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Palabras para mirar mejor

Imagen de portada: Augusto Giacometti – Stampa V (1943).

Una noche de San Antón volví a escuchar una palabra que había oído toda la vida: espanao. La fiesta empezaba a apagarse cuando una mujer, al ver pasar a un hombre por la calle, dijo en voz baja:

—Está espanao.

No quería decir únicamente que estuviera delgado. Decía algo más preciso y más triste: que se le veía sin sustancia, como si la vida le hubiera ido quitando cuerpo. Aquel hombre no estaba flaco sin más. Estaba espanao. La palabra lo alcanzaba con una exactitud que ningún adjetivo común habría conseguido.

Después supe que despanado significó precisamente eso: falto de pan. Pero allí, en boca de aquella mujer, la palabra ya no hablaba de trigo. Hablaba de un cuerpo, de una biografía, de todo lo que la vida puede ir quitándole a alguien hasta dejarlo en pie, pero disminuido.

Aquellas palabras no adornaban el habla. Servían para ver.

"La palabra no estaba en el prospecto. Seguramente tampoco en el vocabulario habitual del médico. Pero cerraba la escena: un día sí, otro no"

En mi casa no había diccionarios abiertos sobre la mesa. Había un idioma heredado, incompleto, mezclado, vivo, hecho de necesidad y oído. Sus palabras entraban en la cocina, en la huerta, en el corral, en la cuadra del macho, en una conversación a la puerta de casa. Parecían pequeñas hasta que uno advertía que contenían una forma entera de mirar el mundo.

Un día, el médico trataba de explicarle a mi padre que debía tomar una pastilla en días alternos, pero no acababa de encontrar una fórmula que le pareciera clara. Mi padre lo resolvió enseguida:

—En días saltiquiaos.

—Eso —respondió el médico.

La palabra no estaba en el prospecto. Seguramente tampoco en el vocabulario habitual del médico. Pero cerraba la escena: un día sí, otro no. El habla viva, cuando acierta, no espera permiso del lenguaje oficial.

Aquel vocabulario no terminaba en nuestra casa ni en nuestro pueblo. Cruzaba el Rincón de Ademuz, la Serranía y las tierras aragonesas vecinas con la naturalidad de los caminos antiguos. Muchas de sus voces habían viajado con el ganado, los oficios y las faenas de una vida material hoy casi desaparecida.

"No eran palabras más hermosas que las actuales ni pertenecían a un mundo mejor. También servían para herir, clasificar y vigilar al vecino"

Galbana, por ejemplo, no era simplemente pereza. Se decía después de comer, con el calor encima, cuando había que volver a segar o a trillar y el cuerpo parecía rendirse antes de empezar. Uno no se declaraba perezoso. Llevaba galbana. Y la palabra traía dentro la hora, la digestión, el sol y el campo.

Somordo tampoco era solo callado. Un hombre callado podía ser tímido, prudente o educado. El somordo se guardaba dentro, rumiaba, no se daba. No era necesario añadir mucho más. La palabra lo situaba en la mesa, en la plaza y en el trato con los demás.

En otro registro estaba hacer parchas. Dos personas hablaban un rato, cogían confianza y encajaban sin ceremonia.

—Han hecho parchas.

Con eso bastaba. La confianza había aparecido antes de que nadie tuviera que llamarla amistad.

No eran palabras más hermosas que las actuales ni pertenecían a un mundo mejor. También servían para herir, clasificar y vigilar al vecino. El habla antigua llevaba dentro dureza, pobreza, humor y sentencia. Pero distinguía con una precisión que hoy solemos tomar por simple rusticidad.

Años después reuní muchas de aquellas voces en el Diccionario del habla del Rincón de Ademuz. Creía estar conservando palabras. Con el tiempo comprendí que también intentaba conservar la atención que había dentro de ellas.

Porque aquel idioma no nombraba solo cosas. Nombraba maneras de trabajar, de enfermar, de reñir, de desconfiar, de llevarse bien. Y también de crecer.

"Algunas palabras no servían para hablar mejor, sino para mirar mejor. Cuando desaparecen, no se pierde solo una voz: también una manera de ver"

Esporrinar era desarrollarse, medrar, levantar cuerpo. Podía esporrinar un niño, un animal o una planta. La palabra no establecía demasiadas fronteras: todo lo vivo podía salir adelante, cobrar fuerza, empujar hacia arriba. En ella queda algo de una mirada campesina que no separaba del todo lo humano, lo animal y lo vegetal.

Hoy muchas de estas voces sobreviven apenas en la memoria de quienes las oyeron, en alguna conversación familiar o en repertorios escritos. La vida que las sostenía se ha ido retirando y las palabras han empezado a quedarse sin cuerpo.

Cuando una palabra desaparece, la realidad que distinguía empieza a volverse más borrosa. Primero se pierde el uso. Después, el tono con que se pronunciaba. Más tarde, el gesto o la situación que la hacía necesaria. Al final queda una definición fría, si queda.

No se trata de devolver intacto un mundo que ya no existe. Tampoco de convertir su lenguaje en una vitrina. Basta con reconocer qué precisión había en distinguir entre estar delgado y estar espanao; entre ser callado y ser somordo; entre llevarse bien y hacer parchas.

En esas diferencias no había solo vocabulario. Había una forma de mirar a la gente sin reducirla demasiado pronto.

Algunas palabras no servían para hablar mejor, sino para mirar mejor. Cuando desaparecen, no se pierde solo una voz: también una manera de ver.

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