandonarla?

No me gusta este lugar. No sé qué hago aquí, ni por qué sigo atrapada. Eso me llena de terror, me hace gritar y arañarme la cara, como una loca. Luego recuerdo un poco. Recuerdo cosas. Y entiendo por qué debo quedarme. Es por ella, que sigue dormida bajo el agua. Para que no tenga miedo. Para que no esté sola. Porque nadie la recuerda ya, nadie sabe que existió, y que se perdió un día, hace mucho tiempo. No vendrán a sacar sus huesos de la laguna.

Aquí ya no viene nadie.

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