La llegada de dos nuevos residentes transforma el ánimo de un pueblo balneario de Punta Brava al poner de frente los aires frescos procedentes de la Capital y las viejas costumbres. Este argumento, aparentemente sencillo, conforma la primera novela de Rafael Coiro Font.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Nuestro consuelo (Comba), de Rafael Coiro Font.
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1
Nadie llega al pueblo y es bienvenido. Nadie es bien recibido. Ni siquiera si tiene amigos, ni siquiera si tiene dinero, ni siquiera si da trabajo. Lo comerán la desconfianza y la envidia. Nuestra desconfianza y nuestra envidia. Yo no las padezco, pero las comprendo. La mayoría de los que vienen son impresentables, y los que llegan para quedarse son los peores. Escapan de las grandes ciudades, ahora también de Europa, de Estados Unidos, donde ya es imposible vivir, dicen, ya no hay calidad de vida. Y todos traen esos aires de grandeza, de superioridad, de saberlo todo, de ser mejores. Nos tratan como si fuéramos indios todavía, idiotas perdidos que apenas saben por dónde sale el sol. Hay que aguantarles eso. Hay que aguantarles las fantasías que tienen de cambiar de vida, de conectar con la naturaleza, de la energía positiva, de hablar con los árboles y todas esas historias. ¿Qué es ese cuento de cambiar de vida? La vida es una, y bastante dura casi siempre. Ya nos acostumbramos a encontrar tarados hablándole a la luna, bañándose desnudos en el mar al amanecer, abrazando a los pinos con los ojos cerrados. Después no hay manera de quitarse la resina.
2
Es verdad que Esteban Alberdi no tenía esas ideas, ni llegaba con esa actitud. Hay que reconocer que no parecía de la Capital. Era un tipo bastante tranquilo, de perfil bajo, apenas se lo escuchaba.
Al principio lo respetaba, enseguida me dio trabajo. La de mierda que se dijo de él en el bar de Benito, en el nuevo café de Agustina, en el Club Náutico y, me imagino, en el Hotel Punta Brava. Todo el tiempo haciendo bolas de nieve con historias más o menos inventadas: que en la Capital era un vago que estafó a su familia y se quedó con la casa del abuelo de herencia, que las esculturas que vendía a los ricachones eran un espanto, que eran un plagio y que su taller una tapadera.
Sobre hilos muy finos se pueden tejer las historias de las personas, y de Esteban Alberdi se tejieron telares enteros. Creo que él nunca fue muy consciente de lo que se decía, o no le importaba y podía vivir con ello. Es condición para quedarse.
3
Necesitaba ayuda para instalarse. Nos tomamos una cerveza para hablar del trabajo. Éramos de mundos muy distintos. Esteban era soltero, lo de tener una familia no pasaba por su cabeza. Yo llevo con la misma mujer toda la vida. Para debutar me llevaron al prostíbulo de Casares, pero la verdad es que no pude. La puta me dijo que no me preocupara, que ella no decía nada.
Era una gorda buena, bastante fea. Todavía me acuerdo de su cara. Sólo se lo dije a Sasa, por supuesto. A los dieciséis, más o menos, conocí a Sandra. Bueno, ya la conocía de toda la vida, de vista, del pueblo. Salimos un tiempo, dábamos vueltas con el ciclomotor, y cuando la llevé a nuestro escondite, la Chevrolet abandonada, a la primera quedó embarazada. Nos casamos rápido y construí la casa con tres ladrillos al costado de la casa de sus padres. Después tuvimos dos más. Y así vamos. Si no estoy yo de mal humor, es ella la que no se aguanta. «Lautaro no empieces», me dice. Y yo me quedo manso, no digo nada. O me levanto y me voy. Creo que eso es lo que nos salva. Ella me aguanta. Yo también. Es una buena mujer y una buena madre. Además, tiene ese don, predice las tragedias.
Eso es lo que hacemos los que nacemos acá: formar una familia. Con alguna que otra excepción, Sasa y dos o tres ermitaños más que se dedican a la bebida desde el otoño hasta bien entrada la primavera y que cada año van a peor. En cambio, los que llegan de afuera, como Esteban, sólo piensan en ellos. No les preocupa estar solos y envejecer solos. Me parece que ni piensan en envejecer, ni dónde estarán para entonces. Nosotros nunca saldremos de Punta Brava, lo tenemos claro. Tiene que haber una guerra civil o un maremoto para que nos echen de acá. Y ni siquiera eso. Ellos en cambio hablan de calidad de vida, de disfrutar, de negociar esto o aquello y no sé cuántas cosas más que escuché en boca de Paula Puig por primera vez.
