Una biografía de Verónica Forqué escrita a seis manos
Verónica Forqué fue una de las actrices más relevantes de las últimas décadas en España, tanto en el teatro como en el cine y la televisión. Precursora de las transformaciones culturales de este país, trabajó con algunos de los más importantes directores de cine (Almodóvar, Saura, Forqué, Berlanga, Colomo, Trueba, Oristrell, Camus, Martín Patino, Gómez Pereira, Iborra, Trueba o Kubrick) y de teatro (Víctor García, José Luis Alonso, José Luis Gómez o Miguel Narros), acercándose también a una generación posterior formada por jóvenes y talentosos directores y escritores teatrales (Alfredo Sanzol, Laila Ripoll, Julián Fuentes, David Serrano, Carlota Ferrer o José Manuel Mora). Dio vida a dos de los títulos más emblemáticos de la historia de nuestro teatro, que son ya clásicos: Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos, y Ay, Carmela, de José Sánchis Sinisterra. Además de actriz incursionó en la dirección teatral y, siempre inquieta, generó sus propios proyectos para el teatro y la televisión. Sus créditos, tanto en uno como en otro medio, son impresionantes. Poseía un gran talento cómico, pero también se encontraba muy dotada para el drama. Desde sus primeros trabajos demostró un instinto nato para dotar de vida, belleza y verdad las líneas que cualquiera hubiera escrito. No en vano, siempre ponía lo mejor de sí misma y era una trabajadora incansable. La primera vez que pisó un escenario profesionalmente, siendo una pipiola, compartió la escena con Héctor Alterio y con Nuria Espert. Posteriormente se pateó los escenarios teatrales de España de arriba abajo, en interminables giras en autobús que la llevaban por carreteras secundarias de un gran teatro a una casa provincial, de un auditorio a una residencia de ancianos. Daba igual en qué condiciones. Era perfeccionista y ambiciosa y, sobre todo, amaba el teatro. El escenario era, extrañamente, el lugar del mundo en el que se sentía más segura. Le encantaba hacer reír y trataba desesperadamente de llevar un poco de felicidad allí donde fuera. Pero, al mismo tiempo, también buceaba incansablemente en su interior y procuraba alcanzar la sabiduría: la paciencia, el amor y la bondad, encontrando algunas respuestas en la disciplina de la meditación y el estudio. Era una gran lectora. A su favor tenía el haber nacido en una familia de extraordinarios artistas: su padre, José María Forqué, es uno de los nombres esenciales de la historia del cine español (con casi cincuenta películas, algunas de las cuales son ya clásicos del cine); su madre, Carmen Vázquez-Vigo, escritora, obtuvo el premio nacional de literatura infantil y juvenil; su abuelo, José Vázquez-Vigo, fue compositor de bandas sonoras y canciones (Carlos Gardel interpretó algunas de ellas); su hermano, Álvaro, director de cine (tanto de largometrajes como de documentales) y su marido, Manuel Iborra, un relevante director de cine y televisión y productor. Precisamente con él creo la iconoclasta e icónica serie Pepa y Pepe. No obstante, le tocó vivir la adolescencia y la juventud en un clima político y social asfixiante, muy especialmente para las mujeres, que tenían cercenados muchos de sus derechos elementales. Ella, desde su adolescencia, vivió con eso y se rebeló contra eso.
Este libro habla de todo ello de un modo muy especial: a través de la voz de su única hija, María, y a través de sus diarios, donde, como una especie de bildungroman, una novela de aprendizaje, asistimos al nacimiento de una entrega y una vocación mayúsculas. A pesar de ser un diario, escrito con el descuido propio de estos, en algunas páginas muestra un aliento narrativo nada común. Cuando le llegaba un guion reescribía escenas y proponía cambios, que los directores solían aceptar de buena gana. Por ejemplo, la frase “yo lo que quiero es ayudar a los demás”, que tan bien la define, aparece dicha en los labios de todos sus personajes como una especie de leit motiv de su existencia, a la manera del imperio austrohúngaro de las películas de Berlanga. El libro habla de todo eso. Siguiendo un orden cronológico nos adentramos en sus antecedentes familiares, una familia que tanto han marcado la historia cultural de España; por su soñadora infancia y su turbulenta adolescencia en medio del opresivo clima de la dictadura franquista; sus inicios como actriz; su primer noviazgo; sus primeros papeles en cine y sus agotadoras batallas teatrales; su matrimonio; el desarrollo de su espiritualidad, de raigambre oriental; sus logros artísticos y el éxito profesional en el teatro, el cine y la televisión; la desesperada búsqueda de la maternidad; su especialísima y genuina relación con su hija y las dolorosas muertes, pérdidas y separaciones que fueron sucediéndose.
