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Ortega y el tiempo de las masas

Ortega y el tiempo de las masas

Ortega y el tiempo de las masas es una obra colectiva, firmada por Hugo Aznar, Elvira Alonso Romero y Manuel Menéndez Alzamora, que repasa el pensamiento orteguiano a principios del siglo XX. 

La masificación de nuestras sociedades, el impacto de los nuevos medios de comunicación, la sociedad consumista, el protagonismo de las mujeres, la reemergencia de nacionalismos y regionalismos y el papel de las instituciones educativas tradicionales son algunos temas presentes en este libro del que ofrecemos la introducción. 

 

Las palabras con las que José Ortega y Gasset arranca La Rebelión de las masas diseñan el escenario de crisis que late en el seno de una Europa que, a la altura de los años veinte del siglo XX, se siente incapaz de asimilar la transformación que ha supuesto el protagonismo de un inesperado sujeto social y político. Un nuevo protagonista que de manera genérica se designó entonces como las masas:

Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer.

TIEMPOS DE CAMBIO, TIEMPOS DE MASAS

El fundamento transformador de la Europa del siglo anterior había sido la irrupción de la industrialización como eje de profundo cambio económico, social, cultural y político. El viejo taller doméstico, propio de un modo de vida artesanal y predominantemente local, es desplazado por la fábrica industrial que, conforme se acentúa el desarrollo tecnológico y productivo, se va haciendo cada vez más colosal, con su ruido infernal, sus naves enormes, sus altas y humeantes chimeneas y su entorno propio, a menudo degradado, de barrios obreros surgidos de la nada. La villa de los artesanos se transforma en la ciudad fabril, con sus horarios estandarizados de entrada y salida de los trabajadores, también homogeneizados, convertidos en una masa única, por su indumentaria, su suciedad compartida y su mirada perdida de cansancio. Este obrero industrial masifi cado cobrará un singular protagonismo en las nuevas concentraciones urbanas industriales desde mediados del XIX. Y no tardará en despertar el interés de los observadores sociales, los padres de la nueva ciencia de la sociedad, la sociología, estrechamente unida a la aparición de estas multitudes. Unas multitudes cuyas crecientes movilizaciones en reivindicación de mejores condiciones laborales y sociales, y de un reparto más equitativo de las plusvalías de la sociedad industrial serán también objeto de atención de pensadores y divulgadores políticos, que verán en ellos una grave amenaza para la sociedad; similar a la que en su día —como se hará cada vez más común escuchar, especialmente a partir de la Revolución rusa— supusieron las hordas bárbaras que, viniendo del este, acabaron con la civilización romana.

"El mundo emergente resulta así cada vez más el de las masas, obreras o urbanas, y los individuos parecen desdibujarse"

Pero incluso estas ciudades industriales, ya de por sí una novedad del siglo, se quedan pequeñas ante la emergencia a finales de siglo de las grandes metrópolis. Las calles de estas megaciudades, con crecimientos demográficos sin precedentes, parecerán tomadas igualmente por este nuevo sujeto, signo, como ningún otro, de los nuevos tiempos: las muchedumbres en las plazas y avenidas trazadas por el expansivo urbanismo lineal, en las estaciones y paradas de los medios de transporte, o ante los luminosos y atrayentes escaparates de los primeros grandes almacenes contemporáneos, parecerán difuminar las antiguas diferencias —y barreras— de procedencia, de clase y hasta de género. Las particularidades locales, culturales y sociales del mundo antiguo, el reparto tradicional de funciones, tareas, espacios, indumentarias, conductas y opiniones, que tanto contribuían a conformar la identidad de los individuos, se difuminan ahora en el seno de estas muchedumbres que —como en el iniciático relato de Poe— circulan como ríos en los que los individuos se sienten subsumidos y arrastrados, perdiendo su personalidad e identidad particulares. Este nuevo sujeto parece tan dotado de unidad e identidad propios que pronto otra ciencia emergente de este tiempo, la psicología, empezará a especular sobre sus fuerzas psicológicas, al parecer capaces de reducir a la nada la voluntad individual. El mundo emergente resulta así cada vez más el de las masas, obreras o urbanas, y los individuos parecen desdibujarse en sus impulsos y reacciones, asumiendo una personalidad común y por ello cada vez más predominante, la del individuo-masa.

