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¡Oh capitán, mi capitán!

¡Oh capitán, mi capitán!

La Odisea es un viaje improbable

Juan Rigo Morey, mallorquín de nacimiento, se ganaba la vida como profesor de historia en un instituto de Barcelona y aprovechaba los veranos para salir a navegar. En aquellos meses estivales a veces escribía cosas del mar sintiendo que dejaba algo de sí mismo cuando el otoño le obligaba a volver a tierra, donde el mundo se tornaba de repente una acumulación de cosas superfluas.

Pero cantan los aedos que fortis fortuna adiuvat, así que un cambio en los planes de estudios y la posibilidad de poder ejercer a tiempo completo como periodista náutico fueron la señal que Juan esperaba para sacudirse el polvo de sus sandalias y embarcarse, junto a Isabelle Moureau, su compañera de 30 años (tristemente fallecida en 2013), sin mirar atrás. Nacía así el capitán Rigo y una vida que se movía a bordo de diferentes barcos, aunque en este sentido sus dos grandes amores se definen con claridad: el Obsession, un Orque 6’90 con el que recorrió todo el Mediterráneo desde 1985 hasta 1994 y el Odyssée, un Feeling 10’40 a bordo del cual se especializó en las islas griegas y donde se fue conformando Cuaderno de islas, el libro que vino a presentar a Madrid en la librería náutica Robinson hace ya unos meses.

Aquella tarde primaveral hacía frío de invierno en la capital, y por eso las fotos de este reportaje (hechas por Jeosm, que también iba abrigadísimo) parecen anacrónicas. Sin embargo, este Cuaderno de islas y esta entrevista con el capitán Rigo deben ser leídos ahora, en los meses estivales, cuando la luz desgarradora del mediodía hace desear más que nunca estar cerca de ese Mediterráneo nuestro que tan bien encarna la memoria del hombre sediento de héroes y de libros.

—¿Es posible disfrutar del Mediterráneo sin haber leído a Homero?

—Buena pregunta, para empezar… ¡Uf! (sonríe) Creo que es fundamental. Yo, debo decir, soy más de la Odisea que de la Ilíada, y sí, creo que es un libro que debes llevar a bordo de un barco o de una vida y pillarlo a ratos, cuando sea, aunque si es posible, que sea por la mañana, desayunando con la aurora de rosados dedos.

"Ítaca es un símbolo, pero a la vez es real y es también el testigo de la memoria de la antigüedad"

—¿Qué huellas deja Homero en tu manera de mirar y de escribir?

—La tradición oral, el mito, los relatos, la manera de contar las cosas, de hacerlas próximas y a la vez… ¿cómo decirte? Aprendo de él cada día delante del portátil a recrear un mundo que sigue existiendo… Por ejemplo, cada vez que regreso a Ítaca (prácticamente cada verano) y me siento a escribir, lo hago desde la realidad, no desde la imagen de parque temático en que poco a poco se está convirtiendo el Mediterráneo. Ítaca es un símbolo, pero a la vez es real y es también el testigo de la memoria de la antigüedad; de la inquietud de aquel hombre deseoso de conocer un mundo aún joven que podía explicarse mediante la fórmula aparentemente sencilla de temer y amar al mar a partes iguales.

—¿Por qué de todos los mares que conforman el Mediterráneo eliges precisamente el mar Jónico?

—Yo soy mallorquín y pertenezco a esa generación de niños soñadores con poca televisión y muchos libros. El puerto era mi puerta a la aventura y cuando decidí, ya de adulto, que el mar sería mi forma de vida y mi segunda casa, el Jónico se presentó ante mí con la fuerza evocadora de aquel mar de mi infancia con todas esas islas como mundos flotantes: Corfú, Lefkas, Cefalonia, Ítaca… Es además la parte menos conocida de Grecia; la menos turística; aquí no hay casas encaladas con cúpulas azules como las de Ibiza, Formentera u otras islas del Egeo.

"El Jónico se desmarca; es para mí la esencia del Mediterráneo puro: olivos, cipreses, roca, piedra y agua color de vino cuando se enfurece"

Las islas del Jónico son el otro Mediterráneo; es como si la Toscana hubiera derivado hacia el sur; idéntica a la costa norte de Mallorca: la cultura en bancales, en terrazas, casas de piedra con tejas, colores ocres… Nada que ver con la luz cegadora de las Cícladas, que podría ser el cliché de Grecia. El Jónico se desmarca; es para mí la esencia del Mediterráneo puro: olivos, cipreses, roca, piedra y agua color de vino cuando se enfurece.

