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Presencia

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XLIII: PRESENCIA

Quien haya perdido a un hermano sabe bien que pocas cosas pueden ser peores. Se siente un dolor lacerante, seco, una punzada en el pecho que no te abandona, un peso sobre los pulmones que te deja sin aliento cada vez que el recuerdo te golpea. Como una losa. Pero no de piedra, de agua. Una que se desborda por los ojos en los momentos más insospechados. La angustia te sacude cuando en la radio del coche empieza a sonar aquella canción facilona que berreabais a dúo. Cuando en la calle te cruzas con alguien que se le parece vagamente. Que lleva el pelo igual, o unos zapatos como los suyos, o un bolso que sabes que le hubiera entusiasmado. Es como un puñetazo en el estómago cuando, de repente, te ves con el teléfono en la mano pensando en contarle la última ocurrencia del imbécil de tu jefe, y entonces, te das cuenta de que no puedes llamarle. Porque ya no está. Ya no estará nunca.

Mariela murió seis días antes de cumplir los treinta. Salía de trabajar en la clínica dental en la que acababan de contratarla, y corrió para no perder el autobús, que, finalmente, se le escapó por segundos. Me envió un mensaje lamentándose, con una foto suya haciendo muecas. Su último mensaje. Su última foto. Esperaba a un lado de la marquesina, atestada de gente por la lluvia, cuando un tipo que llevaba bebiendo desde primera hora de la mañana se saltó un semáforo, atravesó los dos carriles de la avenida en diagonal y terminó recorriendo varios metros por la acera, llevándose por delante a nueve personas. Cuatro de ellas tuvieron suerte, si se le puede llamar así, y salieron del trance con magulladuras y huesos rotos. Un chico de diecisiete años quedó parapléjico. Una niña de pocos meses logró salir ilesa gracias a los reflejos de su padre, que empujó el carricoche lejos. Él no vivió para contarlo. Tampoco una turista jubilada que regresaba a su hotel. Ni mi hermana. Por primera vez, me sentí agradecida de que nuestros padres ya no estuvieran en el mundo. No lo habrían soportado.

Mariela era una de esas personas que iluminan una habitación cuando entran en ella. No recuerdo haberla visto nunca de mal humor. Siempre sonreía, siempre canturreaba, y, más que caminar, se movía a saltitos, agitando las manos y haciendo requiebros, casi como si bailara. Imagino que fue por esa clase de manías suyas por lo que la reconocí. Por lo que creí reconocerla.

Al principio fue solo eso: una presencia. Acababa de terminar un turno atroz en el hospital y me había quedado dormida en el sofá, aún vestida, viendo el canal de noticias y con un café a medio beber sobre la mesa. Oía la voz de la presentadora de fondo, sin que mi cerebro captara una sola palabra. Tan cansada que no podía ni abrir los ojos. Noté perfectamente cómo alguien agarraba la manta de ganchillo de la abuela y la subía de un tirón desde mi cintura hasta mis hombros. Supe que era ella, con la misma certeza con la que sé que el sol sale por las mañanas.

Hubo otras veces. Ni siquiera llegaba a verla, solo sabía que estaba allí, en casa, conmigo. Podía oler su agua de colonia, llegándome como ráfagas inesperadas. Oía el quejido gomoso de sus zuecos de trabajo sobre las baldosas del pasillo, o la estrofa tarareada de algún estúpido anuncio publicitario. A veces, una de sus risotadas estallaba alegre en su dormitorio vacío. Nunca sentí miedo. ¿Por qué iba a temer a mi propia hermana? Jamás me cuestioné que todo aquello fuera real. No lo mencionaba, claro, porque la gente no suele saber cómo encajar ciertos temas, y, o bien empiezan a soltar sandeces sobre rituales de purificación, o te miran con una mezcla de lástima y susto, convencidos de que te has vuelto loca. No compartí mi secreto con nadie. Casi todos mis familiares, amigos y conocidos son del gremio. Gente sensata, razonable, que se deja guiar por la lógica. ¿Una respetable enfermera de quirófano viendo fantasmas? No, gracias.

Las cosas empezaron a cambiar a mediados de octubre, cuando faltaba poco para que se cumpliera un año de su muerte. Comenzó de un modo sutil, sin forzar demasiado. Naderías que resultaban chocantes, graciosas incluso. Un azucarero que se volcaba, un cajón que se abría de golpe, la tele cambiando sola de canal… Admito que me reía. Que la regañaba en voz alta por sus travesuras. Pensé que era eso: mi hermana pequeña tomándome el pelo. Y admito que, una parte de mí, la más soñadora, se estremeció en una sensación de triunfo. La fría lógica había perdido. Mariela estaba allí de verdad. No me había dejado.

