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Narrativa de denuncia (I): Carmen Barrios

Narrativa de denuncia (I): Carmen Barrios

Desde el estallido de la crisis económica de 2008, e incluso desde algo antes, un sector de la literatura española emprendió una rectificación de la entonces generalizada ausencia temática de urgencias y problemas materiales. La trilogía social y política de Rafael Chirbes (Los viejos amigos, de 2003; Crematorio, de 2007 y En la orilla, de 2013) constituye una señal fuerte e inequívoca de este cambio, acompañado, además, de una receptividad por parte de un amplio sector de lectores impensable a finales de la pasada centuria. También algún escritor más joven que el valenciano había lanzado propuestas de análisis colectivo en vísperas de la Gran Recesión, como también se suele llamar a la revulsión financiera y social manifestada con toda virulencia en esa fecha. Belén Gopegui anunciaba movimientos críticos subterráneos en El padre de Blancanieves, de 2007. Luego han sido muchos los narradores que han cultivado, y lo siguen haciendo, una literatura de denuncia. Un amplio sector de nuestros escritores han vuelto a sentir la llamada del compromiso. La actualidad socioeconómica más actual ocupa a algunos de ellos. Otros han calibrado el fracaso de la supuesta edad de oro inaugurada con la Transición y han reclamado para sí los derechos de la llamada Memoria Histórica, también con un espíritu de impugnación y denuncia.

Memoria histórica y denuncia van de la mano en la docena de cuentos que reúne Carmen Barrios en Rojas. A estos dos ejes se suma una explícita vindicación feminista que se centra en proclamar el papel de las mujeres (mayoritariamente protagonistas de los relatos) en la causa de la libertad a lo largo de todo el pasado reciente de nuestra historia. Dicho con terminología de ahora, la autora persigue visibilizar el protagonismo histórico femenino que la historia y la narrativa canónicas les ha hurtado.

"La narradora, superviviente de la tragedia, recuerda los sucesos setenta y cinco años después, al enterarse de que tal vez han localizado los cuerpos de su madre y de su abuela en una fosa."

Los relatos de Carmen Barrios remontan su marco temporal a la guerra civil y a la alta posguerra. A veces su acción se ancla en ese tiempo. Otras se recupera con la fuerza de un dolor punzante desde mucho después, desde 1969, o 1975, o 2011. Este registro de una rememoración dolorosa abre el libro. “El perro de la casa grande” evoca la violencia de unos soldados contra una familia y la muerte por pena del perro. La narradora, superviviente de la tragedia, recuerda los sucesos setenta y cinco años después, al enterarse de que tal vez han localizado los cuerpos de su madre y de su abuela en una fosa, aunque sigue sin pistas del paradero de su padre y de sus tíos desaparecidos. “No los olvidamos”, son las últimas palabras del cuento. El tono emocional y reivindicativo de esta pieza inicial marca el del resto del libro.

Mayor contenido inventivo tiene la siguiente, “La petaca”. La empleada en el inventario de una oficina de Correos (anécdota que se aprovecha para sacarle un jugo político sindical: el servicio postal se ha vendido al sector privado tras el fracaso de la lucha de los empleados) descubre una gran cantidad de correspondencia y paquetes fechada entre 1938 y 1955 que no fue entregada a los destinatarios porque, se sobreentiende, estos eran reclusos antifranquistas. La mujer, y narradora, lleva a la dirección indicada el paquete que mandó un ruso, brigadista, internado en un campo de concentración. Quien lo recibe, ahora anciana, se conmociona con la petaca de metal y la carta de amor que su Pavel le envió un 24 de julio de 1939. El cuento, en su conciso desarrollo, muestra con intensidad el dolor causado por la intransigencia gratuita.

"Predominan en Rojas los relatos casi instantáneos, que se centran en el núcleo de una anécdota, pero este posee morosidad narrativa y descriptiva."

