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Operación Jacinto (y IV): La entrega

Operación Jacinto (y IV): La entrega

Jacinto es un anciano que, cada día, inmaculadamente vestido y en silencio, se detiene frente a la ventana de la residencia en la que vive, como queriendo adivinar algo en el exterior. Cuando su secreto sale a la luz, una operación para sacar a Jacinto de la residencia se pone en marcha.

Rodrigo Palacios nos trae la última entrega de su serie Operación Jacinto, en la que el gran secreto de su protagonista sale a la luz.

***

Nada más pisar la calle, Jacinto notó el corazón golpeando violentamente contra el esternón. Miró a un lado y al otro, con la sensación de que alguien estuviera a punto de agarrarlo y regresarlo para dentro. Tal vez, incluso deseándolo. Pero tragó saliva y vio el semáforo, que estaba ahí mismo, a escasos cuatro pasos. “Peatón Pulse”, decía, con aquella luz parpadeante que parecía una señal del destino.

“Jacinto Pulse”.

Así que pulsó, y el cartel cambió a “Espere Verde”. Jacinto colocó los brazos en jarras y tomó aire con la boca muy abierta, como para echar a correr, pero sin moverse. Corrían los nervios, como los coches que surcaban por delante a aquella velocidad vertiginosa, recordándole que estaba loco y que había obligado a los demás a estarlo. Pero se sentía libre.

Los coches redujeron la velocidad y pararon delante del paso de cebra. Jacinto los miró como si se hubieran roto. Un conductor lo miró a él, a su vez, interrogante, y entonces Jacinto divisó el muñeco verde al otro lado de la carretera.

“Jacinto Cruce”.

—Ahí va dios —susurró, poniéndose en marcha.

Apretó el paso sobre las gruesas líneas blancas, fijando la mirada al frente, luego a los coches, luego a los escaparates del otro lado de la calle, luego al reloj. El muñeco verde se puso a parpadear.

“Jacinto Acelere”.

Volvió a sentir el corazón martilleando.

Escuchó a alguien llamándolo a su espalda y contuvo una maldición, para ahorrar aliento. Se dio la vuelta sin dejar de caminar, creyendo que estaban a punto de atraparlo. Pero la voz no venía de la calle, sino de arriba, de las habitaciones. Había varios residentes saludando. Uno levantaba los brazos y agitaba un pañuelo. Otro agitaba el bastón.

—¡¡Vamos, Jacinto!!

Sus pies tropezaron con el borde de la acera, pero el fugado acertó a guardar el equilibrio. Los coches ya habían empezado a moverse, el muñeco estaba otra vez rojo, y Jacinto había cruzado.

Los residentes le coreaban en un ritmo común, igual que en los partidos de fútbol.

—¡Jacinto! ¡Jacinto! ¡Jacinto!

Los saludó, sin terminar de creer que se refirieran a él. Luego buscó a su alrededor, para ubicarse. Estaba en el mismo lugar que divisaba todos los días desde la ventana, a esa misma hora.

Pero ella no estaba.

Era allí donde la veía detenerse siempre. Delante de aquel mismo escaparate: “Ultramarinos Raquel”. Una tienda antigua, tanto como Jacinto. O como ella. Conservaba el mismo aspecto que cuando abrió. Los mismos colores, el mismo tamaño, la misma tipografía del cartel de arriba, con el número de la calle a cada lado del nombre de la tienda, y enmarcado con aquel relieve de madera pintada de Burdeos. Las columnas estrechas, a los lados, para dejar espacio en el centro a la cristalera, a través de las que se veían las pilas de latas de conservas. Productos clásicos como Gallina Blanca, Cola Cao, Carbonell, Maicena, Miau, en envases olvidados y muertos en el recuerdo, que traían imágenes de un tiempo que se escapó.

Jacinto se quedó embelesado mirándolos, igual que hacía ella todos los días. Les dedicaba unos minutos. Se arrimaba al cristal, tratando de reconocerlos, mientras Jacinto la intentaba reconocer a ella desde la distancia, también, aunque supiera de sobra quién era. La recordaba demasiado.