Cuando empezaron a fundirse las bombillas, tampoco me inquieté demasiado. No me alarmé con las huellas de manos en el espejo del baño, ni con las llaves que aparecían constantemente tiradas sobre la alfombra del recibidor. Ni siquiera cuando encontré las tijeras clavadas en uno de los cojines de pajaritos.

—Mari, te estás pasando —bromeé—. Vale que los cojines de la yaya son horrendos, pero no te pongas así, tía…

Decidí que quizá se estaba transformando en un espíritu burlón. Como un duendecillo del Más Allá. Eso le pegaba mucho. Entonces la vi. Por el rabillo del ojo, mientras me preparaba una manzanilla en la cocina. Una ráfaga amarilla y negra, pasando a todo correr por mi derecha, rumbo a la salita.

—Avispón… —sonreí, reconociendo su pijama favorito y el azabache de su pelo.

Se me aceleró el pulso. Estaba emocionada. Verla era mucho mejor que percibirla apenas, que olerla, que escuchar sus canturreos. Verla era lo que más deseaba en el mundo. Aunque fuera de un modo fugaz. Tal vez, con el tiempo…

A finales de enero pasó lo de los grifos. Según la versión oficial, iba a prepararme un baño cuando la llamada de una compañera de trabajo me distrajo, olvidé lo que estaba haciendo y salí a la calle para reunirme con ella. El seguro se hizo cargo de todo. Fue un alivio que, en aquel momento, no viviera nadie en el piso de abajo.

Los cuadros de mamá aparecieron rajados en marzo. Hechos jirones, completamente destrozados. No es que valieran gran cosa, pero los había pintado ella misma y para Mariela y para mí eran tesoros. Los relojes de la colección de papá se pararon poco después. Todos con las esferas rotas, resquebrajadas. Todos detenidos a las 20:38, la hora del accidente que mató a mi hermana.

Fui perdiendo la cuenta de los incidentes con los platos y vasos rotos, los muebles arañados, las fotos quemadas en el fregadero. Me enfadé de verdad la noche que volví a casa y descubrí que había destripado el colchón de mi cama con un cuchillo.

—¡Mariela, basta! —exclamé, furiosa—. No sé qué coño te pasa, pero ya está bien, joder. ¡Ya vale!

Pasó por detrás de mí como una exhalación, tan real que hizo que se me moviera el pelo. Me giré a toda prisa y le lancé la almohada, sin pensar. Igual que cuando ella vivía y me hacía rabiar con sus bromas. Como cuando éramos adolescentes. Su reacción aún hace que se me erice la piel. Donde apenas había una sombra, una especie de pálido holograma, se formó un ser perfectamente sólido y corpóreo. Tenía sus ojos, sus rasgos, su misma estatura, el lunar en el pómulo izquierdo, pero aquella expresión… nunca se la había visto antes. Jamás. Sus facciones se crisparon en una mueca cargada de odio y repulsión. La melena oscura aleteó de un modo imposible, aterrador, como si toda ella estuviera sumergida bajo el agua. Tenía los ojos completamente negros, como los tiburones. Me miró un instante que se me hizo eterno, el cuerpo suspendido frente a mí. Entonces, en menos de un parpadeo, su cara se pegó a la mía, abrió la boca y soltó un alarido monstruoso que me heló la sangre. Caí hacia atrás, cubriéndome con las manos, gimiendo de pavor. Quedé encajada entre la mesilla de noche y el armario, agazapada, temblando. No sé cuánto tardé en atreverme a mirar de nuevo. Se había ido. Pero había alguien allí.

Me quedé boquiabierta al distinguir a mi abuela, sentada en el butacón, junto a la ventana, con su bata malva y las manos sobre el regazo. Las gafas sujetas con la cadenita dorada, el pelo blanco recogido con sus pasadores de hueso, la alianza de boda. Ladeaba la cabeza, en aquel gesto tan suyo, y me miraba con dulzura. Gateé hasta la cama y me aferré a la colcha, aún de rodillas en el suelo.

—Yaya —musité, sin que me extrañara lo más mínimo que estuviera allí, pese a que llevaba quince años muerta—. ¿Por qué quiere hacerme daño? ¿Qué le pasa a Mariela?

Arrugó la frente, sorprendida, y se encogió de hombros con ademán infantil. Cuando me respondió, su voz sonó ronca, cruel, infrahumana.

—Pero, cariño… —suspiró, mientras su rostro se derretía como cera al fuego —. ¿No ves que no es ella?

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