A estas concentraciones físicas, presenciales, favorecidas por los espacios industriales y metropolitanos compartidos —de las que aún cabía encontrar algún antecedente en efemérides singulares del pasado, como batallas, festivales, coronaciones, revueltas, etc., poco frecuentes en todo caso—, se suman además otras concentraciones de nuevo signo. Estas otras concentraciones sí carecen de cualquier precedente histórico y resultan por tanto una novedad más inquietante aún. Se trata de multitudes sin un lugar, conformadas a través de los medios de comunicación y la propaganda. Potencialmente más multitudinarias al trascender el espacio físico; y más efectivas al poder, aparentemente, ser guiadas e instrumentalizadas con mayor eficacia. El traslado de las técnicas industriales de producción a las noticias y la propaganda constituye otra de las grandes transformaciones del cambio de siglo; primero, con la prensa masiva, con tiradas que llegan pronto a millonarias, y luego con el cine y la radio; sin olvidar las primeras campañas propagandísticas masivas de la historia, tanto comerciales como bélicas.

Este entorno de la comunicación y la propaganda masivas hará que se replanteen los fundamentos de la opinión pública liberal y del público ilustrado, que en apenas unas décadas parecerán disolverse como castillos de arena ilusorios, producto de ideales filosóficos desfasados o poco realistas. A la vez que el periodismo y la propaganda emergen como poderosos instrumentos del siglo que comienza, se plantea el reto inevitable de reflexionar sobre una opinión pública y una comunicación masivas —y sobre sus efectos políticos— que tienen poco que ver con las ideas aceptadas hasta ayer mismo.

Pero si todos estos cambios son ya de por sí dramáticos, el momento cenital de esta nueva coyuntura histórica se habrá de sufrir de manera trágica con el despuntar del siglo. El mundo de los antiguos imperios aún supervivientes y el de los estados nacidos con la Modernidad y sus revoluciones liberales va a sufrir el embate sin precedente de un jinete del apocalipsis —tomando la célebre referencia de nuestro novelista Blasco Ibáñez— igualmente transformado, el de la guerra moderna: también industrializada, masiva y… aniquiladora. La Gran Guerra adviene con el siglo que se inicia: un conflicto imprevisto que sin embargo alcanzará cotas de destrucción y muerte nunca antes vistas.

"La sacudida del 98 lleva a una generación de intelectuales a replantearse las señas de identidad españolas en busca de respuesta para este despertar traumático"

Con la Gran Guerra se dejan atrás los parámetros de los viejos conflictos armados. Se trata ahora de una guerra donde los soldados individuales se transforman en las cifras anónimas de las avalanchas humanas reclutadas y lanzadas una y otra vez contra las nuevas tecnologías de aniquilación masiva. La expresión de la muerte individual se transforma en la conciencia de la muerte colectiva: la guerra también se ha convertido en una guerra de masas, otro fruto inesperado de la sociedad industrial. Con sus millones de muertes y las esperanzas cercenadas de toda una generación, verá emerger de sus trincheras las primeras voces del pacifismo e internacionalismo contemporáneos, tanto europeos como mundiales; pero su efecto más inmediato será disolver los ecos del añejo optimismo ilustrado y del más próximo optimismo positivista, dejando en su lugar un profundo poso de incertidumbre, cuando no de desolación o, por el contrario, de celebración nihilistas.

