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Quien pronuncia y quien escucha

Quien pronuncia y quien escucha

El amigo Montaigne

Michel de Montaigne dio a conocer la primera versión de sus Ensayos en 1580. Eran dos volúmenes y tuvieron tanto éxito que, lejos de darse por satisfecho, continuó profundizando en ellos desde la modesta atalaya donde se enclaustró, esa torre que aún pervive en la comarca del Périgord y cuyas ventanas dan a una campiña hermosa y solitaria, bendecida por un silencio que propicia el recogimiento y la meditación acerca de la complejidad del mundo. En 1588 publicó una nueva versión que era, esencialmente, una obra nueva, dado que se añadía un tercer tomo y se incorporaban cambios notables en los dos ya conocidos. Los lectores de entonces dieron por sentado que aquélla sería la edición definitiva, pero su autor no dejó de hacer retoques sobre lo ya escrito, y en ese empeño andaba cuando lo fue a visitar la muerte, allá por 1592. Tres años más tarde, Marie de Gournay —a quien Montaigne consideraba su discípula o, mejor dicho, su fille d’alliance— llevó a la imprenta el manuscrito en el que figuraban las últimas correcciones de su maestro para alumbrar otra edición que, con el título de Los ensayos, se tuvo por definitiva hasta que, entre 1906 y 1933, Fortunat Strowski fue dando a conocer una nueva revisión formulada a partir del llamado «ejemplar de Burdeos», un manuscrito hallado en la biblioteca municipal de la ciudad francesa y cuya escritura y anotaciones correspondían por entero, y de manera fehaciente, al mismísimo Montaigne, como se infiere de su datación en 1588. Fue la suya la versión que se aceptó de forma universal hasta que, en fechas recientes, se volvió a adoptar como referencia principal el trabajo de Gournay, de quien se sospechó en ocasiones que hubiera modificado el texto original con sus propias apostillas. Su rehabilitación no deja de ser un acto de justicia: la intelectualidad más testosterónica nunca perdonó a la seguidora de Montaigne el tratado que escribió a favor de la igualdad entre los hombres y las mujeres, y dado que la amistad entre ambos comenzó justo en 1588, cuando Montaigne ya había alumbrado los tres volúmenes de su prodigiosa creación, y Gournay reeditó los textos de su mentor cuando él ya estaba muerto, los prohombres del momento se vieron autorizados para atacar lo que quisieron hacer pasar por un desacato a su memoria. Lo más probable es que la realidad fuese bien distinta. Se sabe que Montaigne quedó profundamente impresionado al descubrir que aquella dama enraizada en la aristocracia de Picardie se interesaba por temas que él jamás creyó que pudiesen suscitar la curiosidad de las mujeres y que pasaron juntos un largo periodo en el que intercambiaron ideas y juicios de valor. Es más que factible, pues, que no sólo Montaigne dejase huella en Gournay, sino que ésta también contribuyese a modificar o matizar determinados puntos de vista de su maestro, y que ese aprovechamiento mutuo desembocase en una nueva revisión de los Ensayos de la que ella fue la única depositaria y quien, por tanto, se encontraba legitimada para hacerla pública si su creador no vivía lo suficiente para alumbrarla, como así ocurrió. Por mucho que haya cumplido ya más de cuatro siglos, el prodigio de Montaigne no pasa nunca de moda. En la versión de Gournay se sustenta la edición que acaba de publicar Acantilado —distribuida, igual que la original, en tres volúmenes—, y Galaxia Gutenberg lleva estos días a las librerías otra en la que, por primera vez en el ámbito hispánico, se presenta junto a la traducción de Javier Yagüe Bosch el texto original francés. Hace no mucho, Juan Malpartida publicó Mi vecino Montaigne (Fórcola), un homenaje tan personal como delicado al Señor de la Montaña, y uno quiere ver en este aluvión de resurrecciones una señal de que es pertinente, en esta época tan atrabiliaria que vivimos, salir de nuevo al encuentro de aquel buen hombre que, en un mundo tensionado por conflictos religiosos y dinásticos, optó por tomar distancia del ruido para dedicarse a pensar. «La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha», dejó escrito. Si aplicáramos esa máxima a cuanto salió de su puño y letra, es seguro que nos iría mucho mejor a todos.

Entre dos orillas

"Quienes creemos que las políticas culturales deben ser efectivas, y no efectistas, no podemos menos que celebrar que Cuadernos Hispanoamericanos vaya a celebrar su octogésimo aniversario"

Paso por la oficina de Correos a recoger el número de septiembre de Cuadernos Hispanoamericanos, que en realidad es el primero de una nueva etapa. Su nuevo director, el escritor Javier Serena, ha adoptado con pulso firme la determinación de imprimir un nuevo aire a una de las publicaciones más longevas y paradigmáticas de la cultura en lengua española, lo cual no es poco mérito si se tienen en cuenta las circunstancias que rodearon su nacimiento. Fundada en plena posguerra, la fortuna quiso que dependiera pronto de un tipo como Luis Rosales, que tuvo el gusto y la sensibilidad necesarios para impedir que se convirtiera en un mero instrumento de propaganda cultural al servicio de la dictadura —llegó a dedicar un número monográfico a Pablo Neruda— y fichó además como redactor al poeta Félix Grande, quien se mantuvo al frente desde 1982 hasta que el Gobierno de José María Aznar prescindió de sus servicios. El año que viene la revista cumplirá ochenta años y puede presumir de haber tendido un puente entre las dos orillas del idioma español y contar con un currículum en el que figura alguna que otra osadía —Rosales tuvo que dimitir en 1963, tras atreverse a publicar un ensayo de Ramón de Garciasol sobre el asesinato de Federico García Lorca— y cuyos renglones aglutinan a casi todas las firmas que han tenido alguna importancia en las letras que en ese periodo se han ido pergeñando a este y aquel lado del Atlántico. Quienes creemos que las políticas culturales deben ser efectivas, y no efectistas, no podemos menos que celebrar que Cuadernos Hispanoamericanos vaya a celebrar su octogésimo aniversario con tan buena salud: manteniendo la fidelidad a su razón de ser sin dejar de adaptarse, una vez más, a los tiempos que corren. No de otra manera se puede proseguir la navegación con el viento en popa.

No éramos nosotros

"A menudo me he preguntado si la responsabilidad de que el fallo casi siempre bendiga determinados patrones narrativos recae más en la editorial o en los lectores"

Nunca he participado de las críticas desaforadas contra el premio Planeta. El galardón lo convoca una empresa privada que tiene toda la legitimidad para urdir las estrategias que considere convenientes con el fin de aumentar su facturación, y a menudo me he preguntado si la responsabilidad de que el fallo casi siempre bendiga determinados patrones narrativos recae más en la editorial o en los lectores. Tampoco me sorprende que un cheque por valor de un millón de euros haya echado por tierra uno de los grandes enigmas con los que en estos últimos años se han venido entreteniendo los mentideros más o menos literarios. Lo malo no es descubrir que Carmen Mola eran en realidad tres escritores. Lo malo es que, a partir de ahora, a los demás se nos ha acabado lo de hacernos los coquetos cada vez que salía el tema y buscábamos sagaces evasivas que, de manera velada, dieran a entender que Carmen Mola éramos nosotros.

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