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No se ve, pero está ahí

No se ve, pero está ahí

El pasado, las figuras ocultas y los vínculos familiares protagonizan la cuarta entrega de Mi vida por delante, la sección de textos publicados en Instagram por Emili Albi.

No se ve, pero está ahí. Agazapada entre los significados. Son solo dos elementos: apenas una línea curva y la silueta alada de un animal. De tan parco casi recuerda a una obra de Miró. Contiene su mismo anhelo de reducción, su aspiración brutal de sintetizar al máximo el mundo y sus significados. Un color plano, figuras geométricas, formas elementales que concuerdan con la imperfección de la realidad. Es ferozmente idealista. Obstinadamente platónica.

No es más que una paloma que se ha posado en una farola, pero esta simple imagen contiene tantos significados… funciona como conector y nombrador de tanto… Remite a la soledad y a la libertad y al recogimiento. A lo urbano, quizá en algún caso a la infancia, puede que a la tristeza. Remite a tantas cosas, en verdad, como espectadores tenga. También contiene asfalto, y enfermedad, y costumbrismo y también todo lo contrario. Y ciudad. Y humildad. Y desinterés. Porque al fin y al cabo solo es una paloma, una farola y el cielo azul.

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La cantidad de historias que pueden caber en dos siluetas… y que jamás serán contadas.

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¿Sabéis esa sensación cuando en el mes de octubre o noviembre os ponéis un pantalón o un jersey que hacía tiempo no usabais y, al meter la mano en uno de los bolsillos, las yemas de vuestros dedos se encuentran con unos granos de arena de playa, de esa playa ya olvidada? ¿Esa sensación? ¿Esa que os transporta por un instante al mes de agosto, a la paz de los cuerpos bajo el sol, del peso muerto sobre la toalla, del murmullo de las olas, de la lejana resaca que os hacía gravitar hacia la profundidad insondable del mar o del océano? ¿Esa luz? ¿Ese calor?

Pues eso es lo que me pasa a veces a mí al llegar al trabajo después de dejar a los niños en el colegio. Que meto la mano en el bolsillo et voilà, la tele en miniatura de Inés, el chupete de Belén, el casco del playmobil de Guillem… y en un instante, en un instante mágico, vuelvo a ellos.

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Él fue quien me enseñó a mirar el mar. En realidad a lo que me enseñó fue a pescar. Pero pescar es, en realidad, mirar el mar. Mi enamoramiento con la pesca fue un proceso largo. Primero me oponía, prefería la piscina o la playa a aquellas cajas de cartón llenas de gusanos y a esos peces dolientes. Pero poco a poco, la afición creció en mí, y mi tío la fue alimentando. Me compró una caña pequeña para mi estatura infantil; una cajita de aparejos que era como la suya (qué cambalache de hierros oxidados y torcidos…) pero en miniatura; una silla de tijera, pequeña también… Pasábamos horas mi tío y yo delante del mar, sentados en la escollera. Con el tiempo, hasta llegué a jugar con los gusanos, me encantaban los del norte, rojizos y largos, me producían más repugnancia los coreanos, deslavados y gruesos. Ambos tipos, sin embargo, olían a sal y ambos eran ensartados igualmente en los anzuelos. Luego mirábamos el suro que se balanceaba en las olas, que subía y bajaba siguiendo el ritmo marino. Era una danza hipnótica. Hasta que se hundía y podía ver lo invisible. El milagro. Asía la caña por el mango y la elevaba. La tensión siguiente era magia pura. Luchaba contra una fuerza ignota y al mismo tiempo muy esperada, que surgía de la profundidad azul de aquel abismo.

Pescar es mirar el mar. Y fue mi tío quien me enseñó. Me enseñó sin palabras, que es como se aprenden las cosas importantes. Con mi tío aprendí que los vínculos más fuertes, más que sobre palabras, se construyen sobre el silencio. «No me hables. Quiero estar contigo», dejó escrito el poeta Antonio Porchia.

Sobre ese silencio he querido, y quiero.

Entendí con él, mirándolo, que es el mar quien nos tiende cebos y no al revés. Y que en su baile narcótico se vierte la mirada humana y que el agua apresa, a través de hilos invisibles, la angustia, el dolor, nuestros males más profundos. De eso se nutre el mar.