Todavía en la periferia de este mundo y de sus novedades, España irá viviendo cada vez más intensamente la sucesiva llegada de estas ondas de transformaciones históricas. Unas transformaciones que se vienen a sumar al triste despertar de su particular sueño de grandeza —grandeza, claro, a la manera de los molinos de D. Quijote—, de añejos réditos imperiales y sempiterno inmovilismo tradicionalista. La sacudida del 98 lleva a una generación de intelectuales a replantearse las señas de identidad españolas en busca de respuesta para este despertar traumático. Y a esta necesidad interna de respuesta se suman pronto las convulsiones de los nuevos tiempos, de manera que otra nueva generación busca su razón de ser en la necesidad de enfrentar los nuevos retos mundiales del presente, precisamente también como una forma de responder a nuestro propio atraso secular. De este modo España tendrá que hacer un esfuerzo particularmente exigente y condensado de confrontar a la vez tanto los pesados réditos de su propio desfase histórico de la Modernidad como los retos de las transformaciones actuales de los nuevos tiempos. Fruto y motor de este esfuerzo, España verá surgir en su suelo las tres o cuatro generaciones más brillantes de personalidades intelectuales, artísticas, científicas, emprendedoras, etc. que había conocido desde su ya muy lejana Edad de Oro.

La confluencia del reto conjunto de estas circunstancias históricas y presentes hará que las aportaciones de esta Edad de Plata española, tanto de sus integrantes tomados aisladamente como sobre todo del conjunto de todos ellos y de sus interrelaciones, marquen un antes y un después en nuestra historia del que todavía cabe aprender. Precisamente las tensiones derivadas de confrontar tanto los retos internos de nuestro pasado como también el impacto sobrevenido de los cambios del presente, que encontrarían en España terreno abonado para medir sus fuerzas, acabarán cercenando unos años después las esperanzas de ajustar por fin nuestro país a la altura de los tiempos. Prácticamente casi todos los protagonistas excepcionales de estas décadas acabarán así, apenas unos años después, anulados, asesinados o exiliados de la tierra que habían soñado cambiar.

ORTEGA, DE NUEVO

Ortega y su generación, la del 14 4, toman especial conciencia de la nueva realidad histórica y los retos y exigencias que plantea. El propio Ortega transitará desde sus esperanzadas iniciativas de reforma educativa y política de principios de siglo, vivamente ilusionado aún con la posibilidad de sacar a España de su atraso y ajustarla a su tiempo y lugar en Europa, hacia una sensación creciente de desesperanza, de resignación ante la dimensión imposible de la tarea, que le llevará a buscar explicaciones que den cuenta de este fracaso. En esta búsqueda, la relectura orteguiana de la categoría de sociedad de masas tendrá un lugar destacado. Su idea de esta no tiene el sentido psicologista que le dieron sus primeros teóricos —particularmente Le Bon—, sino que evoluciona hacia una concepción más sociológica y culturalista que caracterizará a las nuevas generaciones de autores concernidos por dicha categoría, representativa siempre de los tiempos emergentes.

"no olvídemos que Ortega publicó inicialmente sus páginas sobre las masas en la prensa, poniendo así de manifiesto su voluntad de levantar acta del presente más inmediato"

En este marco de reflexión, las categorías del pensamiento sociológico y político habituales han de ser contrastadas con las transformaciones de un mundo en pleno cambio —no olvídemos que Ortega publicó inicialmente sus páginas sobre las masas en la prensa, poniendo así de manifiesto su voluntad de levantar acta del presente más inmediato—: sus nuevos entornos, sus rasgos distintivos y sus nuevos protagonistas. Esta confluencia entre el pensamiento del filósofo más relevante de la historia reciente de España y las dinámicas de un tiempo de transformaciones radicales hacen que las aportaciones de Ortega sigan teniendo vigencia y que sea útil acudir a ellas para aprender tanto de sus aciertos como de sus limitaciones, pues de un autor grande cabe aprender hasta de sus errores. Los capítulos que siguen están dedicados a repasar algunas de las claves del pensar orteguiano sobre este nuevo entorno.