—Qué belleza, ¿no? —dijo una voz femenina junto a Jacinto.

Él sonrió, sin más, hipnotizado con los detalles de una lata de sardinas que vinculaba a las meriendas de su niñez. Se giró para responder y se encontró con ella, allí mismo, a su lado. Con los ojos puestos en otro de los manjares del escaparate. Pensando también, tal vez, en sus meriendas.

Jacinto metió la mano por dentro de la chaqueta, notándose temblar mientras buscaba el bolsillo interior. Ella frunció el ceño al verlo acelerado, quizá arrepintiéndose de haber entablado conversación.

Volvieron a repetir su nombre desde el otro lado de la calle, pero más rápido.

—¡Jacinto!

No era un residente, sino la enfermera Cristina, y sonaba más preocupada de lo habitual. Acababa de apretar el botón del semáforo: “Espere Cristina”. Pero seguro que no había esperado. Había tentado con el pie sobre el asfalto, como quien prueba la temperatura del agua antes de lanzarse. Pero los coches seguían pasando.

Jacinto sacó el sobre de dentro de la chaqueta y lo sostuvo un momento más en la mano, igual que sosteniendo su alma desnuda y pensando, todavía, en si atreverse o no atreverse. Como si a estas alturas le quedara elección.

Se fijó en ella. En su delgadez delicada, ahora un tanto temblorosa. En la forma de su cabeza, pequeña, y en la estrechez de sus hombros. Se fijó en sus ojos, curiosos y a la vez distantes. En su forma de mirarle sin conocerle.

Jacinto adelantó el sobre para entregárselo, pero ella hizo ademán de separarse. Los pasos de la enfermera llegaron en tropel, subiendo de golpe de volumen y agarrando al fugitivo por el brazo.

—¡Qué susto me has dado! —acusó Cristina.

Lo sostuvo con ambas manos por los antebrazos, obligándolo a girar hacia la residencia, mientras Jacinto acertaba a lanzar el sobre en dirección a la anciana, que lo seguía mirando sin comprender. Tal vez, ahora, con un ápice de reconocimiento.

O eso fue lo que él quiso pensar.

—Soy Jacinto Robles —dijo él, ya dándole la espalda por decisión de la enfermera.

El sobre cayó a los pies de ella, y allí quedó mientras Cristina se llevaba al fugado de vuelta a orillas de la calle. Esta vez, el semáforo les estaba esperando.

Jacinto se sentía derrotado. Los residentes coreaban otra vez su nombre, pero él deseaba que no lo hicieran. La misión había fracasado. Ella le había tenido delante y había escuchado su nombre y, aun así, no había sabido quién era.

Jacinto volvía a ser un fantasma.

Era lo que pensaba mientras buscaba una oportunidad para darse la vuelta una vez más. Pero el abrazo de Cristina era fuerte, y no había manera.

Llegaron a la entrada a la residencia y Jacinto no lo soportó más. Apoyó la mano en el lateral de la puerta y agitó el cuerpo, como echando a una mosca.

Cristina le soltó, sorprendida del movimiento. Jacinto no era así. No lo había sido nunca.

El prófugo se dio la vuelta y afiló los ojos, buscándola. Ella tenía el sobre abierto en la mano. Había sacado la foto y la estaba mirando. Pero, desde esa distancia, Jacinto no distinguía si reconocía algo.

Así que, cuando Cristina apoyó su mano de nuevo en él, el Fugitivo se dejó llevar. Cruzó el umbral de la entrada y recibió el aplauso de todos los residentes.

Eso, al menos, le obligó a sonreír.

***

Dos días después era domingo, el día con más afluencia de visitas.

Los residentes se vestían con sus mejores galas y ordenaban la habitación, aunque la mayoría de los visitantes no pasaba del salón de la tele. Allí era donde se agolpaban hijos y nietos, formando un bullicio imposible de silenciar.

