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Otro modo de hablar

En Cuerpo locuaz cristalizan investigaciones de Amelia Gamoneda desarrolladas en un seminario del que es directora. Es un libro de ensayos recogidos con buen criterio de unidad y evitando con éxito redundancias. Exposición de una poética desde más acá de la representación: «El concepto deja paso a lo preconceptual». Un libro sobre el origen corporal de la poesía. Objetivo, clarificar el sustrato o condición biológica de la poesía. La hipótesis suena determinante: «El lenguaje poético como un organismo vivo», esto es, las palabras emergiendo en metáforas para «expresar una experiencia sin nombre». Y para contrastarla, acercamiento a teorías neurológicas o cognitivas (Varela, Kristeva, Riffaterre, Lakoff, Johnson, Edelman, etc.). Además, Amelia Gamoneda argumenta con ideas estéticas de Valéry, Verlaine o Baudelaire; y desde ahí, análisis lector de obras poéticas (C. Rodríguez, Rimbaud, Breton, Antonio Gamoneda y Éluard). Acaba con un capítulo relacionando poesía y fotografía (Benjamin), inspiración y respiración en el revelado formal.

Según esta propuesta, la poesía no categoriza (“representa”, “relata” o “conceptualiza”), sino que sensibiliza (“presenta”, “ofrece”, “suscita” o “comunica”) las experiencias físicas y materiales, primitivas. Amelia Gamoneda comprende la palabra poética «como lenguaje vivo». No regatea sobre su demarcación: «La poesía es un producto mediante el que la mente humana expresa su añoranza de estadios más llanamente animales». La examina desde un enfoque biológico, vinculada a “manifestaciones elementales de estar en el mundo” (el movimiento del cuerpo). Habla de “biologización del lenguaje poético”, “anclado” o “inscrito” en el cuerpo. La poesía sería, primariamente, “una manifestación lingüística de nuestra condición física y animal”. Esa “impronta del cuerpo” conlleva “tensión” —inscrita lingüísticamente— entre “biología y conciencia”. El modelo de evolución natural funciona como analogía en esta poética: «Pensar la continuidad entre la materialidad y el sentido… entre cuerpo y lenguaje».

"Octavio Paz no es analizado en estos magníficos trabajos de Amelia Gamoneda, pero algunas intuiciones del poeta —expresadas sin apoyo científico— pueden evocarse aquí."

El libro refleja un equilibrio entre semiótica y simbólica. Apunta a «prerrepresentaciones subsimbólicas» de la conciencia no superior: emergencia de abajo arriba. Así, su noción de «lectura» está en conexión con el cómo se ven y se oyen las palabras de los poemas. Aún más, implica una revisión estésica del placer estético (signos que estimulan la sensibilidad con dispares significaciones, imágenes con contenidos). Esto cambia la perspectiva de la historia moderna de la poesía. De ahí el término «enacción» para referirse a un proceso de formación de palabras ancladas a sustratos presimbólicos. Estos modelarían el mundo y la forma del lenguaje. Una poética, por tanto, subsimbólica en la que el arte poético se comprende como gesto. Este refuerza esa idea de enacción, pues en la emergencia poética se sustituye la acción (praxis, agere) por el gesto de formación (producción de formas, facere).