En el primero de ellos, «La presencia de Paul Natorp en la filosofía social de Ortega», Dorota Leszczyna analiza las raíces kantianas y neokantianas de la teoría social y pedagógica de Ortega, centrándose particularmente en la influencia del cofundador de la Escuela de Marburgo, Paul Natorp, en el pensador madrileño. Presenta en primer lugar las ideas centrales de la fi losofía social de Natorp, cuyo núcleo es la filosofía práctica de Kant, así como una interpretación neokantiana de Platón. Y examina después dicho legado en el pensamiento orteguiano, distinguiendo entre la etapa de juventud, representada por lo que se refi ere a esta influencia por el texto «La pedagogía social como programa político», de 1910; y la etapa de madurez, en la que esta influencia se deja notar en escritos como La rebelión de las masas y Misión de la Universidad, ambos publicados en 1930. Se recalca así la influencia del pensamiento neokantiano en el proyecto orteguiano de pedagogía social, en su teoría elitista de la sociedad y en la concepción orteguiana de la misión educativocultural de la universidad.

Pero los planteamientos pedagógicos y políticos de Ortega se conciben, guiados por su profunda preocupación por la reforma y la puesta al día de España, en clave generacional de intervención práctica. En tal sentido, al comienzo de su andadura tanto filosófica como política presta la máxima atención al engarce entre formación y responsabilidad en la acción pública. La idea de que todo proceso de educación antecede y se orienta a la vertebración y democratización efectivas de la sociedad —clave en sus planteamientos y los de su generación, herencia y continuación de lo ya planteado por regeneracionistas e institucionistas desde finales del XIX— es central en la nueva manera de encarar la política y su naturaleza compleja en la sociedad de masas.

Dos de los discursos políticos más importantes de este momento, tanto por fundacionales como por impregnar de sentido lo que fue la Generación del 14, se hallan más próximos al meeting moderno de la sociedad de masas que al modelo del cenáculo finisecular. Se trata de «Vieja y nueva política», conferencia impartida por Ortega a modo de presentación de la Liga de Educación Política en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 23 de marzo de 1914; y «El problema español», impartida en este caso por Manuel Azaña en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares, invitado por los socialistas de la localidad, el 4 de febrero de 1911. En el capítulo a cargo de Manuel Menéndez Alzamora, titulado «El discurso político en la presentación de empresas generacionales», el autor parte de ambas intervenciones para indagar la manera en la que cada una de ellas contiene elementos centrales del pensamiento generacional; e igualmente de qué manera ambas, situadas en los momentos iniciales de las trayectorias intelectuales de Ortega y Azaña, guardan claves diferenciales que arrojan luz para la mejor comprensión de su respectivo pensamiento más maduro.

"En este momento de plenitud filosófica de Ortega, con la formulación de la razón histórica, lo importante es que la crisis que representa la civilización de las masas se percibe como síntoma de una crisis de mayor calado"

En el tercer capítulo, titulado «Minoría y conciencia de crisis en el pensamiento de Ortega y Gasset», se aborda uno de los aspectos más debatidos del pensamiento orteguiano. En él Ángel Peris Suay hace un recorrido por el concepto de minoría de Ortega, integrándolo en el marco de su evolución filosófica y sus distintas influencias. Se muestra así cómo surge como respuesta a la experiencia de crisis, aunque el significado y el alcance de esta crisis sean diferentes en cada momento.

Así, en una primera etapa, de influencia culturalista y fenomenológica, propone la minoría para una tarea de regeneración del país a través de la educación. Pero el imperativo de salvar la circunstancia va más allá del mero ir fenomenológico a las cosas mismas. En un segundo momento, se manifiesta la influencia vitalista y el desarrollo de su raciovitalismo, en el que la minoría se va a presentar como factor clave de dinamización social. Ahora la minoría es la encargada de proponer un proyecto de futuro y así encabezar y vertebrar la unidad de la nación, uniendo vitalismo y perspectivismo con esta idea de minoría. Finalmente, se sitúan los conceptos minoría y masa en el contexto de la experiencia general de crisis de la Modernidad en Europa. En este momento de plenitud filosófica de Ortega, con la formulación de la razón histórica, lo importante es que la crisis que representa la civilización de las masas se percibe como síntoma de una crisis de mayor calado, como es la crisis de la razón cientificotécnica heredada del positivismo moderno. La minoría quiere representar entonces una llamada a la excelencia moral, con criterios de apelación nacidos de la historia compartida, la vitalidad y la creatividad.