Por eso es éste el mar que más me gusta describir, el que mejor conozco y el que sin embargo sigue estando lleno de secretos para mí, igual que una mujer hermosa. De ahí que cuando me vine a dar cuenta, tenía un buen ramillete de artículos sobre él, y mi buen amigo el escritor Miguel Dalmau (el mismo que firma el prólogo) me animó y ayudó a juntarlos construyendo este Cuaderno de islas.

(El capitán abre un momento su libro y pasa algunas páginas en silencio. Allí sentado en el incómodo banquito de madera de la trastienda de la librería, en mangas de camisa a pesar del frío de Madrid, no parece estar en su medio. Las cartas náuticas y portulanos que reposan en los estantes deberían ser suficientes para hacerme comprender, pero el capitán insiste en explicarme, hablando con una sonrisa tranquila)

Es que lo seductor del Mediterráneo es precisamente eso: que es, como su propio nombre indica, un “mar entre tierras”. Mira, yo llevo 50 años viviendo en el mar, por así decirlo, navegando. Y me fascina el Mediterráneo porque siempre tienes como referencia la tierra. Me encanta que el mar esté rodeado de tierra, cada isla diferente de la otra con sus propios misterios cambiantes y los amigos de siempre esperándote, como cada año, en los puertos y las tabernas. El Mediterráneo no lo terminas nunca porque cada vez que lo navegas es un lugar diferente lleno de nuevas sorpresas, como la Odisea.

"Viaja, muévete, haz el Mediterráneo, ten la Odisea siempre a mano, pero no pretendas hacer la ruta turística de Ulises, porque te equivocarás. Al final, cada uno ha de construir su propia singladura"

—¿Cuál, de todo el rosario de islas mediterráneas, es a tu juicio la más literaria?

—La más literaria… Pues no sé qué decirte… No sabría elegir. Para empezar, es que hay varios Mediterráneos: el occidental, con sus islas grandes, maravillosas: las Baleares perdidas, que son las “islas más islas” porque son las más alejadas de la costa, y más allá las potentes islas de la Magna Grecia; Sicilia, Malta, Córcega, Cerdeña… con una tradición literaria arraigada y ancestral. Luego está el Mediterráneo central, con Lampedusa, las islas Pelagias … y por fin Oriente, con una constelación de islas pequeñitas entre las cuales se encuentran aquellas bañadas por el mar Jónico, que son en realidad el puente entre Oriente y Occidente, y tal vez por esto sean tan peculiares. Son especiales por sus pobladores, capaces de hacer que un extranjero se sienta como en casa, pues durante milenios han ido perfeccionando el arte de ser hospitalarios sin ser serviles.

—Así es imposible sentirse perdido, como sí lo estuvo Ulises tantos años…

—Mira, es que el tema de Ulises nos da para otra entrevista que debería hacerme…(reímos). Ulises tiene fama de ser el viajero, el protoaventurero, pero en realidad es un aventurero a su pesar. A Ulises lo ha castigado Poseidón y no tiene más remedio que huir. No sale a descubrir nuevos horizontes motu proprio, viene de vuelta de una guerra larguísima y quiere llegar a casa; no recorre el Mediterráneo por placer, sino porque no le queda otra que la huida hacia adelante. Es más; yo creo que no hubo viaje. La Odisea es un poema maravilloso, pero ¿viaje…? Bueno, de hecho estoy trabajando ahora en una historia que se titula El improbable viaje, donde cuento precisamente eso.

"¿No hubo entonces Odisea? No, no la hubo"

—¿No hubo entonces Odisea?

—No, no la hubo. Verás, el Mediterráneo es caleidoscópico y cualquiera que se ponga a ello, Odisea en mano, puede encontrar el cabo Circeo frente a las islas Pontinas, el puerto de los Lestrigones en Cerdeña y tantos otros lugares… pero resulta que cada uno de estos sitios homéricos se podría localizar en diez ubicaciones diferentes del Mediterráneo real. Entre 2006 y 2007 estuve siguiendo los pasos de Ulises con el propósito de reproducir estas escalas míticas con mi barco, mis cartas y mis 40 años de experiencia marinera como capitán, y llegué a la conclusión de que es imposible. Meses después, en París, mi residencia cuando no navego, en el marco de unas conferencias expuse esta realidad, y conseguí indignar al público: ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes negar el viaje de Odiseo? No lo entendían, pero es que yo no niego la Odisea, yo invito a todo el que lo desee a navegar para que pueda comprobar que hay decenas de escalas en el Mediterráneo, aunque ninguna se puede reivindicar como escala oficial. Por eso siempre defiendo esta máxima: viaja, muévete, haz el Mediterráneo, ten la Odisea siempre a mano, pero no pretendas hacer la ruta turística de Ulises, porque te equivocarás. Al final, cada uno ha de construir su propia singladura. Además, Homero es tremendamente impresionista a la hora de contar, y el Mediterráneo a su vez es muy mimético; se repite continuamente y hay tantos cabos blancos, tantas calas con escarpadas orillas… que es muy difícil afirmar cuál de ellas es la verdadera, porque todas podrían serlo.

