Imagen de portada: Augustus Leopold Egg – The Traveling Companions (1862).
Mis hijos han atravesado media España en el asiento trasero del coche. Antes de saber situar en un mapa Andalucía, Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Valencia y Teruel, ya conocían su versión más verdadera: calor, sueño, curvas, paradas y kilómetros.
—¿Cuánto falta?
Yo podría contestarles con una cifra. Seis horas, siete, ocho, según el tráfico, las obras, el calor, el navegador, las paradas. Pero en realidad no sé cuánto falta. En los viajes largos nunca falta solo lo que dice el navegador. Falta llegar, falta cansarse, falta volver a discutir por una botella de agua, falta poner paz en el asiento trasero, falta encontrar al Minion debajo del asiento, falta que el paisaje cambie sin avisar.
En esos viajes uno acaba poniendo de todo. Primero canciones infantiles, porque la civilización empieza siempre cediendo. Suenan los vegetales, los números, los colores, los cinco monitos saltando en la cama hasta que la mamá llama al doctor y el doctor le dice que no más monitos saltando en la cama. Uno cruza Andalucía por una A-4 maltratada, con el coche acusando juntas y baches, y entra después en una Mancha más lisa y más larga, mientras dentro se repite una pedagogía elemental y pegadiza, hecha de frutas, animales, camas elásticas y doctores con autoridad sobre las pequeñas desgracias del mundo.
Luego, cuando los niños se cansan o bajan la guardia, pruebo con otra música. En un viaje largo acaba entrando casi todo: Brothers in Arms, Aserejé, No puedo vivir sin ti, Mi agüita amarilla, Danza Kuduro, Gasolina. La lista no resiste una teoría estética seria, y quizá por eso funciona. Uno cree que va a transmitir una tradición y termina tarareando cosas que debería negar bajo juramento.
También he puesto alguna vez a Goytisolo. No como continuación natural de Gasolina —dame más gasolina—, aunque a esas alturas del viaje ya no queda jerarquía cultural que salvar.
Uno empieza con canciones infantiles, atraviesa territorios musicales incompatibles con cualquier biografía intelectual respetable y, cuando cree que ha llegado el momento de corregir el rumbo, pone el discurso de Juan Goytisolo en la ceremonia del Cervantes mientras cruza España con los niños detrás. Allí, Goytisolo dijo que la verdadera obra de arte no tiene prisa y puede dormir durante décadas. Mis hijos, menos ambiciosos, resolvieron la cuestión en pocos minutos.
No hay que culparlos. Goytisolo no nació para mantener despierto a un niño en la autovía. En el asiento trasero mandan el sueño, el hambre, el calor, la botella de agua, la canción que se repite y esa forma infantil de ignorar sin crueldad todo lo que un adulto considera importante.
Uno cree que elige la banda sonora del viaje, pero el viaje acaba eligiendo por su cuenta. No solo en la carretera.
El Rincón, para ellos, aparece al final de muchas horas. No como una revelación, sino después de una curva, de una queja, de una última pregunta, de una carretera que parecía no terminar nunca. Primero son los montes. Luego los nombres de los pueblos, que empiezan a sonar como una contraseña: Utiel, Las Cuevas, Sinarcas, Casillas de Ranera, Talayuelas, Graja de Campalbo, Landete, Manzaneruela. Después llega esa luz seca que no necesita hacer demasiado para quedarse en la memoria.
Los lugares que importan no conviene explicarlos demasiado. En cuanto uno los convierte en lección, empiezan a parecer más pequeños. El Rincón tendrá que quedarles sin método: una palabra repetida, una calle estrecha, una puerta abierta en verano, una curva reconocible, la luz seca de un sitio que aparece tarde y no se molesta en justificarse.
Cuando habla Goytisolo, el reparto queda claro: delante, la lengua, el exilio, Cervantes; detrás, dos niños dormidos con una disciplina impecable. Fuera pasan los campos, los carteles, las provincias. Nadie diría que ahí se transmite nada. Mejor así.
Algún día, tal vez, no recordarán nada de Goytisolo. Ni falta que hace. Pero quizá, al escuchar una voz grave en la radio o al cruzar una provincia interminable, sentirán que ya estuvieron allí. Que hubo un coche. Que hubo una carretera. Que hubo un lugar apareciendo al final de muchas horas. Que alguien quiso dejarles algo y no supo hacerlo mejor que llevándolos, una y otra vez, al Rincón de Ademuz.


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