Con el cuarto capítulo, a cargo de Anastasio Ovejero y titulado «Utilidad de la teoría del hombre-masa de Ortega y Gasset para el siglo XXI», entramos de lleno en la aportación más directamente relacionada con las masas. Justo al final de la década de los 20 publicó Ortega la obra que le daría una mayor proyección mundial, La rebelión de las masas, con gran resonancia tanto en Europa como en Estados Unidos. En sus páginas Ortega ya advertía de dos grandes amenazas: la de la emergencia del estatismo y la pérdida de la libertad individual por un lado y la del imperio del hombre-masa y el predominio de la vulgaridad y la mediocridad por otro. Precisamente en esto último, en la teoría orteguiana del hombre-masa, se centra este capítulo, con tres objetivos en vista. Primero, explicitar el contenido básico y esencial de esta teoría; segundo, analizar la deuda que tiene Ortega con Nietzsche a la hora de estudiar al hombre-masa; y tercero, ahondar en la idea principal que quiere trasladarse con este trabajo: la plena actualidad de la teoría del hombre-masa.

Casi un siglo después de la publicación del más famoso libro de Ortega, las afirmaciones básicas que contenía son en cierta medida incluso más válidas que cuando su autor las hizo. Es por ello que volver sobre el contenido de la teoría orteguiana del hombre-masa, así como sobre sus raíces nietzscheanas, y poner de relieve su alta capacidad predictiva respecto a la actual sociedad occidental, democrática y de consumo sigue siendo de utilidad.

Hugo Aznar y Marcia Castillo-Martín abordan en su capítulo otro de los aspectos más conflictivos de la obra orteguiana: su concepción de la mujer y su papel en la sociedad. En su capítulo, titulado «Una aporía de la Antropología de la libertad orteguiana: el destino de las mujeres», contrastan el pensamiento filosófico crucial de Ortega acerca de la libertad y la responsabilidad individuales —precisamente como alternativa ineludible a la ausencia de esta tradición de libertad en España y al predominio creciente de la sociedad de masas— con sus opiniones más «sociológicas» e inmediatas acerca de la mujer. Mientras que, en el primer caso, Ortega defiende en sus obras más filosóficas y sus lecciones en la Universidad una concepción universalista —que no distingue entre clases o géneros— de lo que los autores del capítulo han llamado su Antropología de la libertad: la necesidad de que cada cual desarrolle su destino propio; cuando aborda el papel de la mujer en sus artículos periodísticos o sus reflexiones más circunstanciales, asume los planteamientos del momento tendentes a naturalizar y biologizar a las mujeres. Estas consideraciones habían ganado fuerza precisamente como respuesta a las reivindicaciones de mayor libertad y participación social de las mujeres, viéndose estas como otro rasgo desestabilizador más de la sociedad de masas, con las que a menudo se identificaba este creciente protagonismo femenino: no en vano masas y mujeres tenían una psicología similar, según no pocos de los autores que habían abordado estos temas. Así, mientras que Ortega defiende que debe ser consustancial al ser auténtico de la persona el desarrollo de un destino libremente trazado, en el caso de la mujer su destino es de mero acompañante del destino del varón. Mientras los hombres deben elegir un destino, las mujeres parecen condenadas a elegir o acompañar a un hombre.