4
Paula Puig fue de las primeras en llegar con este cuento hace unos años. Dicen que trabajaba en una gran empresa en Barcelona y que se cansó y se vino para acá y se compró uno de los mejores lotes de Punta Brava. Se construyó una casa ecológica, cosa que tampoco habíamos escuchado nunca, luego de volver loco al arquitecto y a los albañiles. Enseguida se mudó y yo le hice el jardín. No como yo sabía, sino como ella me dijo que lo hiciera. También me enloqueció. No parecía una mujer, era otra cosa. Paula Puig era hermosa, inteligente, delicada. «¡Ha llegado en un cometa!», decía Federico. Yo nomás había hablado con mi mujer, con sus primas y con las viejas del pueblo. Parecía de otro planeta. Y todo lo que me decía, además de que usaba otras palabras para hablar, me entraba por un oído y me salía por el otro. Me quedaba hipnotizado y no atendía. Hasta que un día me pegó una bronca y me dijo que si no la entendía contrataba a otro. Entonces reaccioné. El jardín le quedó estupendo. Pero nomás la ayudé a montarlo, hice un poco de mantenimiento y enseguida se quiso ocupar ella. Pensé que era porque la había cagado, me había equivocado, o que era de tacaña, que quería ahorrarse el dinero. Pero no, me dijo que le hacía bien trabajar el jardín, que lo hacía como terapia. ¡Como terapia! Para nosotros era una condena. Con lo que crece el pasto acá, que si no es con un caballo que se coma la hierba no hay manera de mantenerlo. Y ella como terapia. Era de otro mundo. Mientras trabajaba en su casa la escuchaba hablar por teléfono con sus amigas de Barcelona. Se reía estirada en la hamaca paraguaya que había colgado en los arcos del porche. De lejos parecía flotar en el aire y a mí me parecía más una muñeca que una mujer. Nunca había visto una hermosura tan delicada. La de veces que Sandra me insultó por decírselo. Pero con ella siempre fui correcto. Soy ignorante, pero siempre supe que no era una mujer para mí.
Estaba claro, era una mujer para Leandro Heredia, el niño rico del pueblo, el que cuando la vio por primera vez, recién llegada, hablando con el arquitecto sobre el terreno, no fue capaz de disimular su flechazo y giró ciento ochenta grados su Land Rover para volver a pasar por el terreno y saludar, sin bajarse, agachando apenas la cabeza en un gesto galante, a la nueva vecina del pueblo; el que a los pocos días la invitó a su hotel, el Hotel Punta Brava, a tomar unas copas en la barra del bar —al que ninguno de nosotros podía ir—; el que la llevó a conocer Punta Brava —las playas, las dunas, los barrancos y los bosques— y le mostró sus campos y sus caballos, sus rifles y escopetas que, supimos, la aterrorizaron, según contó el propio Leandro Heredia en alguna borrachera posterior; el que, cuando su cortejo de bienvenida y sus funciones de guía se fueron a la mierda, es decir, cuando afloraron sus verdaderos motivos —nunca se le dio bien la espera, la paciencia— y se encontró con una distancia inesperada, desconocida, no tuvo piedad en sacarle punta, en insultarla de pies a cabeza, lleno de odio y frustración.
5
Nadie se atreve a preguntar, pero no duró nada el cortejo. Por más que fuera un niño bien, el único que tenía la capacidad de agasajarla con su riqueza, su hotel, sus lujos y sus campos; por más que Leandro Heredia hubiese estudiado en Estados Unidos y luego en Europa, metiéndose, parece, en líos de drogas y mujeres y violencia, tirando de la infinita cuenta corriente de su padre y mintiendo siempre sobre la evolución de sus estudios de administración de empresas, Leandro Heredia nunca tuvo clase ni estilo alguno, no dejaba de ser un salvaje, como nosotros, incapaz de comprender la sensibilidad de Paula Puig, incapaz de compartir un momento romántico, alguna inquietud en común; él, que nació asesinando a su madre, como decían las viejas del pueblo, Leandro, una mala bestia criada entre peones, acostumbrado al cuero, la sangre, el grito y la imposición.
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Autor: Rafael Coiro Font. Título: Nuestro consuelo. Editorial: Comba. Venta: Todostuslibros.


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