Ella era, exactamente, como la recuerda todo el mundo: pura luz. Tenía el arte de hacerte sentir bien. Ponía el alma en ello. Hasta que las cosas, como todo el mundo vio, empezaron a torcerse de un modo inesperado. Así que, este libro, no elude temas que nos tocan profundamente como sociedad: el estigma de la enfermedad mental, el abuso de sustancias o el miserable acoso mediático, fraguado desde el anonimato de las redes sociales e, incluso, desde el periodismo amarillista y despiadado, interesado en acrecentar el dolor y la vulnerabilidad de los que, por una circunstancia u otra, se muestran frágiles antes los demás. Es ese un espectáculo que muestra, sin duda, lo peor de nosotros mismos, como sociedad y como individuos. Y, lamentablemente, al parecer, no nos cansamos de ello. En público nos llenamos de grande palabras y supuestos ideales, pero a la hora de la verdad nos complacemos con la debilidad ajena.
Cualquiera que haya perdido a sus padres sabe cómo hay algo profundo que se desgarra en nuestro interior para siempre y que nos hace preguntarnos si no hubiéramos podido ser mejores hijos o hijas. Ese duelo y esa pregunta los plantea María con sinceridad, valentía y profundidad. El libro —sí— también trata de eso. De cómo nos levantamos cuando todo nuestro mundo ha sido aniquilado por completo. Por todo ello ruego a esos comentaristas de las redes y la prensa que, por Dios, comprendan que para sobrevivir no es necesario zaherir y destruir al otro y que, en último caso, viertan su hiel en otro sitio y aplaquen sus frustraciones con alcohol, helado de chocolate o lo que tengan más a mano.
Decía Óscar Wilde —un autor que le gustaba especialmente a Verónica— que todo lo que se comprende está bien. Sin embargo, nos pongamos como nos pongamos, siempre hay algo que se nos escapa. El misterio de una vida nunca se agota del todo, por muchas vueltas que le demos y por mucho que nos esforcemos. Pese a todo, tengo la confianza de que al lector que se acerque a estas páginas le resultará sencillo y natural reconocerse en esa necesidad de querer y ser querido, en esa necesidad de trascender el tiempo y en esa gratitud que Verónica Forqué sintió siempre por el raro privilegio de estar vivos.
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A continuación reproducimos el primer capítulo de No soy Verónica Forqué (Vergara), de Antonio Álamo y María Iborra Forqué.
Mi madre era un ángel, pero también tenía un demonio. Lo que más llegaba a la gente, por supuesto, era lo primero: su luz, su sonrisa, sus ojos azules, chispeantes y llenos de vida, y su generosidad, que se expresaba en un continuo anhelo de querer agradar a los demás, o sea, su inconmensurable talento para tratar a todos con respeto, cariño y dulzura. Esa era mi madre. Pero también había en ella una inclinación hacia lo oscuro, hacia lo inquietante, como si deseara ponerse a prueba y romper con todos los límites y convenciones. Ese era el demonio que la poseía o, mejor dicho, que se escondía en algún lugar de su alma. Era un espíritu burlón, rebelde y, como se vio, un poco peligroso.
Ella siempre convivió con ambos: con el ángel y con el demonio. A lo mejor podría parecer que, al final, este último ganó la partida. Pero yo creo que no fue así. Porque ella era las dos cosas al mismo tiempo. Y tal vez no podría entenderse una sin la otra.
Gracias a esa dualidad fue la mejor madre del mundo.
Gracias a esa dualidad fue una de las actrices más reconocidas de los últimos cincuenta años, con la que miles de personas (tal vez millones) pudieron reír y llorar a través de los sueños que se proyectaron en las pantallas de cine y en los escenarios de los teatros.
Y gracias a ella yo también… Yo también reí, lloré y, sobre todo, aprendí.
Gracias, mamá.
1. TODO EL MUNDO TIENE SU PROPIO PAÍS DE LAS HADAS
A mi madre, en alguna ocasión, le ofrecieron que escribiera su autobiografía. Debieron de pensar que, con una carrera tan intensa como la suya y, sobre todo, con tanta gente como había conocido, podría despertar interés. Pero nunca llegó a hacerlo, pese a que ella misma era muy aficionada a las biografías, especialmente a la de los actores y actrices que le gustaban, y a asomar la cabeza en sus vidas y en sus carreras profesionales, con sus sombras y sus luces. Y esto que estás leyendo, a su manera, es una biografía, ¿no? ¿Lo es? No estoy segura. Sea como sea, será parcial, muy parcial, por supuesto. Ninguna vida cabe en cien ni doscientos ni tres mil folios.
Yo, en cambio, he aceptado la oferta. Es algo que sé que tengo que hacer, aunque yo no lo haya planificado. Y es que siento como si… Como si mi madre lo hubiera dispuesto todo para que lo haga. Sé que a ella le gustaría, y creo –espero, confío, deseo, anhelo– que también les gustará a quienes disfrutaron con su presencia y su trabajo, y a los que la querían y amaban. Que esta sea como su última película o como su última obra de teatro, con sus canciones, bromas y momentos dramáticos: “No soy Verónica Forqué”.
Me parece que si mi madre hubiera escrito esas memorias que no llegó a escribir empezaría con… Mary Poppins. Sí, así empezaría.