"La crítica que Ortega y Lippmann hacen de la sociedad de masas y del papel de los medios sirvió como acicate para el desarrollo epistemológico de las ciencias de la comunicación"

Tan innovador en otros aspectos de su obra, Ortega sucumbió aquí a los estereotipos dominantes de un contexto en el que la emancipación de la mujer era vista como una amenaza al orden de la sociedad. Este contraste de la obra orteguiana sorprende especialmente si consideramos su independencia en otros aspectos de su pensamiento; o también el hecho de que en sus clases de la Universidad y en sus empresas culturales no tuviera inconveniente en recibir a las mujeres que comenzaban a desarrollar una vocación pública, intelectual o artística. Fueron precisamente estas mujeres las que dejaron testimonios críticos acerca de este aspecto del pensamiento de aquel a quien siempre tuvieron como su maestro, precisamente por el gran impulso que su mensaje filosófico —y no su estrecha concepción de la mujer— había dado a su afán de ser ellas mismas, y de serlo como creadoras e intelectuales.

En el capítulo sexto, titulado «Sociedad de masas y nacionalismo: una revisión de la “Europa” invertebrada a la luz de Ortega y Gasset» y escrito por Ainhoa Uribe Otalora, se analiza el surgimiento del nacionalismo periférico en Europa como mecanismo de defensa frente a la sociedad de masas. Es decir, como la reafirmación de lo particular y singular frente a la homogeneización que supone la aparición en el cambio de siglo del fenómeno social y político de las masas. En ese momento, los Estados tienen que lidiar con un doble reto: por un lado, necesitan contar con la lealtad de esas masas homogéneas para dotar de fuerza a sus Estados-nación; por otro, surgen nacionalismos o regionalismos periféricos que reaccionan frente a las reformas centralistas que intentan abolir ordenamientos y costumbres tradicionales.

El capítulo sitúa el contexto del surgimiento del nacionalismo desde un punto de vista histórico al tiempo que reflexiona sobre dos obras claves en el pensamiento de Ortega: de un lado, España Invertebrada, de 1922; y de otro, De Europa Meditatio Quaedam, de 1949. El fin último es volver a la reflexión orteguiana sobre la crisis de la idea de nación como eje vertebrador de la sociedad europea desde el inicio de la Modernidad, así como reflexionar sobre un concepto que sigue estando, en uno u otro sentido, muy vivo en estos mismos momentos en Europa, siendo por tanto uno de los temas de mayor vigencia del pensamiento orteguiano.

Como indicábamos antes, el desarrollo de la sociedad de masas no puede separarse de la propia evolución de los medios de comunicación, inicialmente la prensa masiva, a la que se suman pronto las revistas ilustradas, el cine y la radio. A lo largo de las décadas de los veinte y los treinta del siglo XX, José Ortega y Gasset en Europa y Walter Lippmann en Estados Unidos abordaron la relación entre la sociedad emergente y el nuevo papel de los medios de comunicación en ella. En la revisión de estas aportaciones se detiene el capítulo final, firmado por Ignacio Blanco y titulado «La crítica a la sociedad de masas y la función social del periodismo: José Ortega y Gasset y Walter Lippmann». De manera singularmente paralela, ambos autores, a la vez que lo vivieron en primera persona y lo practicaron, plantearon la necesidad de una revisión crítica del periodismo y de uno de los colectivos profesionales destinados a tener un papel más destacado en el nuevo siglo: los periodistas. La crítica que Ortega y Lippmann hacen de la sociedad de masas y del papel de los medios sirvió como acicate para el desarrollo epistemológico de las ciencias de la comunicación durante el siglo que se iniciaba, planteando —y en el caso de Lippmann, desarrollando con más detalle— la necesidad de revisar el concepto ilustrado-liberal de opinión pública y de ajustarlo a los nuevos tiempos y a su nueva función.

Sin embargo, el cambio al paradigma de la comunicación unidireccional que estos autores describen y que ha dominado el siglo pasado se ha visto sobrepasado por la irrupción de Internet en la sociedad contemporánea. Cabe afirmar que la comunicación social ha dejado de estar dirigida por un conjunto de profesionales identificado y reconocible, como ocurre con el actual sistema de comunicación digital; y las aportaciones de Ortega y Lippmann deben ser releídas y reinterpretadas en el horizonte de incertidumbre que ha traído este otro nuevo paradigma de la comunicación social. Con todo ello se trae la reflexión de estos autores al momento más vivo de nuestro propio tiempo presente.