Hubo una fiebre homérica en el siglo XIX con Victor Bérard como líder del movimiento; un gran helenista (a pesar de que su traducción de la Odisea, considerada durante años como una referencia, fuese un poco… tendenciosa (no olvidemos que traductor en italiano se parece a traditore; traidor). Él fue el primero que viajó por el Mediterráneo siguiendo los pasos de Odiseo acompañado por el gran fotógrafo Fred Boissonnas, encargado de documentar gráficamente el periplo. ¿Puedes imaginar ese mar de principios de siglo XX? Se hicieron decenas de publicaciones de aquel viaje y aquellas fotografías. Yo tengo algunas en mi biblioteca, y a veces las hojeo añorando aquel Mediterráneo solitario, casi Homérico todavía, que no llegué a conocer. ¿Sabes? Lo interesante ahora en nuestros días sería reproducir aquel viaje de Bérard tras las huellas de Ulises siguiendo las escalas trazadas por él como lección de vida. Nos daríamos cuenta de cómo en apenas un siglo casi hemos hecho desaparecer con el turismo masivo, la desmemoria y la incultura aquel Mediterráneo mítico.

—¿Cómo definirías este Cuaderno de Islas que ahora presentas: portulano, insulario, guía de viajes, reflexión, diario…?

—Es un poco de todo, aunque no tiene pretensión de ser una guía, pues no tiene caducidad. Yo creo que Dalmau hizo aquí un trabajo de construcción singular con todos los artículos sobre las islas del Mar Jónico que fui publicando los últimos cinco años en el Diario de Mallorca, donde desde hace diez tengo carta blanca para escribir esas breves crónicas. Yo vuelvo a Grecia prácticamente cada año, como las aves migratorias. Desde abril-mayo ya estoy allí y me quedo hasta el vino nuevo, hasta el otoño y las primeras lluvias sobre Ítaca. Durante ese tiempo navego y escribo, con la suerte de que esos escritos se publican y leen los domingos, y en este caso, lo bonito que hizo Dalmau fue seleccionarlos y condensarlos como si constituyesen un solo viaje. Yo diría que podríamos definirlo como un carnet de viaje, de mi viaje anual; una invitación al mar y a que el lector descubra (o redescubra) estas islas del Mediterráneo, que me apasionan. Al menos me gustaría haber sido capaz de transmitir esa pasión.

(Me sonríe el capitán con pícara mirada de marino mediterráneo cargada de siglos, libertad y sabiduría)

"Todo viaje que se precie debe iniciarse en una biblioteca"

Esta entrevista —continúa, animado— deberíamos haberla hecho allí, fondeados en Polis, y no en Madrid… Aunque si lo pensamos bien, este lugar lleno de libros no es mal comienzo, desde luego. Todo viaje que se precie debe iniciarse en una biblioteca, pero te lo digo en serio. Vayamos a Ítaca; tú debes ir allí si nunca has estado, y yo conozco muy bien aquellas aguas. Aquí y ahora, tierra adentro y con este frío todo parece muy lejano, pero antes de lo que piensas llegará el calor y con él el deseo de todo lector por volver al lugar de origen de su memoria y el tuyo, como el mío es Italia y es Grecia, es el Jónico. Si cuando llegue el tiempo del vino nuevo te animas a seguir las huellas de ese Odiseo que tanto amas, llámame, porque tienes un hueco en mi barco. Brindemos con tsipouro por ello.

Así, con el sabor ardiente del licor macedonio, cerramos el trato, guardé mi libreta de apuntes y lo dejé allí rodeado de familiares, amigos, lectores y marinos que habían acudido a la presentación de su Cuaderno de islas. Una extraña felicidad me envolvía cálida por la acera desierta como si ya hubiese amainado el viento gélido del noroeste, dejando paso a un suave olor a salitre. Además, yo sabía que el dulce bamboleo bajo mis pies no me engañaba, porque ya lo había sentido otras muchas veces (en el Argo, la Hispaniola, la Surprise, el Faraón o el Patna, “tan viejo como las colinas y esbelto como un galgo”); no podía ser más que el crujir de las cuadernas de la próxima nave cargada con la inconfundible promesa de felicidad y de aventura.