En la foto mi tío está pintando en un A4 normal, con las acuarelas de un maletín de la Patrulla Canina de Guillem. Cuando me acerqué me encontré con la marina que muestra la segunda foto. Y pensé que no hay que estar enfrente del mar para poder mirarlo.

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Hoy, en vez de meterme en Spotify, Instagram, YouTube, Facebook y Twitter, he estado poniendo discos de Aute, de Silvio y de Serrat, también alguna canción suelta de Pablo Milanés, de Sabina, de Battiato o de Llach. Y, además de hacer un viaje al pasado, he experimentado una revelación, algo que todos sospechábamos, pero que nadie decía: nos han engañado. No necesitábamos nada de esto. Todo estaba bien como estaba: escuchar nuestros discos en casa, tocar las canciones a la guitarra con un amigo, escribir un poema, compartirlo, dejarlo en un cajón, ir al cine, tomar una caña después… hablar de «Invisible», de «Mojándolo todo», de «Unicornio azul», de «Señora», de Yolanda, de Comala, de Región, de Macondo, de Yoknapatawpha… ir al Libertad 8, enrollarnos en un portal, echar una pachanga, echarnos unos vicios… hablar con nuestros padres de política, hablar con nuestros abuelos de la guerra, y de política. Salir de fiesta sin haber quedado con nadie y encontrarte con todos. Compartir cigarros. Pasarnos pelis grabadas en VHS directamente de la tele y regalarnos cintas de varios. Comprar ropa en el rastro. Escribir cartas. Esperar cartas. Pasarnos libros. Celebrar los goles.

Nos han mentido. Las redes sociales no eran necesarias. No había que inventarlas. Ya las teníamos. Y eran nuestras. No de otros. Y eran gratis.

Todo estaba bien. Todo.

Ahora… no lo sé.

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Lilas de casa de mis padres. Lástima que no podáis olerlas.

«—Viene de pronto
Como una aurora inesperada, y como
A la primera luz de primavera
De flor se cubren las amables lilas…».

Esto decía José Martí en 1882. Y a eso siguen oliendo las lilas: «a la primera luz de primavera». Aunque este año la primavera florezca en los vasos.

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¿Qué habrá tras aquella puerta que casi tapan los cubos de basura y las cajas de cartón? ¿Qué sucederá cada mañana al otro lado de ese escaparate que dejó de exhibir muestras de bordados y pasó a ser una confusión de carteles (el Gran Circo Mundial, restauración de muebles, reforma de locales…)?

La señora Concha, que entraba cada día a las 9 sonriente y feliz con sus kilitos de más, hace años que no existe. Sin embargo, la oquedad oscura y solitaria la recrea cada día mientras deja su bolso y su abrigo en el perchero, y toma asiento dispuesta a coser iniciales mayúsculas de tipo inglesa en camisas de señor. A., F., R., M., J., S… siempre en el pecho izquierdo, a la altura de la segunda costilla, a un cuarto de pulgada. En hilo negro, o marino o marengo.

También el señor Antonio, con su sempiterno cigarrillo negro colgando de la boca, se aparece cada día, y se sienta en su escritorio con el ABC y se indigna en susurros al leer los titulares. Y se acaricia el mentón rasurado al repasar con cuidado las esquelas. Y se limpia la ceniza de la corbata.

Y Miguelín, el mozo. Y Carmen, la secretaria. Y la niña, Amparín, que vino de Castellón para aprender el oficio con su tía Concha, y se ve con Ramiro, un galán canalla de Tetuán de las Victorias.

Y ahí está, la tienda en ruinas anclada en lo pretérito. Abstraída del tiempo tras cuatro grafitis y un collage de pósteres, y un propietario que murió sin herederos antes de traspasar el local. Suspendida en la inactividad. En la nada. En un universo inexistente. Recreando sin parar un día cualquiera de los años 60, ignorante de que solo Amparín vive, aunque por poco tiempo, en una residencia de la tercera edad de Burriana, a tantos kilómetros y años de su tía Concha, de Miguelín o de Ramiro, (que la dejó finalmente por una niña bien de Chamberí), que ya ni recuerda los tonos de sus voces, ni sus formas de mirar.

Yo fotografío su silencio. Su pena. Su abandono.

Y ella, agradecida, me aleja del presente.

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