RECONOCIMIENTOS

Especialmente desde que estalló la crisis económica hace ya una década se han venido trazando cada vez más similitudes entre ambos inicios de siglo, el del XX y el del XXI. De hecho, una vez superada la Guerra Fría como eje —político, ideológico, geoestratégico, económico, etc.— dominante durante la segunda mitad del siglo XX, descubrimos con cierta sorpresa el gran paralelismo existente entre los problemas que se plantearon entonces y los que, de una manera más acentuada en unos casos y obviamente diferente en otros, se plantean ahora. Los retos de la globalización, de los efectos de la sociedad industrial o postindustrial, de la crisis de la Modernidad, de la masificación de nuestras sociedades, del impacto de los nuevos medios de comunicación, de la sociedad consumista, de la incorporación y el protagonismo de las mujeres, de la reemergencia de nacionalismos y regionalismos, del papel de las instituciones educativas tradicionales, etc. fueron las cuestiones de entonces y siguen siendo las nuestras. De ahí la vigencia y actualidad de la obra de Ortega, particularmente para quienes escribimos en su misma lengua, tradición y espacio.

De su aportación y la de su generación se han seguido muchos logros importantes, pero, cuando menos, hay uno fundamental e indiscutible, que tuvo que esperar un siglo para hacerse realidad de forma definitiva: ahora podemos enfrentar estos retos no desde la periferia y como un país atrasado, sino desde el mismo corazón de una Europa unida que tanto defendió Ortega y desde una España ajustada a su tiempo, por mucho que haya réditos de nuestro pasado que debemos seguir enfrentando.

Los diversos capítulos de este libro se enmarcan en las actividades y la labor de nuestro equipo de investigación a lo largo de los últimos años. Respecto a las primeras, hemos realizado diversos seminarios relacionados con el contenido de estas páginas, celebrados en su mayoría en el Palacio de Colomina, en Valencia, y en los que hemos procurado contar siempre con las aportaciones de investigadores externos. Los contribuyentes a este libro hicieron una primera exposición de los trabajos que ahora publicamos en su versión definitiva en el marco de varios de estos seminarios:

— «Sociedad de masas (I): Claves históricas de su aparición», celebrado en mayo de 2010.

— «Sociedad de masas (II): Ortega y la sociedad de masas», en abril y mayo de 2012.

— «Crisis y revitalización de la ciudadanía: ¿De la democracia de masas a la democracia deliberativa?», en noviembre de 2012.

— «Centenario de la Generación del 14: España y su Modernidad inacabada», en junio de 2014.

— «La crisis de la opinión pública en los años 20», en febrero de 2017.

Por lo que se refiere a la labor investigadora de nuestro equipo, esta se ha venido realizando en el marco de dos proyectos I+D+i, primero del MICINN y más adelante del MINECO, ambos bajo la dirección de su investigador principal, Hugo Aznar:

— El surgimiento de la sociedad de masas y la crisis de la ciudadanía: los casos de W. Lippmann y J. Ortega y Gasset, entre 2011 y 2014 (referencia FFI2010-17670).

— Crisis y relectura del liberalismo en el período de entreguerras (1920-1938): las aportaciones de W. Lippmann y J. Ortega y Gasset, entre 2014 y 2017 (referencia FFI2013-42443-R).

A lo largo de estos años hemos contado también con fondos complementarios dedicados a esta misma labor investigadora provenientes del Vicerrectorado de Investigación de la Universidad CEU Cardenal Herrera (Valencia), a través de su programa INDI, concedidos anualmente desde el Curso 2009 hasta el actual.

La edición final de este libro no hubiera sido posible en cualquier caso sin la labor de edición y ajuste de los textos llevada a cabo por Elvira Alonso Romero, a quien aprovechamos estas líneas para reconocer su trabajo.

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Autor: Hugo Aznar, Elvira Alonso Romero y Manuel Menéndez Alzamora. Título: Ortega y el tiempo de las masas. Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Casa del libro