Cuando ella tenía unos diez años, vio esa famosa película de Walt Disney y fue como si un torbellino se le metiera dentro; fue como si el mundo, repentinamente, tuviera sentido: acababa de descubrir la razón de ser de su existencia. Desde entonces tuvo claro lo que quería ser por encima de cualquier otra cosa: actriz.
La película está basada en un clásico de la literatura infantil. La autora del mismo, australiana, se llamaba Pamela Lyndon Travers y se llevó a matar con Walt Disney. Ella se había imaginado una institutriz más severa que la de la película. Tampoco le gustó que hubiera canciones, ni coreografías, ni que las personas se mezclaran con los dibujos animados. Esto último le pareció especialmente detestable. Pero a mi madre, en cambio, le encantó. Le encantó todo. Las canciones, las coreografías, los dibujos animados y, por supuesto, el personaje. La hechizó. Vio esa película y deseó vivamente ser Mary Poppins, y lo más parecido a ser Mary Poppins —bueno, lo único que estaba a su alcance— era ser Julie Andrews, que era la actriz protagonista. No me extraña en absoluto que le causara esa fascinación. Es una película llena de magia, optimismo y bondad y, además, ¡Mary Poppins se parece tanto a ella!
Todo comienza cuando Mary Poppins, que se diría un personaje sacado de uno de los cuadros surrealistas de René Magritte, llega a casa de los Banks arrastrada por el viento del este, sujeta a un paraguas (cuyo mango es un loro que habla), volando entre los tejados de Londres, y, tras conseguir el puesto de institutriz en la familia, convierte esa casa en una especie de manicomio, con sus canciones y trucos de magia, pero también acaba siendo una especie de maestra espiritual. A los niños les enseña que una tarea aparentemente rutinaria, como recoger el cuarto, puede convertirse en un juego, porque al final todo depende del punto de vista que adoptemos.
Desde el mismo momento en el que Mary Poppins pisa la casa de los Banks empiezan a suceder cosas maravillosas. Para ella es posible hablar con los perros, y también es capaz de meterse dentro de un dibujo pintado a tiza en el suelo.
Mary Poppins enseña a los niños –y esa es tal vez su principal lección– que no hay nada más importante que la alegría. Pero el señor Banks, que trabaja en un banco, no cree en ella, o no totalmente. O, en cualquier caso, piensa que el decoro siempre es preferible a la alegría, y, por encima del decoro, el orden y el dinero. Es un hombre que tiene las cosas muy claras; un hombre que siempre sabe qué decir. Cuando Mary Poppins lleva la locura y el caos a la casa de los Banks, el pobre hombre empieza a desequilibrarse. Para ella la vida es un juego, y ser feliz un mero truco.
—Preocupándote por todo, no adelantas nada —dice Mary Poppins.
La magia es sencilla y cualquier cosa puede suceder; aún más, lo inesperado es eso que siempre está a punto de ocurrir. Una chimenea llena de hollín puede ser una puerta de entrada a otro mundo, y un par de peniques pueden llegar a quebrar un banco. Y también les enseña que no hay nada malo en no saber qué decir, y que cuando una no sabe qué decir, existe una palabra mágica, una especie de conjuro, que puede sacarnos del atolladero: supercalifragilísticoexpialidoso.
Parece una tontería, pero no, no lo es.
En cualquier caso, Mary Poppins —y esa es la parte triste de la historia— solo se quedará en casa de los Banks hasta que cambie el viento.
El viento que vino del este la trajo, y el viento que vino del oeste se la llevará. Del este al oeste, del amanecer al ocaso.
Igual que mi madre.
Bueno, igual que todos.
Creo que cuando me quede sin palabras, cuando no sepa cómo continuar este libro, me acordaré de Mary Poppins y diré supercalifragilísticoexpialidoso, y luego me quedaré esperando a que algo mágico suceda.
¿Acaso no sabíais que todo el mundo tiene su propio país de las hadas?
El mío fue mi madre.
Mi madre, como Mary Poppins, era super maniática con el orden y la limpieza (aunque de adolescente era más bien lo contrario); mi madre hacía magia, como Mary Poppins; a mi madre le gustaba cantar, bailar, reír y hacer el payaso, como a Mary Poppins; mi madre, como Mary Poppins, tenía un profundo deseo de ayudar a los demás, y lo que mejor le salía era la alegría y la bondad.
Yo creo que ella, de niña, a su manera, decidió convertirse en Mary Poppins, y lo fue casi hasta el final.
Antes dije que ninguna vida cabe en cien ni doscientos ni un millar de folios, pero, de alguna forma, puede encontrar su acomodo en un cuento, así que me gustaría que este libro fuera un poco como un cuento, porque, aunque es verdad que la vida es algo más que un cuento —un cuento narrado por un idiota, según decía Shakespeare—, estos tienen siempre una chispa de sabiduría, que tanta falta nos hace.
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Autor: Antonio Álamo y María Iborra Forqué. Título: No soy Verónica Forqué. Editorial: Vergara. Venta: Todostuslibros.






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