Octavio Paz no es analizado en estos magníficos trabajos de Amelia Gamoneda, pero algunas intuiciones del poeta —expresadas sin apoyo científico— pueden evocarse aquí. En Conjunciones y disyunciones (1968), comentando un libro sobre picardías, su pensamiento derivó hacia la metáfora. Del libro, dijo: «Nos enseña nuestra otra cara, la cara oculta e inferior, nuestra cara animal». Más adelante advertía: «Hemos olvidado que los signos son cosas sensibles y que obran sobre los sentidos». Sostenía que el hombre primitivo descifraba y leía signos, siendo estos «un doble de su cuerpo y del cuerpo del mundo» Por tanto, «la lectura del primitivo es corporal». Habló incluso «del rigor de su “lógica sensible”», de qué es asombroso y maravilloso en esta: «Hablar con el cuerpo y convertir al lenguaje en un cuerpo». Situaba la procesual «encarnación de imágenes» en «un nivel que no es del todo el de la conciencia». Más aún, esa encarnación (primitiva) del lenguaje la reconoció en la poesía: «El poeta construye objetos simbólicos, organismos que emiten imágenes». Aseveraba que, con idéntico hacer al del hombre primitivo, el poeta moderno «convierte al lenguaje en cuerpo». Ergo: «Las palabras ya no son cosas y, sin cesar de ser signos, se animan, cobran cuerpo». Incluso, para Paz, poetas del XVII «supieron crear un lenguaje que nos da sensación de un cuerpo vivo». Al final, declaraba: «Veo posibilidad del regreso del signo cuerpo: la encarnación de las imágenes, el regreso de la figura humana, radiante e irradiante de símbolos».

Esgrimida esa especificidad corporal por Octavio Paz y analizada por Amelia Gamoneda, ¿qué pensar del sentido de la poesía como forma de embellecer el mundo? La corporeidad (quale en terminología de la autora), podría aludir al carácter de la criatura en una estética de la ética. Bosquejar una intuición de fondo acerca de la humanidad ampliada, diría Schiller. Hilvanando lenguaje poético y extrañamiento de la conciencia racional, Amelia Gamoneda teje su poética. Esta redundaría en una poética de la distancia: la ampliación no solo va de arriba abajo, sino primordialmente de abajo arriba: expresando sin nombres los nombres que faltan. Un bucle primordial de presencia y ausencia (¿presencia amada, que decía Octavio Paz?). En realidad, creación (poiesis) invertida, un formarse corporal (in fieri) del hombre. El “logos” re-formándose en el «alogos», que dice Amelia Gamoneda. Lo humano apriscándose en lo ahumano para sortear lo inhumano. Poética, finalmente, del misterio de la recreación: el lenguaje de la criatura, de la finitud y de la falta. Presencia y amor, palabras que según Paz fueron «el origen [semilla] de nuestro arte y de nuestra poesía». En ellas cifró él «el secreto de nuestra resurrección».

"No hay pues, en lo primario del lenguaje poético, una reduplicación total (saber representativo) del mundo ni del ser humano"

Dice el demonio en un poema de Cernuda: «Ha sido la palabra tu enemigo: / Por ella de estar vivo te olvidaste». Y responde el hombre: «Me reprochas el culto a la palabra. / ¿Quién si no tú puso en mí esa locura? / El amargo placer de transformar el gesto / En son, sustituyendo el verbo en acto». Este cuestionar lo primordial humano, en tanto cuestión de lenguaje, exige comprender la experiencia que lo sustenta. Y en el doble sentido que Blanchot —en otro contexto— la denominó «trágica o cósmica» y, a la vez, «experiencia crítica que toma el aspecto de una sátira moral». Planteaba una cuestión de «locura loca» a la par que «de locura sabia». (¿Don de la ebreidad?, en Claudio Rodríguez).

Sobre el don del poeta, Benjamin preguntó «si la complacencia en el mundo de las imágenes no se alimenta de obstinación sombría en contra del saber». En consonancia, Cuerpo locuaz sería una poética del desconocimiento, la desplanificación y la desviación lingüística. Regreso a una conciencia más abajo de la conciencia del orden representativo. Jorge Guillén lo dijo de la poesía: «Existe atravesando, iluminando toda suerte de materiales brutos, y esos materiales exigen sus nombres a diversa altura de recreación», es decir, se presentan «transformados en forma, encarnados en carne verbal». No hay pues, en lo primario del lenguaje poético, una reduplicación total (saber representativo) del mundo ni del ser humano. Lenguaje poético sería otro modo que hablar, más acá de la representación. Este libro de Amelia Gamoneda lo muestra. En síntesis, su idea axial, podría formularse así: en el principio, el verbo ya era carne.

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Autora: Amelia Gamoneda. Título: Cuerpo locuaz: Poética, biología y cognición. Editorial: Abada. Venta: Todostulisbros.

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