El cotilleo alimenta el alma de una forma única, puesto que no solo suple una necesidad (la de sacarnos del aburrimiento), sino que además construye realidades que devoran la Verdad. Y es que la Verdad, con mayúscula, cuanto más jugosa, menos interés hay en revelarla, por lo que nace la duda, la pregunta sin respuesta, y es ahí cuando todos levantan la mano, preparados para compartir sus migajas de información:
Majareta, de Juan Manuel Gil, comienza tras un hecho que sacude a toda una comunidad: Leo Almada, el conserje del colegio, les ha hecho algo a los niños. ¿El qué? Ni idea. El autor, uno ficcional que no debe confundirse con el verdadero Juan Manuel Gil, ya lo ha leído en las noticias y no tiene necesidad de contarlo de nuevo, sino de descubrir algo más importante: ¿Por qué?
¿Por qué Leo Almada hizo lo que hizo? ¿Porque lo prejubilaron? ¿Porque estaba solo? ¿Porque está majareta?
Todo el mundo tiene su opinión y es gracias a sus testimonios (la forma culta de decir «rumores») que el autor poco a poco encuentra algo parecido a una respuesta. El problema está en que todos tienen una perspectiva distinta, no solo por el momento o las circunstancias compartidas con el conserje, sino también porque cada uno tiene un filtro imposible de ignorar (un enfermero que tiene poderes telepáticos no cuenta de la misma forma una anécdota que una estudiante de escritura creativa que siempre desea alcanzar el clímax de la historia). Por lo tanto, el autor no va a encontrar una respuesta fácilmente.
¿Lo bueno? El suceso ocurrió en Almería. Aunque Madrid sea tan grande que uno no se encuentra con su ex, en Almería las cosas son muy distintas. Si algo saben todos los almerienses es que Almería es un pañuelo, así que hay que tener cuidado con lo que se hace o se cuenta, porque podría llegar a tu jefe, a tu madre, a tu novio o a ese compañero de clase al que nunca le caíste bien.
Página a página, los chismes sobre el conserje nos absorben como lectores, y pronto descubrimos que hay mentirosos con intenciones ocultas. Este descubrimiento, la prueba de que hay quien quiere mantener aislado al «loco» en lugar de comprenderlo, muestra que Majareta no es solo diversión y chismorreo, sino también una reflexión, o, más bien, una lucha entre lo inventado y lo vivido.
El cotilleo, por muy placentero que sea, produce una serie de consecuencias que uno no siempre tiene en cuenta. Un rumor puede aislar a la víctima de su propio barrio, señalarla a la vez que la invisibiliza. Puede normalizar lo reprochable y enterrar una verdad que cuesta la vida.
Majareta equilibra el amor a lo oral y el ruido que provoca cuando se necesita silencio. Aunque todos los testimonios sean necesarios para descubrir la historia del conserje, es el silencio del autor el que permite que todas las voces tengan su espacio en la novela. Él escucha, ordena y escribe parte de la vida del conserje mostrando cuánta paja había que quitar y, al mismo tiempo, respetando su existencia. El autor, el de la ficción de Majareta, no mira por encima del hombro a todos los que se prestan a dar su versión, sino que les ofrece su ávida curiosidad. Él no juzga, ese trabajo nos lo deja a nosotros, solo recoge cuentos como los Hermanos Grimm para conocer, en esta ocasión, a un personaje que ya roza lo mitológico: el conserje.
No voy a desvelar si el autor de la ficción alcanza su objetivo, pero sí que su curiosidad da sus frutos y nos lleva a caminos inesperados. El relato del conserje sirve como punto de encuentro de otras muchas historias que empezaron antes que él y que siguen después de lo que le hizo a los niños a través de los rumores, los chismes y el boca a boca. Juan Manuel Gil consigue halagar y criticar a los correveidiles de una forma única y amistosa, además de recordarnos que hay que tener cuidado, pues no todo cotilleo es inofensivo y todos arrastramos unos cuantos.
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Autor: Juan Manuel Gil. Título: Majareta. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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