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Nieve roja

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XLIV: NIEVE ROJA

Si algo le habían dejado claro desde que tenía memoria era el asunto de sus pocas luces. Su madre había sido la primera en notarlo, y también la más rauda a la hora de hacérselo saber. Su padre no perdía ocasión de recordárselo. Los hermanos fueron los únicos en no mencionarlo jamás, en mostrarle sincero afecto. Por desgracia, hacía ya años de su marcha.

—Pobrecita Silvanne… —musitaban los vecinos, cargados de falsa compasión, haciendo corrillos en la plaza—. Tan bonita como es y ha tenido que salir retardada.

—Al menos es dócil…

—Y trabaja como una mula…

—Sí, pero de todos modos… ha de ser una desgracia tener una hija así.

Porque ella era tonta, claro. De sobra lo sabía. Jamás, por mucho que se esforzara, lograba ser capaz de hilar cada uno de sus actos con sus consecuencias. Sencillamente, no comprendía por qué si olvidaba poner el cierre en la portilla del corral, las gallinas se desperdigaban más allá del calvero; por qué si salía a recoger margaritas y se distraía, la leche terminaba por hervir; por qué el ruano enfermaba si le daba agua fría nada más volver del plantío; por qué algo tan inocente como dejarse un postigo abierto y quedarse dormida, en lugar de vigilar la lumbre, terminó aquel infausto enero con su madre bajo tierra.

Había sido en vida una mujer hosca y fría, de caricias torpes y lengua de cuchillo. Con todo, jamás dudó en interponer sus carnes entre los hijos y el cinturón del padre, y, aunque solo fuera por eso, su descendencia la recordaría siempre con respeto. No fue suficiente. Tras la inesperada tragedia, la ya de por sí escasa felicidad de aquella casa se desvaneció. Los tres varones, altos, rubios, amables y risueños, abandonaron el mísero villorrio buscando mejor fortuna, sin mirar atrás. La única pena que les anegó los ojos fue la de dejar a la pequeña atrás. Aunque, como solía pensar ella con frecuencia, no les alcanzara el dolor para llevársela. La dejaron sola. Con él.

Pasaron los años, y Silvanne siguió sin comprender muchas cosas. Para ella, además de una eterna sucesión de desdichas y escarmientos, la vida era un enigma insondable de hechos, gestos y palabras que no tenían el menor sentido. No entendía las risas socarronas a su paso, las obscenidades que le mascullaban los braceros, la expresión siempre adusta y despectiva del sacerdote, el carácter cada vez más irascible de su padre. Se esforzaba en complacerle, en hacer las cosas bien. Pero, como si el pérfido influjo de una maldición se cerniera sobre ella, una y otra vez trastocaba las tareas, confundía un día con otro, dejaba sus labores a medias. Las horas se le embrollaban en la cabeza sin remedio y, o bien se la comían las prisas, o la dominaba una modorra insuperable. Nunca lograba que sus obligaciones estuvieran cumplidas a tiempo. Se aturullaba o se demoraba, fracasando invariable y estrepitosamente.

Cada grito, cada correazo en la espalda, era como morir un poco. Cada jornada discurría sumiéndola en el pánico, anticipándose sin poder evitarlo al error que le causaría un nuevo castigo. Silvanne no entendía que los correteos de los pollos o un poco de leche derramada justificaran las llagas en su piel. Tampoco hubiera osado discutirlo, ni mucho menos rebelarse. Y, definitivamente, no entendía por qué tras aquellas palizas brutales su padre se colaba en su jergón en plena noche, ni por qué le temía más entonces que cuando la molía golpes. No entendía la quemazón, ni la sensación de honda tristeza, de vergüenza, de asco y de rencor que le fue anidando en el pecho poco a poco.

Silvanne no era demasiado lista, eso sí que lo sabía. Cuando se le ensanchó la cintura tampoco entendió la razón, ni pudo adivinar la causa de sus mareos, su fatiga, o sus náuseas. Los vecinos sí que entendieron. Cundió el escándalo y el regocijo. La transformación de la joven se comentó con deleite, mientras se barajaban nombres y posibilidades. El padre tardó en darse cuenta. Para cuando le dio por levantar los ojos del vaso, la redondez de su hija era inequívoca. Nunca hubo tantos gritos, tantas patadas, tantos insultos. Nunca antes el sacerdote se había tomado la molestia de señalarla directamente a ella durante sus sermones, mientras docenas de miradas la recorrían con desdén e indignación. Silvanne nunca supo por qué.

No supo interpretar el súbito dolor de puñalada que le partió las entrañas en dos una mañana, mientras cepillaba al ruano en el establo. No entendió que su cuerpo se desbordara de repente, empapándole los pies con algo tibio y misterioso, ni el terror que la invadió entonces, llenándola de una determinación desconocida. Fue como un relámpago en medio de la oscuridad, una certeza que le sobrevino sin aviso. Sujetándose el vientre, caminó a trompicones hasta el gancho, cogió su gabán y se envolvió con él. Salvó como pudo la distancia hasta el bosque, vadeando el río y desapareciendo entre los árboles. Se alejó cuanto pudo, deteniéndose a coger aire, doblada en dos entre gemidos y sollozos, pero decidida a continuar. Cuando ya no pudo dar un paso más, se agarró al tronco nudoso de un roble y, con un alarido animal que espantó a los pájaros, dejó que aquella agonía la traspasara.

No entendió el prodigio de la sangre que cubrió la pálida nieve, ni mucho menos la aparición de aquella criatura diminuta, amoratada y berreante. Miró a un lado y a otro, sobrecogida, segura de que un disparate semejante debía ser, por fuerza, obra de las hadas y los trasgos. Sin pensar, se arrojó sobre el ser arrugado y lo cubrió con el manto, apretándolo contra su pecho. La embargó una emoción sobrenatural, un estallido de amor indescriptible. Y aquella convicción que sintiera con las primeras punzadas, cobró sentido. Debía irse. Debía huir. Debía proteger a la pequeña, alejarla de todo mal. De los chismorreos de los vecinos, de las huecas soflamas del cura, de las sucias bocas de los peones. De la falsa piedad, de las palabras amables que encerraban malicia, de las promesas mentirosas entre besuqueos repugnantes. De la furia del padre. De los secretos inmundos.

Cuando lograron encontrarla, habían pasado seis días. La historia corrió por toda la región con la velocidad de un incendio. Se comentaba en las tabernas, junto a las fuentes, por los caminos, a la salida de los oficios.

—Estaba como dormida. Tan guapa como la mismísima Virgen, Dios la tenga en su gloria…

—Ni las alimañas del bosque se atrevieron a mancillarla…

—Tenía a su hijita en brazos, el Señor les dé paz a sus pobres almas…

—Era inocente como el rocío…

—Sin una sombra de maldad…

—Tan hermosa… tan dulce siempre…

—Que el mismo diablo se lleve a los que tanto escarnio le hicieron…

—Gente sin corazón…

—Malditos sean todos ellos…

—Cuánta perversidad… qué tragedia…

Nadie lloró tanto como su padre. El cura le dedicó las palabras más tiernas y compasivas. Silvanne no habría entendido aquellos elogios, aquella repentina generosidad. Al fin y al cabo, nunca tuvo muchas luces, como siempre le dijeron todos.

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