Además del tono de un realismo directo y sencillo, Carmen Barrios apela también a otros registros. “Fideos” se abre a lo imaginativo y onírico: la narradora sueña con una marea de fideos salida de la máquina con que sobrevivió durante el asedio de Madrid antes de que fuera detenida por los vencedores e internada en la cárcel de Ventas. Y llega incluso a socorrerse de la fantasía alucinatoria, con la cual recrea los asesinatos de inocentes cometidos por los “hombres azules” en un pueblo en 1936. Pero no son casos generalizados. Más bien tiende al testimonio, que da lugar al relato que casi renuncia a lo ficcional para convertirse en reportaje de unos hechos ciertos contados con fidelidad documental. Es lo que hace al referir, en “La carta”, la barbarie represiva que sufrieron las mujeres en la gran huelga minera asturiana de 1962.

“La carta” y alguna otra pieza tienen como cometido expreso celebrar la abnegación de la lucha antifranquista y homenajear a las víctimas de la dictadura (y, en un caso, de hacer justicia con un torturador nada imaginario) más el reconocimiento del papel de un grupo político concreto, el Partido Comunista. Esto ocurre en un relato mucho más largo y demorado que los restantes, “Carmen”. Es un texto de corte documental peculiar: predominan en Rojas los relatos casi instantáneos, que se centran en el núcleo de una anécdota, pero este posee morosidad narrativa y descriptiva. Y, además, se sostiene en un autobiografismo declarado en sus primeras líneas: nuestra autora, Carmen Barrios Corredera, cuenta por qué los comunistas encargaron a su madre, Carmen Corredera Gallego, que entrara en contacto con los jornaleros del algodón cordobeses y les convenciera de la necesidad de llevar a cabo una huelga. Al hilo de esta anécdota, Carmen Barrios refiere la historia militante de su madre en el Partido Comunista con una finalidad propagandística. Arrastrada la autora por este empeño, su escritura cae en la prosa informativa desaliñada. Así se ve en cómo presenta la situación española en vísperas de la victoria aliada en la gran guerra: “Y aunque es cierto que la herida estaba taponada y silenciada con la sangre de muchos muertos y el desastre permanecía muy fresco en la memoria de todos, no es menos cierto que el germen permanecía ahí y que el régimen ocultaba todos los hechos que podía para impedir que los anhelos de emancipación volvieran a brotar”.

"El firme impulso de hacer una literatura de denuncia y de concienciación social que mueve a Carmen Barrios anuncia la aparición de una escritora necesaria."

Destaco la impropiedad de este estilo burocrático para lograr una prosa narrativa eficiente porque ahí se refleja muy bien la tensión no resuelta en las piezas narrativas de Carmen Barrios. Por un lado está una apelación a decantar vivencias o noticias en materia literaria, en símbolos del dolor, la injusticia y el sojuzgamiento. Por otra, la instrumentalización de semejantes lacras a favor de una denuncia concreta y de una apología partidista. Cuando hace aquello, vuela con suficiente altura artística. Cuando se decanta por lo segundo, incurre en la propaganda militante. Ambas inclinaciones conviven en Rojas. Tendrá que meditar sobre estas pulsiones y resolver si quiere reducir su escritura a un discurso apologético, utilitario y simplificador o convertir el impulso ético que la mueve en creación artística suficientemente autónoma. Las mejores piezas del libro demuestran que está bien dotada para trasmitir su mensaje de solidaridad y protesta con imaginación y sensibilidad, y para ahondar en las experiencias humanas dolorosas con fuerza emocional.

RojasEl firme impulso de hacer una literatura de denuncia y de concienciación social que mueve a Carmen Barrios anuncia la aparición de una escritora necesaria porque nos pone ante el espejo que refleja realidades inaceptables de nuestro mundo. Lo será si decide atender sin anteojeras ni excusas las exigencias del arte.

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Autora: Carmen Barrios Corredera. Título: Rojas. Relatos de mujeres luchadoras. Editorial: Utopía libros. Venta: Amazon  y Casa del libro

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