Nadie venía nunca a ver a Jacinto. Su hijo se había casado con una americana y vivía en California. Y de allí no salía. Llamaba por teléfono, siempre tarde, por las cosas del horario. Le contaba a su padre que allí hacía mucho sol y que la mitad de la gente hablaba en castellano. Jacinto tenía unas ganas locas de que le hiciera abuelo, porque así se vería obligado a venir a verle más, por la cosa de no contarle a un niño que tenía un abuelo abandonado en la otra punta del mundo.

A un padre se le puede abandonar, pero abandonar a un abuelo son palabras mayores. Al menos, mientras eres un niño. Luego vuelves a tratarle un poco como a un padre, y lo abandonas también.

Aquel domingo llovía a cantaros. Llovía tanto como si no fuera a llover nunca más. Los visitantes llegaban empapados. Se quitaban los abrigos con asco y amontonaban los paraguas junto a las calefacciones.

Jacinto Fugitivo avanzó por el salón hacia la ventana. Los demás lo siguieron con la mirada. Parecía lo mismo de siempre, pero no lo era. Ya no había compasión, sino compañerismo. Paseaban junto a Jacinto y se sentían culpables.

—¿Qué pasa, Papá? —preguntó Juan, el hijo de Marcial.

El anciano frunció los labios.

—Nada —dijo—. Cosas de viejos.

Pero Juan se giró hacia Jacinto y pareció reconocer algo en él.

—Ya me han contado las enfermeras, ya… —murmuró.

—A esas no les hagas ni caso —rechazó Marcial—. ¿Qué te han dicho?

—Que os organizasteis unos cuantos para sacar a ese de la residencia. Y que casi se les escapa.

Marcial le restó credibilidad con un gesto de la mano.

—Qué va…

—También me han dicho que tú eras el cabecilla —acusó Juan.

Aquí Marcial no movió ni un músculo. Fijó la mirada, y, al instante, detectó un principio de orgullo en la sonrisa de su hijo. Eso fue suficiente para que Marcial pasara de sentirse un traidor a sentirse un héroe.

Apartó los ojos, porque se le humedecían, y carraspeó.

—A lo mejor eso sí que es verdad —dijo, serio.

Los dos se echaron a reír, y Marcial pudo ocultar las lágrimas.

En otra mesa, Fermín adelantaba el periódico del día anterior hacia su hijo, para que él le pasara un paquete de tabaco por debajo, sin que se enterara su nieta.

—¿Estás bien, abuelo? —preguntó la niña.

Diez años tenía, y una intuición increíble.

—Claro, preciosa —mintió Fermín—. Muy contento de que vengáis.

Por detrás de la niña pasaba Jacinto, ya llegando a la ventana. Posó la mano sobre el cristal y los que lo miraban compartieron un principio de suspiro. Su derrota era la de todos.

En ese momento entró Maite en la habitación, y dijo lo siguiente como si no tuviera la más mínima importancia.

—Jacinto, tienes visita.

Jacinto Fugitivo se dio la vuelta y frunció el ceño. Era raro que su hijo apareciera sin avisar. Pero puede que viniera a decirle algo importante, como que le iban a dar un nieto de una puñetera vez.

Dejó caer la mano desde la frialdad de la ventana y se quedó un momento allí. Encontró los ojos de Fermín, el Conseguidor, que era el que estaba más cerca. Desde ahí saltó a los de Marcial, un poco más allá. Y luego ya caminó sin mirar a nadie.

Hasta que, de repente, se detuvo. La mano que había muerto al dejar el cristal se agarró al respaldo de una silla.

Desde la otra punta de la habitación, Amparo se puso de pie, anonadada.

—¿Qué pasa, madre? —preguntó su hijo.

—¡Calla! —replicó ella, igual que si estuviera atenta a la repetición de un grito lejano.

En la entrada del salón había una mujer, delgada y pequeña. Tenía el pelo cano y largo, agarrado con una coleta baja. Vestía un traje de oficina gris, con un jersey negro y fino, de cuello alto, debajo de la chaqueta. Le dio las gracias a la enfermera y juntó ambas manos para sujetar el bolso, también pequeño y de color negro.

Parecía perdida, a punto de marcharse. Buscaba con la mirada, aunque no sabía muy bien qué, hasta que se encontró con Jacinto y en su rostro cambió algo; una inseguridad que rompió con toda aquella pose.

Jacinto caminó hacia ella.

Fermín se puso igualmente de pie.

Jacinto ya le estaba diciendo algo a la mujer, pero nadie pudo escucharlo.

Marcial buscó a Amparo con los ojos, para preguntarle, encogiendo los hombros. Ella respondió con el mismo gesto. Luego vieron que Ricardo Maquetas se levantaba y se asomaba desde detrás de una columna.

Jacinto invitó a la desconocida a sentarse, y juntos ocuparon una mesa, igual que si estuvieran en el mejor de los restaurantes. Empezaron a hablar, demasiado bajo, sonriendo como tontos. Así pasaron dos horas, mientras las familias se iban marchando y los residentes regresaban a sus habitaciones, siempre con un ojo puesto en la mesa de Jacinto, queriendo robar un pedazo de aquel momento.

Llegaron las siete de la tarde y Jacinto seguía sin levantarse. Y seguía sonriendo.

Fermín, Marcial y Amparo fueron los últimos que quedaron observando desde la entrada del salón, igual que conejillos agazapados tras un arbusto.

—¿Sabéis quién es? —preguntó Fermín—. Tanto lío para ayudarle y no nos ha contado nada…

—A vosotros no —se burló Amparo.

Sus dos compañeros se giraron hacia ella.

—Se llama Mariana —explicó Amparo—. Jacinto quería ser su novio, pero al padre no le parecía bien. Acabaron marchándose del pueblo y él nunca volvió a verla.

—Las cosas que pasan en los pueblos, ¿eh? —pinchó Marcial, pero Amparo no se dio por enterada.

El que sí se enteró fue Fermín, que comprendió enseguida que allí sobraba.

—Me voy a cenar —dijo. Y se dio la vuelta sin añadir nada más.

Sus pasos se perdieron a espaldas de Marcial y de Amparo, que se quedaron vigilando a la pareja desde la penumbra del pasillo.

—Bueno, ¿qué? —preguntó Amparo—. ¿Me vas a contar ya lo de las pastillas?

Marcial retrajo la cabeza, fingiendo no entenderla.

—¿Qué pastillas?

—Venga, Marcial, que vales para organizar a cuatro viejos, pero para espía… no sirves.

—El cabrón de Fermín… No se le puede contar nada.

Amparo le dio una palmada en el brazo, a modo de reproche.

—¡Es un halago para mí, hombre!

—He perdido el factor sorpresa —lamentó él.

—Igual que cuando apareciste en la iglesia el día en mi boda —apuntó ella—. Habría sido un buen momento.

Marcial se la quedó mirando con horror.

—¿Me lo dices ahora? ¿¿Ahora??

—¡Yo no tenía que decirte nada! ¿Cuándo querías que te lo dijera? —cuestionó Amparo.

—Con la de veces que nos hemos visto desde entonces… —se quejó él, agitando la cabeza de un lado a otro.

—Ya era tarde. Estaba casada y con hijos.

—Ahora también tienes hijos.

—Pero ya no tengo que darles explicaciones.

—¿Así que tengo una oportunidad? —preguntó él, súbitamente esperanzado.

Amparo le fulminó con la mirada.

—¿Pero tú es que eres tonto? —dijo—. ¿Qué necesitas? ¿Un dibujo?

—¡Vale, vale! —aceptó Marcial, a la defensiva—. ¿En tu habitación o en la mía?

—En ninguna. A mí me llevas a un hotel.

—¿Cómo a un hotel, Amparo? ¡No fastidies!

—¿Qué pasa? Pide un permiso y pido yo otro.

Marcial soltó un bufido de impaciencia.

—Siempre me tienes igual…

Amparo volvió a golpearle en el brazo, para indicarle que tenían que marcharse. Y porque sabía que le molestaba.

—¿Qué te preocupa, anciano? —se burló—. ¿Morirte antes de llevarme al huerto?

—Que te mueras tú, más bien.

—Eso no va a pasar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque yo no me muero antes de ver lo que te pasa cuando te tomes esa pastilla azul —sentenció ella—. Eso es pa verlo.

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